Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 34 CIMIENTOS
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CAPÍTULO 34 CIMIENTOS

CIMIENTOS

Es sábado por la noche y The Ruins está más lleno que nunca. La música retumba contra las paredes grafiteadas y el aire huele a humo, cerveza y juventud descontrolada. Hemos quedado aquí las chicas con Ryder y sus amigos, como si fuera lo más normal del mundo. Y, sorprendentemente, lo está siendo.

Jannet se ha quedado un poco apartada, apoyada en una pared, mirando su móvil y bebiendo despacio de su lata.

Selena, en cambio, no para de hablar con Carter y Justin.

Los tres están riéndose de algo que Justin ha dicho y Selena parece realmente cómoda.

Me alegra verla así.  Y luego están Kassy y Nick. El caos personificado.

—¿Sabes que cuando frunces el ceño se te arruga la nariz? —dice Nick.

—¿Sabes que cuando abres la boca salen tonterías? —responde Kassy.

—Me encanta cuando me hablas así, Salamandra.

—¡Que no me llames Salamandra!

—Vale, Salamandra.

—¡NICHOLAS!

—¿Sí?

—Te odio.

—Qué suerte tengo.

Kassy gruñe y le lanza una servilleta a la cara. Nick la atrapa y se la guarda en el bolsillo.

—Me la quedo.

—¿Por qué?

—De recuerdo.

—Estás fatal.

—Sí.

—Y eres muy raro.

—También.

—Y muy pesado.

—Eso ya me lo has dicho varias veces hoy.

Ryder está a mi lado, con una copa en la mano y la otra agarrándome la cintura por debajo de la sudadera que llevo puesta. Me aprieta suavemente contra su costado mientras toma un sorbo de su bebida. Me mira de reojo y sonríe con esa media sonrisa suya, la que solo me dedica a mí.

—Tengo que reconocer una cosa.

—¿Qué? —pregunto mirándolo con curiosidad.

—El experimento de juntar a las chicas buenas con los raritos del pueblo no está saliendo tan mal —suelta y frunzo el ceño.

—Nosotras no somos las chicas buenas.

—¿Ah, no? —me provoca con una de sus sonrisitas de chulito y luego se ríe bajito, con esa risa grave que me hace cosquillas en el estómago— ¿Eso quiere decir que nosotros sí somos los raritos?

Sonrío, provocadora, y él no duda ni un segundo. Me agarra de la nuca y me besa. Es un beso acalorado, profundo, de esos que hacen que todo lo demás desaparezca por un momento. Sus labios saben a cerveza y a él, y su lengua se enreda con la mía sin vergüenza.

—Touché —susurra cuando separa nuestros labios solo un poco.

Y me besa de nuevo. Y, Dios mío. Me besa como si cada beso fuera un idioma nuevo que estamos inventando entre los dos. Cuando se separa, apoya la frente sobre la mía y sonríe.

—Hay mucha gente mirándonos raro.

—Que miren —digo y le rodeo el cuello con las manos. Él arquea una ceja—. Sí. Porque yo soy la que va a estar en tu cama esta noche disfrutando.

Lo noto gruñir suavemente y, madre mía, esa reacción hace que se me dispare la temperatura corporal.

—Eres mala —me gruñe en el oído.

—¿Por qué?

—Porque me estás poniendo cachondo delante de todo el mundo.

—Es tu problema, Knox —digo y me echo a reír.

—No. Ahora mismo es nuestro problema.

Un rato después salimos de The Ruins. Voy un poco borracha. Bueno. Bastante. Llevo la enorme sudadera negra de Ryder puesta y la capucha cubriéndome media cara. Y vuelvo a parecer una delincuente de poca monta.

—Se suponía que ya no nos íbamos a esconder —dice él entre risas. Lo miro.

—¿De verdad quieres tener esa conversación con mi padre? —pregunto y él deja de reírse automáticamente.

—No. Aprecio demasiado mis huevos para eso.

Suelto una carcajada.

—Yo también los aprecio.

—Gracias. Eso me consuela.

Seguimos caminando riéndonos y, siento una sensación rara y preciosa. Siento que estoy yendo a un sitio al que pertenezco.

Llegamos a la escalera lateral.

