CAPÍTULO 37 RUMORES #2
No quiero hacerlo. Lo sé antes incluso de mirar alrededor.
No quiero preguntar porque preguntar significa abrir una puerta que quizá no pueda volver a cerrar.
Pero entonces veo a Daniel Connell. Está sentado dos mesas más allá, con un par de chicos de su curso.
Me mira de una forma extraña desde que nos vio en la hamburguesería, desde que me vio con Ryder, desde que comprendió que la chica a la que dejó plantada estaba besando en público al chico que todo el mundo teme.
Y, en ese instante, entiendo que una parte de mí necesita oírlo de alguien.
Me levanto. Las piernas me tiemblan tanto que por un momento creo que no voy a llegar hasta su mesa. Selena dice mi nombre. Jannet también. Kassy se queda quieta, observándome como si supiera que no puede detenerme. Camino hasta Daniel y, cuando me detengo frente a él, los chicos de su mesa callan.
—¿Es cierto?
—¿El qué? —pregunta Daniel frunciendo el ceño.
Me obligo a respirar, aunque siento que el aire me entra mal, como si mis pulmones se hubieran encogido.
—¿Es cierto que Ryder amenazó al que se acercara a mí?
Daniel no responde enseguida. Y ese silencio ya es una respuesta. Después asiente. El mundo se derrumba.
—Sí.
Siento una punzada horrible en el pecho.
—No.
—Ava…
—No —repito, porque si lo niego con suficiente fuerza quizá deje de existir.
Daniel se inclina un poco hacia mí. Ya no parece sorprendido. Parece enfadado. Y quizá también algo humillado.
—No entiendo cómo puedes estar con un psicópata como Ryder Knox. Todos sabemos que no tiene escrúpulos. Quería a la virgen del instituto para él, supongo. A lo mejor pensó que así limpiaba su reputación o que le daban algún tipo de premio por dejar de ser el hijo problemático de su padre.
La palabra virgen me golpea con una violencia inesperada.
No porque ya no lo sea. No por eso. Sino porque de repente suena como algo que todo el mundo ha usado para hablar de mí.
Como si mi cuerpo, mis decisiones, mis citas fallidas, mis dudas y mi deseo hubieran sido una especie de territorio en disputa sin que yo lo supiera.
Como si Ryder, Daniel y todos esos chicos hubieran estado jugando una partida alrededor de mi vida mientras yo intentaba entender por qué nadie se quedaba.
La cafetería se mueve. O yo me muevo. No lo sé.
Escucho a Selena levantarse de golpe. Escucho a Jannet decir algo.
Escucho la voz de Kassy, más cerca, intentando llamarme.
Pero el aire no entra. El corazón me golpea demasiado rápido.
Me falta espacio dentro del cuerpo. Tengo calor y frío al mismo tiempo, y por un segundo estoy convencida de que voy a caerme allí mismo, delante de Daniel, delante de todo el mundo, delante de esos alumnos que llevan toda la mañana mirándome como si ya supieran algo que yo acababa de descubrir.
—Ava, mírame —dice Selena, tocándome el brazo. Me aparto.
—No.
—Respira.
—No puedo.
—Vamos fuera —dice Jannet.
—No me toquéis.
No sé si lo digo fuerte o bajo. Solo sé que necesito salir.
Necesito que nadie me mire. Que nadie pronuncie el nombre de Ryder.
Necesito que el mundo deje de girar. Me deshago de todas las manos que intentan sujetarme y salgo corriendo de la cafetería.
Las lágrimas empiezan a caer antes de que llegue al pasillo, pero no me detengo.
No puedo. Corro sin saber exactamente hacia dónde hasta que mis pies me llevan a la biblioteca, como si una parte de mí todavía buscara a Ryder incluso en mitad del desastre.
Me detengo antes de entrar, apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio.
A través del cristal de la puerta lo veo.
Está sentado en una mesa al fondo, con varios libros abiertos, el pelo revuelto, un lápiz entre los dedos y esa concentración intensa que adopta cuando está intentando que el mundo no lo distraiga de algo importante.
No me ha visto. Está estudiando. Está intentando construir el futuro que le pedí que imaginara conmigo.
Y todo dentro de mí se parte en dos al verlo.
Quiero entrar. Quiero ponerme delante de él y preguntarle si es verdad.
Gritarle que me mire y que me diga que Daniel miente, que Kassy se equivoca, que el instituto ha vuelto a inventarse una historia porque no soportan verlo feliz.
Quiero preguntarle si ha sido tan tóxico desde siempre, si ha jugado conmigo, si me ha dejado enamorarme de él después de haberme quitado todas las demás posibilidades.
Quiero preguntarle si alguna vez fui libre para elegirlo o si simplemente fui empujada hacia él por una serie de amenazas que yo nunca vi.
Pero entonces lo miro otra vez. Miro sus apuntes.
Sus ojeras. Su forma de apretar la mandíbula mientras escribe.
Pienso en Boston. En la beca. En los exámenes finales.
En todo lo que está haciendo para no quedarse atrapado aquí.
Y, aunque una parte de mí lo odia en este momento, aunque esa parte quiere romperlo como siento que me está rompiendo a mí, no puedo entrar.
No puedo destruirle la cabeza justo antes de los exámenes si existe la más mínima posibilidad de que todo esto sea un malentendido.
No podría perdonármelo. Ni siquiera si al final descubro que no merece esa consideración y resulta que sí me ha mentido.