Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

MANUEL

“I don't believe that anybody feels the way I do about you now”

(No creo que nadie sienta lo que yo siento por ti ahora)

No debí haberla dejado irse sola. ¿Y si le hubiese pasado algo de camino a su casa? No me lo hubiese perdonado. No sabía dónde vivía, pero la residencia de estudiantes estaba en medio de la nada.

En la actualidad, le podría haber mandado un WhatsApp, sin embargo, el sistema de mensajería instantánea nació once años más tarde y el uso de los teléfonos móviles en 1999 era para un reducido grupo de personas con mayor poder adquisitivo.

Me arrepentí, ya que acompañarla me hubiese servido para conocerla más a nivel personal y charlar de cosas que no estuviesen relacionadas con el dichoso trabajo de la facultad. Esa noche me costó conciliar el sueño.

Clara era el centro de mis pensamientos.

Su pinta de pija chocaba con su forma de expresarse y sentir.

Malditos prejuicios. Me esperaba que fuese una niña de papá, de las que acudían a misa los domingos y cuyo novio se llamaba Borja.

Aunque tan solo había comprobado que las dos primeras suposiciones no eran ciertas, aún estaba en el aire lo del novio.

No me había atrevido a sacar el tema y, para mí, era el peor de los presagios.

El cansancio me venció y soñé con Clara.

Fue un sueño raro de cojones, pero con final feliz.

Paseábamos por la montaña cuando nos sorprendió la lluvia.

Nos refugiamos en una casa, cocinamos macarrones y nos secamos al calor de una chimenea.

Estuvimos todo el día hablando sobre música, confiando en que cesara la lluvia, hasta que ella me decía que a qué esperaba para besarla.

Entonces, yo me lanzaba y terminábamos haciendo el amor sobre el suelo de madera, cerca del fuego.

Me desperté temprano para ir a currar. El sueño me removió algo, o más bien puso sobre la mesa cuánto me gustaba Clara.

Era fin de semana, pero yo no tenía solvencia económica para ir a discotecas, lo máximo a lo que podía aspirar era a hacer botellón o a tomarme unas cervezas, pero no me apetecía y aún no tenía grandes colegas con los que alternar por Madrid.

Me pregunté qué estaría haciendo ella. Seguro que el sábado saldría a bailar con sus amigas por los garitos de Moncloa y el domingo quedaría con su novio e irían al cine.

Después él la llevaría en su Ford Fiesta blanco, pero, antes de dejarla en su casa, pararía a dos calles para meterle mano en los asientos traseros.

¡Qué asco! Estaba deseando que llegase el lunes y volver a verla.

Al salir del trabajo alquilé un DVD y lo puse en la sala de video de la residencia.

En qué hora elegí esa película, pues una cita pronunciada por el actor Robin Williams se me quedó grabada a fuego todo el domingo:«Nunca has mirado a una mujer y te has sentido vulnerable ni te has visto reflejado en sus ojos.

No has pensado que Dios ha puesto un ángel en la Tierra para ti, para que te rescate de los pozos del infierno, ni qué se siente al ser su ángel y darle tu amor, y darlo para siempre».

Sí, en esa época acostumbraba a anotar citas de libros y películas en un cuaderno.

Mi sueño era ser escritor. Tenía esbozadas varias ideas en mi bloc , pero nada era lo suficiente bueno u original para desarrollarlo y convertirlo en mi primera novela.

Así que seguía fagocitando frases, citas e ideas de otros y, en ocasiones, creando mis propios relatos cortos.

El lunes no me costó madrugar para ir a la facultad.

Tenía muchas ganas de reencontrarme con ella.

Fui tan puntual, que por primera vez esperé en el hall y descubrí lo que se cocía los lunes antes de las clases.

Los compañeros, con vasos en las manos, tomaban su primera dosis de cafeína del día y comentaban la jugada del fin de semana.

Imitándoles, me acerqué a la máquina de café y Clara apareció por sorpresa a mis espaldas.

—¡Hola, Greñas! —me saludó efusivamente, haciendo alusión a mi pelo—. ¿Qué tomas?

—Café solo.

—Se nota que no has tomado muchos cafés de esta máquina. Es agua sucia. Hazme caso y saca un capuchino que disimula un poco el sabor—observó mi cara de extrañeza y me apartó—. Ya lo hago yo. Te invito.

—Gracias —no me salían las palabras. Era tan rápida y decidida—.¿Qué tal tu finde? —dije imitando la manera como se relacionaba el resto del alumnado.

—De «tranqui», poca cosa. El sábado tenía un evento familiar y no pude salir con mis amigas.

—¿Y el domingo? No me lo digas. Fuiste al cine con tu novio—le interrumpí.

—No. Vi una peli en casa y pasé apuntes a limpio —sonaba molesta por mi anterior afirmación—. ¿Y tú? ¿Fumando porros con tus amigos heavies ? —¡zasca!, eso me había pasado por listo. Menuda mierda de habilidades sociales tenía.

—No. No fumo porros. El sábado trabajé y alquilé El indomable Will Hunting . El domingo repasé y traté de escribir algo—mi soledad pareció enternecerla.

