Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 47 SI FUERA EL FIN DEL MUNDO, ¿VENDRÍAS A POR MÍ?
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CAPÍTULO 47 SI FUERA EL FIN DEL MUNDO, ¿VENDRÍAS A POR MÍ?

SI FUERA EL FIN DEL MUNDO, ¿VENDRÍAS A POR MÍ?

Durante las semanas siguientes, aunque no he vuelto a tener noticias suyas, Ryder Knox empieza a aparecer en mi vida de una forma tan silenciosa y extraña que durante un tiempo no sé si realmente está ocurriendo o si mi cabeza ha decidido terminar de romperse de una vez.

Supongo que no sería tan raro. Llevo casi un año intentando sobrevivir a su ausencia, casi un año convenciéndome de que el amor también puede convertirse en una enfermedad si no encuentras la manera de dejarlo respirar, y justo cuando creo haber aprendido a convivir con el hueco que dejó, aparece de nuevo y todo lo que yo consideraba medianamente ordenado se convierte en una habitación patas arriba.

No ha habido mensajes, ni llamadas, ni ha aparecido en la puerta de mi residencia con explicaciones ni promesas, solo una pequeña conversación pidiéndole perdón y él diciéndome que no ha sido culpa mía, una conversación que podría significarlo todo o no significar absolutamente nada.

Y yo, que durante meses he intentado ser una persona racional, descubro que basta una mínima posibilidad de volver a estar en la vida de Ryder para convertirme otra vez en una chica temblando delante de una ventana.

Lo primero que hago, aunque me da vergüenza admitirlo incluso para mí misma, es abrirme una cuenta nueva de Instagram.

La anterior la eliminé cuando me fui de Oregón, igual que cambié de número y corté casi todos los puentes con mi vida anterior, pero ahora necesito saber de él.

Necesito ver algo. Una pista que me diga si está decidido a seguir con su novia, pese a todo, porque estoy convencida de que ella me alejó voluntariamente de Ryder, o si él ha llegado a la misma conclusión que yo y la ha dejado y…

pueda estar pensando en volver a por mí.

Lo busco con los dedos temblorosos y, cuando encuentro su perfil, siento que el corazón me da un vuelco absurdo.

Su foto de perfil es reciente. Está más serio que antes, más adulto, con esa mirada azul que siempre pareció callar demasiadas cosas y que ahora parece haber aprendido a callar todavía más.

Bajo por sus publicaciones con cuidado, casi con miedo de encontrar algo que me destroce, y lo encuentro.

Su última foto es con la tal Carolina. Ella está abrazada a él, preciosa, morena, con el pelo corto y una sonrisa tranquila, y Ryder la rodea con un brazo mientras mira a la cámara con una expresión que no sé interpretar.

El pie de foto es sencillo: Gracias por todo.

Me quedo mirando esa imagen durante demasiado tiempo.

No quiero odiarla. No quiero odiar a una mujer que, quizá, lo ayudó cuando yo no estuve.

No quiero convertirme en alguien mezquino incapaz de alegrarse de que Ryder haya tenido a una persona cerca mientras yo estaba a kilómetros de distancia intentando fingir que no me moría cada vez que pensaba en él.

Pero duele. Duele de una forma infantil, fea y absurda.

Duele porque lo abraza con una naturalidad que yo ya no tengo derecho a reclamar.

Duele porque él parece estar bien a su lado.

Porque una parte de mí, pequeña pero cada vez más insistente, empieza a sospechar que Carolina no fue solo una chica que apareció cuando Ryder estaba recostruyéndose, sino alguien que quizá empujó mi recuerdo fuera de su vida antes de tiempo porque se enamoró de él cuando lo conoció.

No sé todavía quién fue realmente para él.

O qué papel tuvo en su recuperación. Ni hasta qué punto lo cuidó o lo quiso.

Solo sé que, al mirar esa foto, siento celos, culpa, rabia y una tristeza tan honda que casi me da náuseas.

Estoy a punto de bloquearlo. Me digo que es lo más sano, lo más lógico, lo más adulto.

Me digo que mirar su perfil solo me va a hacer daño, que él tiene derecho a seguir con su vida y yo tengo la obligación moral de no convertirme en una sombra mirando desde lejos lo que ya no me pertenece.

Tengo el dedo sobre la pantalla, justo en ese punto cobarde en el que bloquearlo, cuando aparece una nueva publicación.

Una foto de ventana entreabierta. Nada más.

Ni texto. Ni explicación. Solo una ventana ligeramente abierta, con una rendija de luz entrando desde fuera, como si alguien hubiera dejado una puerta diminuta entre dos mundos que no terminan de tocarse.

