Capítulo 2
La obligación conyugal
Minerva Haverford, duquesa de Foxworth, llevaba diez minutos contemplando la carta que acababa de recibir y todavía no había conseguido decidir si debía echarse a llorar o salir corriendo hacia la puerta.
A sus veinticinco años, había descubierto que el matrimonio era una cárcel.
De acuerdo, no una prisión, pero una unión sagrada sí que tenía una curiosa habilidad para convertir a una mujer sensata en una criatura incapaz de razonar cuando el hombre al que había prometido amar hasta la muerte se empeñaba en no entrar en razón.
Y el duque de Foxworth —porque ella no pensaba emplear su nombre de pila hasta que él se lo ganase de nuevo— llevaba tres meses demostrando que era más terco que una mula.
Y no, ella no era terca en absoluto. No lo era porque…
pues porque… porque no lo era y punto. ¡La culpa de todo el enredo la tenía su esposo!
Minerva suspiró y apretó un poco el papel que tenía entre los dedos. La misiva procedía de lord Wexbury, el mejor amigo de Foxworth, y apenas contenía información, pero la noticia había bastado para que el corazón comenzara a latirle con una fuerza extremadamente dolorosa.
Mi querida duquesa de Foxworth:
Lamento tener que comunicarte que el duque ha sufrido una aparatosa caída del caballo. No deseo alarmarte más de lo necesario, pero creo que deberías estar a su lado. Nos encontramos en su residencia de campo y, dadas las circunstancias, considero imprescindible tu presencia.
Te ruego que vengas.
Cedric Whitmore, conde de Wexbury.
Minerva volvió a leer las palabras. Se detuvo en la expresión: «aparatosa caída».
Conocía a Cedric desde hacía años y sabía que no era un hombre dado a exagerar las desgracias, así que el asunto debía ser grave si había decidido pedirle que acudiese junto a Foxworth.
Mentiría si no admitiese que la preocupación la invadía por completo. ¿Se habría roto una pierna? ¿Se habría golpeado la cabeza? ¿Estaría inconsciente? ¿Sería el propio duque quien había pedido que ella fuese a su lado?
El último pensamiento le provocó un estremecimiento.
—Maldito seas, Foxworth —murmuró, mientras estrujaba la carta contra su pecho—. Ni siquiera cuando no estamos juntos eres capaz de concederme un poco de tranquilidad.
Se levantó del sillón y comenzó a pasearse por el salón de la residencia londinense que sus amigos, los señores Bellamy, habían puesto a su disposición antes de partir hacia Escocia para pasar las fiestas navideñas.
Mientras paseaba inquieta, estaba recordando otra carta que había recibido no hacía mucho, una que le causó también desasosiego.
El terco y gruñón duque de Foxworth le había anunciado su intención de regresar a Londres, y eso solo significaba que ella tenía que abandonar la casa que había convertido en su hogar durante los últimos meses.
Así que el poderoso duque había salido de su madriguera al fin.
Apenas se habían comunicado desde que él decidió marcharse.
De vez en cuando recibía noticias suyas a través del administrador, alguna instrucción relativa a sus rentas o una nota tan cortés como impersonal que parecía redactada para cualquier conocido.
Como la nota en la que le explicaba que pensaba pasarse por la ciudad.
Por eso, cuando le anunció que regresaba a Londres y esperaba encontrarla allí, Minerva sintió que toda la tranquilidad que había conseguido reunir durante los últimos meses se desmoronaba.
Solo él tenía el don de enfadarla con tan poco.
No le había preguntado si deseaba verlo. Tampoco había mostrado interés por saber cómo se encontraba.
Su esposo, como de costumbre, se había limitado a comunicarle lo que pensaba hacer, convencido de que su condición de duque bastaba para que los demás se postrasen a sus pies.
Y ella, como siempre, había decidido llevarle la contraria.
Lo que no había esperado era recibir esa maldita carta de Wexbury.
Volvió a sentarse y permaneció unos segundos en el sillón antes de incorporarse de nuevo.
Si el duque se encontraba malherido, no podía quedarse en Londres como si nada hubiera sucedido.
Era su marido, por mucho que ambos hubieran dejado de comportarse como un matrimonio, y la sola posibilidad de que estuviera sufriendo sin que ella acudiera a su lado le resultaba inaceptable.
Insoportable también, pero no lo admitiría ni en su fuero interno.
Eso la enfurecía todavía más.
Después de todo lo ocurrido, tras las recriminaciones que había tenido que soportar y las noches que pasó llorando a escondidas, seguía sintiendo el deseo de correr a consolarlo. ¿Alguna vez se le pasaría el tonto enamoramiento?
Porque hubo un tiempo en que Theron Haverford la había hecho inmensamente feliz.
La mayoría de las personas consideraba al duque de Foxworth un hombre frío, distante y demasiado orgulloso para concederle importancia a los sentimientos.
Minerva también había pensado algo parecido cuando lo conoció.
