Capítulo 7
La paciencia infinita
Dos días después del desafortunado encuentro en el vestidor, Theron Haverford, sexto duque de Foxworth, decidió que había llegado el momento de abandonar su lecho y recuperar el control de su matrimonio, una empresa que comenzaba a considerar mucho más complicada que administrar todas sus propiedades juntas.
El médico le había permitido levantarse siempre que evitara los esfuerzos innecesarios y no intentara montar a caballo durante varias semanas más. Theron aceptó las recomendaciones con docilidad, pero se negó en rotundo a utilizar un bastón cuando el galeno le sugirió que podría ayudarlo a caminar.
No era un anciano, ¡por todos los demonios!
Tenía veintisiete años, dos piernas en perfecto estado y una esposa a la que necesitaba convencer de que todavía era el hombre adecuado para hacerla feliz.
Presentarse ante ella con un bastón no figuraba entre sus planes, especialmente después del lamentable espectáculo que había ofrecido en la bañera.
¡Menudo tonto había sido!
Durante esos dos días, Minerva había cumplido con sus obligaciones sin dedicarle más atenciones de las imprescindibles.
Siguió interesándose por su salud, supervisó sus comidas y acudió a verlo cuando la señora Fletcher le comunicaba que necesitaba algo, pero había dejado de leerle en voz alta y ya no encontraba excusas para permanecer junto a él más de lo necesario.
Lo trataba con una cortesía intachable. Fría y distante.
Theron detestaba esa actitud.
Prefería mil veces que Minerva lo reprendiera por su mal carácter, le reprochara sus decisiones o lo amenazara con arrojarle algún objeto a la cabeza.
Cualquier cosa resultaba más soportable que verla comportarse como una duquesa impecable que había olvidado que su marido también era un hombre de carne y hueso.
Y uno desesperado, además.
La pregunta que ella le había formulado antes de abandonar el vestidor continuaba persiguiéndolo.
«¿Me amas?».
Por supuesto que la amaba. ¿Qué clase de pregunta era esa?
Se había casado con ella justo porque no concebía pasar el resto de su existencia con ninguna otra mujer y, si Minerva hubiese tenido la paciencia de aguardar unos segundos más, se lo habría explicado…
en cuanto las palabras hubiesen acudido a él, por supuesto. Lo pilló desprevenido.
Sin embargo, el recuerdo de su rostro entristecido le indicaba que no bastaría con ofrecerle una respuesta tan sencilla.
Su esposa necesitaba comprender lo que sentía por ella y, después de tres meses de separación, Theron sabía que las palabras tendrían que ir acompañadas de hechos.
El problema era que no sabía por dónde empezar.
Había intentado seducirla y había fracasado de manera estrepitosa.
Trató de disculparse, pero lo hizo tan mal que terminó ofendiéndola de nuevo.
Incluso había pensado en enviarle flores, hasta que recordó que se encontraban bajo el mismo techo y que el gesto podría resultar bastante ridículo si no conseguía reunir el valor necesario para entregárselas personalmente.
Así pues, decidió comenzar por lo más sencillo: buscarla y hablar con ella. Sí, sí, no trataría de defenderse de ella como si fuese el enemigo.
Por amor de Dios, era la mujer a la que amaba, ¿cómo podía haber dudado de su amor? ¡Si los celos se lo llevaron a los infiernos cuando los rumores sobre ella y Mondrake comenzaron a circular!
Su ayuda de cámara terminó de colocarle bien la levita y retrocedió para examinar el resultado.
—¿Desea que avise a su esposa de que ha decidido bajar, Su Gracia?
—No es necesario, Peters. Tengo la intención de darle una sorpresa.
—¿Está seguro de ello, Su Gracia?
Theron lo miró a través del espejo.
—¿Qué insinúas?
—Convendría recordarle que la duquesa ha prohibido expresamente que abandone sus habitaciones sin su autorización.
—Peters, soy el dueño de esta casa. No soy ningún prisionero —farfulló.
Lo que menos le convenía a sus planes era que su mujer lo viese como un corderito débil y sin fuerzas. ¡Él era un duque viril y lleno de energía! En especial, energía del tipo amorosa. Necesitaba que ella lo comprendiese cuanto antes.
—Por supuesto, Su Gracia.
—Y no necesito autorización para pasearme por mis propios salones.
—Como ordene.
El criado mantuvo una expresión solemne, pero Theron juraría que estaba haciendo un esfuerzo para no sonreír.
—Ni una palabra a mi esposa —le advirtió antes de salir.
—Por supuesto, Su Gracia. Confío en que disfrute del paseo.
Theron abandonó la alcoba con paso firme y descubrió que su cuerpo había recuperado buena parte de la movilidad. Las contusiones continuaban molestándolo cuando realizaba movimientos bruscos, pero podía caminar sin dificultad y agradeció la sensación de libertad después de tantos días encerrado.
Al llegar al piso inferior, encontró los salones adornados para las inminentes fiestas.
La servidumbre había colocado ramas de acebo sobre las chimeneas, guirnaldas de hojas perennes alrededor de algunos marcos y cintas rojas que aportaban una nota alegre a Foxworth Camp.
