CAPÍTULO 37 RUMORES
RUMORES
El lunes empieza con buenas noticias. Acaba de terminar la clase de Filosofía y el profesor Harris acaba de felicitarnos por el trabajo.
Con su poca expresividad inherente, nos ha dicho que nuestro análisis estaba muy bien construido, que habíamos defendido ideas interesantes y que se notaba que habíamos trabajado juntos de verdad.
Y eso último me ha hecho mirar a Ryder con una sonrisa pequeña, porque sí, hemos trabajado juntos de verdad.
Más de una semana entera estudiando y repasando, él concentrado hasta el punto de dar miedo, yo subrayando apuntes como si mi vida dependiera de ello, los dos intentando sacar las mejores notas posibles en estos exámenes finales que nos tienen a todos al borde del colapso.
Pero para Ryder esto significa algo más.
Para él no son solo exámenes. Es Boston.
Es la posibilidad de obtener una beca. Un futuro.
La posibilidad de dejar de escapar de lo que siempre han decidido los demás por él.
Cuando todos empiezan a levantarse, Ryder guarda sus apuntes en la mochila y yo hago lo mismo intentando no sonreír demasiado, porque todavía me cuesta creer que ahora podamos despedirnos delante de otros sin fingir que somos dos desconocidos unidos únicamente por un trabajo de clase.
Él se inclina hacia mí, me da un beso rápido en los labios y, aunque el gesto ya no es secreto, todavía siento esa descarga absurda en el estómago, como si cada beso suyo siguiera teniendo algo de clandestino simplemente porque durante demasiado tiempo lo tuvo.
Algunas personas nos miran. Yo lo noto. Ryder también.
Pero ninguno de los dos se aparta como si estuviéramos haciendo algo malo.
—Nos vemos a la salida —murmura él, ajustándose la mochila al hombro.
—¿Para volver juntos?
—Hasta el último tramo, antes de que tu padre nos vea —dice con una sonrisa torcida—. No tengo tantas ganas de morir todavía.
Me río porque sé exactamente a qué se refiere.
Mi padre puede alegrarse de verme feliz, puede incluso intuir que hay alguien haciéndome sonreír más de lo habitual, pero de ahí a verme llegar a casa con Ryder Knox hay un abismo.
Un abismo enorme, lleno de prejuicios, advertencias, discusiones y probablemente algún ataque cardíaco preventivo.
Así que asentimos los dos como si ese pequeño pacto fuera normal, como si no hubiera nada triste en quererse mucho y aun así tener que separarse unas calles antes de llegar a casa para que no nos asesinen por querernos.
El resto de la mañana transcurre de una forma extraña.
Al principio no quiero darle importancia.
Estoy nerviosa por los exámenes finales, por Ryder, por Boston, por todo lo que últimamente parece crecer demasiado deprisa dentro de mí.
Pero después empiezo a notar miradas. No una ni dos.
Varias. Grupos de alumnos que bajan la voz cuando paso cerca.
Chicas que interrumpen una conversación al verme aproximarme.
Un chico de otro curso que me mira y luego se inclina hacia otro para decirle algo al oído.
Intento convencerme de que es por lo de Ryder.
Por el cambio evidente de una chica que durante años intentó pasar desapercibida y ahora camina por los pasillos como si llevara escrito en la frente el nombre del chico más comentado del instituto.
Pero cuanto más avanza el día, más incómoda me siento.
No es solo curiosidad. Hay algo más. Algo que me tiene en alerta constante.
A la hora de la comida, Ryder no aparece en la cafetería.
Ya me lo había dicho por mensaje esa mañana: va a aprovechar cada descanso para ir a la biblioteca, terminar trabajos extra y entregar cualquier cosa que pueda subirle unas décimas la nota media.
La idea me enternece y me angustia a partes iguales, porque cada vez que pienso en él esforzándose así para conseguir una oportunidad en Boston siento que lo quiero más, pero también siento una responsabilidad horrible, como si una parte de ese sueño hubiera nacido de mí.
Solo espero que a él le haga tan feliz como a mí la idea de tener un futuro juntos.
No ha vuelto a decirme que me quiere y, la verdad, últimamente necesito escucharlo con desesperación, porque yo sí que sé que estoy completamente loca por él.
Cuando entro en la cafetería, veo a Selena y Jannet sentadas en nuestra mesa de siempre, y camino hacia ellas intentando fingir que no noto cómo un grupo de chicas de una mesa cercana deja de hablar justo cuando paso a su lado.
—Tienes cara de haber visto un fantasma —dice Jannet en cuanto me siento.
—No he visto un fantasma.
—¿Entonces la nota de matemáticas?
—Tampoco.
Selena me mira con más atención, apartando su bandeja un poco.
—¿Qué pasa?
Cojo una patata de su plato sin pedir permiso y la mordisqueo sin hambre. Debería decir que nada. Sería lo más fácil. Pero desde que les conté lo de Ryder y decidí dejar de cargar yo sola con todo, mentirles empieza a parecerme más cansado que contar la verdad.
