Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Minerva levantó los ojos hacia él.

—¿Por qué tu querido e inseparable amigo no me ha informado de todo esto?

—Supongo que Wexbury no quería alarmarte.

Ella soltó una exclamación llena de indignación.

—¡Pues ha conseguido exactamente lo contrario! Durante el viaje me he imaginado que te habías roto todos los huesos del cuerpo.

Theron sintió otra punzada de culpa.

—Lo siento.

Minerva dejó de examinar las contusiones.

Las últimas dos palabras la sorprendieron más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado desde que se casase con él.

Theron no acostumbraba a disculparse.

—¿Qué has dicho?

—Que siento haberte preocupado.

Minerva lo contempló durante unos segundos.

—Pues procura no volver a hacerlo.

—Lo intentaré.

Ella bajó la vista hacia su torso y volvió a colocarle la camisa con delicadeza. Sin embargo, cuando sus dedos rozaron accidentalmente el pecho del duque, Theron se estremeció y soltó una exclamación ahogada.

Minerva retiró las manos al instante.

—¡Te he hecho daño! —exclamó, llena de culpabilidad.

—No.

—¡Acabas de quejarte!

—No ha sido por eso.

—¿Entonces?

Theron la miró a los ojos.

—¿No lo sabes?

—¿El qué? —Ella no lo entendía.

Durante un instante consideró decirle la verdad. Confesarle que llevaba tanto tiempo deseando volver a sentir sus manos sobre la piel, que el roce había sido una tortura deliciosa.

Pero Minerva tenía una expresión tan preocupada que no encontró valor para hacerlo.

—Me has pillado desprevenido. Es solo eso —respondió al fin.

Ella frunció el ceño.

—Tendré más cuidado. Lo lamento.

Theron estuvo a punto de decirle que no necesitaba tener cuidado, que podía tocarlo cuanto quisiera y que él soportaría encantado cualquier dolor con tal de que no volviera a apartarse. ¡Dios! Se moría por hacerle el amor.

En lugar de eso, permaneció callado.

Minerva terminó de arreglarle la camisa y lo arropó.

—Necesitas descansar.

—Eso dice el médico.

—Y es lo que vas a hacer.

—¿Tengo elección? —trató de bromear con ella.

La duquesa lo miró con severidad y él se dio cuenta de que no estaban en ese punto de su relación.

—No empieces, Foxworth.

El duque sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria, pero bastó para que Minerva sintiera que algo se removía en su pecho.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó él.

La duquesa apartó la mirada.

—El necesario para comprobar que te recuperas.

—¿Y después?

—Después regresaré a Londres.

Theron sintió que la esperanza se esfumaba de un plumazo.

—Comprendo.

Minerva percibió la decepción en su voz y no pudo ignorarla.

—No esperaba que quisieras retenerme.

Él la observó durante unos instantes.

Había tantas cosas que deseaba decirle que no sabía por dónde empezar.

Quería pedirle que no se marchara, recordarle que aquella también era su casa y confesarle que llevaba tres meses deseando volver a verla entrar en su alcoba.

Pero preservar el orgullo continuaba siendo una costumbre difícil de abandonar.

—Quizá podrías quedarte durante las fiestas —propuso al fin—. Si no tienes otros compromisos, por descontado.

Minerva lo miró con sorpresa.

—¿Quieres que pase la Navidad aquí?

—No encuentro motivos para que no lo hagas. Eres la duquesa de Foxworth.

Ella sintió que la decepción le empañaba el ánimo.

Por supuesto.

No la necesitaba porque fuese solo Minerva, la mujer con quien había compartido tantos momentos felices.

La quería allí porque era su duquesa.

Porque aquel era su lugar.

Las apariencias seguían importándole más que sus sentimientos.

—Ya veremos —respondió con frialdad.

Theron comprendió que había vuelto a equivocarse.

—Minerva…

—Voy a pedir que te traigan algo caliente. Necesitas alimentarte y descansar.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de alcanzarla escuchó la voz de su marido.

—Minnie…

Se detuvo.

Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no volverse hacia él con una sonrisa.

—¿Qué deseas, Foxworth?

Theron contemplaba su espalda.

Quería pedirle que regresara a su lado.

Que se sentara junto a él y le permitiera cogerle la mano.

Que no volviera a marcharse.

Pero lo único que consiguió decir fue:

—Gracias por venir.

Minerva cerró los ojos unos segundos.

Esas palabras, pronunciadas con una sinceridad que no esperaba, consiguieron conmoverla más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

—No tienes que agradecérmelo —respondió sin volverse—. Sigues siendo mi marido y, como bien acabas de recordar, yo soy tu duquesa.

Y abandonó la alcoba antes de que él descubriera que estaba a punto de echarse a llorar.

Theron se quedó muy quieto y con la mirada fija en la puerta cerrada.

Su esposa lo había acariciado; le había confesado que lo echaba de menos y había ido para cuidarlo.

Si pretendía recuperarla, tendría que encontrar una manera de decirle todo lo que llevaba demasiado tiempo ocultando. ¿Cómo lo haría? Eso todavía era un misterio.

Lo que estaba claro como el agua más cristalina del mundo era que, desde su separación, el duque de Foxworth había esperado una oportunidad y no la desperdiciaría.

Esa mujer era el amor de su vida y tenía que hacérselo comprender.