Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Ah, pero el duque había esperado toparse con una esposa llena de reproches, enfadada y con una buena dosis de indiferencia. Incluso había llegado a temer que Minerva se limitara a preguntarle por su salud antes de regresar de inmediato a Londres.

Pero ella estaba acariciándolo y se lamentaba. Eso sin olvidar toda la ternura con la que le hablaba.

—Dios sabe que tengo motivos suficientes para estar furiosa contigo —continuó Minerva—. Y te aseguro que pienso recordártelos en cuanto te recuperes. Pero ahora solo quiero que estés bien.

Theron sintió que los dedos de su esposa descendían hasta su mano.

Ella se la sostuvo entre las suyas con mucha delicadeza.

—Te he echado mucho de menos, Theron.

El duque estuvo a punto de abrir los ojos.

Las siete palabras tuvieron sobre él un efecto devastador.

—Muchísimo más de lo que debería —añadió ella—. Y no tienes derecho a hacerme esto. No puedes pasar tantos meses sin querer verme y después conseguir que salga corriendo hacia ti, aterrorizada porque has decidido caerte de un caballo.

Foxworth sintió unos deseos irresistibles de estrecharla entre sus brazos.

¡Dios santo, Minerva lo había echado de menos!

Su esposa, la mujer que se había quedado en Londres, que le había dicho que no quería ir con él al campo, acababa de confesar que había sufrido su ausencia. Y él estaba obligado a permanecer inmóvil porque había cometido la estupidez de fingir que dormía.

La ironía de la situación habría resultado divertida si no le doliera tanto el corazón.

—No sé qué voy a hacer contigo —susurró Minerva.

El duque movió ligeramente la cabeza sobre la almohada y dejó escapar un suspiro.

—Minnie…

El diminutivo surgió de sus labios de un modo que hizo que el corazón de Minerva comenzase a latir desbocado.

Hacía meses que no escuchaba ese apelativo cariñoso con el que él solía referirse a ella cuando estaban intimando.

—Estoy aquí, Theron —le dijo.

El duque frunció el ceño y volvió a mover la cabeza.

—Minnie… —repitió en voz baja.

Minerva sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

Estaba pronunciando su nombre mientras dormía bajo los efectos del láudano. ¿Debería tener esperanza?

Después de tantos meses separados, su marido todavía pensaba en ella durante sus sueños. O quizá estaba recordando alguna de las discusiones que los habían llevado hasta aquel punto.

No importaba.

Escucharlo llamarla así había conseguido derribar buena parte de las defensas que había levantado antes de entrar.

—Estoy aquí —le aseguró de nuevo, mientras le apretaba los dedos—. No tienes que preocuparte de nada. Yo me ocuparé de ti.

Theron abrió los ojos despacio.

Se encontró con el rostro de su esposa a escasa distancia del suyo y durante unos segundos se olvidó de lo que estaba bien o mal. Deseaba besarla.

Minerva estaba allí, preocupada por él, y estaba todavía más hermosa de lo que recordaba.

Llevaba un vestido de viaje de color verde oscuro, con el cuello adornado por un pequeño encaje blanco, y algunos rizos castaños se habían escapado del peinado. Sus ojos azules mostraban una preocupación que le produjo una punzada de culpa.

—Minnie, ¿estás aquí de verdad? —murmuró como si tuviese mucha fiebre. Iría al infierno y le importaba muy poco.

Ella retiró la mano de su mejilla de inmediato y él se dio cuenta de que no había sido convincente en su papel de moribundo.

—Buenas tardes, Foxworth.

El cambio en su voz fue tan brusco que Theron estuvo a punto de gruñir.

Ahí estaba su duquesa.

La mujer capaz de acariciarlo con infinita ternura mientras lo creía en brazos de Morfeo y de levantar un muro entre ambos en cuanto él abría los ojos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó más brusco de lo que pretendió. Estaba enfadado porque ella ya no lo estaba tocando.

Minerva enarcó las cejas.

—Vaya recibimiento. Si lo hubiese sabido, le habría pedido al cochero que regresara a Londres antes de que terminara de descargar el equipaje.

—No quería ofenderte. —¡Dios! ¿Por qué su mayor talento tenía que ser el de sacar de sus casillas a su esposa con un par de palabras?

—Entonces deberías expresarte mejor, Su Gracia.

Theron intentó incorporarse.

Y cometió un error.

El movimiento despertó el dolor del costado y tuvo que contener una exclamación mientras se llevaba una mano a las costillas. Esa vez no fue una mala actuación. Le había dolido como la muerte misma.

Minerva se levantó al instante.

—¡No te muevas! —le ordenó.

—Estoy bien.

—¡Acabo de ver cómo te doblas debido a la molestia!

—No ha sido nada.

—Theron Haverford, si vuelves a decirme que no ha sido nada, te aseguro que perderé la poca paciencia que me queda contigo.

Él dejó escapar un suspiro.

