Pero esta historia es tuya CAPÍTULO 1
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Pero esta historia es tuya

Pero esta historia es tuya

Por Monica de la O Callejo Cortes, Samuel Camacho Calvo

© inepub.com

CAPÍTULO 1

MANUEL

“I'm worse at what I do best…”

(Soy peor en lo que mejor hago)

Allí estaba ella. Sentada en la primera fila, cogiendo apuntes muy organizada. Para hacerlo, usaba bolígrafos de diferentes colores y tenía la mesa llena de rotuladores y post-it fluorescentes. Gracias a la disposición del aula en anfiteatro, yo podía observarla durante horas sin ser descubierto.

Demasiado lista, demasiado guapa y demasiado pija para mí.

Estaba seguro de que jamás se fijaría en alguien como yo.

Por aquel entonces, yo siempre vestía con camisetas negras de diferentes grupos de música.

Los años 90 daban sus últimos coletazos.

Kurt Cobain había muerto. Oasis y Blur se disputaban el trono del grunge.

Toda esa música, junto a grupos como Extremoduro y Platero y Tú, sonaba en mi walkman con cintas pirateadas. Seguro que ella ya tenía un discman .

En cambio, Clara mostraba un aspecto dulce, como una Sandy escapada de Grease .

Vestía con vaqueros acampanados a la moda y camisas recién planchadas.

El pelo recogido en una coleta alta perfecta le daba un aspecto limpio y pulcro.

Destacaba entre los alumnos con estética hippy de la Facultad de Filosofía y Letras, pero no por ello estaba menos integrada, pues regalaba sonrisas y buen rollo entre estudiantes y profesores.

Reconozco que me traía loco, sin embargo, no me atrevía ni a decirle hola, con lo dicharachero que yo era.

Me imponía mucho, y temía tanto ser rechazado, que actuaba con ella como un auténtico patán, dando la sensación de ser un tipo asocial.

Tuvo que ser el destino el que me obligara a hablar con ella.

Después de más de un curso siendo compañeros, fue un profesor el que nos unió al azar para hacer un trabajo en pareja.

Cuando oí mi nombre junto al suyo, solté un bufido más sonoro de lo esperado, que hizo que provocara la risa de mis compañeros.

Clara me miró triste y don Gervasio, el maestro, me advirtió: «Los búfalos no tienen cabida en esta aula.

Discúlpese ahora mismo o váyase a la calle y dé por suspensa la asignatura».

Obvio, me disculpé, bajé la mirada y tuve que esperar al final de la tediosa clase para acercarme, con el rabo entre las piernas, a hablar con Clara, o más bien suplicar su perdón y que quisiese hacer el trabajo de Antropología conmigo.

No me enteré de nada durante la clase, pensando en qué decirle y, sobre todo, en cómo olería, pues nunca la había tenido a menos de un metro y apostaba a que su aroma sería tan dulce como ella.

Cuando sonó la campana, recogí mis trastos lo más rápido que pude.

Metí todo revuelto en la mochila para bajar las escaleras desde la penúltima fila del anfiteatro y llegar a Clara, antes de que saliese de clase.

Sin embargo, ella, pausada, recogió su mesa, poniendo cada bolígrafo en su sitio y guardando sus apuntes sin arrugar en la carpeta clasificadora.

Al llegar ante ella observé que en la portada de su archivador lucía una foto de Keanu Reaves con una tabla de surf.

Me hizo gracia y le dije: «Yo también uso la tabla».

—¿Ah sí? —contestó seca—. ¿Y dónde surfeas? ¿En el río de tu pueblo?

—No, me refería a otro tipo de tabla. Hago skate— rectifiqué.

Me sentía como un idiota, no sabía por dónde seguir la conversación y, para ser preciso, ella no estaba muy colaboradora.

Así que pensé en una frase que decía mi abuelo: «Haz borrón y cuenta nueva»—.

Perdona por lo de antes, se me ha escapado.

No tengo nada en tu contra. Me llamo Manuel, nunca hemos hablado.

Sé lo lista que eres, y no sé si estaré a la altura o seré un lastre para ti en el trabajo, así que mi «suspiro» se debía a esa razón.

—Suspiro, bonito eufemismo, si sabes lo que significa eufemismo.

—Eufemismo es una palabra más suave que sustituye a otra de mal gusto, grosera o mal sonante. Es mi apellido, ¿y el tuyo cuál es?¿«Rencorosilla»? Venga, tírate el rollo y perdóname—supliqué.

—Ja, ja, ja —rio sincera y su rictus cambió—. Clara «Rencorosilla» suena bien —me ofreció la mano en señal de paz y añadió–. Invítame a desayunar en la cafetería y hablamos sobre el trabajo de don Gervasio.

Sonreí y pensé en cuánto dinero llevaba encima para pagar los desayunos, y no era mucho. De modo que yo solo tomé un café americano, mientras ella se gastaba mi presupuesto semanal en un pincho de tortilla y una Coca-Cola light.

—Perdona, tengo un hambre de mil demonios, porque me he quedado dormida esta mañana y no me ha dado tiempo a desayunar.

Bueno, como te decía, dispongo de los viernes por la tarde libres para quedar y así vamos poniendo ideas en común del trabajo.

Luego cada uno lo continúa en casa y, cuando podamos, lo unimos.

¿Dónde podemos quedar? A mí no me permiten llevar a nadie a casa—Clara era muy habladora, no me dejaba meter baza.

Pero no me importaba, estaba feliz e hipnotizado mirando cómo se movían sus labios—.

No tengo problema en ir donde tú vivas o podemos quedar en la biblioteca, o adonde te venga bien. ¡Manuel! ¿Me estás escuchando?

—Sí, sí, perdona, estaba pensando. Yo vivo en una residencia de estudiantes. En mi habitación no puedo quedar, salvo que mi compi esté fuera, pero hay una sala común.

—¡Adjudicado! ¡Qué guay! —Clara se mostró muy entusiasta, y yo estaba encantado de poderla ver cada viernes a solas.