CAPÍTULO 44 OCEAN EYES
OCEAN EYES
La Hermandad de los Crows está en plena ebullición.
Hay cientos de personas repartidas por toda la casa.
La música es tan fuerte que hace vibrar el suelo bajo mis pies y las luces de colores convierten el lugar en una especie de universo paralelo en el que todo el mundo parece feliz, despreocupado y tremendamente vivo.
Y yo estoy escondida en un rincón oscuro con una copa en la mano, observando a Ryder como una auténtica obsesa.
Han pasado diez meses sin verlo y quiero disfrutar del lujo que se están dando mis ojos todo lo posible.
No ha sido difícil encontrarlo en cuanto llegué aquí a pesar de que haya tantísima gente.
Mis ojos han volado directamente a él. Como si mi cuerpo entero estuviera diseñado para encontrarlo allá donde vaya.
Lo veo riéndose con sus compañeros y siento que las piernas empiezan a temblarme.
Lleva una camiseta blanca sencilla, que le marcan esos tremendos bíceps que ahora luce y se contraen cada vez que se acerca a la boca la cerveza que tiene en la mano.
Tiene el pelo un poco más corto que antes, la mandíbula un poco más marcada y una seguridad en sí mismo que no recuerdo haberle visto nunca.
Y entonces sonríe y acaba de rematarme cuando aparece ese maldito hoyuelo.
Y, Dios mío. Se me para el corazón. No. No puedo hacer esto. No puedo.
Me giro hacia Raina y noto que estoy empezando a hiperventilar.
—Ha sido una mala idea.
—Ava… —me dice con mirada inquisitoria.
—No puedo hacerlo. De verdad que no puedo. Vamos a irnos —insisto. Raina suspira y me coge las manos.
—No.
—Raina…
—No. Ava, no hagas eso. Si ese chico y tú habéis vivido todo lo que me has contado, no puedes simplemente llegar hasta aquí para ignorarlo. Tenéis que resolver vuestras mierdas. Y, si no es posible, al menos cerrar capítulo —sus palabras tienen todo el sentido del mundo, pero yo niego rápidamente.
—Tengo miedo. No quiero cerrar ese capítulo. No quiero.
Y decirlo en voz alta hace que todavía me dé más miedo. Porque sí. Tengo muchísimo miedo. Más del que he sentido en toda mi vida. Miedo a que me odie. A que me mire con indiferencia. A descubrir que ya no significo absolutamente nada para él. Miedo a que su vida sea perfecta sin mí.
—No vas a estar peor de lo que estás ahora. Pero sí podrías llegar a estar mejor si hablas con él —alega Raina, apretándome las manos en las suyas.
Bueno, tengo que admitir que mi amiga tiene razón. Así que asiento. Me llevo la copa a la boca y me la bebo de golpe. Después dos chupitos. Porque necesito engañar a mi valentía. Y empiezo a caminar.
Un paso. Dos. Cinco. Ay joder… Diez. Y ya estoy arrepintiéndome. Mi cuerpo entero está diciéndome que me esconda, que salga corriendo y que vuelva a mi habitación de la residencia a esconderme bajo la cama.
Pero entonces los ojos azules de Ryder Knox se clavan en mí y el tiempo se detiene.
Lo veo ponerse completamente blanco. Como si acabara de ver un fantasma. Sus labios se mueven. No escucho nada. La música es demasiado fuerte. Pero sé perfectamente que está diciendo mi nombre. Ava.
Le regalo una sonrisa pequeña, tímida y completamente insegura.
Él se disculpa con sus amigos con un gesto de la cabeza y comienza a caminar hacia mí.
Yo también lo hago. Y, cuando por fin estamos el uno delante del otro, el universo entero desaparece.
Durante unos segundos no existe nada más.
Ni la música. Ni la gente. Ni la fiesta. Solo existimos él y yo.
Ryder traga saliva. Y vuelve a decirlo.
—Ava…
Y esta vez sí lo escucho. Y, maldita sea. Cómo escuece porque suena exactamente como me temía, herido. Siento que los ojos empiezan a llenárseme de lágrimas.
—Ryder…
Él me observa de arriba abajo y noto una mezcla extraña en su mirada. Sorpresa. Desconcierto. Nostalgia. Algo que no sé identificar del todo.
—¿Qué haces aquí? —pregunta y yo me encojo de hombros y me río un poco, nerviosa.
