Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 48 NUNCA TUVE MIEDO
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CAPÍTULO 48 NUNCA TUVE MIEDO

NUNCA TUVE MIEDO

Ryder

Nunca tuve miedo a los grandes problemas de mi vida.

No tuve miedo a ser señalado. No lo tuve a ser condenado antes de que nadie se molestara en conocerme.

Durante la época más rebelde de mi vida no tuve miedo a probar drogas que sabía perfectamente que podían acabar conmigo, porque, siendo sincero, tampoco le tenía demasiado miedo a la muerte.

No me daba miedo acercarme a las mujeres, ni acostarme con varias a la vez, ni hacer cosas de las que hoy no me siento orgulloso, como follarme a mujeres casadas.

No me daba miedo nada porque nunca tuve nada que perder.

Pero sí tuve siempre miedo de una cosa. Acercarme demasiado a Ava Monroe. Porque nunca podría explicar la magnitud de las cosas que sentía, y todavía siento, simplemente contemplándola, incluso cuando ella no me ve. Ha sido siempre tan increíblemente perfecta… al menos para mí. Perfecta para mí.

Tenía todo lo que yo sabía que necesitaba para convertirme en el hombre más feliz del planeta.

Sus ojos verdes. Su forma de hablar. Su manera de emocionarse por cosas pequeñas.

Su manera de buscar belleza donde nadie más la encontraba.

La forma en la que parecía iluminar cualquier lugar en el que estuviera.

Por eso me daba miedo acercarme. Porque una parte de mí siempre supo que, si algún día la probaba, ya no habría marcha atrás. Y perderla sería insoportable.

Lo que pasa es que estaba equivocado. Creía que sabía cuánto dolería perderla.

Pero no tenía ni la más remota idea. Casi me quito la vida después de aquel estúpido juicio.

Lo habría hecho. De no ser por Nick, que llegó justo a tiempo, probablemente ahora mismo estaría muerto.

Y no podrían decir que morí por suicidio. No. Habría muerto de amor.

Durante mucho tiempo pensé que estaba obsesionado con ella.

Todavía lo pienso. Pero la terapia hizo algo bueno por mí.

Me enseñó que el problema nunca fue quererla demasiado.

El problema fue convertirla en la única esperanza de felicidad que tenía en toda mi vida.

Y, sin Ava… Todo lo demás era el infierno.

Ha sido el infierno. Pensar que la había perdido para siempre durante diez meses, sobre todo después de haberla tenido entre mis brazos y haber descubierto lo que se siente cuando la persona adecuada encaja exactamente donde siempre faltó algo, ha sido la mayor tortura que he conocido jamás.

No he querido otra cosa que volver a ella. Pero tenía miedo. Muchísimo miedo. No de encontrarme con su rechazo. Eso habría dolido. Pero lo habría soportado. Tenía pánico a encontrarme con su desamor. Mirarla a los ojos y descubrir que ya no había nada. Que ya no me quería.

Sé que nunca debí empezar una relación con Carolina.

Lo sé. No estaba preparado ni creo que llegue a estarlo nunca para amar a otra mujer de la forma en la que amo a Ava.

Pero Carol fue un bálsamo necesario en momentos muy oscuros y siempre le dije la verdad.

Había otra. Siempre habría otra. Y ella decidió quedarse.

Ahora forma parte del pasado y yo he vuelto aquí, al lugar que me condenó desde el principio, pero también el mismo lugar que me la regaló para siempre, después de haber pasado semanas enteras en California volviendo a hacer lo que he hecho toda mi vida.

Mirar a Ava Monroe desde la distancia como un obseso.

Ya no me avergüenza reconocerlo. Siempre he sido así con ella.

Siempre la he mirado como si fuera un milagro.

La diferencia es que antes pensaba que eso me convertía en un loco.

Ahora simplemente puede parecer loco, pero es solo que la amo más de lo que muchos mortales son capaces de amar.

Y que hay amores tan grandes que, aunque el mundo entero los señale y parezcan irracionales, siguen existiendo igual.

Pero, joder… ¿Me aceptará? ¿Lo hará? Nunca he tenido miedo. Y, sin embargo, esta noche estoy aterrado.

He dejado pequeñas pistas. Sé que son insuficientes, pero Ava es lista y sé que las hilará.

No quiero presionarla ni asustarla. Solo quiero que sepa que sigo aquí.

Que, si ella quiere, todavía sigo aquí. Mucha gente podría pensar que es romántico.

No lo es. Es desesperado. Porque la quiero de vuelta.

