Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Caminaron despacio por la galería mientras Minerva le hablaba de los preparativos navideños y de las instrucciones que le había dado al servicio.

Theron escuchaba con verdadero interés, agradecido de que ella volviera a compartir sus pequeñas preocupaciones cotidianas, hasta que llegaron al arco donde había descubierto el muérdago.

El duque se detuvo.

Minerva dio un paso más antes de advertir que su esposo había dejado de avanzar.

—¿Qué ocurre?

Theron la miró a los ojos.

—Creo que tenemos un problema.

Ella frunció el ceño.

—¿Te encuentras mal?

—Muchísimo peor de lo que imaginas.

—¡Theron! —exclamó alarmada.

—Mira hacia arriba, querida.

Minerva obedeció y descubrió la pequeña rama que colgaba sobre sus cabezas. Su expresión pasó de la preocupación a la incredulidad.

—No estarás pensando…

—Me temo que sí.

—Foxworth, ni se te ocurra.

—No puedo hacer nada por evitarlo. Las tradiciones navideñas deben respetarse.

—Eres el hombre menos interesado en las tradiciones que he conocido.

—Eso es una acusación injusta. Siempre he mostrado un enorme respeto por las costumbres de nuestros antepasados.

—Ayer, cuando te hablé de las guirnaldas, dijiste que eran una pérdida de tiempo.

—Las guirnaldas no tienen las mismas virtudes que el muérdago. ¿O acaso lo has olvidado, querida?

Minerva tuvo que apretar los labios para no reírse. ¡Y tanto que lo recordaba muy bien! Ella misma había usado el muérdago como excusa para besar a su esposo cada vez que se le antojó las Navidades pasadas.

—¿Y cuáles son sus extraordinarias virtudes, según tú?

Theron se inclinó un poco hacia ella.

—Que permiten a un caballero besar a una dama sin provocar un escándalo.

—Resulta que soy tu esposa. No necesitas recurrir a esa excusa para besarme.

El duque guardó silencio.

Minerva comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir. ¡Dios, lo había alentado sin pensar!

Entonces, Theron arqueó una ceja.

—¿Significa eso que me concedes permiso?

—Estás tergiversando mis palabras.

—Una costumbre que he adquirido por culpa de mi desesperación.

—No seas ridículo.

—Minnie, llevo días intentando conseguir un beso tuyo. Permíteme aprovechar que la Navidad se ha puesto de mi parte.

Ella miró el muérdago y después volvió a contemplar a su esposo.

La cercanía de Theron le despertaba recuerdos que llevaba mucho tiempo esforzándose por mantener bajo control, y la expresión esperanzada de sus ojos terminó por debilitar sus defensas.

Él no se veía tan pícaro como lo había estado en la bañera. Se apreciaba… diferente.

—Uno —concedió.

Theron permaneció inmóvil.

—¿Disculpa?

—Un beso, Foxworth. Y no quiero que después consideres que eso significa que te he perdonado.

La sonrisa que iluminó el rostro del duque consiguió que Minerva sintiera un vuelco en el corazón.

—No se me hubiese ocurrido jamás que un beso pudiese hacerte olvidar cada uno de mis defectos. —Se quedó un momento pensativo y añadió—: Aunque sería bueno que así fuese, porque podría pasarme el resto de mis días besándote a todas horas.

—Eres incorregible. Un beso y nada de propasarte.

—Jamás —juró.

—Ni aprovecharte de que estoy siendo amable contigo.

—Minerva, querida, si continúas enumerando las condiciones, terminará la Navidad antes de que consiga besarte.

Ella soltó una risa que no pudo contener.

—Eres insoportable, además de incorregible.

—¡Qué lástima! Si hubieses aceptado un beso por cada uno de mis defectos, ya me habría hecho con dos. Me conformaré con uno —soltó en cuanto ella alzó una ceja muy sardónica.

A continuación, el duque levantó una mano y le acarició la mejilla. El gesto fue tan delicado que Minerva dejó de sonreír, sorprendida por la ternura que despertó en su interior.

—Theron… —se encontró susurrando sin ningún motivo.

—¿Puedo besarte? —preguntó él en voz baja.

La duquesa asintió.

Su marido se inclinó hacia ella y rozó los labios con los suyos, dispuesto a cumplir la promesa de conformarse con un beso breve.

Sin embargo, al sentir la condenada suavidad de esa boca que llevaba tantos meses deseando disfrutar, tuvo que luchar con todas sus fuerzas contra el impulso de estrecharla con fuerza contra su pecho.

Minerva cerró los ojos. Había olvidado cuánto podía conmoverla un beso de su marido. Recordaba su pasión, la seguridad con que acostumbraba a tomarla entre sus brazos y la manera en que lograba hacerla perder el juicio, pero no había esperado que un contacto tan simple le provocase tanta emoción.

Theron se apartó lo suficiente para contemplarla.

—Te he echado de menos —susurró.

Ella despegó los párpados y suspiró.

—Ya me lo habías dicho.

—No las veces suficientes. —Minerva estaba a punto de responder cuando su esposo le acarició de nuevo el rostro, y el afecto que descubrió en sus ojos consiguió que se olvidara durante unos segundos de todos los reproches que había preparado—. ¿Puedo besarte otra vez? —preguntó Theron.

