Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 36 NUESTRA CANCIÓN
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CAPÍTULO 36 NUESTRA CANCIÓN

NUESTRA CANCIÓN

Estoy descubriendo una cosa muy peligrosa. La normalidad con Ryder Knox es adictiva.

Es viernes por la noche y estamos en una hamburguesería pequeña y luminosa cerca del instituto.

No es nada caro ni elegante, solo un sitio normal para gente de nuestra edad: luces fluorescentes, mesas de formica, olor a patatas fritas y música pop de fondo.

Pero para mí es perfecto. Es nuestra primera cita “oficial”, ya no nos escondemos.

Y aunque todavía me da un poco de miedo por mi padre, me hace sentir viva.

Ryder está sentado frente a mí, con una hamburguesa a medio comer y una Coca-Cola. Lleva una camiseta negra simple y el pelo todavía un poco húmedo de la ducha después del entrenamiento. Me mira como si no pudiera creer que esté aquí con él.

—Esto es raro —dice de repente, con una media sonrisa.

—¿El qué?

—Estar aquí. En público. Sin tener que mirar si alguien nos ve.

Sonrío y le robo una patata frita de su bandeja.

—Pues acostúmbrate. Ya no me escondo más.

Él se ríe bajito y me mira con esa intensidad que siempre me desarma. En ese momento aparece Nick acompañado por una animadora del equipo.

—¡Hola, tortolitos!

Los dos levantamos la cabeza a la vez.

—Cállate, Nick —dice Ryder. Nick se ríe.

—Uy, qué sensibles estamos hoy —la chica que va con él también sonríe—. Os dejamos tranquilos.

—Gracias a Dios —dice Ryder.

—Monroe, me caes bien —dice Nick señalándome—. Estás consiguiendo que este tío sea un poco menos insoportable y menos psicópata.

—No exageres —dice Ryder.

—No exagero. Ha empezado a sonreír. Así que, o bien se está volviendo por fin normal, o se está muriendo, una de dos.

—Lárgate —bufa Ryder que no puede evitar reír, aunque intenta evitar por todos los medios hacerlo.

—Ya me voy, cascarrabias.

Nick desaparece y Ryder niega con la cabeza mientras yo me río.

—Tu amigo es divertido.

—No se lo digas nunca.

—¿Por qué?

—Porque se pondrá insufrible.

Me río. Y nos quedamos unos segundos en silencio. Entonces decido meterme en terreno peligroso.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué? —pregunta con curiosidad.

—Creo que somos una pareja horrible.

—¿Ah, sí? —pregunta arqueando una ceja.

—Sí. Ni siquiera tenemos nombre de pareja.

—¿Nombre de pareja?

—Claro.

—¿Eso existe?

—Por supuesto. —Empiezo a pensar— A ver… Ryder y Ava.

—Suena bien. Suena perfecto —añade él con una sonrisa preciosa de esas con hoyuelo incluido.

—No, porque sería Rava.

—Eso suena a medicamento —dice y arruga la nariz.

—¿Ayder?

—Peor.

—¿Ryva?

—Horrible.

—¿Avyder?

—Espantoso.

Nos miramos. Y estallamos en carcajadas.

—Acabo de darme cuenta de que somos un desastre combinando nombres —digo.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Porque si no daríamos miedo —añade y sonrío. Es cierto que es una estupidez y no va para nada con la personalidad de Ryder.

—Vale. Olvidemos el nombre. Pero tenemos que tener una canción.

Él bebe un poco y me mira.

—¿Una canción? ¿Es obligatorio?

—Muchísimo. Quiero poder tener un tema y que, al escucharlo, automáticamente piense en ti, en nosotros.

—Qué exigente eres —protesta y sonrío.

—Venga. Dime una canción que te recuerde a mí.

Ryder se pone tenso. Mucho. Como si le hubiera pedido algo tremendamente difícil. Mira la mesa. Juega un segundo con el vaso. Y finalmente susurra.

—Hay una… If the World Was Ending. No recuerdo bien quién la cantaba…

Lo miro. Completamente muda. Porque es una de mis canciones favoritas.

Y porque conozco perfectamente su significado.

La nostalgia. El anhelo. Las oportunidades perdidas.

Dos personas que se buscan después de haber tenido que separarse por mucho tiempo sin saber del otro, cuando el mundo está a punto de acabarse porque, de repente, ya no existen las excusas, los miedos o las normas.

Solo el amor. Porque, si todo está a punto de acabarse, ya no hay nada que pueda separarlos ni importar más que pasar ese último instante abrazados, juntos.

—¿Esa canción es porque pensabas que me iría a Boston y me alejaría de ti? —Él no responde— ¿La pensaste cuando te dije que me iría al final del verano?

Ryder suspira. Pero sigue sin responder.

Y eso me hace pensar todavía más. Porque hay otra opción.

Nos conocimos hace cinco años. Cuando él llegó al pueblo y conectamos enseguida.

Y luego desaparecí de su vida porque mi padre me obligó a alejarme.

Pero no puede ser. No puede ser que lleve pensando en mí desde entonces.

Ryder se ha empezado a enamorar de mí hace poco.

¿Verdad? Por supuesto que no es de otro modo. Así que sonrío.

—Tenemos que buscar otra canción —le digo y él se encoge de hombros.

—Dime tú la tuya.

—Ocean Eyes —confieso sonriente. Él también sonríe inmediatamente.

—Con que te gustan mis ojos, ¿eh?

—Sí —contesto con cara de boba mientras lo miro. Él se apoya en la mesa y me mira fijamente.

—A mí me vuelve loco todo de ti —Mi sonrisa desaparece. Porque lo dice muy serio— Tus ojos verdes. Tus pequitas. Tus labios. La forma en que se contraen y parecen más gruesos cuando estás pensando en algo que te pone nerviosa… así, justo como ahora.

—Ryder… —protesto y me tapo la cara. Él se ríe. Y yo me río también, completamente avergonzada—. Yo también podría enumerar cosas que me gustan de ti.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Cuáles?

—Estamos en público. No sería conveniente —me burlo de él.

—Cobarde —me susurra provocador.

—Lo soy  —sonrío.

Y entonces me inclino y lo beso.

En ese momento alguien entra en la hamburguesería.

Levanto la vista. Y lo reconozco inmediatamente.

Daniel Connell. Se queda completamente quieto.

Mirándonos a Ryder y a mí, juntos y besándonos en público.

Y veo claramente el shock en su cara. Me acerco todavía más a Ryder.

Apoyo la cabeza en su hombro. Y él, sin preguntar nada, pasa un brazo por mi cintura.

Y, por algún motivo, siento unas enormes ganas de sonreír.

Porque agradezco profundamente que Daniel Connell me dejara plantada aquel día.

Si no lo hubiera hecho… Nunca habría mirado por esa ventana.

Nunca habría descubierto los ojos más azules del mundo.

Los besos más ardientes. Los amaneceres más tiernos y llenos de caricias.

Los dónuts glaseados por sorpresa. La sensación de estar en el mejor lugar del mundo cuando estoy entre sus brazos.

Nunca habría conocido a Ryder Knox. Y, sinceramente, creo que esa sí habría sido la mayor tragedia de toda mi vida.