—Estudio aquí. En California —le informo y Ryder frunce ligeramente el ceño.
—¿Tan lejos estabas dispuesta a huir de mí? —inquiere dolido. Lo miro sorprendida.
—¿Huir? —Asiente. Y siento un nudo inmenso en la garganta—. Yo no he huido nunca, Ryder.
Ahora es él quien parece desconcertado.
—¿Cómo que no?
—Te busqué durante dos meses —le informo y su expresión cambia inmediatamente.
—¿Qué?
—Te dejé mensajes. Fui a tu casa todos los días. Te llamé. Te escribí. Dejé notas debajo de la puerta.
—¿De qué estás hablando? —pregunta frunciendo el ceño.
—De las notas. Te dejé muchísimas notas. No sabía cómo contactar contigo. No sabía cómo… decirte lo mucho que lo sentía.
—Ava… yo no recibí ninguna nota.
Parpadeo varias veces.
—Claro que sí. Bueno, no sé si alguna vez volviste a tu casa, pero… las dejé.
—Estuve… estuve un tiempo en terapia. Había tocado fondo. Pero… cuando volví no vi nada. No había ninguna nota, Ava.
—Ryder, fui todos los días. Y te dejé muchísimas.
—Eso no es verdad —niega lentamente también con la cabeza. Aunque parece confundido, más que otra cosa.
Y me quedo completamente inmóvil. Porque hay algo en su voz que me desconcierta.
No me está mintiendo. Él no ha visto esas notas.
Lo sé. Lo sé igual que sé cuándo sonríe de verdad.
Igual que sé cuándo está incómodo o que sé cuándo tiene miedo.
Porque lo conozco bien. Entonces… ¿Qué demonios ha pasado?
—Te juro que fui.
—Y yo te juro que no vi ninguna nota.
Estamos a punto de seguir hablando cuando una voz femenina nos interrumpe.
—Cariño, ¿estás bien?
Y mi corazón deja de funcionar. Es ella. La chica morena. La que un día vi en la puerta de su casa. La chica que me dijo que era su novia. La jodida chica por la que decidí irme a la otra punta del país. Ella se acerca y le da un beso en la mejilla antes de cogerle la mano.
—¿Necesitas algo?
—No —dice Ryder, pero no deja de mirarme. Ni un segundo. Ni siquiera pestañea. Creo que está en shock. Yo también lo estoy. Esto es demasiado raro. La chica tira suavemente de su mano.
—Venga, vamos a celebrar la victoria con los demás.
Sé que ha llegado el momento de irme. Porque ya está.
Ya lo he visto. Sé que está bien, cumpliendo sus sueños, tiene una vida y esa vida ya no me pertenece.
Ni él tampoco. Tuve mi momento y lo perdí.
Y ahora… ahora tiene novia. Joder, llevarán juntos, ¿cuánto?
¿ocho, nueve meses? No puedo evitar, aunque me alegre por él, sentir una punzada de celos horrible.
Pero entonces la mirada de Ryder baja por mi cuerpo y noto como se centra en mi muñeca, en el pequeño tatuaje.
El 09. Y sus ojos se abren un poco. Sorprendido.
Confundido. Y quizá algo emocionado. Yo trago saliva.
Porque, si no hablo ahora, no lo haré nunca.
—Solo quería decirte que lo siento muchísimo —las palabras empiezan a salir atropelladamente—. No creerte fue el peor error de toda mi vida. El peor. Y espero de verdad que seas feliz. Muchísimo. Más de lo que yo lo he sido todos estos meses.
Y, antes de que pueda seguir hablando, ella vuelve a tirar de su mano.
Y Ryder la sigue. Pero solo físicamente.
Porque sus ojos siguen clavados en mí. No deja de mirarme.
Da un paso. Y otro. Y otro. Y sigue mirándome.
Como si tampoco supiera cómo despedirse.
Pero se aleja y ya se acabó nuestro pequeño momento.
No sé si he cerrado ningún capítulo. Maldita sea, no creo que se cierre hasta que me muera.
Pero no puedo seguir observándolo con otra, aunque me alegre por él.
Así que me doy la vuelta y salgo corriendo.
Corro atravesando la Hermandad de los Crows sin buscar a Raina, sin despedirme de nadie y sin atreverme a mirar atrás.