CAPÍTULO 42 EL ECO DE RYDER
EL ECO DE RYDER
Han pasado dos meses. Sesenta días. Sesenta noches.
Sesenta oportunidades desperdiciadas de arreglar la peor decisión que he tomado en toda mi vida.
Y lo más horrible de todo es que el tiempo no está haciendo su trabajo.
Todo el mundo miente cuando dice que el tiempo lo cura todo.
El tiempo no cura nada. El tiempo simplemente te obliga a convivir con el dolor hasta que aprendes a respirar alrededor de él. Pero sigue ahí. Siempre está ahí.
Hay días en los que me despierto y, durante unos segundos, no recuerdo nada.
Son unos segundos maravillosos. Un regalo.
Una tregua. Entonces miro hacia la ventana y el pecho se me desploma de golpe.
Porque ya no hay nada. No hay luz. No hay movimiento.
No hay un chico apoyado en un cristal mirándome como si yo fuera la mejor parte de su día.
Ya no está Ryder Knox. Y resulta que la ausencia de una persona puede llegar a ocupar muchísimo más espacio que su propia presencia.
He dejado de contar las veces que he cruzado la calle. He dejado de contar las veces que he llamado a su puerta, que he subido por aquella escalera solo para encontrar una habitación vacía y silenciosa.
Su teléfono sigue apagado. Y lo único que me queda es escribirle.
Porque no sé qué otra cosa hacer. Porque necesito que, si algún día vuelve, sepa que estuve aquí.
Esperándolo. Como él me esperó a mí durante cinco años.
Las notas se han convertido en una rutina.
Las deslizo cada pocos días por debajo de la puerta y me marcho sin esperar nada a cambio.
"No hace falta que me perdones hoy. Solo necesito que sepas que sigo aquí."
"No voy a pedirte que olvides lo que hice. Solo quiero que algún día me permitas explicarte que tuve miedo y que el miedo me convirtió en una persona que no reconozco."
"Ahora entiendo una cosa. Amar a alguien también consiste en creer en él cuando todo el mundo deja de hacerlo. Y yo fallé precisamente en eso. Lo siento."
"Ojalá hubiera sido tan valiente contigo como tú lo fuiste conmigo."
Y la última es la que más me costó escribir:
"Si algún día vuelves y ya no me quieres, lo entenderé. Pero necesito que sepas que nadie ocupará el lugar que has dejado en mí."
Las dejo. Me marcho. Y vuelvo al día siguiente. Como una penitencia y una promesa a la vez. Como una persona desesperada intentando reconstruir algo que quizá ya no existe.
Ni siquiera Nick Stone ha querido ayudarme.
Kassy ha intentado hablar con él varias veces, pero ha sido inútil.
Nick está enfadado. Muchísimo. Y lo entiendo.
Porque si alguien hubiera hecho sufrir a Ryder de la forma en la que yo lo he hecho, seguramente yo también lo odiaría.
Al menos eso me tranquiliza un poco. Saber que Ryder no está completamente solo.
Que hay alguien ahí que lo quiere y lo protege.
Aunque no sepa dónde está. Ni si duerme bien, si come, si sigue pensando en mí, si me odia…
Seguramente sea ese el caso. Y no podría culparlo.
Pero necesito saber que está vivo. Que está bien. Solo eso.
Una tarde cualquiera, cuando ya estoy empezando a asumir que viviré en esta incertidumbre para siempre, veo movimiento en su casa.
Una chica morena, de pelo corto y unos veinticinco o veintiséis años, está abriendo la puerta con una llave.
El corazón me da un vuelco tan fuerte que ni siquiera pienso.
Salgo corriendo de casa y atravieso la calle a toda velocidad.
—¡Hola! —grito a pleno pulmón. La chica levanta la cabeza y me dedica una sonrisa amable.
—Hola —me responde con amabilidad. Estoy tan nerviosa que siento que me va a dar algo.
—Por favor… ¿sabes algo de Ryder? Solo dime si está bien —pregunto en una súplica y la mujer me observa unos segundos.
—¿Quién eres?
—Soy Ava —respondo y trago saliva.
Su expresión cambia. Palidece ligeramente. Como si ese nombre significara algo. Pareciera como si lo reconociera. Como si lo hubiera escuchado muchas veces. Sabe quién soy…
—Solo puedo decirte que está mejor —dice finalmente con un suspiro.
Mi corazón se acelera. Está bien. Dios mío.
Está bien—. Está intentando pasar página del trauma —siento un pinchazo horrible en pecho al oír eso—.
Necesita salir de este pueblo. Empezar una vida nueva.
Dejar atrás todo lo que le ha causado dolor e inseguridades.
Y los que lo apreciáis, le debéis esa oportunidad.
El aire desaparece de mis pulmones. Porque eso me incluye a mí. Yo soy parte de ese dolor y también parte de quien aprecia a Ryder. Yo también soy un recuerdo del que necesita escapar. La miro intentando sostenerme.
—¿Quién eres? —inquiero y ella parece pensarse la respuesta.
—Su novia —dice finalmente dejándome completamente a la deriva. Y mi corazón deja de existir. No se rompe ni se parte. Simplemente deja de existir.
Asiento. Ni siquiera sé cómo sigo de pie. No digo nada más. Solo doy media vuelta y salgo corriendo.
Cuando entro en casa, mi padre está en la cocina preparando café.
Me mira y lo sabe inmediatamente. Sabe que he vuelto a caer dentro del agujero.
Sabe que me estoy hundiendo otra vez. Intenta reaccionar rápido cambiando de tema.
Supongo que preguntarme ahora mismo qué me pasa es estúpido. Él lo sabe bien.
—Ava, cariño, tenemos que hacer ya la inscripción para la universidad de Boston. Se nos pasa el plazo —me dice con cariño. Lo miro y las lágrimas empiezan a caer otra vez.
—Me voy a California —le informo y papá frunce el ceño.
—¿Estás segura?
Asiento. Y, por primera vez en dos meses, sé exactamente lo que estoy haciendo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Ryder necesita rehacer su vida —mi padre no dice nada—.
Porque necesita dejar atrás todo lo que le hizo daño.
Y yo… soy parte de eso —se me quiebra la voz—.
Soy un fantasma de la peor etapa de su vida —y mientras digo esto, las lágrimas siguen cayendo, empapando toda mi cara—.
Y no pienso perseguirlo. No pienso hacer con él lo que él nunca hizo conmigo —trago saliva—.
Cuando yo lo rechacé, él me dejó ir. Me amó desde la distancia.
Me respetó. Me esperó. Nunca me obligó a nada —bajo la mirada—. Ahora me toca a mí hacer lo mismo.
Mi padre permanece en silencio. Y yo me doy cuenta de una cosa horrible. A veces amar a alguien no consiste en luchar por retenerlo. A veces consiste en desaparecer de su camino para que pueda volver a encontrarse a sí mismo.
Y, aunque eso me destroce por completo, voy a hacerlo. Porque si realmente lo quiero… Tendré que aprender a sobrevivir a la posibilidad de que su felicidad ya no me incluya a mí.