Capítulo 3 #2
—Nadie te pide semejante sacrificio. Basta con que no te levantes de la cama hasta que el médico lo autorice y permitas que tu esposa crea que su presencia resulta necesaria. Mientras tanto, puedes dedicarte a conquistarla de nuevo.
—¿Desde una cama?
Cedric arqueó las cejas.
—Creía que eras un hombre casado, Foxworth. ¿De verdad tengo que explicarte las posibilidades que ofrece una cama?
—Eres incorregible.
—Y tú un hombre que lleva demasiado tiempo siendo un santo. ¿O te has buscado algún entretenimiento en el campo?
—Jamás le haría ese deshonor a mi duquesa —dijo enfadado con su amigo.
—Ya me lo imaginaba. Somos un buen par de tontos, tú y yo.
—¿Quieres decir que tu condesa y tú tampoco…?
—Tu esposa está aquí, Theron —lo cortó—.
Usa cada brizna de inteligencia para recuperarla.
Tal vez mañana te haga escribirle una nota a mi condesa para que le digas que me he caído por las escaleras.
—Se quedó un momento pensativo y luego añadió—: Mejor no.
Ella se alegraría de ser una joven y bonita viuda… —dijo con suma tristeza.
—Cedric…
—Piensa en tu esposa entrando en tu alcoba. Ahí es donde tienes que mantener el pensamiento.
Theron habría querido discutir, pero la imagen de Minerva entrando en su cama consiguió distraerlo.
Había pasado tantas noches imaginando cómo sería volver a tenerla desnuda y suplicando por su toque, que la erección que presionaba bajo las mantas le dolía.
No obstante, más allá de hacerle el amor, deseaba verla, escuchar su voz y comprobar si sus ojos azules conservaban esa expresión satisfecha que tanto le gustaba ver antes de que todo se hubiese ido al infierno.
También temía encontrarse con una mujer que ya no sintiera nada por él.
Porque una cosa era echarla de menos cuando la distancia le permitía recordar solo los momentos felices, y otra muy distinta tenerla delante y comprobar hasta qué punto la había herido.
No aprobaba el plan que había empleado Cedric, pero tenía que reconocer que su idea tenía mérito.
¿Y si él solo tuviese esa última oportunidad para volver a conquistar a su mujer?
—No sé cómo hacerlo —reconoció al fin.
Cedric perdió la sonrisa.
—¿El qué?
—Recuperarla. Enamorarla de nuevo, como tú dices. No sé cómo conseguir que vuelva a mirarme como antes.
La confesión le costó mucho más que cualquier cosa que hubiese hecho hasta el momento. Theron estaba acostumbrado a resolver sus problemas sin pedir consejo y detestaba reconocer que existía algo que escapaba a su control. Sin embargo, Minerva siempre había tenido el poder de desestabilizarlo.
—Empieza por escucharla —le aconsejó Cedric—. Y procura no comportarte como si cada palabra que pronuncia fuera una afrenta contra tu dignidad.
—No hago eso. Nunca lo he hecho… —No era del todo cierto. La discusión que lo cambió todo fue bastante airada.
—Lo haces constantemente. Con tu esposa y conmigo más que con nadie, te lo aseguro. Os he visto bien.
—No necesito una lección sobre cómo tratar a mi duquesa —farfulló.
—Por supuesto que no. Los resultados de tu experiencia matrimonial hablan por sí solos.
Theron lo fulminó con la mirada.
—Los tuyos no son mucho mejores —le tuvo que recordar.
Cedric levantó ambas manos para pedir una tregua.
—Muy bien, no volveré a mencionarlo. Pero, por una vez en tu vida, deja el orgullo a un lado. Ella ha venido hasta aquí por ti. Si permites que se marche sin haber intentado arreglar las cosas, no podrás culpar a nadie más que a ti mismo.
El duque volvió la cabeza hacia la ventana.
El cielo gris anunciaba que pronto nevaría y el viento sacudía las ramas de los árboles con fuerza.
En pocas semanas sería Navidad. Una fecha que comenzó a disgustarle un poco menos el año pasado, porque Minerva disfrutaba como una niña con los preparativos, los adornos y las celebraciones familiares.
El año anterior había pasado las fiestas a su lado y disfrutó bastante.
Quería volver a vivir lo mismo.
Sí. Cedric tenía razón y la caída del caballo, por inoportuna y dolorosa que hubiera resultado, podría ser la última oportunidad que el destino pensaba concederle para recuperar a su esposa.
Y si existían los milagros navideños, estaba dispuesto a suplicar por uno.
—Está bien —murmuró al cabo de varios minutos de reflexión—. Seguiré tus indicaciones, pero únicamente mientras el médico considere necesario que permanezca en reposo. No pienso fingir dolores que no tengo ni permitir que Minerva pase las noches angustiada por una gravedad inexistente.
—Me parece razonable.
—Y si descubre que has exagerado mi estado de salud, será responsabilidad tuya.
Cedric soltó una carcajada.
—Te aseguro que tu esposa no va a preocuparse por repartir responsabilidades cuando descubra lo ocurrido, siempre y cuando la tengas ya perdidamente enamorada, por descontado.
Theron sintió que la sangre se le helaba.