CAPÍTULO 35 BOSTON
BOSTON
Me despierto sola en la cama de Ryder. Es por la mañana y la luz entra suave por la ventana.
Me estiro despacio, sintiendo todavía el cuerpo un poco dolorido y satisfecho de anoche.
Miro a mi lado y la cama está vacía, pero la almohada de Ryder todavía tiene su olor. Cierro los ojos un segundo y sonrío.
Mi padre cree que estoy pasando el fin de semana en casa de Selena. Le mandé un mensaje anoche diciéndole que me quedaba a dormir allí porque estábamos viendo películas y se nos hizo tarde. Me contestó con un “Cuídate” y nada más. No sospecha nada.
Me levanto despacio, cojo la camiseta negra de Ryder que está tirada en el suelo y me la pongo.
Me queda enorme, huele a él y me llega casi a los muslos.
Camino descalza por el pasillo, explorando la casa en silencio.
Es pequeña, antigua, con paredes que necesitan una mano de pintura y suelos que crujen un poco.
Pero tiene algo cálido. Algo que se siente… real.
Lo encuentro de espaldas en la cocina. Está cocinando tortitas.
El olor dulce y caliente llena todo el espacio.
Lleva solo unos pantalones de chándal negros y está descalzo.
Su espalda ancha y tatuada se mueve con calma mientras da la vuelta a las tortitas con una espátula.
Hay una pequeña pila ya hecha en un plato y, al lado, en otro plato, hay un dónut glaseado perfectamente colocado. Mi corazón se encoge.
Me quedo un momento mirándolo, tragándome las lágrimas que me suben de golpe.
Ryder ahora está solo. Su padre va a pasar una temporada entre rejas.
Los pocos recursos que tiene vienen de algunos trabajos por las tardes con su amigo Carter, que trabaja como albañil en la empresa de su padre.
Su hermano Connor también le manda algo de dinero de vez en cuando, pero sé que es insuficiente.
Está haciendo frente a todo él solo: la casa, la comida, las facturas…
todo. Y aun así ha pensado en mí. Ha comprado un dónut solo porque sabe que me gusta.
Y, a pesar de su jodida realidad, ahí está. Preparando el desayuno. Como si nada. Como si no estuviera sosteniendo el peso del mundo sobre sus hombros. Me trago unas lágrimas absurdas y me acerco por detrás. Lo abrazo por la cintura. Todo su cuerpo da un pequeño salto.
—Joder, Monroe.
—Buenos días —susurro entre risas.
Él gira la cabeza, sonríe y aparece ese hoyuelo maravilloso. Después se gira y me da un beso lento. Uno de esos besos tranquilos que saben a hogar.
—Buenos días, cosita —murmura contra mi boca.
—Sí, lo son —respondo con la voz un poco emocionada—. Hueles a tortitas. Y huele increíble.
Él se ríe bajito.
—He hecho tortitas. Y te he guardado un dónut porque sé que te gustan. No es gran cosa, pero…
Me separo un poco para mirarlo a los ojos. Siento que se me llenan los ojos de lágrimas otra vez.
—Gracias —susurro—. De verdad. Es… me hace muy feliz.
Ryder se encoge de hombros, un poco avergonzado.
—No es nada. Pero tienes que probar mis tortitas porque te estás perdiendo un tesoro nacional.
Sonrío y asiento. Ambos nos sentamos a la pequeña mesa de la cocina. Ryder me sirve un plato con tortitas y el dónut al lado. Comemos entre risas.
—El día ha empezado bien dulce —comento. Ryder me mira con esa sonrisa juguetona que me vuelve loca.
—Es para que repongas fuerzas. Porque pienso pasar toda la mañana contigo entre las sábanas.
Me río y le doy un manotazo suave en el brazo. Pero de pronto su expresión cambia. Se pone serio. Deja el tenedor y mira el plato como si de repente le pesara.
—¿Qué pasa? —pregunto bajito.
Ryder hace un esfuerzo visible para hablar. Se ve tenso, incómodo. Traga saliva varias veces.
—Es solo que… te voy a echar mucho de menos cuando te vayas.
Mi corazón se para un segundo. Y en este justo instante una idea me atraviesa la cabeza y pienso para mí misma: Si Ryder vuelve a decirme que me quiere, no me iré. Haré lo que sea por seguir con él. Empujo un poco la silla y lo miro.
—¿Por qué me vas a echar de menos?
Se encoge de hombros. Se ve que le cuesta muchísimo hablar de estas cosas. Habla como no fuera gran cosa, mirando el plato.
—¿Qué puedo decirte? Me gusta la gente valiente, soñadora, llena de luz y de alegría. Quizá porque siempre me ha faltado todo eso.
Trago saliva. Siento que se me cierra la garganta.
