Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

CLARA

“And it really doesn't matter, if we never sleep”  (Y realmente no importa, si nunca dormimos)

La verdad es que Manuel era tan mono que me resultaba imposible enfadarme con él.

Su inocencia, su timidez y su completa incapacidad para relacionarse con las chicas (o al menos esperaba que solo fuese con nosotras) lo convertían en el hombre más idiota y más adorable que me había encontrado nunca.

Yo estaba segura de que él se esforzaba y de que sus continuas disculpas y excusas eran totalmente sinceras, pero, si quería madurar algún día, debía entrenar muy a conciencia sus dotes sociales.

Aquel lunes por la mañana había amanecido gris, con el cielo cubierto por un manto nuboso que amenazaba con oscurecer algo más aquel frío día de octubre.

Y en esas encontré a Manuel, totalmente absorto en sus pensamientos, apoyado de forma casual en la máquina de café del hall de la universidad, con un vaso humeante en cada mano y la mirada perdida en a saber qué clase de ensoñaciones o fantasías, muy propias, por otro lado, de la hora que era.

—Buenos días, greñudo —el sobresalto que causó mi saludo en Manuel casi acaba con mi abrigo nuevo manchado con dos tipos distintos de café.

—Perdona, Clara, que me has pillado sobao —el bostezo fue tan sonoro que me costó reprimir mi propio suspiro—, he dormido fatal y aún no soy persona.

—Ya... los porros, ¿no?

Con una mirada dura de reproche me miró a los ojos y me ofreció el café que aún sostenía en su mano derecha.

—Cappuccino, con extra de azúcar, para «doña Perfecta».

Manuel me dio la espalda y echó a andar pasillo arriba, sin apenas volverse a mirarme, pero con un aura de decepción bastante marcada en cada uno de sus pasos.

—Manu, espera, por favor —en ese momento yo me sentí la mujer más despreciable del mundo, pero él no detuvo su camino, y verle alejarse así, tan abatido, hizo que el estómago se encogiese sobre mi hígado y un nudo de angustia se atravesase en mi garganta, justo bajo donde debí haberme comido aquellas palabras solo unos instantes antes.

Solamente pude alcanzarle cuando frenó bajo el umbral de la puerta del aula, sujetando el picaporte para cederme el paso, como todo el caballero que en ese momento me di cuenta de que era.

—Lo siento, ya sé que dijimos que nada de pullitas, únicamente era una broma —busqué su mirada para acompañar aquellas palabras, pero no la hallé, él estaba muy lejos de allí, a una galaxia de distancia, y entonces vi que no era yo el motivo por el que sus ojos habían perdido su brillo—. ¿Me lo cuentas?

Pasé el resto del día bastante preocupada.

La atmósfera gris y sombría que acompañó a Manuel durante todas las clases de aquella mañana se hacía, poco a poco, más oscura y tenebrosa.

Sus párpados cada vez más cerrados y sus hombros caídos no eran buena señal.

Tampoco fue capaz de pronunciar una frase de más de tres palabras en ningún momento, no solo a mí, sino a cualquiera que se hubiese cruzado en su camino, no importaba si era compañero, profesor o el Dios todopoderoso que nos creó a todos.

No voy a mentir. Para qué. La única verdad es que a mi edad mis únicas preocupaciones eran la ropa, el pelo, mis discos de música favoritos y estudiar.

No pensaba que el mundo fuese mucho más allá del camino que había entre las cuatro paredes de mi habitación y las de las aulas de la universidad.

Todo lo demás no me importaba, sobre todo, porque ni siquiera me había dado cuenta de que existía.

Mis padres, abogados ambos de bufetes rivales de nombres complicados y clientes importantes, siempre me habían ofrecido una vida de facilidades.

Con rígidas normas, pero con enormes beneficios.

El dinero nunca había faltado en casa, así como los viajes a la nieve en vacaciones, los pomposos regalos de Navidad, la mejor ropa de marca de cada temporada, y así un sucesivo etcétera que no tendría tiempo aquí y ahora para enumerar.

Y precisamente fue ese el motivo por el que mi cabeza no conseguía digerir que el estado de ánimo de Manuel hubiese decaído de esa forma por una estupidez tan grande.

—¡Joder, Clara! No estoy enfadado contigo, pero creo que no comprendes lo que trato de explicarte.

Estábamos sentados en la cafetería de la universidad, saltándonos, a petición mía, la última de las clases de aquel lunes tan duro para Manuel.

—No, claro que no te entiendo, y creo que nadie de los que aquí hay podría hacerlo —con el brazo en alto mostré a Manuel la cafetería medio vacía tratando de escenificar mis palabras—. Cuéntamelo otra vez y ahora trata de ponerte de mi lado, y mírate desde mi punto de vista.

Manuel suspiró y, un par de segundos después, volvió a contar la misma historia, pero con un tono de voz diferente.

—Siempre he querido ser escritor, desde muy pequeñito.

Sé que es lo que estoy destinado a hacer y no paro de trabajar en ello desde que tenía once o doce años —hizo una pausa mientras trataba de buscar las palabras— y por primera vez, ahora con diecinueve, no estoy seguro de que vaya a conseguirlo nunca.

¿No entiendes lo frustrante que eso puede ser?

Me quedé callada un momento, tratando de nuevo, como aquella mañana a las puertas de la primera clase, de buscar que su mirada se cruzase con la mía.

—Eres un estúpido, y lo sabes.

—Ves como no me entiendes, ¿por qué dices eso?

—No digo que seas un estúpido por sentirte frustrado. Digo que eres un estúpido si piensas que con diecinueve años que tienes vas a pegar el pelotazo de tu vida con tu primera novela.

—No se trata de pegar ningún pelotazo... se trata de cumplir un sueño...

—Sí, se trata justamente de eso. Porque si realmente fuese tu sueño, no estarías aquí, ahora, comiéndote la cabeza por algo que tienes toda la vida para conseguir.

Y de pronto, el brillo en los ojos de Manuel volvió, como si algo hubiese hecho clic en su cabeza y su modo optimista se hubiese activado de forma repentina.

Me miró intensamente, como si en aquel momento me estuviese viendo por primera vez, y algo entre nosotros cambió para siempre.

De fondo, la letra de So young inundaba la escena.

« We are chasin' the moon Just runnin' wild and free We are following through Every dream and every need»

El grupo The Corrs me volvía loca y encontraba cualquier excusa para poner su banda sonora a mi vida.

—Gracias, Clara. En el fondo sé que tienes razón... pero sigue faltándome algo. Me falta una historia, algo distinto, algo especial que me ayude a crear una novela que merezca la pena ser leída. Algo que me ofrezca la posibilidad de creer en mí mismo como escritor.

Quizás en ese momento no lo pensé con suficiente calma, ni sopesé ninguno de los inconvenientes que aquello que estaba a punto de hacer iba a poner en mi camino. Solo pensé en Manuel y en que, tal vez, era justo lo que necesitaba.

—Escucha, Manu, voy a contarte una historia que lleva en mi familia mucho, mucho tiempo...