Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 41 DONDE SIEMPRE #2
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CAPÍTULO 41 DONDE SIEMPRE #2

Cuando está anocheciendo, no aguanto más.

Salgo de mi habitación sin decir nada. Papá me llama desde abajo, pero no contesto.

Cruzo la calle con el corazón golpeándome la garganta y llamo a la puerta principal de la casa de Ryder.

Una vez. Dos. Tres. No hay respuesta. Vuelvo a llamar, esta vez con más desesperación, pero la casa sigue muda.

Entonces rodeo la fachada y voy hasta la escalera lateral que lleva a su ventana.

Subo casi sin pensar, con las manos temblando, rezando por encontrarlo allí, por verlo enfadado, triste, borracho, roto, lo que sea, pero verlo.

Necesito verlo. Necesito que exista delante de mí para poder decirle que lo siento, aunque no me perdone.

La ventana tiene una pequeña rendija abierta.

Consigo entrar. Pero cuando lo hago, me encuentro que su habitación está vacía.

El golpe de realidad es tan fuerte que durante unos segundos me quedo inmóvil, de pie junto a la ventana, intentando escuchar algo que no existe.

Su respiración. Sus pasos. Su voz diciéndome Monroe con esa mezcla de burla y ternura que me desarmaba siempre.

Pero no hay nada. Solo su habitación. Su cama deshecha.

Su olor. Sus cosas. El espacio donde Ryder debería estar y no está.

—¿Ryder? —lo llamo en voz baja. Nada.

Salgo de la habitación y empiezo a recorrer la casa.

Bajo las escaleras, miro en la cocina, en el salón, en el baño, incluso en rincones absurdos donde sé que no va a estar.

Lo llamo una y otra vez, cada vez con menos voz y más miedo, hasta que entiendo que estoy sola en su casa.

Sola en el único lugar donde, hace apenas unos días, me sentí más acompañada que nunca.

Vuelvo derrotada a su habitación y me siento en el borde de la cama.

El silencio pesa muchísimo. Saco el móvil con las manos temblorosas y pulso su número.

Durante un instante, mientras escucho el tono vacío, el corazón me trota tan fuerte en la garganta que casi no puedo respirar.

Pero el teléfono da apagado. La voz automática me ofrece dejar un mensaje y, cuando escucho el pitido, se me rompe la poca entereza que me quedaba.

—Ryder, por favor… —mi voz sale temblorosa, deshecha, casi irreconocible—.

Te lo suplico, perdóname. Te quiero. Te quiero más que a nada en el mundo.

Lo siento. Lo siento muchísimo. Por favor, perdóname.

Aunque no quieras estar conmigo. Eso lo entenderé.

Lo entenderé de verdad, aunque me mate. Pero quiero que sepas que lo lamento de corazón.

Debí haberte escuchado. Debí haberte creído.

No debí haber dudado de ti jamás. Perdóname…

te quiero. Te quiero. Con todo mi ser, Ryder. Con todo lo que soy.

Cuelgo antes de quedarme sin aire y empiezo a llorar como una estúpida, abrazando el teléfono contra el pecho como si eso pudiera acercarme a él de alguna forma.

Me siento ridícula, desesperada, miserable.

Me levanto solo porque quedarme quieta me duele demasiado y empiezo a tocar las cosas de su escritorio con la punta de los dedos, intentando recrearlo a través de todo lo que ha dejado atrás.

Un bolígrafo mordido. Un cuaderno con fórmulas.

Un recibo doblado. Un libro abierto por una página cualquiera.

Cada objeto parece tener algo de él, algo que no puedo tocar sin romperme un poco más.

Entonces abro un cajón pequeño y me quedo sin aliento.

Al principio no entiendo lo que estoy viendo.

Mi corazón necesita unos segundos para asumirlo.

Allí están las braguitas con el número 09 que una noche le lancé por la ventana, dobladas con un cuidado absurdo.

Junto a ellas hay una pulsera de hilo que perdí hace más de un año.

Recuerdo haberla buscado durante días, convencida de que se me habría caído en el instituto o en la calle.

También hay una foto de mi cara recortada de una antigua orla.

La cojo con dedos temblorosos y, al mover algunos papeles, descubro más.

Varias fotos. De varias orlas. Diferentes etapas de mí durante los últimos cinco años.