—No sé. Tengo la sensación de que la gente me mira raro desde esta mañana. Y murmuran cosas cuando paso.
Jannet pone los ojos en blanco con dramatismo.
—Claro que te miran. Estás saliendo con Ryder Knox. Acabas de convertirte en el chisme gourmet del instituto.
—Eso no me tranquiliza.
—No les hagas caso —añade Selena—. Seguramente son celos.
La mitad de esas chicas han pasado años mirando a Ryder como si fuera una mala decisión con abdominales muy seductores y ojos muy bonitos y ahora no soportan que seas tú la que puede besarlo y les hayas demostrado que estaban todos equivocados y se lo han perdido sin motivo.
No puedo evitar sonreír un poco. Jannet se inclina hacia mí con una sonrisa traviesa.
—Además, seamos sinceras. El chico impone. Y tú has llegado, le has dado un beso y te has sentado a su lado como si nada. Eso altera el ecosistema escolar.
—No quiero alterar ningún ecosistema. Solo quiero comer sin sentirme observada.
—Pues come —dice Selena, empujándome su bandeja—. Y deja que hablen. Al final se aburrirán.
Asiento, aunque no estoy convencida. Intento relajarme.
Intento creer que tienen razón. Intento recordar la cara de Ryder y todos los motivos por los que acércame a él ha sido simplemente la mejor elección de mi vida.
Pero entonces Kassy aparece junto a la mesa con la cara desencajada, tan pálida que durante un segundo se me olvida todo lo demás.
—Kass —digo, levantándome un poco—. ¿Qué pasa? ¿Es tu padre?
Ella niega rápidamente con la cabeza, pero le cuesta hablar.
—No. No, mi padre está mejorando. Gracias a Dios. No es eso.
La forma en que lo dice no me tranquiliza. Al contrario. Si su padre está bien y ella viene con esa cara, entonces algo malo ha pasado en otra parte. Algo que, por la manera en que me mira, tiene que ver conmigo.
—¿Entonces qué ocurre?
Kassy se sienta despacio, como si necesitara ordenar las palabras antes de soltarlas.
—Me he enterado de algo en el baño. Había unas chicas hablando y no sabían que yo estaba en uno de los cubículos. Ava, tienes que saberlo.
El estómago se me encoge.
—Habla.
Kassy traga saliva y me mira con una mezcla de miedo, pena y esa severidad protectora que últimamente parece usar como armadura.
—Ryder Knox ha estado amenazando a todos los chicos que querían salir contigo. Les decía que les quitaría la vida si te tocaban. Por eso nunca nadie antes que él se acercó a ti.
Durante un segundo no entiendo lo que acaba de decir.
O quizá sí lo entiendo, pero mi cabeza se niega a colocarlo en el mismo mundo donde existe Ryder haciéndome tortitas, Ryder dejando dónuts glaseados en mi taquilla, Ryder diciendo que quiere ir conmigo a Boston, Ryder mirándome como si yo fuera algo demasiado bonito para un chico acostumbrado a vivir en un mundo oscuro y solitario.
Siento que la cafetería se aleja un poco, como si alguien hubiera bajado el volumen de todo.
—Eso es mentira —digo, y mi voz suena tan débil que me odio por ello.
—Puede —añade Kassy, con poca convicció.
—No, no puede. Es mentira.
—¿Y si no lo es? —pregunta, y comienzo a hiperventilar—.
¿Y si es verdad, Ava? Porque si es verdad, ese chico está mal.
Es problemático. Y no permitirá nunca que nadie se te acerque.
Te está metiendo en su tela de araña, y cuando te confíes del todo y te enamores de él, nunca más te dejará ser tú misma.
Solo su sombra. Solo serás suya. No serás nada más, Ava.
—Cállate —susurro, porque necesito que pare. Necesito que deje de juntar palabras que se parecen demasiado a una pesadilla.
—No lo digo para hacerte daño.
—Pues lo estás haciendo.
—Kassy, espera. No puedes soltar algo así como si fuera una verdad absoluta —interviene Selena con seriedad.
—No estoy diciendo que lo sea. Estoy diciendo que lo ha escuchado medio instituto.
—Medio instituto también decía que Ryder desayunaba sangre de vírgenes y era satánico —dice Jannet, pero esta vez su humor no consigue arreglar nada.
Yo niego con la cabeza una y otra vez, cada vez más nerviosa.
Me sudan las manos. Me cuesta respirar. No puede ser verdad.
No puede ser verdad porque entonces todo cambia.
Entonces no sería solo Ryder protegiéndome de una situación concreta.
No sería solo un chico roto intentando cuidar algo que le importa.
Sería control. Sería manipulación. Sería haber decidido por mí antes incluso de que yo supiera que había una decisión que tomar.
—Solo hay una manera de averiguarlo. Preguntando a esos chicos —añade Kassy bajando la voz.