Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Cara a cara

Minerva Haverford estaba muerta de miedo.

No pensaba admitirlo ante nadie, por supuesto, y mucho menos delante del hombre que estaba haciendo cuanto estaba en su mano para olvidarla.

Sin embargo, desde que el carruaje atravesó las verjas de Foxworth Camp, había tenido que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no echar a correr hacia la alcoba de su marido, arrojarse en sus brazos y rezar a Dios para que lo mantuviera sano y salvo.

¡Maldito fuese el duque de Foxworth!

Había llegado a la residencia campestre con el corazón encogido, pero en lugar de preguntar por el duque y subir las escaleras a toda prisa, había dedicado un tiempo a supervisar la descarga del equipaje, dar instrucciones a su doncella y comprobar que la servidumbre continuaba ocupándose de sus obligaciones.

Necesitaba recuperar la serenidad antes de enfrentarse a él.

No iba a presentarse llorosa y desesperada ante un hombre que ya no la amaba y que había tenido la desfachatez de acusarla de ser capaz de traicionarlo con el primer caballero que le prestase algo de atención.

¡Por el amor de Dios! ¡Ella ni siquiera se sentía tentada por otro caballero que no fuese ese hombre arrogante y tonto!

De acuerdo, había bailado dos veces con lord Mondrake y se había permitido coquetear un poco con él, pero Theron había reaccionado como si la hubiera descubierto en la cama con el vizconde.

Y lo que más le molestaba era que ella tampoco estaba libre de culpa.

Había querido darle celos, obligarlo a recordar que tenía una esposa y que otros caballeros podían encontrarla atractiva, aunque jamás había imaginado que aquella pequeña provocación terminaría destruyendo cuanto habían construido durante los primeros meses de matrimonio.

Ah, pero su matrimonio no se rompió de la noche a la mañana. Él se había distanciado y luego ella… ella… ¿Qué hizo Minerva? No importaba, la duquesa no tenía la culpa de nada. ¡No la tenía!

Minerva cerró los ojos y cogió una larga bocanada de aire.

No. No iba a pensar en nada que no fuese relevante.

Su marido estaba herido.

Quizá gravemente. Oh, cielos, tenía que haber ido a su alcoba para verlo de inmediato. ¡No! Eso habría sido un error.

Cedric no había sido demasiado explícito en su carta y la falta de información la estaba volviendo loca.

Durante el viaje se había imaginado toda clase de desgracias, desde una pierna rota hasta una lesión que lo dejara postrado de por vida.

Incluso había llegado a preguntarse si el conde le ocultaba que Theron estaba agonizando.

Esa última posibilidad le provocaba tal angustia que tuvo que llevarse una mano al pecho.

No podía perderlo.

Aunque su matrimonio estuviera condenado a convertirse en una de esas uniones desgraciadas que tanto abundaban entre la aristocracia, necesitaba saber que Theron seguía en el mundo; que respiraba y que podía levantarse cada mañana, aunque fuera lejos de ella.

Una cosa era resignarse a vivir sin su amor y otra muy distinta aceptar que pudiera morir.

¡Tenía que ir de inmediato a verlo!, se dijo en su fuero interno.

—Su Gracia…

Minerva se volvió hacia el ama de llaves, que aguardaba junto a la puerta del salón.

—Señora Fletcher —la saludó la duquesa.

—Me han informado de que deseaba verme.

—Naturalmente. ¿Cómo se encuentra el duque?

La mujer vaciló antes de responder.

—El médico recomendó que guardara reposo, Su Gracia. El golpe fue bastante doloroso, aunque esta mañana parecía encontrarse algo mejor, según tengo entendido.

Minerva sintió que recuperaba parte del aliento.

—¿Está consciente?

La señora Fletcher la miró con sorpresa.

—Sí, Su Gracia. Ha desayunado en sus habitaciones y ha tenido fuerzas suficientes para discutir con su ayuda de cámara porque no le permitía levantarse.

La información debería tranquilizarla por completo. Si Theron todavía encontraba energías para discutir con los criados, no podía estar tan malherido como había temido, ¿verdad?

Sin embargo, recordaba bien que su esposo era un hombre orgulloso, capaz de soportar cualquier sufrimiento antes que reconocer una debilidad.

—Muy bien; iré a verlo —apuntó muy segura.

—Por supuesto, Su Gracia.

—Gracias, señora Fletcher —la despidió.

Subió las escaleras con paso firme, aunque al llegar al corredor de las habitaciones principales tuvo que detenerse un instante.

Todo continuaba igual. Las alfombras, los cuadros, las pequeñas mesas colocadas junto a las ventanas…

Incluso el jarrón de porcelana que ella había elegido durante su primera Navidad como duquesa permanecía sobre la consola del pasillo.

Se preguntó si Theron habría ordenado retirar alguna de sus pertenencias.

La idea le causó un dolor inesperado.

Cuando llegó ante la puerta de la alcoba de su esposo, levantó la mano para llamar, pero no consiguió hacerlo de inmediato.

Detrás de la madera estaba el hombre al que había amado con una entrega que le avergonzaba recordar.

