Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Situaciones incómodas

Los días siguientes transcurrieron con bastante tranquilidad. Theron no recordaba haber disfrutado tanto desde hacía muchísimo tiempo, sin embargo, pronto descubrió que tener a su esposa en casa no significaba necesariamente que pudiera gozar de todas las ventajas del matrimonio.

Minerva se había propuesto cuidarlo con una dedicación inimaginable y una disciplina que habría hecho palidecer al mismísimo médico.

Supervisaba sus comidas, se aseguraba de que tomara los remedios prescritos y había ordenado a la servidumbre que no atendiera ninguna petición del duque que implicara abandonar sus habitaciones.

Incluso consiguió que la señora Fletcher le retirara las botas después de descubrir que su marido había intentado levantarse para bajar a la biblioteca.

Theron protestó, por supuesto. Se quejó durante el desayuno, volvió a hacerlo a la hora del almuerzo y terminó la jornada con una queja muy elaborada acerca de los inconvenientes de ser dueño de una casa en la que nadie lo obedecía.

Minerva escuchó sus reclamaciones con paciencia —eso lo irritó más— y, cuando terminó de enumerar las injusticias a las que estaba siendo sometido, su duquesa se limitó a acomodarle los almohadones y recordarle que el médico había ordenado reposo.

—Soy el duque de Foxworth —le reprochó Theron la segunda mañana, cuando descubrió que tampoco podría acompañarla a desayunar.

—Y yo soy la duquesa —apostilló ella, mientras extendía mantequilla sobre la tostada del duque—. Si deseas recuperar el control de tu casa, te aconsejo que empieces por recobrar la capacidad de caminar sin llevarte una mano a las costillas.

—Puedo caminar perfectamente.

—Ayer necesitaste ayuda para sentarte.

—Porque tú insististe en colocarme seis almohadas detrás de la espalda.

—Cinco.

—¿Cómo?

—Eran cinco almohadas, Foxworth. Veo que ya no sabes contar bien. ¿Debo preocuparme por tu mente además de por tus contusiones?

Theron decidió guardar silencio y no pudo evitar ofrecerle una sonrisa cuando ella le acercó la bandeja y se aseguró de que pudiera alcanzar la taza sin hacer ningún movimiento brusco.

Los pequeños cuidados estaban acabando con la resistencia del duque mucho más deprisa que cualquier dolor.

Minerva siempre había sido una mujer afectuosa, pero durante los últimos meses de su convivencia apenas había tenido ocasión de disfrutar de sus atenciones, así que el duque de Foxworth estaba descubriendo hasta qué punto había echado de menos que alguien se preocupara por él con semejante determinación.

Lo desesperante era que su esposa había establecido una frontera invisible entre la ternura y cualquier otra manifestación de afecto.

Podía arroparlo, comprobar la temperatura de su frente y ayudarlo a incorporarse cuando las contusiones le molestaban, pero en cuanto Theron intentaba retenerle la mano durante unos segundos más de lo necesario, ella encontraba alguna excusa para apartarse.

¡Terminaría volviéndose loco más pronto que tarde!

Las tardes resultaban todavía más peligrosas para su paz. Minerva había adquirido la costumbre de sentarse junto al lecho para leerle en voz alta, convencida de que las novelas constituían un entretenimiento más adecuado para un convaleciente que los documentos que su marido pretendía revisar.

Theron descubrió que podía pasar horas escuchándola, y no siempre prestaba demasiada atención a las desventuras de los personajes.

Le gustaba observar la expresión de su rostro, el movimiento de su sensual boca, sus delicadas pestañas subiendo y bajando…

Cuando su mujer encontraba algún pasaje divertido, se reía sin más y eso le hacía querer gemir de pura lujuria. Adoraba su risa.

Y su duquesa disfrutaba todavía más al leer cuando encontraba que el comportamiento de un caballero era cuestionable, dado que Minerva aprovechaba los defectos de los personajes masculinos para dirigirle reproches que no se atrevía a hacerle abiertamente.

—Ese caballero es un estúpido —declaró ella durante la tercera tarde, después de leer una escena bastante desafortunada.

—Tal vez él tenga sus motivos.

—No existen motivos suficientes para tratar de semejante manera a una mujer que lo ama.

Theron dejó de sonreír.

—Quizá no sepa que ella lo ama.

—Entonces debería preguntárselo, en lugar de comportarse como si las acciones de ella fuesen una ofensa personal contra su dignidad.

El duque reflexionó sobre esas palabras mientras Minerva retomaba la lectura, aunque tuvo el buen juicio de no preguntar si se refería solo al personaje de la novela, dado que él ya conocía la respuesta a esa pregunta no formulada.

Por las noches, cuando ella se retiraba a sus habitaciones, el silencio recuperaba todo el terreno que había perdido durante el día y Theron volvía a enfrentarse al recuerdo de los tres meses que habían pasado separados.

Su esposa ocupaba la alcoba contigua, la que comunicaba con la suya mediante una puerta que permanecía cuidadosamente cerrada, y el hecho de tenerla tan cerca y no poder abrazarla constituía una tortura que ninguna medicina conseguiría aliviar.