Mi pelo más corto. Mi sonrisa de niña. Mis cambios.

Mis años pasando sin saber que, al otro lado de la calle, alguien guardaba pequeños pedazos de mi vida como si fueran tesoros.

Mi corazón se encoje y a la vez se llena de amor.

No pienso que sea extraño ni obsesivo. No pienso ninguna de las cosas que el pueblo pensaría si viera este cajón.

Solo pienso una cosa, una sola, enorme y devastadora: Ryder me ha querido todo este tiempo.

Me ha querido en silencio, sin pedirme nada, sin tocarme, sin interponerse en mi vida salvo aquella vez en la que quiso protegerme de alguien que pretendía humillarme.

Me ha querido mientras yo crecía, mientras yo lo ignoraba, mientras yo creía que mi vida simplemente era así, mientras yo aceptaba la versión que otros habían construido de él.

Me ha querido con una paciencia tan triste que me dan ganas de arrancarme el corazón para no sentir lo que estoy sintiendo.

Cierro el cajón con cuidado, como si estuviera cerrando una herida abierta, y me tumbo en su cama.

Abrazo su almohada y aspiro su aroma con una desesperación que me avergüenza, pero que no puedo controlar.

Huele a él. A Ryder. A casa. A todo lo que he perdido por no haber sabido detenerme a escucharlo.

Lloro durante horas. O eso creo. Pierdo la noción del tiempo.

Solo sé que la habitación se va oscureciendo y yo sigo allí, aferrada a su almohada como si fuera lo único que me queda de él, como si ese olor pudiera impedir que la realidad termine de tragársemelo.

Cuando por fin consigo incorporarme, estoy agotada.

Me duelen los ojos, la cabeza, el pecho, la garganta.

Todo. Pero hay una calma rara debajo del dolor.

Me encuentro llena de decisión. Busco un papel en su escritorio y escribo una nota con una letra temblorosa, manchada en algunas partes por lágrimas que caen antes de que pueda apartarlas.

Ryder: No hace falta que me respondas hoy.

Ni mañana. Ni la semana que viene. Solo quiero que sepas que voy a estar donde siempre.

Esperándote. Esta vez serás tú quien decida si vuelve a abrir esa ventana para mí o no.

No voy a obligarte a nada. No voy a perseguirte.

No voy a pedirte que me quieras después de haberte fallado.

Solo quiero que sepas que te creo. Te creo a ti.

Y siento muchísimo haber tardado tanto en hacerlo.

No estás solo, aunque ahora mismo te sientas así por mi culpa.

Eres lo más maravilloso que me ha pasado en la vida y ojalá algún día puedas perdonarme, aunque sea solo para que el recuerdo de mí no te duela tanto. Te quiero con toda mi alma. Ava.

Dejo la nota sobre la cama, justo encima de la almohada, y durante unos segundos me quedo mirándola como si acabara de dejar allí una parte de mí.

Después respiro hondo y camino hacia la ventana.

Podría dejarla abierta. Una parte desesperada de mí quiere hacerlo, como si así pudiera invitarlo a volver, como si la ventana abierta fuera una súplica silenciosa.

Pero no lo hago. Esta vez no. Porque Ryder ya ha sostenido demasiadas puertas abiertas para mí.

Demasiadas esperanzas. Demasiados silencios.

Y ahora debe ser él quien decida si quiere volver a abrirme algún lugar en su vida.

Salgo por la ventana y bajo la escalera con torpeza. Antes de cruzar la calle, miro una última vez hacia su habitación. Después miro la ventana cerrada desde fuera, dejando tras ella la nota, el olor de su almohada y todas las cosas que no he sabido cuidar cuando las tuve entre las manos.

Papá me está esperando en el salón cuando entro en casa.

Está de pie, con el rostro lleno de preocupación, y me pregunta dónde estaba, si estoy bien, si se me ha ocurrido salir sola después de todo lo que ha pasado.

Pero no puedo responderle. No porque quiera castigarlo, sino porque no tengo fuerzas para sostener otra conversación, otra explicación, otra mirada de culpa ajena cuando la mía ya me está devorando por dentro.

Paso junto a él sin decir nada, subo las escaleras y me encierro en mi habitación.

Solo entonces miro mi propia ventana cerrada.

Ahora soy yo quien espera al otro lado.