Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Quizá nada. Solo quería que supieras que Theron no siempre ha sido tan seguro de sí mismo como aparenta. A veces, los hombres que más se empeñan en demostrar su fortaleza son justo los que peor soportan la posibilidad de no estar a la altura de lo que se espera de ellos.

—Nunca me dio motivos para pensar que pudiera sentirse inferior a nadie.

—Porque habría preferido arrancarse la lengua antes que reconocerlo. Sé de lo que hablo; lo conozco bien. A diferencia de ti, yo llevo más tiempo sufriéndolo.

Minerva bajó la mirada. La historia que acababa de escuchar despertó en ella una curiosidad inesperada.

—No sé si eso explica su comportamiento conmigo.

—No he dicho que lo explique, querida, y mucho menos que lo justifique.

No quiero ser indiscreto, pero, tal y como te he dicho antes, su antigua inseguridad pudo haberlo alterado cuando el asunto de Mondrake comenzó a circular por los salones de la ciudad.

Solo te pido que hables con él. Quizá descubras cosas que ninguno de los dos ha tenido el valor de mencionar.

—Lo pensaré, Wexbury.

—Me conformo con eso.

Cedric consultó el reloj y su expresión perdió parte de la esperanza que había mostrado durante la conversación.

Minerva recordó entonces la carta que sostenía cuando entró en el salón y reparó en que, desde que la había guardado, su amigo se había llevado varias veces la mano al bolsillo de la levita.

—¿Ocurre algo? —le preguntó.

—¿Por qué lo dices?

—Porque cuando entré estabas leyendo una carta y desde entonces no has dejado de tocarte el bolsillo donde la has guardado. ¿Has recibido malas noticias?

Cedric apartó la mirada hacia la chimenea.

—Es de mi esposa.

—Comprendo.

—Me temo que tendré que abandonar Foxworth Camp antes de lo previsto. Había pensado quedarme durante las fiestas, pero debo regresar a Londres cuanto antes. Theron no es el único que tiene cosas que arreglar con su mujer.

Minerva sintió una punzada de compasión.

—Lamento oírlo, Wexbury.

—Y yo lamento marcharme justo cuando acabas de llegar, pero creo que mi presencia aquí ya no es necesaria. Tú cuidarás de Foxworth mejor de lo que yo lo haría. Además, tengo que ocuparme de mis propios problemas.

—Espero que puedas resolverlos.

—Eso espero yo también.

Cedric volvió a tocarse el bolsillo y Minerva comprendió que la misiva contenía algo mucho más grave de lo que él estaba dispuesto a confesarle.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —inquirió ella.

—Por supuesto.

—¿Cuánto sabes realmente sobre lo ocurrido entre Foxworth y yo?

El conde la contempló con cierta sorpresa.

—Él no ha hablado directamente conmigo sobre el asunto, si es eso a lo que te refieres. Pero yo sé lo suficiente como para comprender que, un duque arrogante y orgulloso, es perfectamente capaz de sacrificar su felicidad antes que dar su brazo a torcer ni siquiera por la mujer a la que ama.

Minerva sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿La mujer a la que ama? —repitió.

—Tú, naturalmente.

—No creo que estés en condiciones de asegurar semejante cosa, Cedric.

—Conozco a Theron desde hace muchos años —repitió—.

Jamás lo había visto enamorado hasta que te conoció y te aseguro que tampoco lo he visto dejar de estarlo desde entonces.

Soy su mejor amigo, ¿crees que alguna vez se ha dignado a darme el crédito que merezco?

Nunca me ha dedicado un elogio y rara vez le he escuchado darme las gracias por algo.

Es un hombre que nunca te dirá lo que siente de verdad, será fuerte para ocultar lo que considere que será una debilidad, sí, pero también es leal, compasivo, justo y sé que nunca me fallaría.

Minerva permaneció callada. Había deseado escuchar palabras de amor durante todo su matrimonio, pero Theron nunca le había dicho expresamente que la amaba, ni siquiera cuando todavía compartían sus días y sus noches con una felicidad que ella había considerado indestructible.

—Mi esposo jamás me ha dicho que me ama —confesó en un susurro triste.

Cedric afirmó un par de veces con la cabeza.

—A eso me refería. Es inteligente, tenaz y valiente, pero quizás no habla de lo que siente porque es un necio incapaz de comprender que las mujeres no tenéis la obligación de adivinar nuestros sentimientos.

Pero créeme, Minerva, si hay algo de lo que estoy seguro, es de que Foxworth te ama muchísimo.

La duquesa sintió que los ojos comenzaban a humedecérsele.

—No sé si puedo creerlo.

—Entonces deja que sea él quien te lo demuestre. Y si vuelve a comportarse como un idiota, prometo regresar para darle una buena paliza. Lo dejaré más magullado que la caída.

Minerva soltó una pequeña carcajada.

—No bromees con eso. Además, siento decírtelo, pero me temo que saldrías bastante mal parado. Dudo mucho que él pueda perder ante alguien.