Había esperado que su presencia lo ayudara a recuperar la tranquilidad, pero cada día que pasaba junto a ella aumentaba el deseo de tenerla entre sus brazos.

Echaba de menos sus besos, su risa junto a la almohada y la confianza con que Minerva acostumbraba a buscarlo durante la noche, pero también las conversaciones interminables que mantenían después de haberse amado, cuando ambos olvidaban sus obligaciones y podían comportarse como dos personas que se adoraban.

Él comenzaba a darse cuenta de que había dejado de ser un marido para convertirse en un duque después de casarse con ella.

El cuarto día, tras soportar otra mañana de reposo y una discusión con su esposa acerca de la conveniencia de bajar al comedor, Theron decidió que había llegado el momento de recuperar al menos una pequeña parte de su independencia.

Necesitaba un baño. Estaba harto de los paños húmedos. Y, por todos los demonios, no pensaba solicitar autorización para lavarse debidamente.

Su ayuda de cámara recibió la orden de preparar la bañera en el vestidor y, una vez que comprobó que el agua estaba a una temperatura agradable, ayudó al duque a desvestirse.

Las contusiones habían comenzado a perder sus tonos más oscuros, pero todavía le molestaban algunos movimientos, por lo que Theron aceptó la asistencia del criado para no caerse.

Después lo despidió.

Necesitaba unos minutos de tranquilidad sin que nadie le recordara sus obligaciones como enfermo. La interrupción no tardó en llegar.

—¿Foxworth?

La voz de Minerva se escuchó desde la alcoba.

Theron cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el borde de la bañera.

Había pasado la mañana deseando escucharla y en esos momentos estaba allí, a pocos pasos, por lo que su imaginación comenzó a desbocarse.

Se la imaginaba desnuda, dentro de la bañera con él.

Subida sobre él, cabalgándolo y exigiendo su placer…

¡Dios! La deseaba con toda su alma.

—Estoy aquí, Minerva.

—¿Dónde?

—En el vestidor.

Escuchó sus pasos y después se produjo un breve silencio.

—¿Qué haces en…? —No pudo terminar la pregunta. La escena la había sorprendido.

—Tomando un baño. ¿No lo ves? Confío en que no necesite explicarte en qué consiste dicha actividad.

Ella carraspeó y se limitó a mirarlo a los ojos, pues dirigir la mirada hacia otro lugar de su cuerpo sería peligroso.

—¿Tú solo?

La preocupación que descubrió en su voz consiguió que sonriera.

—Completamente solo, querida. Mi ayuda de cámara acaba de abandonarme a mi suerte.

—¡Foxworth! El médico te ordenó que evitaras los esfuerzos. ¿Y si te mareas al levantarte?

—Entonces supongo que tendrías que venir a rescatarme.

—No tiene ninguna gracia.

Theron decidió tentar a la suerte.

—Ven a asistirme si tanto te preocupa mi bienestar, a no ser que tengas miedo.

Se produjo un silencio que consiguió aumentar la expectación del duque.

—¿Miedo? —repitió Minerva.

—Es una posibilidad que deberíamos considerar.

—¿Y de qué se supone que tendría miedo?

—De encontrarte a solas con tu marido sin que una camisa de dormir interfiera entre nosotros.

Él observó cómo los ojos de Minerva descendían hacia sus hombros desnudos para después pasar al torso que sobresalía del agua.

Minerva también tuvo tiempo de contemplar sus fuertes brazos, apoyados a ambos lados de la bañera.

Acto seguido, la dama levantó la barbilla.

—No tienes nada que no haya visto antes, Foxworth.

Theron dejó escapar una risa baja.

—Ni besado ni lamido tampoco, ¿verdad, Minnie?

El rubor apareció de inmediato en las mejillas de su esposa.

—¡Theron! —lo regañó.

—¿He dicho alguna mentira?

—¿Desde cuándo eres tan pícaro?

—Desde que llevo muchos meses sin disfrutar de las atenciones que antes recibía de mi esposa. Una circunstancia que, comprenderás, ha terminado por afectar seriamente a mi paciencia.

Minerva cruzó los brazos.

—No pretenderás hacerme responsable también de eso, ¿cierto?

—No. Solo ocurre que resulta difícil conservar la compostura cuando una mujer hermosa me toca con una delicadeza que no he olvidado y después se marcha sin concederme siquiera un beso.

—Estoy cuidándote porque te has caído de un caballo, no porque haya decidido reanudar nuestras relaciones matrimoniales.

—Una distinción que me recuerdas con admirable frecuencia con tu comportamiento.

—Me alegra comprobar que me prestas atención cuando hablo. ¿Quieres discutir ahora mismo conmigo? ¿Mientras te bañas?

—Créeme; discutir contigo es lo último que se me pasa por la cabeza. Si pudieses leerme la mente, saldrías corriendo en este preciso instante.

—No te tengo miedo —le dijo con seguridad—. Y me disgusta el modo en el que te estás comportando. No es propio de ti.

Theron suspiró frustrado.

—Minerva, llevo meses sin saber lo que es la satisfacción de tenerte a mi lado. No debería extrañarte que esté a un paso de…

Interrumpió la frase cuando ella se acercó a la bañera.