Quiero volver a rodearla entre mis brazos.

Volver a ella. La única cosa que he tenido miedo a perder, Ava Monroe.

Presiono el botón de reproducir nuestra canción.

Y sonrío al recordar como ella pensó en aquel momento que me estaba obligando a elegir una canción que me recordara a ella.

Ella no sabía ni es consciente todavía que todas las canciones me recuerdan a ella.

Pero esta… siempre lo hizo de manera mucho más intensa.

Me recuerda a ella no solo por el año que llevamos sin saber el uno del otro ahora, sino porque en su momento me enamoré siendo niño de una niña que brillaba más que todas las estrellas juntas y poco después la perdí por cinco años.

La canción comienza a reproducirse y entonces su ventana se abre.

Y dejo de respirar. Está ahí. Y está llorando.

Y, Dios mío, me va a dar algo. Sigue siendo la chica más bonita que he visto jamás.

Y, antes siquiera de que pueda reaccionar, mi cuerpo empieza a temblar.

Tengo que hacer esto. Tengo que hacerlo.

Pero no a través de la ventana. Así empezó, sí, pero la quiero y la necesito ver cara a cara, de cerca, decirle con todo lo que soy lo muchísimo que la quiero de vuelta y lo que la he echado de menos.

No he sido yo en este tiempo alejados. De modo que bajo las escaleras de mi casa de forma precipitada y en cuanto salgo a la calle comienza a llover de una forma virulenta que me empapa enseguida.

Me da igual. No pienso moverme de aquí hasta ver a Monroe frente a frente, hasta que consigamos volver a ser nosotros.

Ava me busca con la mirada en mi habitación y frunce el ceño cuando no me ve, pero segundos después un relámpago cruza el cielo y me alumbra.

Sus ojos vuelan directamente a mí y sonríe.

Dios, esa sonrisa ya me dice todo lo que necesitaba oír.

Entonces desaparece y segundos después la veo salir de su casa corriendo en mi dirección, empapándose también en el acto.

Se para justo a unos centímetros de mí. Y joder, me pierdo en esos jodidos ojos verdes que lo son todo para mí.

Esa es la ventana por la que quiero mirarme siempre.

—Ryder… —susurra sin aliento.

Trago saliva. Intento memorizar lo que quería decirle, pero no me sale. Aunque no importa, porque lo haga mejor o peor, sé una cosa a ciencia cierta: nunca más volveré a darla por perdida.

—Llevo toda la noche pensando en qué decirte y he llegado a la conclusión de que lo único que quiero hacer ahora es preguntarte una cosa.

Ella me mira con lágrimas en los ojos.

—¿Qué… qué cosa?

—¿Todavía quieres que sea yo? —pregunto reuniendo todo el valor del mundo, porque su respuesta puede ser dolorosamente insoportable.

Ava se rompe frente a mí. Empieza a llorar con una intensidad que me desarma completamente. Así que me acerco un poco más.

—Porque, Ava, yo no he cambiado de opinión ni un solo día.

He tenido miedo. He estado roto. He estado perdido.

He dejado que otras personas tomaran decisiones por mí igual que tú dejaste que las tomaran por ti.

Pero hay una cosa que nunca ha cambiado.

Nunca he querido un futuro donde tú no estuvieras.

Entonces ella se lanza sobre mí. Y, joder. Joder. Joder. Qué sensación tan indescriptible es volver a tenerla entre mis brazos. Me rodea con las piernas, me abraza con todas sus fuerzas y empieza a besarme como si estuviera recuperando el oxígeno después de un año entero sin respirar.

Yo la sujeto inmediatamente. Y me echo a llorar.

Porque estoy cansado de fingir que soy fuerte.

En fin, lo soy con cualquier otra cosa, con la que quieras, pero con Ava no.

No con mi cosita. La he echado tanto de menos, joder…

tanto… Y no quiero volver a perder ni un segundo más.

Ella se ríe entre lágrimas y su risa sana en el acto algunas heridas profundas de mi oscura alma.

—Maldita sea… tendría que haberme matriculado en Boston —la escucho decir y me río.

—No importa. Porque, si me aceptas otra vez en tu vida, vas a tener un novio tan obsesionado contigo que ha pedido el traslado a California para estar cerca de ti.

—¿Qué? —pregunta abriendo muchísimo los ojos.

—Y me lo han concedido —añado poniendo cara de inocente, deseando que no le asuste demasiado. Pero Ava me sorprende y vuelve a abrazarme y siento que las piezas rotas de mi corazón vuelven a encajar todas de golpe.