Él nunca sonreía en sociedad, detestaba las conversaciones insustanciales y mostraba su mirada más severa para intimidar incluso a los caballeros más arrogantes.
Sin embargo, durante su cortejo descubrió que bajo aquella apariencia poco agradable se escondía un hombre capaz de prestar atención a los detalles más insignificantes.
Recordaba que, en una ocasión, mencionó que le encantaban las violetas y, al día siguiente, recibió un pequeño ramo acompañado de una nota en la que él le explicaba que había ordenado a su jardinero buscar las primeras flores de la temporada.
Luego estaban los paseos, durante los cuales él siempre escuchaba con una paciencia admirable todas y cada una de las ocurrencias que se le pasaban por la cabeza, aunque no compartiese sus opiniones.
Y jamás olvidaría la tarde en que, después de confesarle que detestaba bailar con desconocidos, su futuro marido se presentó en un baile y reclamó casi todas las piezas de su tarjeta.
Aquello fue un escándalo que dejó claro que ambos tenían que acabar casados. En efecto, un escándalo delicioso.
Minerva cerró los ojos y vio la escena tan clara como si la estuviese viviendo en esos momentos.
—No puede monopolizarme de esta manera, Su Gracia —le había reprochado entre risas.
—Puedo intentarlo y lo haré. No me doy por vencido con facilidad, milady.
—La gente hablará.
—La gente siempre habla, lady Minerva. No encuentro motivos para que dejemos de divertirnos por semejante circunstancia. Además, está hecho.
Y esa fue toda su petición de mano. Así era el duque cuando estaban juntos. Reservado, poco expresivo y bastante mandón, pero atento a cuanto pudiera hacerla feliz… O al menos, eso había pensado ella al principio.
Y durante los primeros meses de matrimonio continuó comportándose del mismo modo.
Nunca fue un hombre dado a las grandes declaraciones, aunque encontraba tiempo para desayunar con ella, acompañarla a pasear por los jardines o instalarse en el salón mientras Minerva bordaba o leía.
A veces intercambiaban solo unas palabras durante el día, pero a ella le bastaba con levantar la vista para descubrir que su marido estaba ahí para ella.
También la besaba.
Dios santo, cómo la besaba…
Minerva suspiró ante el recuerdo de sus besos, porque él todavía conservaba el poder de hacerle arder las mejillas.
Hasta que, poco a poco, ella se dio cuenta de la verdad. Él no la amaba.
Al principio fueron pequeños detalles. Una cena a la que llegó tarde, una visita que tuvo que cancelar porque sus asuntos reclamaban su atención o una noche en la que prefirió permanecer trabajando en el despacho.
Minerva no se preocupó. Comprendía las obligaciones que acompañaban a un título como el suyo y jamás había pretendido convertirse en el centro de todas sus ocupaciones, pero llegó un punto en el que él pareció haber olvidado que estaba casado; las conversaciones eran tan breves que casi resultaban inexistentes; los desayunos dejaron de ser compartidos y su marido adquirió la costumbre de retirarse al despacho después de cenar.
Incluso cuando coincidían en una misma habitación, Minerva se daba cuenta de que su esposo tenía la cabeza en cualquier lugar salvo en ella.
La duquesa llegó a preguntarse si había cometido algún error o si había dejado de parecerle aceptable.
Sí, sí. En el dormitorio habían funcionado muy bien, él era bastante…
¿creativo? Esa podría ser la palabra que mejor lo definiese, sí.
Pero con el paso de los meses él dejó de visitar su cama y ella no trató de buscarlo.
¿Para qué hacerlo? Él siempre tenía mucho trabajo y asuntos que discutir, así que acostarse con una mujer que no había logrado darle un heredero durante los primeros meses de matrimonio…
¿Sería ese el motivo por el que él la apartó?
Esa suposición no tenía mucho sentido. Lo natural hubiese sido insistir más en el deporte de cama, no abandonarlo a la primera complicación, ¿cierto?
No importaba. Si los besos que antes buscaba con tanta insistencia habían perdido su atractivo, solo podía significar que él ya no la deseaba.
Y entonces apareció un caballero que comenzó a dedicarle su atención a Minerva y ella trató de hacer de ese hecho una solución.
Mala idea. Nefasta, en verdad. De aquello aprendió a no volver a jugar con el orgullo de un hombre, porque lo que nació como un pequeño coqueteo para hacer que Foxworth volviese a verla como una mujer admirada terminó en una pelea brutal.
Minerva apretó los labios al recordar lo sencillo que le pareció el plan y lo mal que salió.
El caballero en cuestión, el vizconde Mondrake, era un antiguo conocido de su familia que había mostrado cierto interés por ella durante su primera temporada en Londres.
Nunca hubo entre ellos nada que pudiera considerarse un compromiso, aunque el vizconde no ocultó su decepción cuando Minerva aceptó la propuesta matrimonial de Theron…
Si era que aquello podía considerarse una propuesta.