El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que tengo que sentarme en la cama.

No puede ser. No puede significar lo que mi cabeza quiere que signifique.

Quizá es una foto artística. Quizá Ryder se ha vuelto uno de esos universitarios profundos que suben ventanas, cielos y frases raras a Instagram.

A lo mejor no tiene nada que ver conmigo.

Pero mi cuerpo no se lo cree. Mi corazón recuerda demasiado bien lo que significa una ventana entre nosotros y sabe que, durante un tiempo, una ventana fue la única forma que tuvimos de mirarnos sin que el mundo nos tocara.

Dejo el móvil boca abajo sobre la cama y me obligo a respirar.

Hoy tengo un examen final importantísimo y no puedo permitirme perder la cabeza por una fotografía.

Me repito eso varias veces mientras me visto, recojo mis apuntes y camino hacia el edificio de Economía con una sensación extraña pegada al pecho.

Pero la mañana no mejora. Cuando llego al pasillo donde está mi aula, me detengo frente a la puerta y frunzo el ceño.

Sé que es el aula 9. Lo sé porque llevo meses viniendo a clases aquí, porque he entrado y salido de esa clase tantas veces que podría llegar medio dormida.

Sin embargo, ahora hay un cero delante del número.

09. Me quedo mirando la placa como si esperara que el metal se corrigiera solo delante de mí.

Antes no estaba, ¿verdad? No puede haber estado siempre.

O quizá sí y yo simplemente no lo había notado porque me enfocaba en olvidar.

Mierda. A lo mejor mi salud mental se está resintiendo de verdad y estoy empezando a ver a Ryder donde no está.

Entro en el aula intentando ignorar el nudo que me aprieta la garganta y tomo asiento entre el resto de los alumnos.

Abro el estuche, coloco los bolígrafos, respiro hondo y levanto la mirada hacia la pizarra con la intención de concentrarme.

Entonces tengo que parpadear varias veces.

Porque el examen que voy a hacer es de Economía, pero en la pizarra, escrito con tiza blanca en letras grandes y perfectamente visibles, pone: Filosofía .

Durante un segundo siento que el suelo se inclina bajo mis pies.

Filosofía. Nuestro trabajo de Filosofía…

La primera vez que Ryder y yo dejamos de ser dos desconocidos fingiendo que no se miraban en el instituto.

Me digo que son tonterías, que alguien usaría el aula antes y dejó la palabra escrita por cualquier motivo, que las universidades están llenas de clases que se cruzan, profesores despistados y pizarras con restos de otras vidas.

El profesor entra, saluda, mira la pizarra y la borra sin darle ninguna importancia.

Me tranquilizo, un poco. Pero cuando empieza el examen y bajo la cabeza hacia las preguntas, sigo sintiendo que algo invisible me está siguiendo desde la fotografía que Ryder ha publicado de la ventana.

El examen va bien. Contra todo pronóstico, mi cerebro decide colaborar, quizá porque durante dos horas no tiene más remedio que agarrarse a cifras, conceptos y gráficos para no precipitarse otra vez dentro de Ryder.

Salgo del aula agotada, pero satisfecha, con esa sensación extraña de haber sobrevivido a una batalla pequeña dentro de una guerra enorme.

A la mañana siguiente, nada más despertar, hago lo que me prometí no hacer: abro Instagram y busco de nuevo el perfil de Ryder. Me odio un poco por ello, pero no lo suficiente como para detenerme. Y entonces veo que ha subido otra foto.

El pie dice: El mejor partido de mi vida.

Al principio pienso que será una imagen de la final, de Boston, de su victoria universitaria.

Pero no. Es una foto antigua del instituto.

El azote de nostalgia me deja sin aliento.

En primer plano aparece Nick Stone enseñando la lengua a la cámara como si fuera un guerrero vikingo a punto de entrar en batalla.

Detrás está Ryder, riéndose a carcajadas, con el hoyuelo marcado y una felicidad tan desprevenida en la cara que me hace daño mirarlo.

Amplío la imagen sin saber muy bien por qué, quizá buscando detalles que no necesito encontrar, y entonces me veo.

Estoy en las gradas, pequeñita, casi perdida entre otras personas, pero estoy allí.

Mirando a Ryder y aplaudiendo. Con una expresión tan abierta, tan ilusionada y tan llena de amor que se me corta la respiración.

Mierda. No puede ser que Ryder no se haya dado cuenta de que salgo.

¿Verdad? A lo mejor no me ha visto. La foto está llena de gente, yo aparezco lejos, pequeña. Pero, ¿por qué sube esa foto ahora?