Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Lord Mondrake y ella volvieron a encontrarse durante un baile celebrado en casa de la condesa Henshaw, cuando el matrimonio ya atravesaba sus peores momentos.

Foxworth había prometido acompañarla, pero esa misma tarde le anunció que tenía asuntos urgentes que resolver y que prefería quedarse en casa.

Así que Minerva decidió ir sola y estaba muy dolida con él.

Su antiguo pretendiente la encontró junto a una de las ventanas del salón, aburrida y cansada de responder preguntas sobre la ausencia de su esposo. Le ofreció su compañía, consiguió hacerla reír con algunas anécdotas y terminó bailando con ella dos veces.

Minerva pensó que esos rumores harían que su marido despertase de su letargo. Y no solo despertó. Se enfureció como nunca.

En verdad no le había dado tanta importancia a lo sucedido con el vizconde. Era una mujer casada que se limitó a disfrutar de una velada en sociedad y Mondrake se había comportado, ciertamente, con absoluta corrección.

No obstante, el infierno se desató cuando el duque se enteró de que había estado muy solícita con el vizconde.

Volvió a cerrar los ojos y revivió aquella horrible escena.

—¿Estás insinuando que he hecho algo impropio? —le preguntó al duque dos días después, cuando, por lo visto, a él le llegaron las insinuaciones.

—No me avergonzarás nunca más, duquesa —le espetó con rabia.

—Si no me hubieras dejado sola, Foxworth, yo no…

—Mis obligaciones no siempre me permiten complacerte, Minerva —la cortó él—. Te advertí que ir sin mí a una fiesta era peligroso.

—Hace meses que tus obligaciones no te permiten nada que tenga relación conmigo.

El resto de la discusión fue horrible.

Theron se limitó a preguntarle si había disfrutado de los bailes con el vizconde.

Y ella, que llevaba demasiado tiempo tragándose las lágrimas, perdió la paciencia.

—Muchísimo. Lord Mondrake tuvo incluso la amabilidad de preguntarme cómo me encontraba, algo que tú has olvidado hacer desde hace mucho.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿Por qué? ¿Vas a prohibirme que baile con otro caballero ahora que tú has decidido que no tienes tiempo para hacerlo conmigo?

—No voy a tolerar que mi esposa se convierta en motivo de murmuraciones.

Minerva sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.

—¿Murmuraciones? ¿Crees que he hecho algo de lo que deba avergonzarme?

—Creo que disfrutas demasiado de las atenciones de Mondrake.

—¡Porque tú has dejado de prestarme las tuyas!

El silencio que siguió a la confesión resultó insoportable. Humillante, también.

Theron se volvió hacia ella con una expresión de absoluta incredulidad, como si no pudiera aceptar que su esposa acabara de reprocharle semejante cosa.

—¿Pretendes justificar tu comportamiento culpándome a mí?

—No tengo nada que justificar. No he hecho nada malo.

—Entonces procura que siga siendo así. No hagas que lamente haberme casado contigo.

La última frase lo cambió todo.

Minerva todavía podía sentir la vergüenza que le produjo comprender que su marido desconfiaba de ella. Theron, el hombre que había jurado amarla y protegerla ante Dios, acababa de hablarle como si fuera incapaz de distinguir entre lo correcto y lo indebido.

Y lo peor era que no parecía dispuesto a escucharla.

—¿De verdad piensas que podría traicionarte? —le preguntó con la voz rota por el dolor.

Theron tardó demasiado en responder:

—Pienso que estás jugando con algo que podría acabar perjudicándonos a ambos.

—No te he preguntado eso.

—Minerva…

—¡Respóndeme! —lo apremió.

Él apretó los labios, como si la pregunta le resultara intolerable.

—No sé qué pensar cuando mi esposa parece empeñada en buscar fuera de nuestro matrimonio las atenciones de cualquiera que le preste un poco de atención.

La bofetada que esas palabras le propinaron al corazón fue mucho peor que cualquier golpe físico.

Minerva retrocedió un paso.

—Nunca me has querido, Theron —susurró, para luego darse la vuelta y salir de la estancia a toda prisa.

