Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 41 DONDE SIEMPRE
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CAPÍTULO 41 DONDE SIEMPRE

DONDE SIEMPRE

No sé en qué momento empiezo a gritar. Solo sé que estoy en el salón de casa, todavía con la ropa arrugada, la garganta destrozada y los ojos tan hinchados que casi me cuesta ver con claridad.

Papá está delante de mí, pálido, asustado, intentando decir algo que no escucho porque dentro de mi cabeza solo hay una frase repitiéndose una y otra vez con una crueldad insoportable: Ryder era inocente.

Ryder era inocente y yo dudé de él. Ryder era inocente y yo lo miré como si fuera capaz de hacer exactamente aquello que todo el mundo esperaba de él.

—¡Es culpa tuya! —le grito, y mi voz suena rota, horrible, como si saliera de una parte de mí que ni siquiera reconozco—.

¡Tuya y de todo este maldito pueblo! ¡Todos habéis tenido la culpa!

¡Me habéis hecho creer cosas que no eran!

¡Me habéis repetido durante años que Ryder era peligroso, que no debía acercarme a él, que era un problema, que todo lo que tocaba acababa mal, y yo os escuché!

¡Os escuché a todos! ¡Y ahora lo he defraudado yo también!

Papá abre la boca, pero no le dejo hablar.

No puedo. Si habla, si intenta explicarse, si intenta justificar lo injustificable, siento que voy a perder la cabeza todavía más.

Estoy llorando con tanta fuerza que casi no puedo respirar, pero no quiero calmarme.

No quiero que nadie me diga que respire, que me siente o que deje pasar las horas.

Quiero sentirlo todo. Quiero que me duela cada pensamiento, cada recuerdo y cada segundo, porque me lo merezco.

Me merezco este dolor. Me merezco esta culpa.

Me merezco saber que he hecho exactamente lo mismo que juré que no haría nunca: juzgar a Ryder Knox sin escucharlo.

—Ava, cariño, yo solo quería protegerte —dice papá al fin, con la voz cargada de miedo—.

No tienes que cargar conmigo ni con el pueblo entero.

Yo no tengo la culpa de lo que ha pasado.

Solo he intentado cuidarte porque te amo con locura.

Eres mi hija. No podía quedarme de brazos cruzados viendo cómo te acercabas a un chico con tantos problemas alrededor.

—¡Pero ese es el problema! —le grito, señalándolo con una rabia que me quema por dentro—.

¡Que nunca eran sus problemas! ¡Eran los de su padre, los de los rumores, los de todo el mundo!

¡Y nosotros convertimos a Ryder en una extensión de todo eso!

¡Lo miramos como si fuera culpable antes de que hiciera nada!

¡Y yo…! —la voz se me quiebra y me llevo una mano al pecho porque siento que algo me está aplastando desde dentro—.

Yo era la única que tenía que haberlo mirado diferente.

Yo lo conocía. Yo sabía cómo era conmigo.

Yo sabía cómo me cuidaba, cómo me escuchaba, cómo se preocupaba por mí incluso cuando todo se le venía encima.

Y aun así dudé. Dudé de él, papá. Dudé de Ryder.

Lloro con más fuerza hasta rasgarme la voz.

Papá intenta acercarse y yo retrocedo, negando con la cabeza.

No quiero sus brazos todavía. No quiero consuelo.

No quiero que nadie suavice esto. Si me consuelan demasiado pronto, si me dicen que soy joven, que estaba asustada, que cualquiera habría dudado, siento que me van a robar incluso la única cosa que ahora mismo puedo darle a Ryder desde lejos: la conciencia absoluta de que me equivoqué.

De que fui injusta. De que lo herí donde más dolía.

De que le demostré que, al final, cuando el mundo entero lo llamó monstruo, yo también fui capaz de verlo así durante un instante.

—Todo es injusto —digo entre sollozos, ya sin fuerza para gritar, pero con una rabia más amarga, más profunda, más triste—.

Todo. Lo que le habéis hecho durante años, lo que le hice yo, lo que acaba de pasar…

Mira lo que le hemos hecho. Mira en qué lo hemos convertido.

No porque él sea así, sino porque todos necesitabais que lo fuera para tener razón.

Papá consigue abrazarme al fin. Al principio intento apartarme, pero no tengo fuerzas.

Y entonces, cuando sus brazos me rodean, me deshago por completo.

Me derrumbo contra su pecho como si volviera a ser una niña pequeña, pero ya no hay nada infantil en este llanto.

Es un llanto feo, adulto, desesperado. De esos que no buscan atención ni ternura, sino una forma de sacar del cuerpo algo que pesa demasiado para seguir llevándolo dentro.

