CAPÍTULO 43 VOLVER A EMPEZAR
VOLVER A EMPEZAR
Han pasado diez meses. Diez meses desde la última vez que vi a Ryder Knox.
Y ocho desde la última vez que lo busqué y una extraña me dijo que debía desaparecer de su camino si lo apreciaba lo suficiente.
Parece una tontería cuando lo conviertes en números.
Diez meses. Trescientas y pico noches. Un curso universitario casi entero.
Nuevas ciudades, nuevas rutinas, nuevas personas y una vida completamente distinta.
Cualquiera diría que es tiempo suficiente para olvidar a alguien.
Tiempo suficiente para dejar atrás una historia de instituto y seguir adelante, como hacen todas las personas normales.
Pero yo no soy una persona normal. Porque cuando alguien te cambia la vida, no existe un interruptor que puedas apagar para volver a ser quien eras antes de conocerlo.
Cuando me fui de Oregón, tomé una decisión muy drástica. Corté todos los vínculos con mi antigua vida. Cambié de número de teléfono, eliminé todas mis redes sociales y apenas mantuve el contacto con nadie del pueblo, salvo con mi padre, que insiste cada semana en que vuelva a casa un fin de semana.
Siempre encuentro una excusa. Que tengo exámenes.
Que tengo un trabajo que entregar. Que he quedado con unos compañeros.
Que estoy cansada… Mentiras. La verdad es mucho más sencilla y muchísimo más triste.
No puedo volver allí. No puedo volver a aquella calle.
No concibo ver la casa de Ryder vacía. Y tampoco soportaría la posibilidad de verla ocupada por alguien a su lado que no soy yo.
Porque si alguna vez regresara y encontrara movimiento en aquella habitación, una silueta distinta detrás de la ventana o a una chica cualquiera con él sonriéndole en el lugar donde una vez estuve yo, creo que algo dentro de mí terminaría de romperse para siempre.
Y no estoy preparada para descubrir si sigo siendo capaz de sobrevivir a otro dolor así.
California es enorme. Es luminosa. Es bonita.
Tiene playas, cafeterías preciosas, universitarios que parecen sacados de anuncios y una vida social que, según todo el mundo, debería haberme ayudado a empezar de cero.
Y lo he intentado. Juro que lo he intentado.
He intentado ser una universitaria normal.
He ido a fiestas. He conocido a chicos. He salido a cenar.
Me he dejado llevar. Incluso me he acostado con tres personas distintas a lo largo de estos meses. Y nada. Ha sido muchísimo peor.
Porque resulta que la peor idea del mundo es intentar olvidar a alguien comparándolo constantemente con el resto de las personas.
Nadie sabe mirarme como él. Nadie sabe escucharme como él.
Nadie consigue que me sienta segura como él.
Nadie consigue hacerme reír como él. Y nadie consigue que el silencio resulte cómodo.
Esta mañana, precisamente, me despierto en una cama que no es la mía.
Y sé perfectamente dónde estoy. Ni siquiera necesito abrir los ojos.
Reconozco el olor de la colonia masculina que impregna la almohada, el desorden de la habitación y la respiración tranquila del chico que duerme a mi lado.
Es la cama de Ashton, uno de los jugadores estrella del equipo de baloncesto.
Un chico guapo y carismático que me ha gustado mucho durante cuatro días enteros, desde que nos chocamos en la cafetería.
Cuatro días… muchísimo más tiempo que lo que me han gustado el resto de chicos en los que me he fijado en estos diez meses.
Hasta que… me metí en su cama y descubrí de nuevo que nada se compara a lo vivido con Ryder Knox y que no quería volver a ver a Ashton.
No recuerdo ni siquiera en qué momento exacto decidí quedarme anoche. Solo recuerdo que quería dejar de pensar. Y llevo diez meses descubriendo que acostarte con alguien no te ayuda a olvidar a otra persona. Solo hace que la eches más de menos.
Me incorporo despacio y lo primero que noto es el dolor.
No uno físico. Ese dolor que ya se ha convertido en un compañero silencioso y permanente.
Ese que aparece cada vez que sueño con Ryder.
Porque anoche soñé con él. Soñé que estaba en Boston, y que estábamos juntos allí, cumpliendo nuestro sueño.
Soñé que me abrazaba. Y, como ocurre siempre, me desperté justo antes de poder quedarme a vivir allí. Con él.
Salgo de la cama con cuidado, recojo mi ropa y me visto deprisa.
Me muevo en silencio, casi con la práctica de una delincuente experimentada, y cuando estoy a punto de salir por la puerta siento una punzada de culpa.
No por el chico. Por mí. Porque ya no me reconozco.
Porque yo no era así. Yo era una chica que se enamoraba de una persona y se quedaba ahí.
Y, aunque suene ridículo, creo que sigo siendo esa chica.
Solo que esa persona perfecta para mí ya no está.
