Permitido besar en Navidad (Mil Besos 1)
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Capítulo 1
Todo tiene un principi o
—¿Alguna vez te has preguntado en qué momento se fue todo al infierno?
Theron Haverford, duque de Foxworth, apartó los ojos de las llamas que crepitaban en la chimenea y se dispuso a contemplar al hombre que ocupaba el sillón situado frente al suyo.
Su mejor amigo Cedric Whitmore, conde de Wexbury, sostenía una copa de brandy entre los dedos y se veía como un caballero que llevaba un buen rato buscando respuestas en el alcohol.
Aunque, en honor a la verdad, el propio duque también estaba algo achispado.
Sobraría decir que ninguno de los dos estaba encontrando consuelo en la bebida y la desesperación los tenía al borde del precipicio.
—¿Te refieres a tu matrimonio o al mío, Cedric?
—Al de ambos, pero supongo que el tuyo tiene el mérito de haberse ido al infierno antes —observó el conde.
El duque soltó un gruñido bajo.
—Esto no es una competición.
—Es curioso que solo recuerdes que compites conmigo cuando te conviene.
—Eso es solo porque siempre he procurado aventajarte en todo, Wexbury. Así que está bien: reconozco que te gané incluso en echarlo todo a perder. ¿Satisfecho?
—No. No lo estoy en absoluto, Theron.
—Yo tampoco —reconoció el duque—. Mi supuesta victoria sobre ti solo ha conseguido convertirme en el duque más desgraciado de Inglaterra.
Theron negó un par de veces con la cabeza.
A sus veintisiete años, poseía cuanto cualquier caballero de su posición podía desear: un título de peso, una fortuna considerable, varias propiedades formidables y una esposa cuyo interés había provocado no pocos suspiros entre los aristócratas.
Sin embargo, llevaba tres meses compartiendo con ella poco más que su título y apellido, por lo que todo ese patrimonio le parecía una compensación miserable por lo que había perdido.
—¿No deberías hacer algo más que lamentarte, amigo mío?
—¿Y tú? —contraatacó el duque de Foxworth.
—No tiendo a exagerar si no es necesario, por supuesto. Estoy convencido de que existen duques y condes más desdichados que nosotros dos.
—Puede, pero ninguno tiene un aspecto tan deplorable como el tuyo. Te ves horrible, amigo mío.
—¿Quieres que te traiga un espejo, Theron?
—¿Por qué tienes la desagradable costumbre de venir a mi casa para insultarme mientras te bebes mi brandy?
—Es lo que hacen los buenos amigos. Además, escuché que habías regresado a la ciudad y tuve que venir a comprobar si era cierto.
Theron observó a Cedric por encima del borde de su copa.
Lo conocía desde los años de colegio en Eton, cuando ambos estaban convencidos de que el mundo no guardaba secretos para dos jóvenes con títulos ilustres y un exceso de confianza.
Habían compartido juergas, confidencias y suficientes imprudencias como para escandalizar a la mitad de la alta sociedad.
Ambos se juraron que no se conformarían con un matrimonio corriente y ese, seguramente, había sido el fracaso más humillante jamás cosechado.
Y, sin embargo, allí estaban, a escasas semanas de Navidad, encerrados en la biblioteca de Foxworth House, comportándose como dos viejos amargados.
—¿Recuerdas lo que me dijiste la noche anterior a mi boda? —preguntó Theron.
Cedric arrugó la frente.
—He dicho muchas estupideces a lo largo de mi vida. Tendrás que ser más preciso.
—Aseguraste que Minerva y yo acabaríamos convirtiéndonos en uno de esos matrimonios insoportables que no pueden pasar ni cinco minutos separados.
—Y tenía razón. Al principio resultabais insufribles. No podías mantener las manos alejadas de tu esposa y ella te miraba como si hubieras creado el sol.
Theron bajó la vista hacia el líquido ambarino que descansaba en su copa.
—Sí. Supongo que lo hacía.
—Por el amor de Dios, Foxworth, no pongas esa cara. Vas a conseguir que me arrepienta de haber venido. —Cuando su amigo lo regañaba, solía usar el título.
