Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 47 SI FUERA EL FIN DEL MUNDO, ¿VENDRÍAS A POR MÍ? #2
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CAPÍTULO 47 SI FUERA EL FIN DEL MUNDO, ¿VENDRÍAS A POR MÍ? #2

Cierro la aplicación antes de que mi cabeza invente demasiadas respuestas peligrosas y salgo corriendo hacia la biblioteca para repasar el último examen.

Contabilidad. El último obstáculo del curso.

El último intento de demostrar que sigo siendo una persona funcional, aunque por dentro me haya convertido en una pregunta sin respuesta.

Me siento en mi mesa de siempre, abro el libro y estudio durante una hora con una concentración casi agresiva.

Subrayo, repaso fórmulas, releo apuntes, intento obligar a mi cuerpo a entender que no puede vivir temblando cada vez que Ryder deja una migaja en el camino.

Cuando creo que ya tengo las ideas más o menos en orden, cierro el cuaderno, recojo mis cosas y respiro hondo, dispuesta a ir con tiempo al examen.

Entonces veo un libro que llama mi atención.

Está en la silla libre que hay a mi lado. Un jodido libro de Filosofía.

Se me eriza la piel. Miro a mi alrededor, pero nadie parece observarme.

Y definitivamente, no hay nadie sentado a mi lado, así que no sé de quién demonios es este libro.

Me acerco despacio al libro, como si pudiera morderme, y lo abro con manos temblorosas.

Dentro hay una nota doblada. La despliego y leo:

A veces el amor no fracasa. Solo llega antes de que el mundo esté preparado para él.

Me quedo inmóvil. No sé qué es. No sé si es una frase sacada de alguna parte, una casualidad, una broma cruel del destino o una señal.

Solo sé que me parece preciosa. Y que me duele.

Porque, aunque sea de un desconocido, habla de nosotros de una forma que no me atrevo a reconocer en voz alta.

Habla de un amor que quizá no murió, sino que fue empujado contra demasiadas paredes.

Habla de una historia que no supo sobrevivir al ruido porque los dos éramos demasiado jóvenes, demasiado vulnerables y demasiado incapaces de distinguir entre luchar y huir.

Doblo la nota con cuidado y me la guardo en el bolsillo como si fuera un amuleto.

No debería hacerlo. Pero lo hago. Porque algo dentro de mí necesita conservar esa frase.

Necesita creer que quizá el amor no siempre fracasa cuando se rompe.

A veces solo queda esperando otro tiempo.

Hago el examen bastante bien. Salgo con la cabeza embotada, pero con la sensación de que el curso por fin ha terminado y de que, quizá, después de todo, he sobrevivido a mi primer año de universidad.

He quedado con Raina en la cafetería para almorzar y luego ir juntas de compras, porque según ella no hay mejor forma de celebrar que hemos salido vivas que comprar ropa que probablemente no necesitamos y comer algo con demasiado azúcar.

Llego pronto, así que pido un café mientras la espero.

Cuando la camarera me lo entrega, veo mi nombre escrito en el vaso y, debajo, un pequeño sol dibujado con rotulador negro. Lo miro extrañada.

No sé por qué me emociona. Es un gesto simple.

Bonito. Probablemente la camarera hace dibujos a todo el mundo.

Hay personas así, capaces de poner corazones, flores o sonrisas en vasos de café sin pensar que están tocando heridas ajenas.

Le doy las gracias con una sonrisa y me siento en nuestra mesa de siempre, intentando no darle más importancia.

Pero el sol parece mirarme desde el vaso.

Y yo, que llevo días convirtiendo cualquier cosa en una señal, me regaño mentalmente por ser tan absurda.

Entonces, para hacer tiempo, vuelvo a abrir Instagram.

Otra vez. Porque al parecer soy incapaz de no hacerlo.

Ryder ha subido otra foto. Esta vez sí se me detiene el corazón.

Reconozco el lugar en el acto: The Ruins.

Reconocería esa casa abandonada desde cualquier ángulo, incluso con los ojos cerrados.

Reconocería sus paredes grafiteadas, sus sombras, su decadencia extrañamente viva.

La foto está tomada desde dentro, de noche, y muestra la ventana que da al tejado.

Esa ventana. La misma que atravesé una vez sin estar del todo en mí, drogada, perdida, me subí al tejado y estuve a punto de caer, hasta que Ryder me sostuvo.

Hasta que Ryder me salvó y me llevó en brazos de allí.

Fue la primera noche que dormí con él. No hubo sexo, pero fue una sensación tan increíble que nunca olvidaré cómo me sentí entre sus brazos y su presencia convirtiéndose por primera vez en un lugar seguro.

En la foto se ven las estrellas a través del cristal roto y el borde oscuro del tejado.

Pero es el pie de foto lo que me roba el aire.

Solo quería ver las estrellas, pero vio el sol, y se quemó con él.

El vaso de café tiembla entre mis manos.

El sol. Vuelvo a mirar el dibujo que la camarera ha hecho bajo mi nombre y siento que la piel se me llena de electricidad.

