Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 40 LA ÚNICA PERSONA DE MI MUNDO #2
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CAPÍTULO 40 LA ÚNICA PERSONA DE MI MUNDO #2

De repente todo cobra sentido de una manera absurda y devastadora a la vez.

Ese hombre no quería hacer daño a Daniel ni a Ava.

Quería vengarse del padre de Daniel y creyó que el coche lo iba a conducir él.

Ni siquiera sabía que aquella noche iban a ir dos adolescentes dentro camino al baile de fin de curso.

La tragedia que casi destroza nuestras vidas ni siquiera iba dirigida hacia nosotros.

Éramos daños colaterales en una guerra de adultos a la que nunca pertenecimos.

Y, joder, eso me deja todavía más cansado de lo que ya estaba.

Porque empiezo a pensar que la vida tiene una forma muy cruel de funcionar.

Siempre son los demás quienes toman decisiones horribles y, de una manera u otra, las consecuencias terminan cayendo sobre la gente que menos culpa tiene.

Mi padre tomó decisiones horribles y Connor y yo pagamos el precio.

Los rumores del pueblo tomaron vida propia y Ava pagó el precio.

Un hombre quiso vengarse de una infidelidad y Daniel y Ava pagaron el precio.

Y yo… yo llevo años pagando un precio por existir.

No siento alivio al descubrir que soy inocente porque yo ya sabía que lo era.

Lo único que siento es una tristeza inmensa al pensar que todo este sufrimiento podría haberse evitado.

Que Ava podría haberme escuchado. Que podría haber confiado en mí solo una vez.

Que podríamos estar celebrando nuestros exámenes, hablando de Boston o discutiendo qué canción iba a ser la nuestra en lugar de estar sentados en un maldito juzgado descubriendo que el destino nos ha vuelto a arrebatar algo que ni siquiera nos había dado tiempo a disfrutar.

Entonces la miro de reojo. Está llorando mientras observa la pantalla y sé exactamente lo que está sintiendo.

Está descubriendo que no soy el monstruo que le vendieron y puede que se culpe por haber creído a los demás antes que a mí.

Pero, al mismo tiempo, sé que eso no basta.

Porque hay heridas que no desaparecen cuando aparece la verdad.

La confianza no vuelve de golpe. Y el miedo, una vez que entra en el corazón de alguien, es muy difícil expulsarlo.

Así que ni siquiera me permito ilusionarme.

Porque he demostrado que no intenté matar a nadie, sí, pero sigo teniendo la sensación de haber perdido igualmente a la única persona que he querido de verdad en toda mi vida.

—El señor Ryder Knox es declarado inocente de todos los cargos.

Y, sin embargo, no siento alivio. Porque sigo habiéndolo perdido todo.

Levanto la cabeza y la veo. Sigue llorando. Y me está mirando. Y durante una décima de segundo pienso en acercarme. Pero su padre la agarra y se la lleva. Ella intenta detenerle y quiero correr hacia ella y gritarle a su padre que la suelte, que me deje abrazarla, aunque sea una puta vez más.

Nick aparece a mi lado y me agarra del brazo.

—Mándala a la mierda —lo miro y en mi interior la carne se me abre porque él nunca me diría algo así si pensase que tengo una remota posibilidad de ser feliz al lado de Ava—. Si no fue capaz de creerte cuando más la necesitabas, Ava Monroe merece que la mandes al infierno.

Lo observo con consternación. Después vuelvo a mirar la puerta por la que ella acaba de salir. Y entonces me derrumbo. Porque no puedo. Simplemente no puedo más. Y empiezo a llorar. Como un niño pequeño. Como nunca he llorado.

Nick me abraza.

—Todo va a ir bien.

—No.

—Sí.

—No, Nick.

Porque, aunque sea inocente… La he perdido igualmente. Después de todo esto está claro que ella me volverá a ver como una amenaza, un puto psicópata enfermizo. Y no como lo que siempre he querido ser para ella, lo que siempre ha sido ella para mí: luz y esperanza.

Hay una cosa que nadie sabe de mí. Y es que llevo cinco años enteros ensayando conversaciones que nunca he tenido con ella.

Cinco años imaginando cómo sería hablar con Ava Monroe sin miedo, sin que su padre nos separara, sin que el pueblo entero me recordara constantemente quién soy y de dónde vengo.

Cinco años inventándome respuestas, bromas y momentos que nunca llegaron a existir.

