CAPÍTULO 40 LA ÚNICA PERSONA DE MI MUNDO
LA ÚNICA PERSONA DE MI MUNDO
Ryder
No sé qué demonios hago en un juicio. Bueno… sí lo sé. Tener a Ava Monroe solo para mí era un premio demasiado bonito para que alguien como yo pudiera conservarlo demasiado tiempo.
Supongo que el universo acaba equilibrando las cosas. Supongo que los chicos como yo no estamos hechos para quedarnos con la luz. Solo para mirarla desde lejos y acostumbrarnos a que, tarde o temprano, desaparezca.
Aun así, me permití el lujo de olvidarlo durante unos meses.
Me permití pensar que quizá había llegado mi momento.
Que quizá, por una vez en la vida, podía pasarme algo bueno.
Que ella volvía a mirarme como lo hizo hace cinco años y descubría lo mismo que descubrí yo en hace cinco años: que estábamos hechos el uno para el otro.
Porque sí. Lo supe. Y llevo cinco años intentando convencerme de que no lo supe. Pero es mentira. Lo supe.
Tenía trece años y acababa de llegar a un lugar desconocido, a miles de kilómetros de mi casa, sin amigos, sin entender nada y con una tristeza enorme por dentro que intentaba esconder porque Connor ya tenía suficiente con preocuparse por papá y por mí.
Y entonces apareció ella. Una niña rubia, llena de pecas, con unos ojos verdes enormes y una sonrisa tan sincera que parecía imposible que perteneciera a una persona real.
Y me miró. Joder. Me miró. No como si fuera el chico nuevo. Ni como si fuera un problema. Me miró como si hubiera estado esperando toda la vida a que llegara. Y yo me sentí exactamente igual. Como si el universo, por fin, hubiera colocado algo en el lugar correcto.
Era imposible no seguirla con la mirada. Era imposible no escucharla o sonreír cuando la veía correr por el jardín, bailar, cantar, reírse o hacer cualquier tontería. Porque Ava Monroe era eso. Vida. Pura luz. Y yo llevaba demasiado tiempo viviendo a oscuras.
Pero duró poco. Siempre dura poco. Mi padre empezó a ganarse una reputación horrible. Los rumores crecieron. Las miradas hacia nosotros cambiaron y mi hermano y yo empezamos a convertirnos en extensiones de los errores de mi padre.
Y un día, Ava desapareció. Bueno, no desapareció.
Seguía estando allí. Pero ya no podía acercarse a mí.
Su padre decidió que yo era peligroso. Y ella obedeció.
Y, sinceramente, no la culpé nunca. Porque yo también pensaba que era lo mejor para ella.
La mierda siempre salpica y de eso entendía yo bastante desde hacía mucho tiempo. Y mi mierda no debía salpicarle a ella.
Así que aprendí a conformarme. Aprendí a amarla desde lejos. A verla crecer. A quererla en silencio. A no molestarla. Aprendí a observarla cuando ella no miraba. A sobrevivir sin ella. Y sobreviví así durante cinco años. Cinco años enteros. Hasta que un día la cagué.
Hasta que un día ella estaba bailando en su habitación.
Y joder. Iba en ropa interior, con el pecho al descubierto.
Y, joder, ¡qué tetas! Estaba cantando, riéndose sola y siendo ella misma.
Y no reaccioné a tiempo. Porque a veces, cuando llevas demasiado tiempo queriendo algo, bajas la guardia.
Ava me pilló mirándola. Y todo cambió. Porque no apartó la mirada.
Me devolvió exactamente la misma mirada que me regaló cinco años atrás.
No me miró como un peligro. Me miró como un imán.
Y yo fui tan imbécil como para volver a tener esperanza.
Ahora entiendo que ese fue mi error. La jodida esperanza.
Porque la esperanza es una droga peligrosísima.
Te hace creer que las cosas imposibles pueden pasar.
Te hace creer que alguien como Ava Monroe podría enamorarse de alguien como yo.
Y, joder. Lo hizo. Creo que lo hizo de verdad. Y ha sido la mejor época de toda mi vida. Las ventanas. Los mensajes. Los besos. Las noches enredados el uno en el otro. Nosotros.
Y ahora lo he perdido todo. Porque ella ha demostrado ser igual que el resto. Y sé que es injusto pensar eso. Porque no lo es. Ella es humana. Y los humanos se asustan. Pero, joder… cómo duele que su miedo sea yo.
Porque ni siquiera quiso escucharme. Maldita sea, llevo días enteros esperando un mensaje suyo que diga: «Ya estoy preparada para escucharte».
Pero no llegó. En su lugar llegó uno en el que me dijo que iría al baile con Connell, clavándome un puñal donde más heridas de vida tenía.
Pero su herida fue la que caló más hondo, porque era la única parte de mi corazón que había llenado de esperanza y de Ava.
Ella quería estar con otro que no era yo.
Y no porque no me quisiera, o le gustara más el otro, sino porque yo no era como él, yo no soy como el resto, no soy lo que ella necesita, y nunca lo sería…
Y cuando tuvo un accidente y vino a buscarme únicamente para preguntarme si había intentado matarlo, eso… eso me rompió de una forma tan dolorosa que no sé cómo he sobrevivido a ese dolor.
—El señor Ryder Knox siempre ha mostrado una obsesión enfermiza por la señorita Ava Monroe.