En cuanto salgo al exterior, saco el teléfono y llamo a Brian, el hermano de mi compañera de habitación en la residencia de estudiantes y con el que también he tenido sexo esporádico alguna vez.
Aunque con él supe pararlo a tiempo porque solo soy capaz de verlo como a un amigo.
De esos que necesito cuando siento que estoy tocando fondo y no quiero estar sola. Brian descuelga al segundo tono.
—Buenos días, borrachuza. Anoche no me escribiste para decirme que habías llegado bien a la resi. Debiste dejar que te acompañara.
—Acabo de hacer una tontería —le digo interrumpiendo su reproche. Él se ríe.
—¿Qué has hecho esta vez? ¿Has potado en la cama de mi hermana?
—Me he acostado con uno de tercero, uno del equipo de baloncesto, y me he ido de su habitación como una delincuente.
—Bueno, eso no habría pasado si anoche te hubieras venido conmigo, como te propuse —sonrío un poco ante sus palabras.
—Brian...
—¿Qué? Es verdad. Somos un equipo excelente. Nos llevamos bien, nos entendemos en la cama y además cocino mejor que la mayoría de los tíos de esta universidad —argumenta y suelto una pequeña risa.
—Ya sabes que es mejor que seamos solo amigos.
—Lo sé. Y también sé que eres la persona más terca que he conocido en mi vida.
—Necesito distraerme —digo y suelto un suspiro.
Y él cambia inmediatamente el tono de voz. Porque sabe lo que significa eso. Aunque nunca le haya contado la historia completa, sabe que hay alguien. Siempre ha sabido que hay alguien. Hay una herida dentro de mí que nunca termina de cerrarse.
—Ven al partido.
—Brian...
—No acepto un no por respuesta. Es la final de la liga universitaria. Si ganamos, habrá una fiesta enorme. Y si perdemos, también. En cualquiera de los dos casos podrás bailar conmigo hasta perder el sentido.
Me quedo unos segundos en silencio. Nunca he querido ir a verlo jugar. Por razones evidentes. Porque el fútbol americano siempre tendrá unos ojos azules asociados. Pero hoy estoy cansada. Muy cansada. Y, por primera vez en mucho tiempo, necesito dejar de pensar.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí, pesado.
Él se ríe.
—Perfecto. Raina se pondrá contenta —dice y cuelga.
Cuando llega la hora del partido, Raina y yo atravesamos el campus en dirección al estadio envueltas en el bullicio de cientos de estudiantes que parecen vivir una realidad completamente distinta a la mía.
Todo el mundo va riéndose, pintándose las mejillas con los colores de su universidad, haciéndose fotografías y comentando quién ganará la final, mientras yo me limito a caminar a su lado intentando fingir que soy una persona normal, una chica universitaria más de diecinueve años que ha quedado con una amiga para ver jugar a su hermano.
Y, durante unos minutos, incluso consigo engañarme a mí misma.
Consigo participar en la conversación, sonreír un poco cuando Raina me enseña en el móvil un vestido plateado que quiere ponerse esa noche y bromear con ella sobre cómo, probablemente, acabaremos descalzas y con los pies destrozados al final de la fiesta.
Tomamos asiento en las gradas y el estadio entero parece vibrar bajo nuestros pies.
Nunca me acostumbraré a estas dimensiones.
California es exagerada para todo. Las pantallas gigantes, la música, las luces, la cantidad de gente y la manera en la que todo se convierte en un espectáculo.
Raina empieza a aplaudir emocionadísima cuando anuncian la alineación de nuestro equipo y yo la imito enseguida, porque verla feliz siempre me contagia un poco de su energía.
—¡Venga, Brian! ¡No hagas el ridículo hoy! —grita ella. Yo me río.
—¡Vamos, Brian, dales en la cara! ¡Sé un hombre y no un cachorrito como siempre! —le provoco yo también.
Brian nos localiza enseguida desde el campo y me dedica un guiño enorme a mí y le enseña el dedo corazón a su hermana.
—Idiota.
—Te quiere muchísimo —le digo.
—Lo sé. Es un pesado, pero es el mejor hermano del mundo.
Pero entonces escucho una frase por megafonía que hace que deje de respirar … «Y desde Boston…»
Y siento algo extraño. Una punzada. Porque Boston sigue siendo una herida que no termina de cicatrizar. Boston era nuestro plan. Nuestro sueño. Nuestro futuro. No sabía que el partido era contra Boston… Noto cómo mi sonrisa desaparece un poco, pero me obligo a respirar y a apartar ese pensamiento.
No pasa nada. Solo es Boston. Solo es una ciudad.
Pero entonces empiezan a anunciar a los jugadores.
Y todo mi mundo se detiene. Porque escucho su nombre.
Ryder Knox. Mi respiración desaparece. Literalmente desaparece.