Cinco años viviendo dos vidas distintas: la real y la que construía en mi cabeza cada vez que la veía pasar delante de mí.

Porque la realidad era bastante más simple.

La realidad es que ella iba creciendo y yo también, pero mientras ella se convertía en una persona llena de posibilidades, yo me iba convirtiendo en una advertencia.

Y lo peor es que llegó un momento en el que yo mismo me lo creí.

Me convencí de que acercarme a Ava era egoísta.

Me convencí de que quererla era una imprudencia.

De que, si de verdad la amaba, tenía que apartarme.

Porque eso es lo que haces cuando quieres algo que consideras demasiado valioso para ti: lo proteges incluso de tu propia existencia.

Así que aprendí a quererla en silencio. Pero nadie te enseña lo difícil que es eso.

Nadie te enseña lo agotador que es vivir enamorado de alguien y fingir que no existe.

O lo mucho que duele contener todos los impulsos que te nacen por dentro.

Ni a gestionar el hecho de ver a la persona que más te importa del mundo y actuar como si fuera una desconocida y tú ni existieras.

Y joder… qué agotador ha sido. Porque nunca he dejado de verla.

Nunca. He visto cómo se ponía nerviosa antes de los exámenes.

He visto cómo se frustraba cuando no entendía algo.

He visto cómo sonreía a la gente incluso cuando ella no estaba teniendo un buen día.

He visto cómo abrazaba a sus amigas. Cómo ayudaba a profesores a recoger material sin que nadie se lo pidiera.

Y cómo se emocionaba con cualquier tontería.

Y he pensado una barbaridad de veces que no podía existir una persona tan bonita.

No bonita físicamente. Eso era evidente.

Siempre ha sido preciosa. Pero no era eso.

Era la forma en que existía. La forma en que ocupaba el espacio.

La manera en que mejoraba todo lo que la rodeaba.

Cómo hacía sentir importantes a los demás.

Y, sobre todo, la forma en que me hizo sentir a mí cuando tenía trece años.

Porque nadie me había mirado así nunca. Y nunca nadie volvió a hacerlo hasta hace unos meses.

Por eso no puedo soportar que piense que he jugado con ella.

Que haya dudado de mí. Joder, ha pensado que he intentado cargarme a Connell.

¿Qué clase de monstruo cree que soy? Si hay una persona en el mundo con la que jamás jugaría es Ava Monroe.

Si hay una persona cuya felicidad siempre he puesto por encima de la mía es ella.

Si hay una persona por la que habría aceptado vivir una vida entera observándola desde lejos sin tocarla jamás, era ella.

Y eso es lo más ridículo de todo. Que toda esta historia no empezó porque quisiera poseerla. Empezó porque me conformé con no perderla del todo. Porque hay gente que ama esperando ser correspondida y luego estamos los imbéciles como yo, que aprendemos a amar conformándonos con existir cerca.

Y quizá eso tampoco sea sano. Quizá sea raro. Puede que hasta dé miedo. Pero nunca fue egoísta. Nunca.

Nunca he querido convertirla en algo mío ni arrancarle la libertad. Si hubiera podido elegir un deseo, habría elegido algo muchísimo más simple y muchísimo más difícil al mismo tiempo: que me eligiera ella libremente. Solo eso. Una vez. Una sola vez en toda la vida.

La gente cree que llevo cinco años planeando que Ava Monroe me pertenezca y lo cierto es que llevo cinco años intentando convencerme de que no me pertenece y de que nunca lo hará.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Yo no quería una Ava encerrada conmigo. Quería una Ava feliz. Quería una Ava libre. Quería una Ava capaz de irse a Boston, de perseguir sus sueños, de conocer el mundo entero y, aun así, mirarme un día y pensar: «Quiero que vengas conmigo».

Eso era todo. Nunca quise ser su cárcel. Solo quería convertirme en su hogar.

Y, joder… qué ironía tan cruel. Porque al final he terminado convirtiéndome exactamente en aquello que más miedo me daba parecer a sus ojos. Un problema. Un error. Un peligro. Una prisión.

Sin embargo, la realidad es muchísimo más sencilla y muchísimo más patética: soy un chico de diecinueve años que se enamoró demasiado pronto, demasiado fuerte y demasiado tiempo de la misma persona y que, por primera vez en toda su vida, pensó que el destino estaba empezando a devolverle un poco de lo que le había quitado.

Pero el destino nunca me ha debido nada. Es el que es y tengo que volver a aprender a conformarme a vivir sin ella.