Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿De qué? —preguntó la duquesa, envalentonada.

Theron levantó los ojos hacia ella. La distancia que los separaba se había reducido tanto que podía percibir el aroma a violetas que siempre asociaba con su esposa.

—¿De verdad no lo sabes?

—No soy estúpida. —La mirada de ella bajó hasta un lugar privado que se veía bastante grueso y largo. Luego volvió a mirarlo a los ojos y lo retó—: Solo quiero oírlo. Así que dilo.

La exigencia lo dejó sin aliento durante unos segundos. Minerva no apartó la mirada y él comprendió que, si deseaba recuperar algo de la intimidad que habían compartido, tendría que empezar por expresar lo que sentía sin esconderse detrás de las insinuaciones.

—Está bien. Estoy a un paso de intentar besarte y hacerte el amor, Minerva.

Llevo días deseándolo cada vez que entras en mi habitación y me resulta cada vez más difícil comportarme como un caballero razonable.

¿Existe alguna posibilidad de que consiga mi propósito sin tener que ponerme de rodillas y suplicártelo?

Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que me aceptes en tu cama.

Durante un instante, Theron creyó que iba a responderle con alguna de sus habituales ironías, pero su esposa bajó la mirada hacia el agua una vez más y guardó silencio. Cuando volvió a enfrentarlo, la expresión de la duquesa se había endurecido.

Él comprendió que había dicho algo inconveniente, mas no conseguía imaginarse exactamente qué parte de su confesión habría provocado semejante reacción.

—Así que yo tenía razón.

—¿Qué? —inquirió él sin entenderla.

—¿Eso es todo lo que te preocupa? —preguntó la dama.

—¿A qué te refieres?

—A lograr tu satisfacción, pero lo que me sorprende es que me desees de pronto.

—Nunca he dejado de desearte —susurró.

—Entonces, ¿lo solucionarás todo con la seducción? ¿Tan espantoso te resulta reconocer que quizá tengas algo por lo que disculparte?

Theron sintió que el deseo cedía terreno a una incomodidad que conocía demasiado bien.

—No he dicho que no tenga motivos para disculparme.

—Pero crees que si nos acostamos de nuevo todo se solucionará.

—Te he confesado que te deseo tanto que me duele. Tanto como para hacer todo lo que me pidas. ¿Quieres una disculpa? La tienes: lo siento. Siento haberte hecho daño la última vez que discutimos. Siento haberme ido y haberte dejado en Londres, Minerva.

—¿No entiendes que eso no soluciona nada? Has sido muy claro: me deseas y pagarás cualquier precio para tenerme.

—¿Y no te parece un halago? ¿No entiendes lo que significa para un hombre como yo darte absolutamente todo lo que pidas? Has ganado, Minerva.

—El que no entiende nada, eres tú —le advirtió derrotada.

La duquesa se volvió hacia la salida, dispuesta a abandonar el vestidor, pero Theron se incorporó ligeramente y soltó una exclamación cuando el movimiento le provocó una punzada en el costado.

Ella regresó de inmediato.

—¡No te levantes! —le ordenó.

—Entonces, no te marches. Por favor, no te marches ahora. Si te vas, temo que cuando salga de aquí puedas haberte ido a la ciudad. No puedo soportar que me dejes de nuevo.

—¿Yo te dejé a ti?

—Me dijiste que sería buena idea que me marchase al campo solo, ¿recuerdas?

—¿Y también te dije que te alejases durante tres meses, Theron? Tú me abandonaste a mí, no fue al revés —le aclaró.

—Sabes cuánto detesto la ciudad y no viniste ni una sola vez a buscarme.

—¿Yo debía buscarte a ti? ¿Acaso fui yo quien puso en duda tu fidelidad?

—Minerva… por favor…

—Por favor, ¿qué? —se plantó ella.

—No quiero discutir, solo quiero que…

—¿Qué? —lo azuzó cuando él se calló.

—Te he echado tremendamente de menos. Cada día lejos de ti ha sido un tormento. ¿Esta última confesión no podría suavizarte un poco? Te necesito. No estoy bien —le dijo de todo corazón.

Ella suspiró y se pasó una mano por la frente.

—No puedes utilizar tus heridas para retenerme, Foxworth.

—No pretendía… —Trató de volver a ponerse en pie.

—¡Por el amor de Dios! ¿Es que nunca vas a hacerme caso? No te incorpores —le ordenó.

Minerva se arrodilló junto a la bañera y le colocó una mano sobre el hombro para obligarlo a recostarse de nuevo. Theron obedeció y el roce de sus dedos le recordó de forma dolorosa cuánto tiempo llevaba sin disfrutar de la intimidad.

Minerva observó sus contusiones con el ceño fruncido.

—Todavía tienes el costado bastante amoratado. No deberías hacer movimientos bruscos ni propiciar discusiones que no puedes ganar.

—Lo tendré en cuenta —susurró.

—No puedo dejarte solo ni un momento. Si me despisto, saldrás a cabalgar de nuevo. Eres tan terco…

—¿Eso significa que piensas quedarte para vigilarme mientras me baño?

Ella lo miró irritada.

—Alguien tendrá que hacerlo.