Desde el extremo del corredor llegaba el aroma de las ramas recién cortadas y el sonido de las voces de dos doncellas que discutían sobre dónde colocar los últimos adornos.
Theron se detuvo al descubrir una ramita de muérdago suspendida sobre el arco que comunicaba el salón principal con la galería.
La contempló unos segundos.
Después sonrió.
Quizá el destino estuviera dispuesto a prestarle una pequeña ayuda.
—Su Gracia…
La señora Fletcher apareció con una cesta de cintas y lo observó con sorpresa.
—¿Desea algo? —le preguntó él.
—¿El médico le ha autorizado a levantarse?
Él se tragó un gruñido.
—Esta misma mañana. ¿Dónde está mi esposa?
—La duquesa está supervisando los preparativos navideños en el salón de música.
—Excelente. Y dígame, señora Fletcher, ¿quién ha colocado ese muérdago? —señaló el punto al que se refería.
El ama de llaves siguió la dirección de su mirada y le dijo:
—La duquesa nos pidió que adornáramos los salones siguiendo las costumbres de la casa, Su Gracia. Su esposa lo ha supervisado todo.
—Naturalmente.
Theron contempló de nuevo la pequeña rama, satisfecho de descubrir que Minerva conservaba el interés por las tradiciones que habían compartido durante su anterior Navidad.
—¿Desea que lo retiremos, Su Gracia?
—¡No! —dijo más alto de lo que pretendía—. De ninguna manera. Me parece un adorno magnífico.
La señora Fletcher arqueó las cejas, pero tuvo la prudencia de no comentar el repentino entusiasmo de su patrón por la decoración navideña.
—Como ordene, Su Gracia.
Theron continuó su camino hacia el salón de música y encontró a Minerva junto a una mesa cubierta de ramas de acebo, cintas de seda y pequeñas cestas de piñas.
Llevaba un vestido de lana azul y tenía algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
Estaba explicándole a una doncella cómo debía colocar una guirnalda sobre la repisa de la chimenea cuando advirtió su presencia.
Su expresión cambió de inmediato.
—¡Foxworth! ¿Qué demonios haces aquí?
Theron inclinó la cabeza.
—Buenos días también para ti, querida. Confío en que hayas descansado bien.
—¡Eres tú el que debería estar descansando! —lo regañó.
—El médico me ha autorizado a levantarme por fin.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y por qué no me han informado?
—Porque, hasta donde recuerdo, el médico me examina a mí y no a ti.
Minerva entrecerró los ojos.
—Theron Haverford, no empieces a irritarme tan pronto —lo reprendió con severidad.
El duque sonrió con tanta satisfacción que ella se quedó desconcertada.
—Ah, cuánto echaba de menos que me hablaras de ese modo.
—¿De qué modo?
—Como si estuvieras considerando la posibilidad de estrangularme.
—No me tientes.
Theron dejó escapar una carcajada y Minerva tuvo que contener una sonrisa. Hacía mucho tiempo que no escuchaba reír a su marido con tanta naturalidad, pero no pensaba permitir que su buen humor la distrajera de lo importante.
—¿Te duele el costado?
—Mucho menos.
—¿Y la espalda?
—También ha mejorado. El doctor considera que podré recuperar mis actividades habituales en unos días, siempre que no cometa imprudencias como, por ejemplo, montar a caballo antes de estar totalmente recuperado.
—Entonces será mejor que regresemos a tu habitación.
—Acabo de salir de ella.
—Precisamente por eso. No sé nada de medicina, pero creo que no te vendrá mal un poco más de descanso.
Theron contempló a su esposa con fingida resignación.
—Minerva, creo que disfrutas teniéndome tendido en una cama.
La doncella que colocaba la guirnalda se apresuró a bajar la cabeza para ocultar una sonrisa.
La duquesa le dirigió a su esposo una mirada indignada. ¡Otra vez él y su picardía!
—¡Foxworth!
—¿He dicho algo inconveniente?
—Delante de los criados, sí.
—En ese caso, quizá deberíamos hablar en privado.
La duquesa comprendió que no conseguiría hacerlo regresar a su habitación con una simple orden, por lo que despidió a la doncella y dejó las cintas sobre la mesa.
—Muy bien. ¿Qué quieres?
Theron perdió parte de su humor.
—Hablar contigo.
—Podemos hacerlo aquí.
—Preferiría que camináramos un poco. El médico me ha recomendado que haga ejercicio suave y agradecería tu compañía.
Minerva vaciló. Había pasado los dos últimos días procurando evitar cualquier conversación que pudiera desembocar en otra discusión, pero comprendía que no podrían continuar indefinidamente de ese modo.
—Está bien —concedió—. Siempre que me prometas que regresaremos a tu alcoba si comienzas a sentir molestias.
—Tienes mi palabra.
Theron le ofreció el brazo.
Ella lo contempló unos segundos antes de aceptarlo, y el duque sintió una emoción inesperada cuando la mano femenina se apoyó sobre la manga de la levita.
Habían pasado meses sin pasear juntos de esa manera y el gesto, tan habitual durante su cortejo, le recordó cuánto había perdido por haberla relegado al último lugar en su vida.