Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 39 DIME QUE NO
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CAPÍTULO 39 DIME QUE NO

DIME QUE NO

Llevo varios días sin saber nada de Ryder y el silencio está empezando a consumirme de una forma que no sabía que fuera posible.

Siempre he pensado que la ausencia era simplemente eso: la falta de alguien.

Pero resulta que no. La ausencia también hace ruido.

Un ruido insoportable que se instala en la cabeza y no deja de repetirte una y otra vez las mismas preguntas, los mismos miedos y las mismas imágenes hasta que ya no sabes distinguir qué es real y qué te estás inventando tú para sobrevivir.

No sé si Ryder está respetando el espacio que le pedí o si, simplemente, está empezando a olvidarme.

Y esa segunda opción me está destrozando mucho más de lo que debería reconocer.

Porque yo no estoy aprendiendo a vivir sin él.

Yo apenas puedo respirar sin él. Todo me recuerda a él.

Mi habitación, la ventana, las noches, el libro de Filosofía, los dónuts glaseados, las canciones, Boston y hasta el silencio. Sobre todo, el silencio.

Estoy tumbada en la cama mirando el teléfono por enésima vez cuando empieza a vibrar y el corazón me da un salto tan fuerte que hasta me incorporo de golpe.

Pero enseguida descubro que no es él. Es el chat de las chicas.

Kassy está emocionadísima porque anuncia que va a ir al Prom con uno de los chicos más guapos y ricos del instituto.

Selena y Jannet empiezan a bombardear el chat con mensajes y emoticonos y, mientras ellas celebran la noticia, yo me descubro llorando de repente sin previo aviso.

Porque yo quería ir al baile con Ryder. No quería una gran historia de película ni una entrada espectacular ni una limusina ni una corona de reina del baile.

Solo quería entrar cogida de su mano, mirarlo de vez en cuando y pensar que, por una vez en su vida, alguien lo había elegido delante de todo el mundo.

En ese momento el móvil vuelve a vibrar y el corazón vuelve a latirme con fuerza, hasta que descubro el nombre que aparece en la pantalla.

Daniel Connell: ¿Quieres ir al Prom conmigo?

Me quedo mirando el mensaje durante varios segundos.

El mismo Daniel Connell que me dejó plantada.

El mismo Daniel Connell gracias al que empezó toda esta historia.

Y me siento completamente perdida. Porque no sé si aceptar sería una forma de empezar a olvidarme de Ryder o una forma muy cruel de castigarme a mí misma.

Entro en el chat de Ryder y comienzo a escribirle. Borro el mensaje. Vuelvo a escribir otro. Lo borro también. Y justo entonces aparece el pequeño texto que hace que mi corazón deje de funcionar durante un instante.

«Filosofía está escribiendo…»

Borro todo inmediatamente y espero. Y cuando por fin aparece su mensaje, el dolor lo llena todo. Está mal escrito, como si le costara sostener el teléfono o concentrarse o como si estuviera borracho. Pareciera que llevara varios días sobreviviendo igual que yo.

«M gstaría podr explicart lo q paso cuando stes trangila y asi puedas decidir si quiers apartarme o no. Si lo hacs stará bien. No voy a oblifarte a quedrte y te querré igualmente. Supongo q en algun momento sto seiba a acabar y te irias. T mereces algo mejor q yo»

Sus palabras me hacen llorar todavía más.

Porque no está luchando por mí. No está enfadado.

Ni está intentando convencerme. ¿Para qué quiere explicarme nada si ya se ha rendido?

¿Por qué me está dejando marchar tan fácilmente?

¿Por qué me está diciendo que está bien si lo dejo?

¡No está bien! Nada de esto está bien. No está bien que yo apenas pueda respirar y él me esté escribiendo como si estuviera despidiéndose de mí.

Y es precisamente desde esa desesperación desde donde cometo una estupidez enorme.

Una de esas decisiones que sabes que van a doler antes incluso de tomarlas.

Le escribo a Daniel Connell y acepto la cita.

Después entro en el chat de Ryder y le escribo: « Ya me dirás algo después de mi cita con Connell».

Me arrepiento en cuanto lo envío. De forma inmediata. Porque sé exactamente dónde acabo de clavarle el cuchillo. Pero también sé que necesito encontrar una vida sin él por si todo esto no se arregla nunca.

Dos días después llega el Prom y me encuentro delante del espejo con el vestido puesto y una sensación horrible dentro del pecho.

No estoy feliz. No me siento guapa. No siento absolutamente nada.

Estoy atrapada en una espiral de dolor, rabia, culpa y remordimiento que no me deja avanzar.

Esta cita ha sido una idea horrible y lo sé.

No quiero ir con Daniel. No quiero bailar con nadie.

No quiero fingir que estoy bien. Solo quiero a Ryder.