La voz del abogado de la acusación me devuelve a la realidad. Levanto la cabeza un instante y la veo. Está sentada en el público con sus amigas y con su padre. Llorando. Y tengo que apartar la mirada inmediatamente porque no lo soporto. No soporto ver en su cara el miedo que antes era cariño.
—El señor Knox amenazó a todos los chicos que intentaron acercarse a la señorita Monroe. ¿Es cierto? —Me pregunta el individuo y me acerco al micrófono.
—No lo es.
—Está mintiendo.
Cuando llega el turno de la defensa, sale mi abogado. El abogado que mis amigos han pagado porque yo no tengo ni un duro.
—Llamo a declarar a Nicholas Stone.
Mi amigo Nick se sienta en el estrado. Y parece dispuesto a arrancarle la cabeza a cualquiera.
—¿El señor Knox está obsesionado de forma enfermiza con la señorita Monroe? —pregunta mi abogado y Nick suspira.
—Está enamorado hasta las trancas. Pero nada más.
La sala murmura.
—¿Ha amenazado a pretendientes de la señorita Monroe?
—Solo a uno.
Mierda. Miro en dirección a Ava discretamente y noto cómo ella se tensa.
—¿A cuál?
—A Ray Bell.
—¿Entonces sí es cierto?
Nick sonríe.
—Porque se lo merecía.
En ese momento mi abogado explica a la sala que va a reproducir un video que mi amigo Nick le ha proporcionado y lo presentará como prueba.
Yo sabía que existía ese video ya que Nick siempre lo graba todo porque está cansado de que nos culpen a mis amigos y a mí de todo.
Siempre dijo que hay que tener pruebas de todo en esta vida y, la verdad es que odio tener que darle la razón.
Toda la sala observa la grabación. En ella se ve a Ray Bell riéndose en el vestuario.
Presumiendo. Diciendo que iba a acostarse con Ava, grabarlo y subirlo a internet.
Y el silencio cae sobre toda la sala. Entonces aparezco yo en el vídeo.
Furioso. Fuera de mí. Y sí. Lo amenazo. Pierdo la puta cabeza.
Porque en ese momento solo podía pensar una cosa.
Que Ava merecía algo mejor que un monstruo así.
—¡Si te acercas a ella, te mato! ¡Monroe merece un hombre de verdad y no un puto abusador como tú, hijo de puta!
La imagen se tambalea entonces, pero se escucha cómo Nick me separa antes de matar a puñetazos a ese imbécil. Se escucha cómo mi amigo me arrastra fuera y me grita que me calme. Y se escucha cómo le grito que nunca vuelva a mirarla. Y ya está.
Solo se lo dije a él. Nunca a nadie más.
No entiendo cómo la gente puede estar tan enferma de inventarse cosas y llegar a creerlas sin más sin haber visto o presenciado nunca nada.
Al parecer, se creó todo un mito acerca de mí en el instituto, acerca de mi obsesión por Ava, que, aunque la tenga, nunca fue así de dañina, porque todos decían que yo había amenazado con rebanar el cuello de todo tipo que se le acercara y me acusaban de que solo me interesaba ella por su virginidad y por limpiar mi imagen.
Y todo el mundo asumió que esa era mi verdad, sin cruzar una puta palabra conmigo.
Pero Ava si me conoce, joder, debería haber sabido que eso no era cierto…
Entonces Nick interviene y me saca de nuevo de mi ensoñación.
—Ray Bell fue quien difundió el rumor. Dijo que Ryder había amenazado a cualquiera que se acercara a ella. Pero eso nunca pasó.
Entonces mi abogado vuelve a levantarse y, sinceramente, ya ni siquiera entiendo qué está pasando a mi alrededor.
Me da igual todo. Que me declaren inocente y me dejen marchar, o culpable y me lleven.
Llevo tanto tiempo sobreviviendo al miedo, a la culpa y a la sensación de haberlo perdido todo que ya no sé reaccionar ante nada.
Solo quiero irme a casa, aunque la casa ya no sea un hogar.
Solo quiero que esto termine, aunque sé perfectamente que, cuando termine, Ava Monroe seguirá sin ser mía y seguirá pensando que soy un monstruo obseso y asocial.
Mi abogado pide permiso para mostrar una última prueba y la sala se queda en silencio. Yo ni siquiera presto demasiada atención al principio. Tengo la mirada clavada en la mesa. En mis propias manos. En los nudillos llenos de pequeñas heridas que ni recuerdo cómo me hice estos últimos días.
Mi abogado explica que ha conseguido una prueba más relacionada con el accidente de Daniel Connell e instintivamente levanto la cabeza.
Mi abogado reproduce una grabación en la pantalla y veo que en ella aparece una grabación nocturna de alguna cámara de seguridad donde se ve a un hombre acercándose al coche de Connell durante la noche.
Me quedo inmóvil y hasta sonrío porque no soy yo.
Ni siquiera se parece a mí. Es un hombre bastante más mayor, rubio y mucho más delgado.
Lo observo manipular algo en la parte delantera del vehículo mientras mi abogado explica a la sala que, después de investigar, descubrieron que el coche pertenecía al padre de Daniel Connell y que el responsable del sabotaje de los frenos era el marido de una mujer con la que el padre de Daniel mantenía una aventura desde hacía meses.