Capítulo 6 #3
—Que sepas que no he dejado de desearte durante estos tres meses.
Sinceramente, tampoco sé por qué me alejé de tu cama antes.
Tal vez fuese porque no quería depender tanto de lo que me inspirabas y decidí que apartarme sería conveniente.
Pero una cosa es cierta: ni un solo día he dejado de desearte.
—Eso no arregla lo ocurrido entre nosotros —respondió con una voz mucho menos firme.
—Lo sé.
—No me basta con que me desees, Theron.
Minerva intentó retirar la mano y él la retuvo.
—Estoy considerando la posibilidad de suplicarte por un beso. Necesito besarte.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco. No importaba lo que le dijese, él seguiría tratando de seducirla y, maldito fuese, deseaba ser seducida.
—¿Solo uno? —se escuchó decir.
Theron arqueó las cejas.
—¿Estás negociando, duquesa?
Minerva se arrepintió de la pregunta en cuanto la pronunció. Su esposo sonrió con una satisfacción que la hizo desear arrojarle la esponja a la cabeza.
—No estoy negociando nada. Solo intento comprender hasta dónde llega tu desfachatez.
—Muchísimo más lejos de lo que imaginas, aunque estoy dispuesto a conformarme con un beso si me lo concedes. Tengo la intuición de que no hay mejor remedio para el mal del que adolezco que un beso de mi esposa.
Minerva lo contempló durante varios segundos.
Podía inclinarse hacia él, apoyar los labios sobre los suyos y recuperar, aunque solo fuera durante un instante, una parte de la felicidad que había perdido.
Deseaba hacerlo con tanta intensidad que tuvo que aferrarse al borde de la bañera para contener el impulso.
Fui en ese momento cuando recordó la última discusión, las palabras que Theron le había dirigido y la humillación de comprender que su marido desconfiaba de ella.
No podía permitir que el deseo resolviera lo que todavía necesitaban hablar.
—No, Foxworth —respondió al fin.
La sonrisa desapareció de sus labios.
—Comprendo —dijo, sin saber qué más decir. Desde que la duquesa entrase en el vestidor, dos veces había apostado por tratar de hacerla claudicar y las dos veces había fallado. ¡Infierno!
—No creo que lo comprendas. Sigues pensando que basta con hacerme reír, mirarme de esa manera pícara y recordarme lo que compartíamos en nuestra alcoba para que todo vuelva a ser como antes. —Theron permaneció callado—. Pero no es tan sencillo —continuó ella—. No después de lo que ocurrió.
—Minerva, sé que tenemos cosas pendientes…
—Entonces deberías empezar por reconocerlas en lugar de decirme abiertamente todo lo que estarías dispuesto a conceder para tenerme en tus brazos.
—No sé lo que quieres de mí —murmuró derrotado—. Te lo ruego, dímelo. Solo tienes que decírmelo y…
Ella negó con la cabeza.
—No, Theron. Si te digo lo que quiero, ya no lo necesito. Debes averiguar lo que se rompió entre nosotros y ayudarme a repararlo. Hasta que no te des cuenta, no podremos seguir adelante.
La observación lo alcanzó de lleno. El duque bajó la mirada y Minerva se puso en pie y se alisó la falda. No le importó mojar la tela. Tenía las mejillas encendidas, el pulso acelerado y una necesidad carnal que la estaba desbordando.
—Voy a llamar a tu ayuda de cámara para que te asista. No intentes salir solo de la bañera —le dijo, para luego comenzar a caminar.
—Minnie…
Ella se detuvo antes de abandonar la estancia.
—¿Qué?
—Si supiera que arreglaría todo lo que nos separa arrodillándome ante ti para implorar tu perdón…
Ella lo miró entonces por encima del hombro derecho.
—Sigues sin comprender lo que ocurre entre nosotros.
Nunca te he querido arrodillado ante mí.
Solo te habría bastado con no haberte olvidado de que somos dos en nuestro matrimonio.
Te resultó muy fácil olvidarte de mí. Tú tienes necesidades, eso ha quedado hoy mismo claro, pero yo también las tengo y no son solo las carnales.
Quiero que mi esposo me vea cada día y valore que estoy a su lado.
—Te hice mi duquesa. No sé qué más debí hacer por ti, Minerva.
—¿Me amas? —se atrevió a preguntarle.
Él frunció el ceño. No entendía la pregunta y antes de que pudiese responder o hacer alguna mención al respecto, su esposa abandonó el vestidor.
Minerva sintió que su silencio le confirmaba sus peores sospechas, así que no se quedó para seguir discutiendo. Necesitaba alejarse de Theron, de sus insinuaciones y de su inesperada picardía.
Su esposo seguía deseándola. Lo había comprobado con sus propios ojos, pero eso no le bastaba. Quería su corazón además de su cuerpo.
Mientras, dentro de la bañera, el duque dejó caer la cabeza contra el borde y cerró los ojos. Su esposa se había marchado dolida y él tenía la impresión de que, pese a todos sus esfuerzos por evitarlo, había vuelto a encontrar la manera de estropear una oportunidad magnífica.
—Maldita sea, Foxworth —murmuró para sí mismo—. Vas a tener que aprender a utilizar algo más que tus encantos si pretendes recuperar a esa mujer. ¿Cómo puede pensar que no la amo? ¡Por amor de Dios! Me casé con ella, ¿qué otra prueba puede necesitar?