Cierro los ojos un instante y, por primera vez, le pido al universo que, por favor, Daniel me vuelva a dejar plantada. Pero el timbre suena. Y unos segundos después escucho la voz de mi padre.

—Ava, cariño. Tu cita está aquí.

Suelto un suspiro enorme y me obligo a sonreír.

Está bien. Iré. Bailaré dos veces y le diré que me encuentro mal.

Después iré a buscar a Ryder y hablaré con él.

Porque ya no puedo más. Necesito escucharlo.

Necesito saber si todo esto es una pesadilla o si realmente la persona que más he querido en toda mi vida me ha robado un año entero sin permitirme decidir.

Sin embargo, apenas llevamos unos minutos en el coche cuando Daniel frunce el ceño. Primero lo hace de forma sutil y luego empieza a ponerse nervioso.

—Qué raro…

—¿Qué pasa?

—No lo sé…

Pisa el freno. El coche no responde. Lo vuelve a intentar. Nada. Y entonces veo el miedo en su rostro. Un miedo real que le cambia completamente la cara.

—Ava… los frenos no funcionan.

Todo sucede demasiado deprisa. Daniel empieza a mover el volante desesperadamente mientras ambos gritamos. El coche derrapa, se desvía y el mundo entero se convierte en un estruendo insoportable antes de apagarse por completo.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, estoy dentro de una ambulancia. Me duele la cabeza y, cuando me llevo la mano a la frente, descubro sangre en mis dedos. Estoy desorientada, pero entonces escucho a Daniel hablar con la policía.

—¡Le han cortado los frenos! ¡Estoy seguro! ¡Ha tenido que ser Ryder Knox! ¡Entiende de mecánica y está obsesionado con Ava! ¡Seguro que se enteró de que ella iba a venir conmigo!

Me quedo en shock. No… No puede ser.

Salgo corriendo de la ambulancia ignorando los gritos de los sanitarios.

Corro con todas mis fuerzas hacia casa de Ryder mientras las lágrimas no dejan de caerme.

Como no puedo avanzar lo suficientemente rápido, me quito los tacones y los tiro al jardín de una casa por la que estoy pasando.

Me agarro el dichoso vestido con las manos y continúo corriendo con todas mis ganas.

Un coche de policía me adelanta y siento cómo el corazón se me desploma porque sé perfectamente hacia dónde va. Corro todavía más rápido.

Pero, cuando llego, ya es demasiado tarde. Lo están sacando de casa esposado.

Ryder levanta la cabeza y verlo así me mata.

Está demacrado. Tiene unas ojeras terribles, la ropa arrugada, parece más delgado y completamente derrotado.

Como si estos días sin mí le hubieran arrancado algo por dentro.

Por favor, que todo haya sido un malentendido.

Por favor, por favor, que no haya hecho él todo este desastre y todavía tenga solución.

—¡RYDER! —Él me mira inmediatamente y veo la sorpresa en su rostro.

Supongo que no esperaba que viniera y lo había dado todo por perdido— ¡Dime que es mentira!

¡Por favor! ¡Dime que no has sido tú! ¡Dime que no has intentado matar a Daniel!

Dímelo mirándome a los ojos y te creeré —le suplico llorando a lágrima viva.

Pero Ryder ni siquiera reacciona a mis palabras. Sus ojos se quedan fijos en la sangre que me recorre la cara y toda su expresión cambia de golpe.

—¡JODER, ESTÁ HERIDA! ¡MIRADLA! ¡AVA, ESTÁS SANGRANDO!

—¡RYDER! ¡DIME QUE NO HAS SIDO TÚ!

—¡AVA, NECESITAS UN MÉDICO!

—¡DIME QUE NO! ¡TE LO SUPLICO!

Pero los policías ya lo están obligando a entrar en el coche patrulla y él sigue mirándome, completamente desesperado, sin preocuparse ni un solo segundo por sí mismo ni el futuro incierto que le espera.

—¡QUE LA REVISE UN MÉDICO! ¡JODER!

Y se lo llevan. Sin posibilidad de defenderse.

Sin explicarse. Sin darme las respuestas que necesito desesperadamente.

Y eso me destroza. Porque ya no sé qué creer.

Porque el chico al que todo el mundo llama monstruo sigue siendo la única persona del mundo que, incluso esposado y viendo cómo su vida se derrumba delante de él, sigue preocupándose antes por mí que por sí mismo.

Mi padre sale entonces de casa, me ve en ese estado y corre hacia mí completamente asustado. Y, en cuanto me abraza, siento que mi cuerpo deja de resistir.

Porque ya no puedo más. Porque llevo demasiados días intentando sostener un amor que se está deshaciendo entre mis manos. Y, finalmente, todo se vuelve negro otra vez y mi mente se apaga de nuevo.