Capítulo 3 #3
Conocía el temperamento de su duquesa. La había elegido porque era perfecta para el puesto, además de justa y hermosa.
Para él, no había ninguna como ella. No entendía cómo había podido seguir soltera durante tanto tiempo, pero no iba a quejarse por ello.
Su mujer podía mostrarse encantadora en un salón repleto de invitados y, cinco minutos después, reducirlo a cenizas con unas pocas palabras si consideraba que había motivos para declarar una guerra abierta.
Y pocas cosas podrían enfurecerla tanto como descubrir que alguien había intentado manipularla.
—Dios santo, Cedric… Si le doy a entender que no estoy tan mal como le has hecho pensar, me arrancará la cabeza.
—Estás siendo dramático. Solo se trata de recuperar su afecto mientras te cuida —insistió—. No es tan grave.
—Es una idea espantosa.
—Es la única solución que encontré a tu problema.
—Una locura es lo que es. Admítelo —lo azuzó.
—Sin ninguna duda, pero ya hubiese querido yo esa locura para arreglar el estropicio que tengo con mi condesa —musitó por lo bajo.
—Y como todo salga mal, te cortaré el cuello con mis propias manos.
Cedric sonrió con absoluta tranquilidad.
—No puedes cortarme el cuello con las manos. ¡Presta más atención a lo que dices! O tal vez dices tonterías debido al accidente.
—Tú me haces perder los nervios —lo acusó.
—Te recuerdo que todo depende de ti, Foxworth. Yo he conseguido traer a tu esposa hasta aquí, pero enamorarla o seducirla de nuevo es asunto tuyo. No esperes que también me encargue de eso.
Theron soltó un resoplido.
—Puedes estar seguro de que no permitiría que te acercaras a Minerva con semejantes intenciones.
—Ahí está el duque celoso que insiste en que no lo es. Procura mantener los celos bajo control cuando aparezca tu esposa, porque sospecho que ya te han ocasionado suficientes desgracias con cierto vizconde.
El comentario silenció a Theron. Ese capítulo fue bastante duro.
Por su parte, Cedric comprendió que había tocado un asunto delicado y decidió no insistir. Se levantó del sillón, recogió la almohada del suelo y la dejó sobre el lecho.
—Gracias —dijo en un susurro el duque—. Pase lo que pase, no olvidaré que la trajiste a mí, amigo mío —reconoció.
Lord Wexbury asintió.
—Voy a comprobar si han acompañado a la duquesa a sus habitaciones.
Supongo que necesitará descansar después del viaje, aunque me atrevería a apostar que no tardará en preguntar por ti.
Creo que te hará sufrir más de lo que preví.
Había calculado que a estas horas ya habría derribado la puerta llena de preocupación por ti.
Theron agarró a su amigo por la manga antes de que pudiera alejarse.
—Cedric…
—¿Sí?
—La próxima vez que tengas deseos de tramar un plan para arreglar un matrimonio, procura que sea el tuyo.
—¿Y privarte del placer de compartir las Navidades con tu esposa? Jamás me perdonaría semejante egoísmo.
—Por amor de Dios…
—Descansa, amigo mío. Dentro de poco tendrás compañía y sospecho que necesitarás todas tus fuerzas para enfrentarte a ella.
El conde se dirigió hacia la puerta sin perder esa sonrisa satisfecha que Theron empezaba a detestar.
—¡Recuerda que pienso cortarte el cuello si esto termina en desastre, con mis manos o no! —le advirtió el duque.
—Entonces procura convertirlo en un éxito —replicó Cedric antes de desaparecer en el pasillo.
La puerta se cerró y Theron se quedó solo con sus pensamientos.
Contempló las almohadas, las mantas y la bata que su maldito amigo había dejado cuidadosamente fuera de su alcance.
Si Minerva lo encontraba en aquel estado, se convencería de que había sufrido un accidente terrible, cuando la realidad era que solo tenía la espalda y el costado doloridos, molestia en la pierna derecha y la mano izquierda y algunas contusiones que desaparecerían con unos días de descanso.
Bueno, después de todo, sí que había sido grave, pero no tanto como para que ella pudiese asustarse.
La situación no le gustaba en absoluto. Nunca había sido un hombre partidario de las mentiras y menos todavía cuando se trataba de su esposa. Ya habían perdido demasiado por culpa de los silencios, los reproches y las palabras que ninguno había sabido pronunciar en el momento adecuado.
Sin embargo, Minerva estaba allí.
Bajo su techo.
Al alcance de su mano.
Y esa esperanza le bastaba para que el corazón le latiera con una fuerza que no había experimentado en algo más de doce semanas.
Quizá pudiera convencerla de que compartiera una comida con él. Tal vez aceptase quedarse durante las fiestas y, con un poco de suerte, recuperasen alguna de esas costumbres que los habían hecho tan felices durante los primeros meses de matrimonio.
No pedía demasiado.
Bueno, tal vez sí.
Lo que deseaba era que Minerva volviera a amarlo.
Theron cerró los ojos y se llevó una mano al rostro.
Dios santo, ¿en qué lío lo había metido su mejor amigo?
Si su esposa descubría que Cedric había exagerado la gravedad del accidente y que él había consentido en mantener la farsa, no habría milagro navideño capaz de salvarlo de la condenación eterna.
Y lo peor era que estaba dispuesto a correr semejante riesgo.
¡Que Dios librase a los hombres de sus bienintencionados mejores amigos!