—Lo siento —susurra presa de un llanto agónico. Sonrío.

—Yo también —admito y le beso la sien.

—Te hice daño.

—Y yo a ti —susurro apretándola con fuerza contra mí.

—Nos hicimos daño.

Asiento.

—Sí. Pero no fue porque quisiéramos hacérnoslo. Nos quisimos demasiado jóvenes y en un lugar y el momento equivocado.

—Sí… —asiente con lágrimas resbalando por sus mejillas.

—Pero seguimos aquí —le digo con mi mayor sonrisa.

—Sí —reconoce y me regala una sonrisa de esas que me llenan el pecho de inmensidad. Apoyo mi frente en la suya y sonrío por primera vez en muchísimo tiempo con una felicidad completa, limpia y absoluta.

—Entonces todavía estamos a tiempo.

Y nos besamos. Bajo la lluvia. Llorando como tontos. Riéndonos como niños. Temblando.

Y sí, nunca tuve miedo a la muerte. Lo que siempre tuve fue miedo a la vida. Porque vivir de verdad significaba esto. Tener algo tan increíblemente valioso que perder. Y, aun así… Elegirlo. Cada día. Una y otra vez. Ava Monroe. Siempre Ava Monroe.

La sostengo en mis brazos y la llevo dentro de mi casa.

Veo de reojo al padre de Ava en la ventana de enfrente, frunciendo el ceño ante la escena, pero no dice nada.

Me importa una mierda. Ahora mismo nada me importa excepto ella.

La llevo dentro, ella abrazándome la cintura con las piernas y agarrándome el pelo con fuerza mientras me besa como si se estuviera ahogando y yo fuera el puto aire.

Entre beso y beso subo las escaleras con ella en brazos, tropezando un poco, riéndome contra su boca, desesperado por tocarla, por sentirla, por meterme dentro de ella ya.

Entro en mi habitación y cierro la puerta de una patada.

La dejo en el suelo solo el tiempo necesario para quitarme la camiseta mojada y ella hace lo mismo, quitándose el vestido empapado con manos temblorosas.

Nos buscamos con hambre, con necesidad, con meses de separación que pesan como putos años.

Caemos en la cama, desnudos, piel contra piel.

Le beso el cuello, los pechos, el vientre, como si quisiera memorizar cada centímetro de ella otra vez.

Ava me toca con desesperación, clavándome las uñas en la espalda, tirándome del pelo, necesitando que entre en ella ya.

Cuando me coloco entre sus piernas y estoy a punto de metérsela, me detengo de golpe.

—Mierda… el condón… está abajo.

Me sujeta por los hombros antes de que pueda moverme.

—No —susurra contra mi boca, con los ojos brillantes de deseo—. Hazlo sin condón. Necesito sentirte. Mañana iré a por la pastilla del día después y desde mañana me tomaré la píldora. Pero ahora… te necesito así.

La miro con los ojos oscuros de deseo y amor.

Sonrío como un idiota, la beso con ternura y me meto en ella de un solo empujón profundo.

Ambos gemimos fuerte. Joder. El placer es tan intenso que duele.

Sentirla sin nada entre nosotros, piel contra piel, caliente, húmeda, real…

es demasiado. Gruño contra su cuello, temblando.

—Joder, Ava… nunca he sentido algo así en toda mi vida —susurro, moviéndome despacio al principio, saboreando cada centímetro—. Quédate conmigo, Ava. Haré que merezca la pena.

Ella solo puede gemir mi nombre, clavándome las uñas en la espalda, rodeándome la cintura con las piernas para sentirme más profundo.

Nos movemos con hambre, con desesperación, con meses de ausencia que salen por los poros.

La follo más fuerte, más profundo, besándola, mordiéndole los labios, susurrándole que la quiero, que la he echado de menos cada puto segundo, que es mía y yo soy suyo.

El orgasmo nos golpea casi al mismo tiempo. Ella se corre primero, apretándome dentro de ella, gritando mi nombre. Yo gruño con fuerza y me corro dentro de ella, temblando, llenándola, abrazándola tan fuerte que casi no puedo respirar.

Nos quedamos unidos, jadeando, besándonos con ternura ahora, con lágrimas mezcladas con nuestro sudor. Le beso la frente, las mejillas, los labios, susurrándole que la quiero, que nunca más voy a dejarla ir.

Y, entre sus brazos, siento que, por fin, después de tanto dolor, hemos vuelto a casa.