CAPÍTULO 32 CREO QUE TE QUIERO
CREO QUE TE QUIERO
Es jueves y llevo toda la cena mirando el reloj más veces de las que una persona normal debería mirar un reloj. Papá se da cuenta. Por supuesto que se da cuenta. Porque los padres tienen una extraña habilidad para detectar cuándo sus hijos están comportándose de una manera sospechosa.
—¿Tienes algún examen mañana? —pregunta mientras corta un trozo de tortilla.
—¿Qué? —parpadeo.
—Que estás muy distraída.
—Ah… no. Es que estoy cansada.
—Pues tienes buena cara para estar cansada —levanto la vista inmediatamente.
—¿Eso qué significa?
—Que últimamente sonríes más —dice sonriente.
Dios. Mierda, mierda, mierda. ¿Se me nota tanto? Intento disimular mientras bebo un poco de agua.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —papá suelta una pequeña risa y niega con la cabeza—.
Me alegro, sea lo que sea. O quien sea. Es normal a tu edad, Ava.
Me preguntaba cuándo sería la primera vez que vería a mi hija enamorada y cómo de terrorífico sería.
Pero la verdad es que me gusta cómo te sienta esa sonrisa.
Y ya tienes dieciocho, mi amor. Y eres una chica preciosa que merece un amor precioso de esos de los libros que tanto te gusta leer.
Y, por algún motivo, esa frase me enternece y me hace sentir culpable a partes iguales.
Porque él no sabe nada. No sabe que llevo semanas escapándome de casa.
No sabe que me paso algunas noches al otro lado de la calle.
No sabe que me estoy enamorando peligrosamente del único chico que tiene prohibido que me acerque. Y, aun así, se alegra de verme feliz.
Un rato después deja los cubiertos sobre el plato.
—Bueno, me voy a dormir ya.
—¿Otra vez vas a madrugar mañana?
—Sí. He quedado a las cinco con un amigo para ir a pescar. Ya se está convirtiendo en un ritual los martes y jueves.
—Papá, levantarse tan temprano es de psicópatas —bromeo y se ríe.
—Ya lo entenderás cuando tengas mi edad.
—Si a los cuarenta y tantos me levanto a las cinco para perseguir peces, espero que alguien me lleve a terapia.
—Buenas noches, dramática.
—Buenas noches, Popeye.
Lo veo subir las escaleras y espero hasta escuchar la puerta de su habitación cerrarse.
Entonces la sonrisa aparece sola. Porque, aunque me avergüence reconocerlo, llevo toda la tarde esperando este momento.
Subo a mi habitación sonriendo. Y sí. Lo admito.
Estoy nerviosa. Porque esta noche voy a ver a Ryder.
Abro el armario y saco varias prendas. Me pruebo una. La descarto. Me pruebo otra. La vuelvo a dejar en su sitio. Cojo el móvil. Nuestra conversación sigue abierta.
Filosofía: Quiero verte.
Yo: Qué casualidad. Yo también.
Filosofía: Muchísimo.
Yo: No exageres.
Filosofía: No estoy exagerando.
Sonrío sola. Dios. Esto empieza a parecerse peligrosamente a una relación. Y, aun así, no quiero frenar.
Me acerco a la ventana. Entonces, de repente, todo se vuelve un caos.
Veo una sirena de policía a lo lejos entrar en nuestra calle.
Después otra. Dos coches de policía aparcan justo delante de la casa de Ryder.
El corazón se me detiene. Veo cómo llaman a la puerta de la casa de los Knox.
Ryder aparece segundos después y habla con ellos.
No entiendo qué está pasando. Entonces dos de los policías entran dentro y, unos segundos después, sacan a su padre esposado. Ryder intenta acercarse.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué os lo lleváis?
—Tranquilo, chico —le dice uno de los policías apartándolo.
—¡Pero, qué ha pasado!
El padre de Ryder ni siquiera lo mira. Simplemente baja la cabeza y desaparece dentro del coche.
Y, de un momento a otro, Ryder se queda solo.
Completamente solo. Porque Ryder no tiene a nadie más.
Su hermano vive en otro pueblo, bastante lejos de aquí, y su madre lo abandonó cuando era muy pequeño.
Toda su familia está en Irlanda. Siento un nudo enorme en la garganta. Escucho la voz de mi padre desde abajo.
—Sabía que algún día se lo llevarían.
No digo nada. Porque ahora mismo lo único que quiero es que se vaya a dormir. Y lo hace pronto, menos mal.
Una hora después, la casa está en silencio.
Y yo ya estoy cruzando la calle. Subo la escalera lateral de la casa de Ryder, entro por la ventana y me lo encuentro sentado en la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas, las manos enterradas en el pelo y respirando despacio.
Como si estuviera intentando no derrumbarse.
Levanta la cabeza cuando me escucha entrar.
Y dios, nunca lo había visto tan perdido.
—Ava… —su voz sale cansada— ¡Ey! Sé que te había dicho que vinieras, pero… hoy no es un buen momento —me quedo quieta. Él se frota la cara—. No voy a ser una buena compañía —hace una pequeña pausa—. Entenderé si prefieres irte.