Ella había esperado que la detuviese. Incluso se concedió unos segundos antes de atravesar el umbral, confiando en escuchar su nombre o la negación de su sentencia.

Pero su esposo no hizo nada.

Ese día se encerró en su alcoba y lloró hasta quedarse sin fuerzas. A la mañana siguiente, se presentó ante el duque y le comentó que no lo acompañaría al campo cuando él decidiese partir de Londres.

Theron no trató de hacerla cambiar de opinión. Era más, le dijo que había tenido una idea excelente y él se marchó a su finca para atender sus asuntos sin ningún remordimiento.

La duquesa de Foxworth regresó al presente. Soltó un gruñido y suspiró.

Tres meses sin verse desde aquella discusión tan reveladora… Doce semanas desde la despedida y todavía le dolía recordarla.

Minerva volvió a mirar la carta de Cedric, que tenía arrugada entre los dedos.

Quizá había sido una insensata al esperar que Theron regresase a ella, pero lo cierto era que durante las primeras semanas vivió pendiente de cualquier carruaje que se detuviera frente a Foxworth House.

Cada vez que recibía una carta, su corazón daba un vuelco con la esperanza de encontrar una súplica, una disculpa o, simplemente, unas palabras que le confirmaran que su marido deseaba verla.

Nunca llegaron.

Y cuando por fin había conseguido acostumbrarse a su ausencia, Cedric le comunicaba que Foxworth había sufrido un accidente.

—No es justo —susurró.

Porque continuaba amándolo. A pesar de saber que él no la amaba, ella no había podido olvidarlo.

Esa era la verdad que más le costaba aceptar y la que llevaba tantos meses intentando ocultar.

Amaba a un hombre orgulloso que había desconfiado de ella, que había permitido que se separasen y que no había tenido el valor de pedirle perdón.

Y, pese a todo, daría cualquier cosa por saber que estaba sano y salvo, porque la incertidumbre la estaba matando.

Se acercó a la ventana.

La calle permanecía envuelta en una niebla espesa y casi no se distinguían las siluetas de los carruajes que transitaban por ella.

Pensó en el camino hasta la residencia campestre de su esposo, en el frío que debería soportar durante el viaje y en la posibilidad de encontrarse con un duque tan severo e inaccesible como el que recordaba.

No deseaba verlo.

O, al menos, no quería volver a sufrir por su culpa. Sin embargo, seguía siendo la duquesa de Foxworth y él continuaba siendo su marido. Si se encontraba herido, tenía la obligación de acudir a su lado, aunque después volvieran a separarse.

Además, Wexbury jamás habría enviado una carta si no considerase necesaria su presencia, más porque ella intuía que Cedric debía estar al tanto de los problemas de su mejor amigo.

Y esa seguridad fue lo que terminó de convencerla.

Se dirigió hacia el cordón de la campanilla y tiró de él con decisión.

Cuando apareció la doncella, Minerva ya había recuperado la serenidad que llevaba tanto tiempo esforzándose por mostrar ante los demás.

—Mary, necesito que prepares mi equipaje. Partiremos hacia Foxworth Camp a primera hora de mañana.

—¿Regresamos a casa, Su Gracia?

Minerva estuvo a punto de responder que esa residencia había dejado de ser su hogar hacía algún tiempo, pero se contuvo.

—Sí, Mary. Regresamos.

La doncella sonrió con una alegría que a Minerva le resultó difícil compartir y abandonó la habitación para cumplir sus órdenes.

Una vez sola, la duquesa volvió a abrir la carta para leerla de nuevo.

No sabía qué encontraría al llegar ni qué palabras intercambiaría con su marido después de tantos meses. Tampoco podía imaginar cómo reaccionaría él al verla aparecer cuando había hecho cuanto estaba en su mano para evitarlo.

Lo único que sabía era que, si algo grave le sucediese, jamás se perdonaría haber permanecido lejos de él.

—Más te vale estar vivo, Theron Haverford —murmuró, antes de apretar de nuevo la misiva con rabia—. Porque todavía tenemos demasiadas cosas pendientes y no pienso permitir que te marches de este mundo sin escuchar todo cuanto tengo que decirte.