Recuerdo su voz como si estuviera aquí, delante de mí, aquella mañana en su cocina, cuando me dijo que no me veía como una estrella, sino como un sol enorme y radiante que daba luz y calor a todo lo que tocaba.

Entonces me pareció una de las cosas más bonitas que me habían dicho nunca.

Ahora, con la foto de The Ruins en la pantalla y un sol dibujado en el vaso, me parece una grieta abriéndose en mitad del mundo.

Raina llega justo en ese momento y se detiene al verme la cara.

—¿Qué te pasa? Parece que hayas visto un fantasma.

Levanto la mirada hacia ella, pero tardo unos segundos en poder hablar.

—No sé qué está pasando.

Se sienta frente a mí y yo empiezo a contárselo todo.

La foto de Carolina. La ventana. El aula 09.

La palabra Filosofía en la pizarra. La foto del partido del instituto.

El libro en la biblioteca. La nota. El sol en el vaso.

La imagen de The Ruins y lo que significa.

La frase que la acompaña. Raina me escucha con los ojos cada vez más abiertos y, cuando termino, se queda unos segundos en silencio antes de soltar una risa nerviosa.

—Vale. No sé si esto es tremendamente romántico o si estás perdiendo la cabeza de una forma muy poética.

—Gracias, eso ayuda muchísimo.

—Ava, te quiero, pero suena a que estás obsesionándote.

—Lo sé.

Y lo peor es que tiene razón. O quizá no: porque algunas cosas parecen demasiado concretas para ser casualidad y a la vez demasiado imposibles para ser reales.

Así que decido apartar el móvil, terminarme el café y pasar el resto del día con Raina como si el mundo no estuviera escribiéndome mensajes secretos en cada esquina.

Vamos de compras, nos probamos vestidos, nos reímos en los probadores, comemos comida basura y, por unas horas, consigo fingir que no estoy esperando otra señal.

Consigo ser solo una chica que ha terminado su primer año de universidad y que camina por California con una amiga que la quiere lo suficiente como para no juzgarla cuando su corazón se pone dramático.

Es de noche cuando vuelvo a mi habitación en la residencia.

Raina no está; ha ido a pasar la noche con un chico con el que está saliendo, así que el cuarto me recibe oscuro, silencioso y demasiado grande.

Antes de entrar del todo, miro el móvil y veo mensajes del grupo de mis amigas de Oregón.

Kassy, Selena y Jannet han escrito emocionadísimas porque va a haber una enorme fiesta en The Ruins y, según ellas, esta vez no aceptan excusas.

Dicen que tengo que volver al pueblo, que tenemos que vernos, que hay demasiado que contar, que he estado demasiado desconectada.

Leo los mensajes con una sonrisa pequeña, sorprendida al notar que la idea de volver ya no me produce el mismo terror de antes.

Ver a Ryder y comprobar que no me odia me ha dado una valentía nueva.

Una triste, sí, una incompleta, pero real.

Quizá puedo volver. Quizá puedo encontrarme con él algún día y no desmoronarme.

Quizá no estamos destinados a odiarnos ni a huir eternamente el uno del otro. Les escribo que sí. Que esta vez iré.

Después entro en la habitación, dejo el bolso sobre la cama y vuelvo a hacer lo que me juré que no haría más. Abro Instagram. Hay una foto nueva de Ryder. Es negra. Solo eso. Una imagen completamente negra. Pero lo importante no es la imagen. Es el pie de foto.

Si fuera el fin del mundo, iría a por ti.

La sangre deja de circularme. Esa es nuestra canción.

La suya. La que eligió para nosotros cuando todavía no entendía que aquella elección no era solo una canción bonita, sino una profecía triste.

Me quedo mirando la pantalla con la boca entreabierta y el corazón golpeándome tan fuerte que casi duele.

Volver al pueblo después de casi un año debería sentirse como regresar a casa. Pero no se siente así. Se siente como volver al lugar donde enterré la mejor versión de mí misma.

Durante todo el viaje he intentado convencerme de que estoy preparada.

De que ya puedo volver a recorrer estas calles sin romperme por dentro.

De que puedo volver a mirar esa casa sin esperar encontrar una silueta detrás de una ventana.

Mentira. No estoy preparada para nada. Lo único que me sostiene es saber que, dentro de unas horas, volveré a abrazar a mis amigas.

Que estaremos otra vez en The Ruins riéndonos como antes de que la vida decidiera hacerse muchísimo más complicada.

Mi padre me recibe en la puerta con un abrazo tan fuerte que casi me rompe.

—Ya era hora de que volvieras.

Yo sonrío. Lo abrazo durante unos segundos más de los normales. Porque durante muchos meses también estuve enfadada con él. Muchísimo. Pero el tiempo me ha enseñado algo. No hizo lo correcto. Pero tampoco dejó de quererme nunca. Y querer mucho a alguien tampoco te libra de equivocarte.

—Te he echado de menos, papá.

—Yo también, cariño —dice besando mi frente.