Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

La preocupación absoluta

Minerva encontró a Cedric en el salón azul, junto a uno de los ventanales que daban a los jardines. El conde sostenía una carta entre las manos y estaba tan concentrado en su lectura que no advirtió su presencia hasta que ella se aclaró la garganta.

—Espero no interrumpirte, Wexbury.

Cedric levantó la cabeza y dobló la misiva antes de guardársela en el bolsillo interior de la levita.

—¡Minerva, querida! Estaba deseando verte. ¿Cómo ha ido el viaje?

—Mucho mejor que el recibimiento de mi marido, gracias. Aunque supongo que no debería sorprenderme. Foxworth nunca ha destacado por su delicadeza cuando se trata de expresar sus sentimientos.

—Ah, ya has estado con él.

—En efecto, y ahora quiero que me expliques qué demonios sucedió, porque tu carta consiguió que me imaginara toda clase de desgracias. Incluso llegué a pensar que mi esposo estaba agonizando. ¿Te parece razonable haberme causado semejante angustia?

Cedric tuvo la decencia de mostrarse arrepentido.

—Te aseguro que mi intención no era asustarte tanto, Minerva. Sin embargo, cuando vi a Theron tendido en el suelo después de la caída, pensé que se había partido el cuello. Me llevé un susto horroroso.

La duquesa sintió que la preocupación volvía a apoderarse de ella.

—¿Estabas presente cuando ocurrió?

—Por supuesto. Habíamos salido a cabalgar por la mañana. Yo habría preferido quedarme junto a la chimenea, porque hacía un frío del demonio, pero tu marido insistió en que necesitábamos hacer algo de ejercicio. Ya sabes lo obstinado que puede llegar a ser.

—Por desgracia, lo sé demasiado bien.

—Todo iba perfectamente hasta que decidió poner a prueba las habilidades de su montura.

Creo que quería alardear de lo buen jinete que es, aunque no comprendo qué necesidad tenía de impresionarme después de tantos años de amistad.

El caso es que el animal se asustó, dio un salto inesperado y Foxworth acabó en el suelo.

—¡Santo cielo! ¿Y qué hiciste?

—Desmonté tan deprisa como pude y corrí hacia él.

Durante unos segundos no respondió cuando lo llamé y te aseguro que estuve a punto de perder el juicio.

Después abrió los ojos, me ordenó que dejara de gritar y comenzó a maldecir al caballo con un vocabulario que habría escandalizado a un estibador del puerto. —No había ninguna mentira en su relato.

Minerva se llevó una mano al pecho, aunque no consiguió evitar una pequeña sonrisa.

—Sí, reconozco que esa reacción es propia de mi marido. ¿Y después?

—Conseguimos llevarlo a casa y mandé llamar al médico.

Por fortuna, no tiene ningún hueso roto, pero el golpe fue considerable y los hematomas resultan bastante desagradables.

El doctor insiste en que debe guardar reposo para recuperarse y evitar complicaciones.

No quiero que pienses que su estado es tan grave como pudiste interpretar por mi carta, pero él tampoco debe cometer la temeridad de levantarse antes de tiempo.

—Ya he visto las contusiones y te aseguro que me han estremecido. Sin embargo, podrías haberme explicado que no corría peligro.

—Tienes razón. Debí ser más preciso y te pido disculpas.

—Me hiciste pasar un viaje de lo más desesperante, Wexbury. No sabes cuántas desgracias me imaginé durante el camino.

—Lo siento de veras, Minerva. No obstante, he de confesarte que también había otro motivo para pedirte que vinieras.

La duquesa entrecerró los ojos.

—¿Qué motivo?

—Mi mejor amigo necesita a su esposa.

La respuesta consiguió que Minerva perdiera parte de su serenidad.

—Foxworth lleva varios meses demostrando que puede vivir perfectamente sin mí.

—¿De verdad crees eso?

—¿Tú no?

Cedric dejó escapar un suspiro y se acercó a ella.

—Conozco a Theron desde que éramos un par de muchachos confiados y puedo asegurarte que nunca lo había visto mostrarse tan desgraciado.

No sé qué sucedió exactamente entre vosotros, pero me atrevería a decir que sí sé que ninguno de los dos es feliz con esta separación.

Y, pese a que mi amigo preferiría morderse la lengua antes que confesarlo, necesita tenerte cerca.

—Pues tiene una manera muy peculiar de demostrármelo.

—En eso no pienso contradecirte. Theron posee muchas virtudes, pero la facilidad para expresar sus sentimientos no figura entre ellas.

Minerva soltó una risa sin alegría.

—No me digas. Jamás lo habría sospechado —ironizó—. ¿Sabes cómo fue su petición de matrimonio? Se limitó a decir que ya estaba hecho después de varios bailes juntos, y lo siguiente que ocurrió fue que se leyeron las amonestaciones. Ni tan siquiera me hizo la pregunta.

Cedric chasqueó la lengua para mostrar su desaprobación.

—No soy nadie para pedirte que le concedas otra oportunidad, querida.

No pretendo justificar sus errores, pero conozco lo suficiente a Foxworth para imaginar la escena que debió de protagonizar cuando descubrió que su esposa había despertado el interés de uno de los caballeros más solicitados de Inglaterra.