Tengo que pestañear varias veces porque mi cerebro se niega a aceptar lo que mis ojos están viendo. Pero es él. Es él. Dios mío. Es él.
Sale al campo y ya no parece un chico. Y ese pensamiento me golpea con tanta fuerza que me deja inmóvil.
Porque el chico que dejé atrás hace diez meses ya no existe.
Ahora hay un hombre caminando por ese césped.
Un hombre alto, fuerte, corpulento, seguro de sí mismo y tremendamente guapo que lleva el número 09 en la espalda y la universidad de Boston escrita sobre el pecho.
Nuestra universidad. La que íbamos a compartir.
Bajo la mirada automáticamente hacia mi muñeca y miro el pequeño tatuaje que me hice hace meses, en un día horrible.
El número 09 tatuado. Fue un día en el que tuve miedo de olvidar su voz.
Como si eso fuera posible. Como si hubiera una sola posibilidad en el universo de que yo pudiera olvidar a alguien como Ryder Knox.
Las lágrimas empiezan a llenar mis ojos sin que pueda evitarlo.
Porque está precioso. Está sano. Fuerte.
Está cumpliendo su sueño. Y ya nadie lo señala.
Nadie susurra cosas horribles a sus espaldas.
Ya no es el chico problemático de un pueblo de Oregón.
Aquí es otra cosa. Aquí la gente lo admira.
La gente lo aclama. La gente grita su nombre.
Y, de repente, siento una felicidad tan enorme que hasta me sorprende.
Porque aunque duele, duele muchísimo, también sana. Porque lo veo. Y está bien. Está viviendo. Está creciendo. Está construyendo una vida maravillosa. Y aunque esa vida ya no me incluya, no puedo evitar sonreír. Porque, Dios mío. Qué orgullosa estoy de él. Qué inmensamente orgullosa.
Toda la gente de Boston lo vitorea constantemente. Hay camisetas con su nombre. Escucho a varias chicas decir que es el mejor jugador del equipo y, por primera vez en muchísimo tiempo, siento una especie de paz extraña. Como si una parte de mí pudiera respirar de nuevo.
Siempre supe que era extraordinario. Siempre lo supe. Y resulta que el mundo entero también ha terminado descubriéndolo.
El partido transcurre tan deprisa que me parece injusto. Injusto hasta enfadarme. Porque esos diez meses sin él se me hicieron eternos y, sin embargo, estas dos horas a escasos metros de su presencia desaparecen como arena entre los dedos.
Lo observo constantemente. Cómo corre. Cómo se comunica con sus compañeros.
Cómo sonríe. Cómo se concentra. Cómo levanta la cabeza buscando opciones en el campo.
Y descubro algo que me rompe y me recompone a la vez.
Ya no parece un chico que intenta sobrevivir.
Parece un hombre que ha encontrado un lugar en el mundo. Y esa idea me emociona muchísimo.
Cuando marca la jugada definitiva y todo el estadio estalla en aplausos, me descubro llorando mientras sonrío como una idiota. Raina me mira sorprendida.
—¿Estás bien? —pregunta y yo me río un poco.
—Sí.
Pero es mentira. No estoy bien. Estoy muchísimo peor. Y muchísimo mejor. Las dos cosas a la vez. ¿Tiene eso sentido? Bueno, para mí sí. Acabo de reencontrarme con la persona más importante de mi vida.
Cuando termina el partido, desaparece rápidamente entre sus compañeros y ya no vuelvo a verlo.
Pero hay algo que sí sé. Y lo sé con una claridad aterradora.
No puedo irme otra vez. No puedo volver a esconderme.
No puedo permitir que el miedo tome una decisión por mí una segunda vez.
No me importa si me odia o si me guarda rencor.
No me importa si me mira con indiferencia.
He decidido aceptar las consecuencias de mis errores.
Y quiero ser valiente. Tan valiente como él siempre fue.
Así que agarro a Raina de la mano y ella me mira extrañada.
—Necesito un favor.
—¿Cuál?
—Necesito estar muy guapa esta noche —le pido y ella sonríe inmediatamente.
—Eso está hecho —dice emocionada. Pero entonces la miro y noto cómo la emoción me aprieta la garganta.
—Y también necesito explicarte algo.
—¿El qué? —pregunta extrañada. Trago saliva.
—Toda la historia. Toda. La historia que ha hecho que a veces sea una persona tan triste. La historia que ha hecho que haya días en los que parezca que estoy aquí, pero en realidad no estoy en ninguna parte.
Raina me mira en silencio. Y yo sonrío un poco. Una sonrisa pequeña. Melancólica.
—Porque el chico que acabas de ver ganar ese partido… es el amor de mi vida.
Y, por primera vez en diez meses, decirlo en voz alta no me rompe. Al contrario. Me libera. Porque amar a Ryder Knox nunca fue el problema. Quizá el problema siempre fue haber tenido miedo de hacerlo.