—Sube despacio.

—No hace falta.

—Monroe.

—¿Qué?

—Llevas dos cervezas, un cóctel y una copa.

—Sigo siendo funcional.

—Eso lo dices tú.

—Soy perfectamente capaz.

—No me fío.

—Qué exagerado eres.

—Sube.

—Vale, papá.

—No me llames así nunca más o te azotaré.

Me río y él también. Subimos juntos. Y cuando entramos en la habitación me invade una sensación extraña.

De familiaridad. Como si ya no estuviera entrando en un sitio prohibido.

Como si fuera un refugio. Me giro hacia él.

Y él ya me está mirando. Con esa sonrisa pequeña que cada vez conozco mejor.

Me acerco. Él no hace nada. Simplemente espera.

Y eso me encanta. Porque cada vez me da más espacio para decidir.

Y porque cada vez me siento más valiente.

Le quito la camiseta despacio. Él sonríe.

—¿Ahora mandas tú? —pregunta y sus ojos echan chispas.

—Puede ser —digo y me encojo de hombros.

—Interesante.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

Entonces me acerco y lo beso. Despacio. Con confianza.

Con una confianza que hace unas semanas ni siquiera sabía que existía dentro de mí.

Y, mientras me abraza y nuestras risas se mezclan entre besos, me doy cuenta de algo.

Los cimientos nunca son la parte más espectacular de una casa.

Pero son la parte que hace que todo lo demás no se derrumbe.

Y, sin decirlo en voz alta, empiezo a sospechar que eso es exactamente lo que estamos construyendo.

Cuando está completamente desnudo, lo empujo suavemente hacia la cama. Se deja caer sentado y luego se tumba. Su sonrisa se corta cuando me ve empezar a desnudarme. Su polla se endurece en el acto, dura y gruesa contra su vientre.

—Joder… no puedo creer lo preciosa que eres —susurra, casi con reverencia.

Me arrodillo entre sus piernas y empiezo a hacerle una felación con ganas. Le lamo la cabeza, la llevo hasta el fondo de la garganta, le lamo los huevos de vez en cuando. Ryder gime y maldice bajito.

—Cosita… qué bien me la chupas, joder. Se siente tan bien esa boquita…

Agarra mi pelo con una mano para verme mejor la cara y con la otra me acaricia los labios mientras me muevo. Empieza a mover las caderas suavemente, follándome la boca. Me provoca una arcada y se detiene al instante.

—Perdón… mierda, lo siento.

Me separo un segundo, con la boca brillante.

—Está bien —digo con voz ronca—. Pero también tengo ganas de diversión.

Me subo sobre él sin pensármelo dos veces. Me meto su polla de golpe y ambos gruñimos al mismo tiempo. Comienzo a cabalgarlo con ganas, subiendo y bajando, girando las caderas. Ryder me agarra las caderas, pero me deja llevar el ritmo. Sus ojos están clavados en los míos, oscuros de deseo.

De repente se queda congelado.

—Ava… —dice con voz tensa—. Se nos ha olvidado el condón.

—Estamos fatal —me río sin dejar de moverme sobre él.

Él me levanta con cuidado, me tumba en la cama y rebusca en la mesita de noche.

Encuentra uno, se lo pone con rapidez y se sube sobre mí.

Me besa mientras sube una de mis piernas a su hombro y se mete en mí de un empellón profundo.

Ambos gemimos. Nuestras bocas se quedan abiertas, mirándonos con fuego en la mirada.

Ryder empieza a follarme con fuerza, profundo, sin parar de mirarme.

—Me encantaría follarte alguna vez sin condón… —susurra entre embestidas—. Pero eso es decisión tuya, porque tendrías que tomar la píldora.

—¿Y qué pasaría si tú te cansas de mí y me tomo la píldora para nada? —le pregunto entre besos. Ryder se detiene un segundo, me mira serio y me mete la polla hasta el fondo.

—Jamás me cansaré de ti. Al menos no hasta que te vayas del pueblo. Hasta que te vayas a la universidad y te olvides de mí. Y probablemente ni siquiera entonces. Seguiré evocando tu recuerdo mientras me masturbo.

