Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Una visita bienvenida

—¿Puedes explicarme por qué demonios tienes esa sonrisa de idiota desde que has entrado en mi alcoba?

Cedric Whitmore, conde de Wexbury, cerró la puerta tras él y contempló a su mejor amigo con una satisfacción que Theron encontraba bastante sospechosa.

Llevaban unos pocos días en su finca campestre, en Foxworth Camp, y, hasta ese preciso instante, su mejor amigo no había dado muestras de encontrar nada especialmente divertido.

Más bien al contrario, se había dedicado a quejarse del frío, de las escasas diversiones que ofrecía el campo y de la lamentable situación matrimonial de ambos.

Oh, sí. Cedric se quejaba mucho más que Theron.

En cambio, en esos momentos se veía como si hubiese recibido una herencia inesperada.

—Tengo una noticia extraordinaria, Foxworth.

—Si has conseguido que el cocinero prepare algo francés para el almuerzo, te agradeceré que no me molestes por semejante nimiedad.

Tus caprichos, ahora que eres un conde inmensamente rico, no me interesan en absoluto.

Y no me gusta que uses mi título de ese modo, lo haces sonar como si yo fuese tu lacayo.

—Soy muy rico, pero no, no es eso. Es mucho mejor que la fortuna o la formidable cocina francesa.

—¿Has decidido regresar a Londres, amigo mío?

—Empiezo a darme cuenta de por qué tu esposa prefirió no venir al campo contigo.

Theron le dirigió una mirada poco amistosa desde el enorme lecho en el que estaba postrado.

La caída del caballo no había sido tan importante como para justificar semejante encierro, pero el médico había insistido en la necesidad de reposar.

Al parecer, el golpe que había recibido en la espalda y las contusiones de un costado aconsejaban cierta prudencia, aunque él estaba convencido de que podría haberse levantado al día siguiente sin sufrir mayores consecuencias.

—Si has venido a insultarme, puedes marcharte. Me duele bastante el cuerpo como para soportar también tus impertinencias. ¿Y tú te consideras mi mejor amigo?

—Admite que lo hacemos todo muy bien juntos, incluso hacer enfadar a nuestras esposas sin saber el motivo. Escúchame, no pierdas tiempo con ironías. Te alegrará saber que estoy a punto de proporcionarte el remedio para todos tus males y como no te muestres más respetuoso, me echaré atrás.

—¿Has encontrado un médico que no considere necesario mantenerme en esta maldita cama por lo menos una semana entera?

Cedric se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina para observar el camino de entrada a la residencia.

—No exactamente.

—Wexbury, te advierto que mi paciencia tiene un límite. —Al duque también le gustaba usar el título de su amigo para parecer más severo.

—Y yo te aconsejo que la conserves, porque vas a necesitarla. Tu esposa acaba de llegar.

Theron se quedó con la boca abierta. Durante un instante creyó que había entendido mal a Cedric. Después se incorporó con tanta brusquedad que un dolor agudo le atravesó el costado y lo obligó a soltar una maldición bastante inquietante.

—¿Qué acabas de decir?

—Que la duquesa de Foxworth acaba de llegar a Foxworth Camp. Con equipaje y doncella. Una entrada bastante respetable, teniendo en cuenta que esperaba tener que arrastrarla hasta aquí.

—¿Minerva está aquí? —No daba crédito a lo que escuchaba.

—Eso acabo de decirte. Se está ocupando de supervisarlo todo.

Theron apartó las mantas y buscó las zapatillas con la mirada.

—Por todos los demonios, ¿por qué no me has avisado antes? Tengo que vestirme. ¿Hay tiempo para darme un baño?

—No vas a hacer tal cosa.

—No seas ridículo, tengo que mostrar mi mejor aspecto cuando la reciba.

Cedric se acercó al lecho y recogió la bata que su amigo había dejado sobre una silla, pero, en lugar de entregársela, la colocó fuera de su alcance.

—Vas a permanecer exactamente donde estás. Y será mejor si no te adecentas mucho. Eso te ayudará.

Theron lo miró como si acabara de perder el juicio.

—Mi esposa lleva meses en Londres sin mí y ahora resulta que está abajo. ¿De verdad esperas que me quede tumbado mientras ella decide si le concede a su marido, a mí —precisó—, cinco minutos de su preciado tiempo?

—Precisamente porque lleva casi tres meses viviendo sin ti, te aconsejo que no cometas la estupidez de salir corriendo tras ella como un perro de caza.

—Cedric…

—Antes de que empieces a amenazarme, hay algo que debo confesarte.

La expresión del conde despertó todas las alarmas de Theron.

Lo conocía demasiado bien. Su mejor amigo solo adoptaba ese aire de inocencia cuando estaba a punto de reconocer alguna tragedia, y la experiencia le había enseñado que las ocurrencias de Cedric solían terminar con alguno de los dos metido en problemas. Serios problemas.

—¿Qué has hecho? ¿Es malo o bueno?

—Depende de cómo quieras interpretarlo.

—¿Qué has hecho, Wexbury? —repitió.

—Le escribí a tu esposa.

Theron parpadeó un par de veces.

—¿Le has escrito?