No negarás que las habladurías estuvieron a la orden del día en la ciudad.

Minerva sintió que las mejillas comenzaban a arderle.

—Si te refieres a lord Mondrake, te aseguro que estás exagerando. Es un antiguo amigo de mi familia y no ocurrió nada entre nosotros.

—No he dicho que ocurriera algo.

—Pues bien, te lo confirmo para que no tengas dudas. Además, nunca he comprendido por qué las damas encuentran tan extraordinario al vizconde. Es un hombre agradable y bastante atractivo, desde luego, pero no me parece tan espectacular como el hombre con el que decidí casarme.

Cedric arqueó las cejas.

—Ya veo…

Minerva comprendió lo que acababa de decir y sintió que el calor se extendía hasta sus orejas.

—Me refiero a que Foxworth es un hombre de buen aspecto —se apresuró a aclarar—. Y posee otras cualidades que consideré importantes cuando acepté convertirme en su esposa.

—Naturalmente.

—No sonrías de esa manera, Wexbury.

El conde no había podido ocultar su sonrisa.

—¿De qué manera?

—¡De esa! Estás burlándote de mí.

Cedric soltó una carcajada.

—Perdóname, querida, pero acabas de reconocer que consideras a tu marido mucho más atractivo que a uno de los solteros más admirados del reino. Me pregunto qué pensaría Theron si supiera que conserva semejante ventaja sobre sus competidores.

—Mi esposo no tiene competidores.

—¡Todavía mejor!

—¡Wexbury!

—De acuerdo, guardaré silencio. Pero te advierto que me está costando un esfuerzo considerable.

Minerva negó con la cabeza, pero no consiguió contener una sonrisa.

—Te lo agradecería.

Cedric la observó con afecto. Siempre había sentido un cariño especial por la mujer que consiguió cautivar a su mejor amigo.

Durante los meses de cortejo, Theron había dejado de comportarse como el aristócrata severo al que todos conocían para convertirse en un hombre capaz de reír, bromear y abandonar sus obligaciones con tal de pasar unas horas junto a su prometida.

Verlos juntos había sido una experiencia bastante inesperada, sobre todo porque ninguno de los dos conseguía mantener las manos quietas cuando creía que nadie lo observaba.

Ay, pero pronto Foxworth recordó que era un duque y volvió a comportarse como siempre.

—Deberías darle una oportunidad, Minerva —insistió con mayor seriedad—.

No te estoy pidiendo que olvides nada ni que aceptes cualquier comportamiento por el simple hecho de que sea tu marido y la ley lo ampare.

Solo creo que ambos os merecéis hablar con sinceridad antes de convenceros de que vuestro matrimonio no tiene remedio.

—No sé si Foxworth está dispuesto a escucharme.

Las cosas entre nosotros se torcieron muy rápido.

Fue como si por el simple hecho de tenerme como esposa ya…

ya no tuviese que hacer nada por lograr mi atención.

—Suspiró—. Además, antes de nuestra separación, parecía incapaz de mantener una conversación conmigo sin encontrar algún motivo para discutir.

—Tal vez porque tiene más inseguridades de las que imaginas.

Minerva lo miró con sorpresa.

—¿Theron? ¿Inseguridades?

—Eso es. Y sé que te costará creerlo, querida… Tu marido no siempre fue ese hombre imponente que consigue intimidar a medio Parlamento con una mirada.

—Me resulta difícil imaginarlo de otra manera.

—Lo sé. Ahora tiene una altura considerable, unos hombros que ocupan demasiado espacio y la desagradable costumbre de recordarme que es más fuerte que yo, pero hubo una época en la que las cosas eran bastante diferentes.

Minerva se interesó de inmediato.

—¿Qué quieres decir?

—Que durante nuestra juventud Theron tardó bastante más que otros muchachos en desarrollarse.

Era delgado, desgarbado y tenía una estatura inferior a la de algunos compañeros de su edad.

Mientras otros presumían de una constitución envidiable, él todavía esperaba que la naturaleza se dignara a hacer su trabajo.

—¿De verdad?

—Te lo aseguro. Y no lo llevaba precisamente bien.

Imagínate lo que suponía para un muchacho destinado a convertirse en duque soportar las burlas de otros jóvenes que lo superaban en altura y fuerza.

Theron tenía un carácter orgulloso incluso entonces, así que procuraba compensar aquello con una disciplina extraordinaria y un empeño casi enfermizo por destacar en todo lo demás.

Minerva escuchaba con atención. Nunca se había imaginado a su esposo como un muchacho inseguro ni podía relacionar la descripción con el hombre que conocía.

Para ella, Theron siempre había poseído una presencia imponente, una voz firme y una seguridad que, en ocasiones, llegaba a resultar desquiciante.

—Jamás me habló de eso.

—No me sorprende. Detestaba que alguien mencionara aquella época. Finalmente creció, por supuesto, y terminó superándonos a casi todos, pero algunas heridas del orgullo tardan mucho más en desaparecer que las diferencias de estatura.

La duquesa guardó silencio durante unos instantes.

—¿Y qué tiene que ver todo eso con nuestro matrimonio?

Cedric se encogió de hombros.