—Ah, me ofrezco a ser tu paladín y me traicionas a la primera ocasión —le dijo, falsamente dolido.

La broma consiguió aliviar la tensión, aunque Cedric no tardó en recuperar la expresión preocupada que había despertado las sospechas de la duquesa y le dijo—: Debo marcharme, querida.

Si quiero llegar a Londres cuanto antes, será mejor que ordene preparar el carruaje.

—Espero de corazón que puedas arreglar también las cosas con tu condesa. Al menos tú eres más razonable que Foxworth —le dijo Minerva.

Cedric frunció el ceño.

—¿Qué sabes exactamente de lo que ocurre entre mi esposa y yo?

La duquesa le ofreció una sonrisa cargada de comprensión.

—Vamos, Wexbury, no me digas que crees que los caballeros sois los únicos capaces de mantener confidencias. Tu esposa y yo quizá no seamos tan amigas como tú y Foxworth, pero también hemos compartido ciertos dolores del corazón durante los últimos meses. Además, la gente habla.

Cedric sintió que algo se le encogía en el pecho.

—¿Qué te ha contado mi esposa?

—Lo suficiente para comprender que tampoco está atravesando una época feliz.

El conde guardó silencio.

Siempre había sabido que su matrimonio no era perfecto, aunque durante demasiado tiempo había preferido convencerse de que las dificultades acabarían resolviéndose por sí solas.

Su esposa tenía una posición respetable, disfrutaba de una fortuna considerable y jamás le había faltado nada que él pudiera proporcionarle.

O eso creía.

La carta que llevaba en el bolsillo acababa de demostrarle que existían cosas mucho más importantes que el dinero y el cumplimiento de las obligaciones sociales.

—Minerva, ¿puedo pedirte un favor?

—Claro, Wexbury.

—¿Podrías darme alguna indicación sobre lo que debería hacer para arreglar las cosas con ella? No te pido que traiciones su confianza, pero quizá sepas algo que yo no haya comprendido.

La duquesa lo contempló con verdadera compasión.

—Ojalá pudiera ayudarte, pero no creo que sea la persona adecuada para aconsejarte. Ni siquiera sé si seré capaz de arreglar mi propio matrimonio.

—Necesito alguna indicación. Tú conoces a mi esposa.

—Y tú conoces a mi marido desde hace muchos más años que yo. Sin embargo, ninguno de los dos comprendemos qué ha ocurrido para que todo se vaya al traste, ¿verdad? Cada relación es única. No puedo ayudarte, lo siento.

Cedric aceptó la observación con una sonrisa triste.

—Supongo que tienes razón.

—Lo único que puedo decirte es que hables con ella y la escuches. Las mujeres no siempre necesitamos que los maridos resuelvan nuestros problemas, Cedric. A veces nos conformaríamos con saber que les importa lo que sentimos.

El conde bajó la mirada.

Durante unos instantes permaneció en silencio, consciente de que las palabras de Minerva habían puesto de manifiesto algo que llevaba demasiado tiempo evitando reconocer. El matrimonio por sí solo no bastaba para sostener una relación.

—Gracias, querida.

—No tienes que agradecérmelo.

Cedric se inclinó sobre la mano que ella le ofrecía y depositó un beso afectuoso sobre sus nudillos.

—Cuida de ese duque arrogante. Si consigues que recupere el sentido común, te estaré eternamente agradecido.

—Haré cuanto esté en mi mano para que obedezca al médico. Respecto a lo demás, no puedo prometerte nada.

—Lo comprendo. Has venido y con eso me basta.

Minerva lo acompañó hasta la puerta del salón y se despidió de él con una sonrisa cariñosa. Cedric correspondió al gesto antes de dirigirse hacia las escaleras para ordenar que prepararan su equipaje.

Mientras avanzaba por el corredor, el conde sacó de nuevo la carta de su esposa y contempló durante unos instantes las letras.

Había acudido a Foxworth Camp con la intención de pasar las Navidades lejos de los problemas de su matrimonio, pero en esos momentos se estaba dando cuenta de que la distancia no había conseguido resolver nada y que su esposa estaba dispuesta a tomar decisiones que podían separarlos para siempre si no lo remediaba.

No sabía cómo enfrentarse a su condesa ni qué palabras utilizar para convencerla de que todavía podían construir una vida juntos.

Desde que se casó, había considerado que cumplía con sus obligaciones matrimoniales de forma impecable, pero la carta que llevaba entre las manos había puesto en duda la certeza, y las palabras de Minerva no habían hecho más que aumentar su desconcierto.

Cedric dobló la misiva y se la guardó junto al corazón, aunque el gesto no consiguió aliviar el dolor que lo atormentaba. Y no tenía la menor idea de cómo arreglar las cosas.

Antes de que terminase la tarde, el conde de Wexbury abandonó Foxworth Camp con el alma partida y la amarga sensación de que tendría que enfrentarse a su esposa sin saber qué hacer para impedir que se alejara definitivamente de él.

Estaba en un lío más horroroso que el propio Foxworth y ser el mejor en eso no le traía ninguna paz.

¡Dios!