CAPÍTULO 46 SIEMPRE TÚ
SIEMPRE TÚ
Ryder
La habitación del hotel está en silencio, pero dentro de mi cabeza hay tanto ruido que siento que voy a volverme loco.
Llevo varios minutos caminando de un lado a otro, pasándome las manos por el pelo y respirando profundamente, intentando poner orden a todo lo que acaba de pasar, pero es imposible.
Porque hace apenas una hora mi vida tenía sentido.
No era la vida que había imaginado. No era la vida que soñé.
Pero era una vida estable. Una vida construida sobre los restos de otra que había perdido hacía un tiempo.
Había aprendido a aceptarlo. Había aprendido a convivir con ello.
Había aprendido a respirar sin Ava Monroe. O, al menos, eso creía.
Además, hay una diferencia enorme entre aprender a respirar y aprender a vivir.
Y yo jamás aprendí la segunda. Simplemente me acostumbré a despertarme todas las mañanas pensando en ella y a acostarme todas las noches pensando en ella.
Me acostumbré a convivir con la nostalgia.
A recordar su voz sin romperme. A recordar su risa sin llorar.
A aceptar que, a veces, amar a alguien también consiste en dejarlo marchar.
Y eso era exactamente lo que creía que había hecho.
Porque, cuando desapareció, cuando su número dejó de existir, cuando nadie supo decirme dónde estaba, cuando su padre prácticamente me cerró la puerta en la cara y el mundo entero me confirmó una vez más que yo era una persona a la que siempre acababan dejando atrás, decidí que ya estaba bien.
Que hasta ahí. Que no iba a perseguir a alguien que ya había elegido otra vida.
Para eso fui a terapia. No para olvidarla.
Nunca para olvidarla. Eso es imposible. Fui a terapia para aprender a no morirme de amor.
Y Carolina, que por entonces era una de mis terapeutas, aunque estaba en práctica, me ayudó muchísimo.
Porque me enseñó que mi vida también tenía valor.
Que no era un monstruo. Que no era un error andante.
Que merecía ser querido. Que merecía ser elegido.
Y, joder. Eso me salvó. Pero nunca me salvó de dejar de amar a Ava. Porque nadie puede salvarme de anhelar con cada fibra de mi ser a Ava Monroe. Y tampoco quiero que lo hagan. Es parte de mí, de mi sistema.
Me detengo en seco y apoyo ambas manos en la cómoda mientras intento respirar. Carolina está sentada en la cama observándome en silencio.
—Dilo —me dice con voz temblorosa. No la miro.
—¿Qué quieres que te diga exactamente?
—Di que la has visto y que estás empezando a dudar de lo nuestro.
Levanto la cabeza despacio y por primera vez siento rabia con ella, por ella, por lo que ha hecho, aunque sea sin querer hacerme daño, porque la conozco y dudo que quiera eso. Siento rabia hacia todo. Hacia la vida. Hacia el tiempo. Hacia el universo entero.
—¿Dónde están las notas que me dejó Ava? —Carolina parpadea. Y eso ya es una respuesta. Basta una fracción de segundo. Una.
—No decían nada importante, Ryder —admite y la miro incrédulo.
—¿Cómo cojones puedes decirme eso tan tranquila? Fuiste tú, ¿verdad? Las escondiste de mí. Me engañaste diciéndome que Ava no hizo el mínimo intento de acercarse a mí. Y también la bloqueaste de mis contactos en mi teléfono, ¿verdad? —la acuso y ella se levanta despacio.
—Necesitabas salir de esa espiral de destrucción en la que estabas.
Necesitabas empezar a vivir. Y te ayudé a hacerlo.
Ella, en cambio, te destruyó, Ryder —dice empleando conmigo de nuevo ese tonito que usa cuando quiere parecer profesional.
Bufo y cierro los ojos. Esto no es un puto experimento psicológico, joder.
—El problema nunca fue Ava. Jamás lo fue.
—Ryder…
—No. Escúchame tú ahora —le digo apuntándole con el dedo y tratando de acordarme de todas las pautas que ella misma me dio hace meses para no dejar que la rabia me consuma—.
Ella nunca tuvo la culpa de nada. Jamás la tuvo.
No tiene la culpa de que la ame con cada fibra de mi ser —Carolina frunce el ceño ante mi devastadora declaración. .
—¿Que la ames? ¿En presente?
—Sí —admito mirándole fijamente. Y siento que acabo de pronunciar la frase más verdadera de toda mi vida.