—Nadie te ha obligado a venir a verme.
—Mi esposa lleva tres semanas encontrando excusas para no cenar conmigo y necesitaba comprobar que existe alguien cuya situación matrimonial resulta todavía más lamentable. ¿Dónde está tu duquesa?
—Me alegra servirte de consuelo. En cuanto a tu pregunta, Minerva, nada más recibir la misiva en la que le anunciaba que pretendía tomar posesión de mi casa en la ciudad, decidió refugiarse en el cálido hogar de alguna amiga. Cuando llegué no había rastro de mi mujer.
—Solo Dios sabe lo que te habrá costado emprender el viaje a la ciudad después de tanto tiempo —observó el conde.
—Exacto. ¿Por qué no puede ver que estoy tratando de hacer un esfuerzo por intentar arreglar las cosas? Ni la llegada de la Navidad parece haberle ablandado el corazón. ¿Y yo soy duro? Te aseguro que mi esposa podría congelar el infierno con una sola de sus miradas.
Cedric suspiró.
—Lo curioso es que ambos estábamos convencidos de que tendríamos matrimonios excepcionales.
Tú te casaste enamorado como un condenado y yo creí que sería perfectamente capaz de construir una unión satisfactoria sin necesidad de perder la cabeza por una mujer.
Y míranos. Tú no tienes a tu duquesa, es más, ella se escapa cuando tratas de acercarte y yo… Yo apenas conozco a la mía.
Durante unos instantes, solo se escuchó el crepitar de la leña.
Al otro lado de los ventanales, la noche había cubierto Londres con un manto de oscuridad y el viento sacudía las ramas desnudas de los árboles del jardín.
No quedaba mucho para que comenzasen las celebraciones navideñas y las casas se llenarían de guirnaldas, risas y amor.
A él no le agradaba mucho lo navideño, pero habría dado cualquier cosa por tener que soportar las festividades junto a Minerva. Incluso aunque estuviesen llenas de discusiones.
—La echo de menos, Cedric.
La confesión surgió con tal naturalidad que el duque no se avergonzó. Si un hombre no podía confesarse con su mejor amigo, ¿con quién debería hacerlo?
Lord Wexbury dejó la copa sobre la mesa.
—¿A tu esposa?
—No, a tu tía abuela. Por supuesto que a mi esposa, ¡maldita sea!
—No hace falta que grites. Es la primera vez que te oigo reconocerlo.
Theron se pasó una mano por el cabello oscuro y poco le faltó para arrancarse algunas hebras.
—La echo tremendamente de menos —repitió, esta vez con una voz más baja—.
Añoro escuchar su voz, el aroma que desprende a violetas, encontrar sus libros abandonados sobre mi escritorio y que me reprenda porque nunca recuerdo dónde dejo las gafas de lectura.
Por no mencionar su risa, sus enfados y hasta esa maldita costumbre que tiene de llevarme la contraria cuando sabe perfectamente que estoy en lo cierto.
—Conociéndote, sospecho que eso último ocurría con bastante frecuencia.
Theron ignoró la observación.
—A veces entro en su alcoba y espero encontrarla junto a la ventana.
Es absurdo, lo sé. Ha pasado tiempo, pero todavía hay mañanas en las que despierto y, durante unos segundos, olvido que me abandonó.
Ya lo ves. Vine a Londres para buscarla y ella me ha dejado muy claro que no quiere saber nada de mí.
¿Patético? —preguntó inseguro. Estaba claro que el alcohol estaba haciéndole hablar más de la cuenta.
Cedric lo observó un instante antes de hablar:
—¿Patético, dices? Yo vivo con una mujer que es una experta en evitarme y me he acostumbrado a la humillación de perseguirla. A mí, mi esposa tampoco me da tregua.
—Y lo peor —continuó el duque, para después apretar la mandíbula con fuerza—: es que ni siquiera sé qué hice tan mal para que dejara de quererme.
Eso no era del todo cierto, pero no lo reconocería ni ebrio como el demonio.
Había noches en las que recordaba cada palabra de su última discusión, el rostro desencajado de Minerva y las lágrimas que ella se había negado a derramar delante de él.