La amenaza le resultaba tan familiar que habría querido reírse.

—Como ordene, duquesa.

—Y no me hables con ese tono —lo reprendió.

—¿Qué tono?

—Ese que utilizas cuando pretendes hacerme creer que soy una mujer insoportable. ¡No lo soy! —se quejó.

—Jamás he pensado semejante cosa.

Minerva le dirigió una mirada que demostraba hasta qué punto dudaba de su sinceridad.

—¿Dónde te duele?

—En el costado.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que el médico haya decidido condenarme a una semana de reposo. —Eso no era mentira.

—¿Una semana entera?

Advirtió la alarma de su esposa y sintió que debía tranquilizarla. Un momento. ¿Ella temía por su salud o porque tendría que estar mucho tiempo a su lado?

—No es tan grave como imaginas —le dijo la verdad porque era lo correcto—. Unos cuantos golpes y una espalda dolorida. Nada que no pueda soportar.

Minerva no quedó convencida.

—Quiero verlo.

El duque parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Las heridas, Foxworth. Quiero verlas.

—Minerva…

—No pienso discutir contigo. Necesito comprobar por mí misma lo que te ha ocurrido.

—No te estoy mintiendo, si es eso lo que piensas. Me caí del maldito caballo. No necesitas ver el alcance de mis daños para creerme —dijo con los dientes apretados.

Ella frunció el ceño.

—¿Acaso te he acusado de mentirme sobre tu estado?

—No —admitió avergonzado. ¡Cedric y sus malditas locuras!

—Bien, entonces muéstrame las heridas. Necesito saber a qué nos enfrentamos.

Theron miró la camisa de dormir que llevaba puesta.

De pronto, la idea de mostrarle el torso a su esposa le pareció bastante menos sencilla de lo que debería haber sido para un hombre casado.

Llevaban tres meses sin tocarse, sin compartir una cama ni verse en público o en privado, y Minerva acababa de anunciar que pretendía desvestirlo.

Por todos los demonios…

—No creo que… —comenzó a objetar.

—He dicho ahora, Foxworth —dictaminó como un militar.

—El médico ya me ha examinado.

—No me hagas repetirme más. Pediré unas tijeras y cortaré aquí y allá para ver qué heridas tienes. Si me haces ponerme más nerviosa, podría dirigir el metal hacia lugares sensibles que…

La amenaza poco sutil consiguió que Theron cerrara la boca.

Minerva se acercó y comenzó a desabrocharle los botones superiores de la camisa con unos movimientos decididos que contrastaban con el leve temblor de sus dedos.

Él la observaba en silencio.

Recordaba perfectamente esos largos dedos rodeando su… Y luego estaba el modo en el que ella… ¡Dios! No debía excitarse, porque un enfermo tratando de controlar una erección era un asunto muy contradictorio, ¿no?

Ah, pero era difícil no pensar en eso cuando hacía tanto tiempo que se moría de un hambre que solo Minerva podía calmar.

Conocía su delicadeza, la forma en que acostumbraba a buscarlo durante la noche y la manera en que se aferraba a sus hombros cuando él la besaba para luego reclamarla y hacerla suya…

Tuvo que apartar esos pensamientos, pues de otro modo acabaría haciendo alguna locura.

¡Dios! La proximidad de su esposa estaba poniendo a prueba una paciencia que nunca había sido su mayor virtud.

—Levanta un poco el brazo —le pidió Minerva.

—Si lo hago, me dolerá.

Ella se quedó quieta.

—¿Tanto?

Theron maldijo para sus adentros.

No pretendía preocuparla, pero la oportunidad de que ella continuara ocupándose de él resultaba demasiado tentadora como para decirle que estaba bien y que si deseaba regresar a la ciudad podía hacerlo.

—Puedo intentarlo —le concedió.

Minerva lo ayudó a separar el brazo del cuerpo y deslizó con cuidado la tela hacia un lado.

Entonces vio los hematomas.

La piel del costado derecho estaba cubierta por varias manchas violáceas que descendían desde las costillas hasta la cintura. Algunas tenían tonos oscuros y otras comenzaban a adquirir un color rojizo que las hacía todavía más desagradables.

Minerva se llevó una mano a la boca.

—¡Santo cielo!

Él bajó la mirada hacia las contusiones.

La verdad era que tenían un aspecto bastante peor de lo que había imaginado.

—No son tan terribles.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque sigo vivo.

—No tiene ninguna gracia.

Minerva pasó los dedos por la piel sana que rodeaba uno de los hematomas, sin llegar a tocar la zona dolorida. Theron sintió un estremecimiento que nada tenía que ver con el accidente.

—¿Te duele aquí? —preguntó ella.

—Un poco. —No mentía. El dolor que sentía en su entrepierna era del todo real.

—¿Y aquí? —Lo tocó en otro punto.

—Bastante más.

—¿Y cuando respiras?

—Solo si lo hago con demasiada profundidad.