Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 37 RUMORES #3
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CAPÍTULO 37 RUMORES #3

Me limpio la cara con las manos, giro sobre mis talones y camino hasta el despacho del director con una determinación desesperada.

No sé qué aspecto tengo cuando entro, pero debe de ser terrible, porque la secretaria se levanta enseguida y me pregunta si estoy bien.

Yo digo que no. No intento fingir. No puedo.

Cuando el director aparece, le explico con la voz rota que tengo problemas personales, que no puedo hacer los exámenes con el resto de la clase, que necesito saber si existe alguna posibilidad de realizarlos en horario extraescolar.

Me mira durante unos segundos, probablemente decidiendo si pedir más detalles o no. Gracias a Dios no lo hace.

—Por supuesto, Ava —dice al final—. Organizaremos algo. Ahora vete a casa y descansa.

Así que eso hago. Me voy.

No busco a Ryder a la salida. No le escribo. Simplemente salgo del instituto con la sensación de estar caminando fuera de mi propio cuerpo, llego a casa y me encierro en mi habitación.

Durante dos días mantengo la ventana cerrada a cal y canto.

También apago el teléfono. No quiero ver sus mensajes.

No quiero ver sus llamadas. No quiero leer su nombre en la pantalla porque sé que, si lo hago, me voy a romper antes de tiempo.

Sé que si escucho su voz quizá no sea capaz de sostener mi rabia.

Y ahora necesito sostenerla. Necesito aferrarme a ella porque, sin rabia, solo queda dolor.

Un dolor inmenso, oscuro, pegajoso, de esos que se meten en todos los rincones y convierten hasta el aire en una cosa pesada.

Lloro en silencio para que papá no me oiga.

Le digo que estoy mal del estómago, que tengo estrés por los exámenes, que necesito descansar.

Él me cree a medias, pero respeta mi puerta cerrada.

A veces llama y pregunta si quiero sopa.

A veces me deja agua en la mesita. A veces me dice que, si necesito hablar, está abajo.

Yo le contesto que sí, que gracias. Pero no bajo.

No puedo bajar. No puedo hacer vida normal cuando siento que alguien ha metido la mano dentro de mi pecho y ha arrancado algo que todavía estaba vivo.

La primera noche escucho un golpe suave en el cristal.

Cierro los ojos. Otro golpe. Pequeño. Sé que es él.

Que es Ryder. Me quedo inmóvil en la cama, abrazada a la almohada, con las lágrimas empapándome las mejillas.

Durante unos segundos mi cuerpo intenta traicionarme.

Quiere levantarse, abrir la ventana y verlo.

Escuchar su versión. Quiere volver a ese lugar donde Ryder era la respuesta a todas las cosas que dolían.

Pero no me muevo. Aprieto los ojos con fuerza, como si así pudiera dejar de oírlo, como si ignorar ese sonido no fuera la cosa más difícil que he hecho en la vida.

El tercer golpe suena más débil. Después nada.

Y ahí lo siento. Algo se rompe dentro de mí.

De verdad. No como una metáfora bonita ni como una frase dramática de novela.

Es una sensación física, casi audible, como si una parte de mí crujiera al entender que echar a Ryder Knox de mi vida va a ser mucho más difícil de lo que imaginaba.

Porque no estoy cerrándole la ventana a un chico cualquiera.

Estoy cerrándosela a sus besos, a sus caricias, a su cama, a Boston, a nuestra canción, a la forma en que me miraba cuando me decía que yo era el sol.

Estoy cerrándosela al futuro que hace apenas unos días me atreví a imaginar.

Y la pena lo consume todo. Pero la rabia también.

Porque si es cierto, si todo es cierto, entonces Ryder no solo me mintió.

Me robó algo. Me robó la posibilidad de decidir sin miedo, sin presiones, sin un chico oscuro vigilando desde las sombras quién podía acercarse y quién no.

Me robó la oportunidad de conocer a otras personas, de equivocarme por mí misma, de besar a alguien sin que ese alguien tuviera que temerle a una sombra que se cierne sobre mí.

Me robó la seguridad en mí misma y me hizo sentir que había algo mal en mí.

Y lo peor de todo es que quizá me obligó a enamorarme de él sin que yo lo supiera, quitándome todo con lo que pudiera compararlo hasta que solo quedó él.

Su voz. Sus manos. Su ventana. Su nombre.

Y no es justo. No es justo que lo quiera tanto si me ha hecho algo así. Ni que una parte de mí siga queriendo creerle. No es justo que, incluso ahora, con el corazón lleno de rabia, lo imagine al otro lado de la calle, mirando mi ventana cerrada y sintiéndose abandonado otra vez.

Porque eso es lo más horrible de todo. Que me duele él.

Más que nada en este jodido mundo. Me duele pensar en su cara al ver que no le abro la ventana.

Me duele imaginarlo volviendo solo a su habitación, quizá pensando que al final todos tenían razón, que nadie se queda, que nadie lo elige cuando descubre la parte oscura de él.

Y quizá esa compasión debería hacerme sentir mejor. Pero solo me destroza más.

Porque ahora mismo no sé qué me duele más: pensar que Ryder Knox me ha mentido o tener miedo de que, incluso si lo hizo, todavía encuentre dentro de mí alguna forma absurda de entenderlo.