Sí. En presente. Siempre en presente. Porque Ava simplemente existe dentro de mí. Como si hubiera nacido conmigo. Como si fuera una parte más de mi organismo. Como si estuviera en mi sistema circulatorio.
Carolina rompe a llorar. Y verla así me duele muchísimo. A pesar de toda esta mierda ella me ayudó, me salvó de mí mismo y la admiro muchísimo. Pero no puedo seguir fingiendo.
—Nunca te he engañado —le digo y ella asiente entre lágrimas.
—Lo sé.
—Desde el primer día te dije que había alguien a quien nunca iba a olvidar —ella asiente otra vez.
—Lo sé.
—Y tú aceptaste eso.
—Ya… —la voz se le rompe y me duele verla así. No he tenido muchos apoyos en mi vida y ella ha estado siempre para mí. Sé que es injusto. Todo esto es injusto. Pero no lo puedo cambiar—. Ella te llevará otra vez a ese agujero negro del que saliste.
—No —niego inmediatamente.
—Sí.
—No, Carolina —me acerco y le acaricio el rostro, intentando que el dolor que voy a causarle no sea tan fiero como el que me causaría a mí escuchar las mismas palabras que voy a decirle de la boca de Ava Monroe—.
Ella fue la única luz que he tenido en toda mi vida —Carolina rompe a llorar aún más y yo continúo—.
No hay un solo día en el que no me haya despertado soñando con volver a verla.
Aunque fuera desde la distancia. Aunque fuera sin hablarle.
—No lo entiendo —susurra y niega con la cabeza. Y entonces sonrío. Una sonrisa triste.
—Sé que no lo entiendes. Ni yo mismo lo hago —trago saliva—.
No tengo elección —siento cómo la emoción me cierra la garganta—.
Soy suyo. Siempre lo he sido. Solo suyo.
Da igual lo que pase, lo que haga o lo que diga Ava Monroe.
Le pertenezco. No puedo ser de nadie más.
Nunca —las lágrimas empiezan a caer solas de mis ojos—.
Solo te he prestado una parte de mí que pensaba que ella ya no quería.
Pero ahora que la he visto… yo… —a voz se me rompe—.
Lo siento, Carolina —ella cierra los ojos ante mi sentencia—. Lo siento muchísimo. No puedo seguir.
—¿Y qué pasa con la universidad? —pregunta intentando devolverme a la realidad y yo sonrío un poco, porque de verdad ni siquiera ella sabe de la magnitud de mi obsesión por Ava.
—Encontraré la manera —le informo y Carolina se abraza a sí misma, para protegerse—¿Le dijiste hace ocho meses que eras mi novia? —le pregunto cuando la veo un poco más calmada. Ella me mira ahora con un poco de rabia.
—Yo sí supe que te quería en cuanto te conocí —dice, tratando de convencerme una última vez que ella es la mejor opción para mí, cuando no hay más que una, y ella lo sabe. Así que suspiro. Y respondo.
—Ella también lo supo, Carolina. Ahora lo sé, porque la conozco mejor que nadie. Solo que tenía doce años y demasiada gente separándola de mí —Carolina asiente, finalmente derrotada, porque sabe que encontraré la respuesta a todo lo que intente decir que vaya encaminada a separarme de Ava.
—Entonces ve a buscarla —susurra y me quedo mirándola, bloqueado.
Llevo un año entero sin permitirme pensar en esas palabras.
Ve a buscarla. Pero después de todo lo que ha pasado no sé si soy capaz.
Porque una parte de mí quiere salir corriendo, rastrear California entera y encontrarla antes de que vuelva a desaparecer de mi vida.
Pero la otra parte, la que he reconstruido durante estos meses, tiene miedo.
No sé si Ava me quiere de nuevo en su vida o si solo necesitaba cerrar una herida que llevaba demasiado tiempo abierta. No sé si quiere recuperarme o simplemente necesitaba saber que sigo vivo, que estoy bien y que, al final, todo aquel sufrimiento no terminó destruyéndome.
Y tampoco sé si es justo hacer esto así. Saltar de una relación a otra en cuestión de horas, como si las personas fueran estaciones de paso y no corazones que también sienten, que también se rompen y que también merecen respeto.
Joder. Mi cabeza es un auténtico caos.
Porque se suponía que lo peor ya había pasado. Se suponía que, después de casi un año, la herida empezaba a doler menos. Que los recuerdos y las emociones más fuertes dejaban de aparecer constantemente. Que el pecho aprendía a respirar sin sentir que le falta un órgano vital.
Ava Monroe acaba de destrozar todos mis planes de sobrevivirla con una sola mirada.