CAPÍTULO 2
CLARA
“Baby I don't understand, just why we can't be lovers”
(Bebé, no entiendo, por qué no podemos ser amantes)
Pues la verdad es que olía bien. Seguramente se habría duchado aquella mañana.
Quién sabe. Con esas pintas de roquero pasado de moda daba la sensación de no haberse dado cuenta de que el mundo que giraba a su alrededor estaba cambiando, y que ese pelo hirsuto y mal peinado, más propio de un vagabundo que de un universitario, necesitaba con urgencia un buen tijeretazo que eliminase, sin piedad ni compasión, más de un piojo que seguro le acompañaba desde hacía demasiado tiempo.
Pero, a pesar de su aspecto descuidado y hortera, Manuel tenía algo distinto.
Especial. Llevábamos más de una hora discutiendo sobre el Homo habilis, y su capacidad para fabricar herramientas de piedra, y todavía no había hecho ni el primer intento por resolver la tensión que aquel bufido en clase había instalado entre nosotros.
Igual pensaba que era tonta —o estúpida, por no ser demasiado grosero— y que no me había dado cuenta de cómo me miraba mientras pensaba que estaba concentrada en la lección del día.
Qué ingenuo. Pero me hacía gracia, la verdad.
Esa sonrisa traviesa y la mirada triste que transmitían sus ojos me tenían desconcertada, y no sabía muy bien qué pensar.
—¿Clara? Ahora eres tú la que no me escucha —Manuel me había sobresaltado dando pequeños golpecitos sobre la foto de lo que parecía un cuchillo hecho de roca maciza—. Sé que quizás yo te aburro mucho, pero necesito que estés aquí para que de esto salga algo que podamos presentar a don Gervasio.
Qué vergüenza pasé. Me había pillado totalmente obnubilada mirando su dentadura, imperfecta, con los incisivos ligeramente más grandes, y suavemente separados, que resultaban exageradamente hechizantes.
Aquel primer viernes por la tarde que pasamos juntos, en aquella amplia sala de estudios de su residencia que compartimos con apenas dos o tres estudiantes más, nos ayudó a charlar tranquila y agradablemente de algo más que del trabajo de Antropología que, por azar, nos había unido durante el primer semestre de nuestro segundo año de universidad.
Tal y como parecía, Manuel era un loco de ese rock que estaba muriendo de forma irremediable en aquella época para dejar hueco en la industria a una nueva música más suave y con mucho más mensaje.
Grupos como N’Sync, cantando aquello de « it's tearing up my heart when I'm with you, but when we are apart I feel it too », hacía tiempo que habían aterrizado en la industria para dejar una huella perenne.
Pero eso era algo que él jamás reconocería.
—El rock es eterno y sobrevivirá a todos nosotros. Da igual cuántos mueran o desaparezcan. Dentro de treinta años su música se seguirá escuchando igual que lo hacemos hoy en día
Pobre inocente. Qué equivocado pensaba yo que estaba. Aquel ruido estridente y desagradable llevaba entre nosotros diez años de más y la sociedad necesitaba, con demasiada urgencia, un cambio de moda que a la mayoría de nosotros le iba a faltar palabras para agradecer.
Aunque, y para ser totalmente sincera, tengo que reconocer que las ideas de Manuel sobre música, política y educación estaban, hablando en un marco bastante genérico de la expresión, muy próximas a las mías.
Es más, la elocuencia de su discurso estuvo a punto de arrastrarme a un oscuro mundo de revoluciones sociales, económicas y musicales.
Pero nada más lejos de la realidad. Si bien hubiese pasado horas escuchando los bien formados argumentos de Manuel —y, sobre todo, aquellos profundos ojos que tenían alegato propio—, sus convicciones estaban fuera de todo lugar, muy lejos de lo que el país necesitaba en aquel momento.
—El beso lo dejamos para nuestra segunda cita, ¿no? —¡mierda! Por segunda vez me había cazado desconectada y con la mente perdida en divagaciones que poco tenían que ver con el objetivo que nos había reunido en aquella sala de estudios—.Si no te centras, esto no va a salir bien.
—Perdona, Manuel, es que no he tenido una buena semana, y tengo la mente cansada —la excusa sonó frágil, casi indolente—, pero te prometo que ya estoy aquí. Me pongo las pilas ya mismo.
—No importa...además, ya es tarde —miró de reojo el viejo reloj que decoraba su muñeca— y mañana madrugo, tengo que currar.
—Además de estudiar, ¿estás trabajando? —me sorprendió mucho que un universitario trabajase siendo tan joven, y sentía la necesidad de poner argumentos sólidos a aquella sorpresa—, ¿en qué?
—En lo que me sale. Mañana hago una sustitución en una fábrica de las afueras. Carga y descarga de mercancías... nada importante.
Fue una sensación extraña, lo reconozco. Solo años más tarde comprendí que Manuel intentaba explicarme, ya no con palabras, sino con hechos, cuáles eran algunas de las necesidades más básicas que el ser humano puede tener.
—Te acompaño a casa, si quieres —sin darme cuenta, Manuel se había levantado de la silla para invitarme cortésmente a marchar con mis ensoñaciones a otra parte.
Sé que lo dijo por educación, y con esa misma educación —y un cabreo monumental por tratarme como una damisela en apuros— rechacé su oferta.
Pero fue muy pronto, apenas unos pasos tras dejar la entrada de aquella residencia de estudiantes, cuando comprendí que había cometido un error.
A pesar de que el frío a aquella hora de la noche era suave y no demasiado cruel, la sensación de soledad que envolvía las calles vacías de la ciudad sembró en mi corazón un miedo atroz que me obligó a acelerar el paso al máximo que mi capacidad pulmonar permitió y a entrar en mi casa con un estado de ansiedad que me encerró en mi habitación, evitando las miradas y preguntas de mis padres, y que no me permitió conciliar el sueño durante aquella extraña noche de otoño.
O esa fue la mentira que me conté a mí misma para justificar que la mirada taciturna y dulce de Manuel me acompañase durante todo el fin de semana.