—Tampoco soy una estrella o algo similar, Ryder. Soy una humana más, corriente. Con mis miedos y mis inseguridades, como tú. Pero de lo que sí estoy segura es de que yo no llevaría la soledad tan bien como tú… porque sí que eres muy valiente.
Ryder me mira. Sus ojos se suavizan un poco.
—Estoy de acuerdo con algo. Yo tampoco te veo como una estrella. Te veo como si fueras un sol radiante y enorme que da calor a todo el que está cerca. Que ilumina la vida a tu alrededor. Pero entiendo que tengas que irte a perseguir una vida dorada que te pertenece solo a ti.
—¿Y tú no crees que te la mereces también? —pregunto, casi sin voz. Se encoge de hombros otra vez.
—Estoy acostumbrado a vivir en un eclipse eterno. Y lo llevo bien —susurra con voz resignada. Se me contrae la garganta y empujo mi plato de tortitas.
—Vayamos juntos a Boston —digo sin pensar. Ryder me mira perplejo.
—¿Boston?
Asiento.
—Es donde voy a estudiar si me aceptan. Pero… no quiero alejarte de mí.
Ryder muestra una pequeña sonrisa, pero enseguida se pone serio otra vez.
—Ava… lo único que tengo es esta pequeña y vieja casa. ¿Cómo podría sobrevivir en Boston? Sería una carga y una responsabilidad para ti. Y eso no es lo que quiero ser para ti.
—Puedes sacar buenas notas en la media. ¡Estás a tiempo! Yo te ayudaré. Haré lo que haga falta para que te den la beca también. Además… eres una estrella en el equipo de fútbol americano.
Ryder se ríe, pero es una risa sin alegría.
—Es solo un equipo del instituto de un pueblo pequeño de Oregón, Ava. Eso no es ser estrella de nada.
—Puedes serlo —insisto, desesperada—. Tienes que creerlo. Eres bueno. Eres mejor de lo que crees.
Ryder se tensa de repente. Su mirada cambia. Creo que está pensando que le estoy teniendo lástima y eso le duele.
—No tienes que ejercer de madre conmigo porque no tenga una —dice con voz más dura—. No tienes que preocuparte por mí. Estoy acostumbrado a ver desaparecer a la gente a mi alrededor. Y no pasa nada. Está bien.
Siento que algo se rompe en mi pecho.
—¿Quieres decir que cuando me vaya me olvidarás sin más?
Ryder me mira serio. Tarda mucho en responder. Cuando lo hace, su voz es baja y firme.
—Es tu destino y me lo dejaste bien claro desde el principio, Ava. Yo no entraba en él.
Me levanto de la mesa con unas inmensas ganas de llorar. Las lágrimas ya me caen por las mejillas.
—Entonces será mejor dejarlo todo ya antes de que lleguemos más lejos y sea más difícil.
En ese momento Ryder reacciona. Se levanta de golpe, me agarra de la cintura y me atrae hacia él con fuerza. Me abraza tan fuerte que casi no puedo respirar.
—No te vayas —suplica contra mi pelo—. Por favor, Ava…
no te vayas. —Empiezo a llorar de verdad.
Ryder se maldice a sí mismo en voz baja y me borra las lágrimas con los pulgares—.
Lo siento. No lo decía por lo que piensas.
No quiero que sientas lástima por mí —dice, con la voz rota—. No soporto que me mires así. Me duele.
Niego con la cabeza, sollozando.
—No es así como te veo. Te veo como lo más bonito y maravilloso que tengo y no quiero perderlo. No quiero irme sin ti. No quiero olvidarte, Ryder Knox. No quiero superarte.
Ryder me mira. Sus ojos están brillantes, llenos de emoción. Me besa con intensidad. Un beso desesperado, profundo, que sabe a lágrimas y a necesidad. Me sube encima de la mesa sin dejar de besarme. Sus manos me agarran las caderas con fuerza mientras sus labios bajan por mi cuello.
—¿De verdad quieres que me vaya contigo a Boston? —pregunta entre beso y beso. Asiento entre besos, con la voz entrecortada.
—Eso es exactamente lo que quiero… y quiero que tú también lo quieras.
No quiero descubrir cómo es la vida sin ti justo cuando estoy descubriendo lo bonita que puede ser contigo.
No quiero pasarme cuatro años construyendo una vida nueva mientras intento olvidarme de la persona que más feliz me ha hecho.
Ryder se separa un poco para mirarme a los ojos. Tiene una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.
—Entonces vas a tener que darme clases extra —dice—. Y no podremos vernos los martes, jueves y viernes porque voy a entrenar como un cabrón para ganar esa beca.
Ambos sonreímos, sintiendo una nueva esperanza crecer en nuestro pecho. Ryder me besa otra vez, más suave esta vez.
—Pero ahora necesito que me des clases de cómo comerme este desayuno tan delicioso.
Y me besa de nuevo, profunda y lentamente. Ahora mismo Boston puede esperar.