No le hago caso. Simplemente cierro la ventana y me acerco a él. Ryder parece confundido. Y entonces lo abrazo. Todo su cuerpo se tensa. Por completo. Como si no supiera qué hacer. Como si no estuviera acostumbrado a un gesto así. Y probablemente no lo esté.
—No estás solo —susurro y lo noto tragar saliva.
—Ava…
—Voy a quedarme aquí —apoyo la cabeza en su hombro— Y si quieres hablar, te escucho. Y si no quieres hablar de nada, también me quedaré, aunque sea en silencio.
Él no responde. Pero tampoco se aparta. Sé que está bloqueado y no sabe qué hacer. No quiere que lo vea vulnerable, pero tampoco que lo deje solo. Después de unos segundos me aparto y le sonrío.
—¿Quieres que hagamos algo de cenar? —Él me mira evaluando si estoy hablando en serio o no.
—No creo que encontremos mucho en la cocina —responde finalmente haciendo una mueca de vergüenza.
—Vamos a comprobarlo —digo cogiéndole de la mano y lo arrastro escaleras abajo—. Además, todavía no conozco tu casa. Solo conozco tu cama, picaflor.
Y eso consigue algo maravilloso. Una sonrisa aparece en su precioso rostro. Pequeñita, pero real.
La cocina es sencilla. Demasiado sencilla. Encuentro pasta, atún y salsa de tomate. Y empezamos a cocinar. Bueno. Yo cocino. Y él me mira con una intensidad que me pone nerviosa.
—¿Por qué me miras tanto?
—Porque nunca había visto a nadie tan contenta haciendo pasta con atún.
—Porque tú nunca has conocido a una chica con gustos refinados —bromeo y él se ríe.
—Eso debe ser.
Cenamos sentados en la encimera. Y, después de un rato, Ryder habla.
—No entiendo cómo no has salido corriendo ya.
—¿Cómo? —pregunto levantando la vista y encontrándome unos tristes ojos azules preciosos que me evalúan con miedo.
—Todo esto —señala la casa y a sí mismo— Todo el mundo huye —dice y me acerco a él y le cojo de la mano.
—No pienso irme a ningún sitio, Ryder. Al menos no si tú no quieres que me vaya —Le aseguro. Él se queda inmóvil. Y, de repente, algo cambia en sus ojos.
—No me digas esas cosas, Ava.
—¿Por qué?
—Porque cometes el error de que puedo llegar a creerte —traga saliva—. Y nadie se ha quedado conmigo para siempre —se ríe, pero le tiembla la voz—. Fíjate, ni siquiera mi padre, que creí que nunca se iría de mi lado.
Entonces lo abrazo otra vez. Y noto cómo su cuerpo empieza a temblar. No llora. Pero sí se rompe un poquito. Y, por algún motivo, eso me parte el corazón.
—Yo sí me voy a quedar contigo —le acaricio el pelo—. Siempre que tú me dejes —prometo y él suspira.
—Mi padre no siempre fue así —lo escucho en silencio— Cuando mi madre se fue…
él intentó seguir adelante. Quiso hacerse cargo de Connor y de mí.
Pero dejó de ser la persona que era —mira al suelo—.
No lo justifico. Cada uno toma sus propias decisiones.
Pero sí sé que me quiere —hace una pequeña pausa—.
Lo que sí le reprocho es que sus errores me salpiquen a mí.
Que cada vez que él hace algo, sea yo el que tenga que cargar con las consecuencias.
Que todo el mundo me señale a mí cada vez que él la caga.
Aun así… él ha estado siempre a mi lado y yo no lo quiero abandonar.
Lo miro. Y sonrío.
—Por estas cosas, Ryder Knox, eres una de las mejores personas que he conocido. Y uno de los mejores descubrimientos que he tenido.
Ryder me mira. Durante unos segundos parece que va a decir algo. Pero las palabras se le quedan atascadas y luchan por salir de su mirada. Hasta que…
—Joder, te quiero, Ava —suelta y parece que lo dice sin querer.
Los dos nos quedamos quietos. Él abre los ojos de golpe—.
Bueno… quiero decir… —se pone nervioso inmediatamente—.
No quería decir… —se ríe incómodo—. Quiero decir que te tengo mucho cariño y…
—empieza a hablar deprisa—. Y que estoy muy contento de tenerte en mi vida y…
—lo interrumpo. Le cojo las manos y sonrío.
—Yo también creo que me estoy enamorando de ti, Ryder Knox.
Ryder se queda sin palabras. Simplemente me mira. Con los ojos muy abiertos. Como si acabara de ocurrir algo enorme. Y quizá acaba de ocurrir. Porque, de repente, todo cobra sentido. Las horas en las ventanas. Los mensajes. Los dónuts glaseados. Los besos. Las noches a su lado. Todo.
Entonces me abraza. Fuerte. Como si tuviera miedo de que desapareciera. Y yo lo abrazo todavía más fuerte.
Porque, por primera vez, tengo la sensación de que ya no estoy entrando en la habitación del chico prohibido. Estoy entrando en el corazón de Ryder Knox.