Me quedo pensativa un momento. No ha vuelto a decirme que me quiere desde aquella noche, pero lo que acaba de decir se le parece mucho. O simplemente me echará de menos porque estaba solo hasta que entré en su mundo.

Sigue follándome con fuerza, gruñendo contra mi cuello.

—Me muero por correrme dentro de ti.

Estoy a punto de decirle que lo haga, pero sé que es demasiado riesgo. Así que, con voz temblorosa, le propongo:

—Fóllame por detrás —susurro, con la voz temblorosa pero decidida.

Ryder pestañea, claramente sorprendido. Sus ojos se abren un poco más y me mira como si no estuviera seguro de haber oído bien.

—¿Estás hablando en serio?

Asiento lentamente, mordiéndome el labio inferior. El corazón me late tan fuerte que parece que va a salírseme del pecho.

—Sí… pero ten cuidado. Seguro que duele.

Él traga saliva visiblemente. Se separa de mí con cuidado, se quita el condón y lo deja a un lado.

Me ayuda a girarme y a ponerme a cuatro patas sobre la cama.

Siento sus manos firmes sobre mis caderas, su respiración agitada contra mi espalda.

Se lubrica su erección con mis propios fluidos, deslizando la punta gruesa y caliente por mi entrada trasera varias veces, como si estuviera preparándome, calmándome.

Coloca la cabeza de su polla justo en mi entrada y empuja muy despacio, centímetro a centímetro.

Inspiro con fuerza. Es una presión intensa, casi incómoda al principio. Siento cómo me abre, cómo me llena de una forma completamente distinta. Duele, pero no es un dolor insoportable. Es más bien una sensación de estar siendo estirada, invadida, reclamada.

—¿Estás bien? —pregunta Ryder con la voz ronca y preocupada, deteniéndose al instante—. Si te duele, dímelo y paro. No quiero hacerte daño, cosita.

Gimo bajito y asiento, agarrando las sábanas con fuerza.

—Sí… sigue. Despacio.

Ryder respira hondo y continúa entrando, centímetro a centímetro, con una paciencia que me derrite. Cuando por fin está completamente dentro, gruñe de placer, un sonido grave y profundo que me recorre la espalda.

—Joder… estás tan apretada… —susurra, con la voz temblorosa—. No te muevas todavía… déjame sentirte.

Se queda quieto unos segundos, dejando que me acostumbre a su tamaño.

Luego empieza a moverse, muy despacio al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con cuidado.

Su mano no deja de estimular mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos para que el placer contrarreste cualquier molestia.

Poco a poco el dolor se transforma en algo más.

En placer. En una sensación llena, profunda, prohibida y deliciosa.

Gimo más alto y empujo hacia atrás, pidiéndole más sin palabras.

Ryder lo entiende. Acelera el ritmo, cada vez con más brío, follándome el culo con embestidas más profundas mientras sigue frotando mi clítoris.

—Dios… Ava… —gime contra mi espalda—. Estás tan caliente… tan apretada… me estás matando… —sus gemidos me encienden todavía más. Gimo con él, empujando hacia atrás, pidiéndole más con el cuerpo—. No voy a durar… —anuncia, con la voz rota por el placer—. Es demasiado…

—Estoy cerca —digo entre gemidos, casi suplicando.

Cuando me corro, es brutal. Mis músculos se contraen alrededor de él con fuerza, exprimiéndolo.

Ryder gruñe como un animal, embiste unas cuantas veces más y se corre con un gran gruñido ronco, temblando contra mí mientras se vacía completamente dentro de mi culo.

Se separa poco a poco, con cuidado, y se recuesta junto a mí.

Me da un beso en la frente, sudoroso y todavía jadeando.

—Recién follada eres la cosa más bonita del mundo —susurra, con la voz llena de admiración—. ¿Te ha gustado?

Sonrío, todavía sin aliento, y asiento.

Se levanta un momento para limpiarse y limpiarme a mí y vuelve a la cama. Me acuna contra su pecho, acariciándome el pelo con ternura.

—Duérmete, cosita —murmura.

Está diciendo algo más, algo bonito y suave, pero ya no lo escucho. Me quedo dormida sobre su pecho, con la sonrisa todavía en los labios.