—Dijimos uno.

—Me temo que la tradición no especifica cuántos besos deben darse.

—La tradición tampoco autoriza a un duque a negar los deseos de su mujer.

—Entonces me conformaré con el recuerdo de este.

Theron dejó caer la mano y retrocedió medio paso.

Minerva sintió una decepción absoluta. Había deseado el beso tanto como él y, si su marido hubiera insistido un poco más, probablemente habría terminado por abrazarlo sin prestar atención al lugar donde se encontraban.

El problema era que su orgullo continuaba siendo tan formidable como el de Theron.

Los dos comenzaron a caminar de nuevo por la casa porque fuera el tiempo no acompañaba.

—No sabía que te interesara tanto el muérdago —comentó para disimular su turbación.

—Hasta hace unos minutos, yo tampoco. Ahora me fascina.

Ella soltó otra pequeña risa y el duque comprendió que tenía delante una oportunidad que no podía desperdiciar.

—Minerva, hay algo que necesito decirte.

La expresión de la duquesa se volvió cautelosa.

—Te escucho.

Theron cogió una larga bocanada de aire, se colocó delante de su mujer y le sostuvo ambas manos entre las suyas antes de mirarla a los ojos. Habían llegado hasta la biblioteca y gozaban de intimidad.

—Quiero pedirte perdón por lo que ocurrió entre nosotros en Londres.

No me refiero solo a la última discusión, sino a los meses anteriores, cuando dejé que mis obligaciones y mis propios temores infundados se interpusieran entre nosotros.

Lo he meditado bien y eso fue lo que me apartó de ti.

Sé que te hice daño y que después tuve la cobardía de marcharme sin intentar repararlo.

Minerva sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

—No entendí por qué cambiaste. Al principio pensé que había hecho algo malo.

—Lo siento. Yo… —suspiró—. Ni siquiera yo comprendía lo que me estaba ocurriendo.

Siempre he sido un hombre poco hábil para tratar con las mujeres, Minnie.

Cuando te conocí, estaba convencido de que jamás conseguiría interesarte, y cuando aceptaste casarte conmigo pensé que era el hombre más afortunado de Inglaterra.

Ella lo contemplaba con incredulidad.

—¿Tú? ¿Pensabas que no conseguirías interesarme a mí?

—No encuentro motivos para que te sorprendas tanto.

—Yo era prácticamente una solterona cuando te interesaste por mí. Theron, eras un duque joven, apuesto y dueño de una fortuna considerable. Media sociedad habría dado cualquier cosa por conseguir tu atención.

—Pero yo no deseaba a media sociedad. Te deseaba a ti y solo a ti.

Y daré siempre gracias a Dios de que no te hubieses casado antes.

—La sentencia consiguió que Minerva guardara silencio.

Él le apretó las manos con cierta firmeza—.

Después de casarnos empecé a escuchar comentarios que no debería haber tenido en cuenta.

Algunos conocidos encontraban llamativo que una mujer como tú hubiera elegido a un hombre tan poco dado a los galanteos.

Al principio no les concedí importancia, pero terminaron despertando inseguridades que creía superadas.

—¿Qué comentarios?

El duque apartó la mirada hacia los ventanales.

—No comprendían cómo yo había conseguido conquistarte, más después de que ningún caballero hubiese captado tu atención.

Solterona o no, siempre has sido considerada como una de las mujeres más hermosas de toda Inglaterra.

Decían que seguramente te habías dejado impresionar por mi título.

No soy famoso por mis habilidades sociales.

Incluso llegaron a insinuar que acabarías cansándote de un marido incapaz de entretenerte como otros caballeros.

Minerva sintió una oleada de indignación.

—¡Qué estupidez!

Theron sonrió con amargura.

—Ahora lo sé. Entonces empecé a preguntarme si tenían razón.

Tú eres hermosa, inteligente y posees facilidad para desenvolverte en sociedad.

Yo nunca he sabido coquetear ni encuentro placer en las conversaciones que tanto divierten a otros caballeros.

Temí que descubrieras que habías cometido un error al casarte conmigo.

—Theron…

—Y en lugar de hablar contigo, empecé a alejarme.

Me refugié en mis obligaciones, convencido de que de ese modo evitaría descubrir cuánto te aburría mi compañía.

Lo he estado pensando detenidamente y creo que dejé de acudir a tu lecho porque comencé a preguntarme si me recibías por deseo o porque considerabas que era tu obligación como esposa.

Me convencí de que refugiarme en el trabajo y pensar que podrías hacerme débil era un consuelo mejor.

Minerva sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Hacíamos el amor y te quedabas durmiendo conmigo en la cama, hasta que un día dejaste de hacerlo… Yo… ¿De verdad pensabas eso?

Él asintió.

—Fui un tonto. Y cuando supe que Mondrake te había rondado… todas mis inseguridades regresaron de golpe. Sabía que el vizconde había mostrado interés por ti antes de nuestro matrimonio y me convencí de que podrías estar buscando en él lo que yo no sabía ofrecerte.

—Mondrake es solo un amigo de la familia.