—Sí.

—¿Sin consultármelo?

—Sospechaba que te negarías.

—¡Por supuesto que me habría negado! ¿De qué trata todo esto? Escúpelo de una vez —lo urgió.

Cedric carraspeó antes de sentarse en el sillón situado junto a la cama.

—Le he comunicado que habías sufrido una caída del caballo y que, dadas las circunstancias, consideraba imprescindible su presencia.

Theron lo observó en silencio durante unos segundos.

—¿Y por eso ha venido?

—Al parecer, todavía le preocupa que te rompas el cuello. Es una buena señal, ¿no te parece?

La noticia produjo en el duque una emoción tan intensa que durante un momento se olvidó de su enfado.

Minerva había acudido en cuanto supo que se había hecho daño.

Eso tenía que contar para algo. La esperanza se abría paso en su interior.

Después de tres interminables meses de silencio y de aquella humillante huida cuando él anunció su regreso a Londres, su esposa había decidido recorrer el camino hasta Foxworth Camp para estar a su lado.

¡Tal vez no todo estuviera perdido!

Sin embargo, la satisfacción le duró poco, porque Theron se dio cuenta de algo importante.

—¿Qué quieres decir exactamente con que considerabas imprescindible su presencia?

Cedric se acomodó en el sillón.

—Que me pareció conveniente exagerar un poco la gravedad de tu estado.

—¿Cuánto es un poco?

—Una cantidad insignificante.

—Cedric…

—Le di a entender que la caída había sido más seria de lo que fue —le confesó.

—Dilo de una vez. Fue seria, pero no como para que esté medio muerto.

—Cuando uno le escribe a la esposa de un amigo para hablarle de un accidente, queda implícito que la dama tendrá que ofrecerle ciertos cuidados al enfermo.

—El médico ha dicho que estaré recuperado en unos días.

—Tu esposa no tiene por qué conocer todavía ese detalle.

Theron lo miró fijamente.

—No pensarás que voy a mentirle. Es lo único que todavía no he hecho y no pienso comenzar a hacer —afirmó convencido.

—No tendrás que mentirle. Te has caído del caballo, estás dolorido y un médico te ha ordenado reposo. Todo eso es absolutamente cierto.

—Yo creo que tus palabras deben haberla inducido a pensar que estoy al borde de la muerte.

—No he mencionado la muerte en ningún momento. Si tu esposa ha llegado a semejante conclusión, no pienso hacerme responsable de su imaginación.

—Eres un canalla.

—Un canalla que acaba de conseguir lo que tú llevas tantos meses siendo incapaz de lograr —le recordó.

La respuesta dejó a Theron sin argumentos durante unos instantes.

Cedric aprovechó el silencio para inclinarse hacia delante y decirle—: Escúchame bien, Foxworth: tu esposa está aquí porque teme que te haya sucedido algo grave.

No ha venido por imposición social ni porque tu título la obligue a obedecerte.

Ha recorrido una distancia considerable en pleno diciembre porque todavía le importas, aunque probablemente prefiriese arrancarse una muela antes que reconocerlo.

—Es mi esposa. Tiene que importarle lo que me suceda. —Al duque le hubiese gustado sonar más convencido de su aseveración.

—Entonces eres todavía más estúpido de lo que imaginaba.

Theron apretó los dientes.

—Te recomiendo que recuerdes quién es un duque y quién un conde, porque nuestra amistad no parece hacerte entrar en razón.

—Y yo te insto a que recuerdes quién lleva tanto tiempo durmiendo solo en su cama.

El duque cogió una almohada y se la arrojó a la cabeza. Cedric logró esquivarla entre carcajadas, aunque tuvo la prudencia de recuperar la compostura cuando vio que su amigo estaba dispuesto a buscar algún objeto más contundente.

—Deberías agradecérmelo, Theron.

—Más pareces mi enemigo que mi mejor amigo. Estoy valorando muy en serio la posibilidad de mandarte encerrar en las mazmorras.

—Hazlo después de que tu duquesa haya vuelto a enamorarse de ti. Y no me abstendré de decirte que eres un desagradecido.

Theron dejó de buscar algo más para lanzarle y se quedó de nuevo con la boca abierta.

—¿Qué?

—Desagradecido. Eso es lo que eres.

—No, no. ¿Qué has dicho sobre Minerva?

—Que tienes una oportunidad magnífica para recuperar a tu esposa y no deberías desperdiciarla.

Ella cree que estás delicado, tú necesitas desesperadamente su compañía y el médico te ha ordenado permanecer en la cama.

No recuerdo haber visto unas circunstancias tan favorables para un matrimonio desde que alguien decidió que el muérdago era óptimo para los besos.

—Estás proponiendo que me aproveche de su preocupación.

—No. Te digo que aproveches su presencia. Hay una diferencia considerable.

—No me gustan las mentiras.

—Entonces no le mientas. Deja que te cuide, conversa con ella y procura comportarte como el hombre del que se enamoró. Si conservas algún recuerdo de cómo lo hiciste, claro está.

Theron dejó escapar un gruñido de frustración.

—No tengo intención de fingir que estoy muriéndome para que Minerva se compadezca de mí.