—Está bien. No discutiremos, pero si te quedas, me ayudarás con la espalda. Todavía me resulta incómodo levantar el brazo. —Theron señaló la esponja que descansaba sobre una pequeña bandeja junto al jabón.

Minerva siguió la dirección de su mirada y después volvió a observarlo con evidente desconfianza.

—¿Me estás ordenando que te lave?

—Solo la espalda, querida. Te aseguro que no pretendo exigirte ninguna otra obligación conyugal. Ya has dejado bastante claro que no deseas mis atenciones y lo respetaré.

La duquesa frunció los labios.

—Más te vale. Y para haber dicho que no querías discutir, ya lo estás haciendo.

Él no respondió nada más porque su mujer se disponía a coger la esponja.

A continuación, la introdujo en el agua y Theron se inclinó hacia delante con prudencia y apoyó los antebrazos sobre sus rodillas para facilitarle la tarea, aunque no había previsto lo difícil que resultaría conservar la paz cuando Minerva comenzase a recorrerle la espalda con movimientos lentos y cuidadosos.

Ella empezó por los hombros, donde la piel conservaba una pequeña marca rojiza del accidente, y descendió hasta los omóplatos. El agua tibia resbalaba sobre su cuerpo y el aroma del jabón se mezclaba con el perfume de su esposa, mientras Theron apretaba los dientes para no asaltarla.

—¿Te estoy haciendo daño? —preguntó Minerva al advertir su rigidez.

—No.

—Entonces, ¿por qué estás tan tenso?

—Porque llevas varios minutos tocándome y todavía no he conseguido acostumbrarme a semejante privilegio.

Ella detuvo la esponja.

—Theron…

—No te estoy pidiendo nada, Minnie. Puedes continuar.

Minerva vaciló, aunque terminó por apoyar la esponja sobre su espalda y proseguir con las atenciones que él, al parecer, estaba disfrutando mucho.

La duquesa recordaba perfectamente el cuerpo de su esposo, la firmeza de sus músculos y la amplitud de esos hombros que tantas veces habían sido su agarre.

Sin embargo, verlo desnudo después de tantos meses de separación le despertaba un ardor inesperado.

Él no era el único que estaba disfrutando del baño. Ella, por desgracia, también.

Theron había sido un amante apasionado, atento a sus deseos y capaz de hacerla olvidar cualquier preocupación cuando cerraba la puerta de la alcoba.

Durante los primeros meses de matrimonio, Minerva había descubierto junto a él una intimidad que jamás imaginó que pudiera existir entre un hombre y una mujer, y la ausencia de dichas caricias le había dejado un vacío mucho más profundo del que hubiese creído posible.

También echaba de menos los besos, la pasión compartida con él…

Todo había ido bien hasta que llegó un punto en que simplemente se distanciaron y la discusión lo lanzó todo por los aires.

—Date la vuelta —le pidió cuando terminó de lavarle la espalda.

Theron obedeció despacio.

Minerva sintió que se le secaba la boca.

El agua le llegaba hasta la cintura y dejaba al descubierto su pecho, los hombros y buena parte del abdomen.

Seguía magullado, pero se iba recuperando poco a poco.

Tuvo la precaución de no echarle un largo vistazo a su cosa .

Se limitó a darle uno pequeñito que le dejó muy claro que él estaba más que preparado para…

¡Por Dios! Ella también lo deseaba. La humedad que sentía entre las piernas era la máxima confirmación.

Se tragó un gemido de irritación y procedió a seguir con su trabajo. Deslizó la esponja sobre uno de sus hombros y después hacia el pecho, procurando no ejercer demasiada presión ahí.

Su marido permanecía completamente inmóvil.

Solo la respiración, cada vez más profunda, delataba el efecto que las atenciones estaban produciendo en él.

Oh, sí. A ella también se le escapó un gemido.

—No tienes que continuar si te resulta incómodo —murmuró Theron.

Minerva levantó la vista.

—Estoy perfectamente —mintió.

—Pues deja de sujetar esa pobre esponja con tanta fuerza. No creo que haya hecho nada para merecer el castigo.

Ella aflojó los dedos y le lanzó una mirada indignada.

—Eres insufrible.

—Eso me han dicho.

—Y arrogante.

—También.

—Y tienes una capacidad inusual para conseguir que cualquier mujer sensata pierda la paciencia.

—¿Cualquier mujer? Creía que estábamos hablando de ti.

Minerva estuvo a punto de responderle, pero la sonrisa que apareció en los labios de Theron consiguió distraerla. Le gustaba verlo sonreír. Durante unos segundos, se permitió contemplarlo sin necesidad de ocultar su admiración.

El duque la observaba con una intensidad que despertaba en ella recuerdos demasiado íntimos. Conocía esa mirada masculina, la forma en que sus ojos se oscurecían cuando la deseaba y el pequeño gesto con el que apretaba la mandíbula antes de besarla.

—Minnie… —susurró él.

—¿Sí?

—Si sigues mirándome así, terminaré por olvidar que estamos enfadados y te haré mía aquí y ahora.

Ella apartó los ojos, sin embargo, ya era demasiado tarde para fingir indiferencia. Theron le sostuvo suavemente la muñeca y detuvo la esponja sobre su pecho.

—Mírame, por favor.

Minerva vaciló antes de obedecer.

—¿Qué quieres?