—Oye, Manu. Vamos a llevarnos bien. Dejémonos de pullitas —Clara dio un trago largo al café y bajó la mirada.

En ese momento me di cuenta de que ese no era el camino. Que le debía una disculpa, y mirándole a los ojos, esos preciosos ojos verdes, me sinceré.

—Clara, perdona. Perdón por el bufido. Perdón por la manera como te he tratado hasta ahora.

Me caes muy bien. Tenía ganas de conocerte desde el curso pasado y me alegro de que nos haya tocado hacer el trabajo juntos —mis palabras provocaron la tos en Clara, que casi se atraganta con el café.

La profesora de Historia Contemporánea me salvó de tener que continuar mi speech .

—Buenos días, ¿qué hacéis todavía en el pasillo? Dejad el ligoteo y vamos dentro.

—¿Te sientas conmigo? —se atrevió a ofrecerme.

—Claro.

A partir de ese día nos sentamos juntos cada día.

No solo me servía para ir avanzando en el trabajo,  sino que también ella me ayudaba mucho en las clases.

Era muy avispada y me indicaba con un gesto qué materia era la más destacada y, por lo tanto, susceptible de entrar en examen.

Lo que no conseguía era sacarle nada de su vida personal. En eso era hermética.

Después salíamos al descanso. Clara entendió que mi capacidad económica no alcanzaba para desayunar en la cafetería y se adaptó a mí. Así que almorzábamos frutas o sándwiches caseros en unos bancos.

—Mañana quedamos, ¿no?

—¡¿Perdona?!—exclamé sorprendido, creyendo, iluso de mí, que Clara me pedía una cita.

—Para el trabajo. Es viernes y tenemos que ir cerrando ideas. ¿En tu residencia te va bien?

Volvimos a vernos como el viernes anterior. Pero me sorprendió ver llegar a Clara con una bolsa de compra.

—¿Qué traes?

—La merienda. No lo he hecho yo sola, soy negada para la cocina. Me ha ayudado mi madre. Es una receta típica de su tierra. Bizcocho de canela, jengibre y nueces. Es tradición hacerlo en otoño.

Era la primera vez que Clara me daba información personal.

Hasta me sentí halagado. Ninguna chica antes había tenido un detalle así conmigo.

Me pasé todo el tiempo algo distraído, pensando en que los labios de Clara debían saber igual que su bizcocho.

Se hizo muy tarde, ya había anochecido, y esta vez no la dejaría irse sola.

Ella no puso impedimento en que la acompañase.

—Reconozco que el otro día me dio un poco de miedo al salir de la residencia, pues está bastante apartada. Gracias por acompañarme. Luego tienes que volver solo.

—¿Crees que alguien va a atacar a un greñudo como yo? —le dije sacudiendo el pelo.

—Lo llevas un poco desarreglado, pero me gustan tus rizos —Clara rio y pasó su mano por mi cabello. La subió desde mi cuello hasta la coronilla, poniéndome la piel de gallina.

Seguimos caminando y llegamos a la parada de autobús.

—Este bus me deja en Moncloa y allí cojo el metro. Gracias por acompañarme, este tramo es el que me daba cosilla.

—¿No quieres que te escolte hasta casa? No tengo nada mejor que hacer.

—Y luego volverte solo. Qué va. Además…

—Ya, entiendo que igual no quieres que te vean llegar conmigo—le interrumpí—, o que se enfade tu novio Cayetano…

—¡NO! —alzó la voz.

—Perdón, igual se llama Jacobo, ¿o es Beltrán?

—Manuel, ¿de qué vas? ¿Por qué eres tan majo y ahora me vacilas así? Si quieres saber algo, pregúntamelo directamente.

—¿Tienes novio? —disparé. Ya no podía caer más bajo.

—No. No lo tengo.

En ese momento me sentí un ogro. De verdad que tenía que aprender a relacionarme mejor y no como un cromañón. Se hizo un silencio que pesaba una tonelada. Clara miró hacia la carretera para ver si venía su autobús y yo hacia mis zapatillas desgastadas.

Pensé en algo que me decía siempre mi madre: «Perdón, gracias y por favor. Cuatro palabras que abren puertas».

—Por favor, perdóname —para querer ser escritor no había estado muy elocuente en mi disculpa, pero al menos había usado tres de las palabras.

Levanté la mirada, abrí bien los ojos y fruncí el labio, poniendo el mismo gesto de cuando era pequeño y rompía algo de un balonazo.

—Con esa cara no me puedo enfadar, Borja Mari. ¡Mi bus!

—Por cierto —me gritó subiendo al autobús—, ¿cómo se llama tu novia? ¿La Rebe? ¿La Chusa?

No me dio tiempo a contestar. Así que tuve que esperar a que se sentara.

Me acerqué al cristal antes de que arrancase el conductor y, vocalizando mucho para que leyese mis labios, le dije:«yo tampoco tengo».

Clara asintió y yo le guiñé un ojo. ¿Por qué?

Porque era gilipollas, ¿qué me creía, Tom Cruise?

Al menos conseguí sacarle una sonrisa. Ese fin de semana acompañé todas mis comidas con su bizcocho y de nuevo soñé con ella.