Papá me acaricia el pelo y me dice que lo siente, que respire, que estoy en shock, que no piense ahora en nada definitivo, pero yo solo puedo agarrarme a su camiseta y llorar con la sensación de que todo lo que amo se ha quedado al otro lado de una puerta cerrada que no sé si Ryder querrá abrirme alguna vez.

—¿Y ahora qué hago? —susurro contra su hombro, temblando entera—.

¿Qué hago ahora, papá? Lo quiero. Lo quiero con toda mi alma.

Me voy a morir sin él. Me voy a morir si no me perdona.

No sé cómo vivir sabiendo que él piensa que soy como todos los demás.

No sé cómo respirar si no puedo decirle que lo siento.

Papá se queda callado unos segundos. Lo noto tragar saliva antes de hablar, como si estuviera eligiendo unas palabras que no sabe si me van a salvar o hundir un poco más.

—Se te pasará, Ava —susurra y me aparto apenas un poco para mirarlo.

—¿Qué?

—A los dos se os pasará —dice con una ternura torpe, desesperada, de padre que quiere curar una herida sin entender todavía su profundidad—.

El tiempo lo cura todo. Sois jóvenes. Volveréis a amar.

Ahora parece el fin del mundo, lo sé, pero algún día esto será una anécdota dolorosa.

Una historia de juventud. Algo que recordarás con tristeza, pero no con este dolor.

Lo miro como si acabara de decirme algo cruel, aunque sé que no lo intenta.

Sé que mi padre me quiere. Que está asustado.

Ha construido su vida alrededor de la idea de protegerme desde que mamá ya no está, pero eso no hace que sus palabras duelan menos.

Porque para él Ryder sigue siendo un capítulo.

Para mí es el libro entero que no quiero cerrar.

—No voy a olvidarlo nunca —digo llorando—.

No puedo. Y tampoco quiero. No quiero que se me pase.

No quiero que Ryder se convierta en una anécdota.

Nadie sabe lo maravilloso que es. Nadie.

Solo yo. Solo yo he tenido ese privilegio y lo he estropeado todo.

He sido la persona a la que él dejó entrar y, cuando más necesitó que me quedara, hice lo mismo que todos: salí corriendo.

Papá baja la mirada. Algo en su cara cambia.

Creo que, por primera vez, entiende que no estoy hablando de un amor adolescente que se cura con distancia, universidad y otros chicos.

Estoy hablando de una culpa que va a cambiarme para siempre si no hago algo con ella.

Lo veo luchar contra su miedo, contra todos sus prejuicios y contra esa imagen de Ryder que lleva años alimentando dentro de sí mismo.

Y, cuando vuelve a mirarme, su voz suena más baja.

—Entonces ve a hablar con él.

—¿Qué? —pregunto parpadeando.

—Ve a hablar con el chico y explícale lo que sientes —insiste y yo me río sin humor, con un sonido roto que no se parece en nada a una risa.

—¿Cómo demonios voy a ir después de todo y decirle que me perdone sin más? —pregunto, sintiendo cómo la vergüenza se me clava en la piel—. ¿Cómo voy a mirarlo a la cara después de haberlo acusado de algo así? ¿Cómo voy a pedirle que me escuche cuando yo no lo escuché a él?

No espero respuesta. Me aparto de mi padre y subo corriendo las escaleras, encerrándome en mi habitación antes de que pueda seguir hablando.

Necesito llorar sin que nadie intente explicarme el mundo.

Necesito hundirme, que la culpa haga su trabajo y me arranque todas las excusas, una por una, hasta dejarme solo con la verdad: Ryder merecía algo mejor de mí.

El móvil empieza a vibrar al cabo de un rato.

Primero una llamada de Selena. Después otra de Jannet.

Luego mensajes en el grupo. Kassy también escribe.

No abro nada. No quiero hablar con nadie.

No quiero que mis amigas me digan que no es culpa mía, que estaba asustada, que todo apuntaba a Ryder, que cualquiera habría dudado.

No quiero que me perdonen antes de que Ryder lo haga, porque sus perdones ahora mismo no me sirven de nada.

El único perdón que necesito está al otro lado de la calle y ni siquiera sé si está allí.

Me acerco a la ventana cuando ya empieza a caer la tarde.

La casa de Ryder está en silencio. No veo movimiento.

No hay luces encendidas ni sombras cruzando su habitación.

Durante un rato me quedo allí, mirando como tantas veces hice antes, solo que ahora la ventana ya no parece una promesa sino una condena.

Pienso en todas las veces que él esperó detrás de ese cristal sin pedirme nada.

En todas las veces que aceptó mis tiempos, mis miedos, mis contradicciones.

Pienso en lo fácil que fue para mí acostumbrarme a que Ryder estuviera siempre ahí y lo poco preparada que estaba para descubrir que quizá yo también podía perderlo.