Tampoco se había olvidado de las semanas anteriores, su propio silencio y la manera en que había comenzado a evitar la alcoba de su esposa porque tenía mucho trabajo que atender.
Resultaba mucho más sencillo convencerse de que no comprendía los motivos de Minerva para haberlo abandonado.
—¿De verdad no lo sabes? —preguntó Cedric.
Theron endureció el gesto.
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen.
—Deberías hacer algo al respecto.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que me presente ante ella y le suplique que regrese conmigo al campo? ¡Un hombre tiene su orgullo! —exclamó lleno de rabia.
—No sería la peor idea que has tenido. Búscala y discúlpate.
—Soy el duque de Foxworth. Ella debería estar agradecida de que me haya presentado en Londres. ¿Y cómo me lo agradece? Escabulléndose de mi casa para no tener que enfrentarse a mí.
—Ser un duque es una circunstancia que, por desgracia, no te convierte en un hombre más inteligente.
—Theron lo fulminó con la mirada, pero Cedric no se arredró—.
Escúchame, amigo mío. Dentro de unas semanas será Navidad.
Tú pasarás las fiestas recordando a tu esposa y yo soportaré las miradas de desaprobación de la mía, si es que tiene la cortesía de dignarse a reconocer mi presencia.
Somos dos hombres casados que se sienten más solos que cualquier soltero de Londres. ¿No te parece una estupidez?
—Una estupidez formidable.
—Pues quizá deberíamos hacer algo al respecto, pero ¿qué?
Theron contempló las llamas durante un largo instante.
Había pasado muchos meses diciéndose que Minerva estaba mejor lejos, que necesitaba tranquilidad y que obligarla a estar junto a él solo conseguiría aumentar el sufrimiento de ambos.
También se había repetido que una mujer que había aceptado tan alegremente la separación de su marido debía asumir las consecuencias de semejante decisión.
Sin embargo, ninguna de esas razones lograba aliviar el vacío que le había dejado su ausencia.
—No sé si todavía me ama —admitió.
Cedric inclinó la cabeza.
—¿Y tú? ¿La sigues amando?
Theron sintió un dolor agudo en el pecho. Podía mentirle a cualquiera, incluso a sí mismo, pero conocía a Cedric desde hacía demasiado tiempo y no quería hacerlo.
—No he dejado de amarla ni un solo día.
Su amigo permaneció callado unos instantes antes de recoger la copa.
—Entonces, Foxworth, creo que ha llegado el momento de que dejes de comportarte como un duque y empieces a hacerlo como un marido.
Theron soltó una risa amarga.
—Lo dices como si fuera sencillo.
—No he dicho que lo sea. Solo que quizá merezca la pena intentarlo.
El reloj de la repisa dio las diez. En algún lugar de la casa, un criado cerraba las contraventanas mientras el viento anunciaba la proximidad de otra noche helada.
Theron contempló la silla vacía junto al fuego, una en la que Minerva acostumbraba a sentarse con un libro entre las manos y los pies peligrosamente cerca de las llamas.
Recordó que siempre tenía que advertirle que acabaría incendiando las zapatillas y que ella respondía que un duque tan rico como él bien podía permitirse comprarle otras.
Por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin esfuerzo.
—Quizá tengas razón, Cedric.
—Naturalmente que la tengo. Alguno de los dos debe conservar el juicio.
Theron levantó la copa en dirección a su amigo.
—¡Por los matrimonios excepcionales!
Cedric entrechocó el cristal con el suyo.
—Y por las esposas que todavía no han decidido asesinarnos. —Ambos bebieron—. ¿Cuál es el plan, Theron?
—Regresaré mañana al campo.
—¿Qué? —preguntó asombrado.
—Ya me has oído. Ella no me quiere cerca y ese será mi regalo de Navidad. La dejaré tranquila por el momento.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Si no tiene nada que ver con el matrimonio, sí.
—¿Puedo acompañarte a tu finca? No quiero quedarme en Londres.
—No veo por qué no. Serán unas Navidades horribles, pero al menos no estaré solo.
Ninguno de los dos reconoció que eran un par de cobardes.