El mismo que había conseguido hacerla sentir la mujer más dichosa de Inglaterra y que, meses después, le había dado a entender que lamentaba haberse casado con ella.

Minerva apretó los labios.

No iba a llorar.

Llamó dos veces a la puerta y aguardó.

Nadie respondió.

—¿Foxworth?

El silencio la inquietó.

Volvió a llamar y, al no obtener respuesta, abrió la puerta con cautela.

La alcoba estaba iluminada por la claridad grisácea que penetraba a través de los ventanales. En la chimenea ardía un fuego generoso y el aire conservaba el aroma familiar de la madera quemada y del jabón de afeitar que utilizaba Theron.

Minerva sintió una punzada de nostalgia.

El duque ocupaba el centro de esa enorme cama ducal, cubierto hasta la cintura por las mantas. Tenía el torso protegido por la camisa de dormir, varios almohadones le sostenían la espalda y descansaba con la cabeza ligeramente ladeada.

Sus ojos estaban cerrados. Seguramente sería un efecto producido por el láudano que el médico habría recomendado que tomase para paliar el dolor.

Por un momento, Minerva se olvidó de respirar. Se había imaginado ese encuentro cientos de veces durante los últimos meses, aunque en ninguna de sus fantasías su esposo permanecía tan quieto.

—¿Theron?

No obtuvo respuesta. Oh, sí, ella se había olvidado por completo de que debía usar su título para dirigirse a él para mostrarle su enfado. El uso de su nombre de pila era una intimidad que él no se merecía… Ay, pero el corazón de una dama hacía lo que se le antojaba.

Se acercó al lecho y observó su rostro con atención.

Continuaba siendo un hombre extraordinariamente atractivo, incluso con el cabello revuelto y la expresión de cansancio que le endurecía las facciones.

La mandíbula bien definida, la nariz recta y los generosos labios que tantas veces había besado le resultaban dolorosamente familiares.

Pero había algo distinto en él.

Su esposo estaba más delgado.

No mucho, pero sí lo suficiente como para que ella lo advirtiera. También tenía unas pequeñas sombras bajo los ojos.

Minerva sintió que la preocupación volvía a apoderarse de ella.

—Theron… —repitió, esta vez con mayor suavidad.

El duque no se movió.

Lo que Minerva ignoraba era que su marido llevaba varios minutos escuchando sus pasos y que, al oírla llamar, había cometido la estupidez de cerrar los ojos porque no sabía cómo recibirla.

En cuanto Cedric abandonó la habitación, Theron comenzó a ensayar mentalmente algunas frases, pero todas le resultaron ridículas.

Darle la bienvenida a su propia esposa después de tanto tiempo separados no podía resolverse con una cortesía trivial, y mucho menos cuando ella acudía porque creía que estaba gravemente herido.

Así que, al escuchar su voz al otro lado de la puerta, había optado por hacerse el dormido.

Una decisión bastante estúpida. Sobre todo, porque Minerva acababa de acercarse a su cama y él podía percibir su perfume.

Violetas.

Maldita fuese su memoria por conservar hasta el último detalle de esa brillante mujer.

—Theron, ¿puedes oírme? —susurró.

Él permaneció inmóvil.

No porque disfrutara engañándola, sino porque ya no encontraba una manera digna de abrir los ojos sin tener que explicarle por qué llevaba tanto tiempo fingiendo dormir.

Entonces sintió una mano sobre la frente.

Era una caricia leve, cálida, y Theron tuvo que recurrir a toda su disciplina para no buscarla con los labios.

—No tienes fiebre —observó Minerva.

Su voz sonaba distinta. Mucho más dulce de lo que recordaba.

Ella le apartó algunos mechones que le habían caído sobre la frente y dejó los dedos allí unos segundos. Después le acarició la sien y descendió hasta su mejilla.

Theron sintió que el pecho se le encogía.

Había olvidado cuánto necesitaba el contacto de su esposa y la ternura con que acostumbraba a tocarlo cuando estaban solos.

Minerva se sentó en el borde del colchón.

—Mírate —musitó—. Siempre tan orgulloso, incluso mientras descansas lo eres.

Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula.

—Te habría advertido que tuvieras cuidado si hubieras tenido la amabilidad de interesarte por mí durante estos meses pasados.

El duque de Foxworth tuvo la tentación de abrir los ojos y decirle que había pensado en ella todos y cada uno de esos espantosos días; que estuvo a punto de escribirle cientos de cartas profundas y que ninguna le pareció suficiente para reparar lo ocurrido.

Pero continuó inmóvil. Y no era por cobardía, era solo que…

que… Se trataba de algo no relacionado con su falta de valentía.

Era que estaba disfrutando de las atenciones de su esposa y no quería estropear el momento. Sí. De eso se trataba.

—Me has dado un susto espantoso —confesó Minerva con una voz que comenzaba a quebrarse—. Cuando recibí la carta de Wexbury pensé que…

No terminó la frase.

Theron sintió que la mano de su esposa temblaba sobre su mejilla.

—No vuelvas a hacerme algo así, te lo ruego.

La súplica lo hizo sentirse como el más miserable de los hombres. Mataría a Cedric en cuanto lo tuviese delante. ¡Dios, qué compromiso!