Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 31 QUÉDATE
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CAPÍTULO 31 QUÉDATE

QUÉDATE

La cena con mi padre transcurre con normalidad. Papá termina su plato y se limpia la boca con la servilleta antes de levantarse de la mesa.

—Creo que me voy a la cama —comenta y levanto la cabeza inmediatamente.

—¿Tan pronto? ¿Te encuentras bien? —Él sonríe.

—Sí, tranquila. He quedado a las cinco de la mañana con un amigo para ir a pescar.

—¿A las cinco?

—Sí. La edad, supongo. Antes salíamos de fiesta y ahora perseguimos peces —añade y me río.

—Qué deprimente.

—Ya te llegará.

—Ni de broma me pienso levantar yo alguna vez a esas horas por unos peces. ¿Qué pasa, que a las diez ya no hay peces?

Él niega con la cabeza divertido, recoge su plato y se dirige hacia las escaleras.

—Buenas noches, Ava. Te veo ya mañana en el almuerzo.

—Buenas noches, papá.

Escucho cómo se cierra la puerta de su habitación y, de repente, la casa queda en silencio.

mi corazón empieza a acelerarse. Esta noche he quedado con Ryder.

Subo a mi cuarto y abro el armario. Saco tres camisetas, dos pantalones cortos y un vestido sencillo antes de decidirme por este último.

Madre mía. ¿Desde cuándo elijo ropa para ir a ver a un chico a las diez y media de la noche de un martes?

Bueno. Desde hace unas semanas. Y la verdad es que no me disgusta demasiado la idea de ponerme guapa para él, aunque sepa que la ropa me va a durar puesta treinta segundos.

Termino de arreglarme y me acerco a la ventana. Ryder está en su habitación. Va de un lado a otro, como si estuviera haciendo algo. Y, justo entonces, levanta la cabeza. Me ve, sonríe y me hace un gesto con la mano para que vaya. Solo con eso y mi estómago da una voltereta.

Respiro hondo, salgo de mi habitación y bajo las escaleras intentando no hacer el más mínimo ruido. Me siento una delincuente. Una fugitiva adolescente. Y, sinceramente, me encanta esta sensación de adrenalina corriéndome por las venas.

Abro la puerta principal con muchísimo cuidado y salgo al exterior.

Miro a ambos lados de la calle. Todo está en silencio.

Cruzo rápidamente y me meto en el callejón lateral de la casa de Ryder.

Subo las escaleras. Y entro por la ventana.

Ryder está esperando con los brazos cruzados y una expresión divertida.

—Buenas noches, Monroe.

No me da tiempo a responder. Porque ya está delante de mí. Y me besa. Y, Dios mío. ¿Cómo he podido echar tanto de menos a alguien en tan pocas horas? Es un beso desesperado, hambriento. Sus manos me agarran la cara, mi cintura, mi pelo. Yo respondo con la misma urgencia, aferrándome a su camiseta.

—Joder, ya no aguantaba más… —gruñe contra mi boca, bajando las manos por mi cuerpo.

Me quita el vestido de un tirón. Yo le bajo los pantalones y la ropa interior.

La ropa cae al suelo sin orden. Cuando estamos completamente desnudos, Ryder me coge en brazos y me tira sobre la cama.

Se coloca encima de mí y me besa con fuerza, bajando por mi cuello, mis pechos, mordiendo y chupando mis pezones hasta que gimo y me arqueo.

Sus dedos bajan entre mis piernas y me encuentran empapada.

—¿Ya estás tan lista, cosita? —susurra.

Y, sin dejar de mirarme agarra un condón que ya estaba preparado sobre su mesita de noche, se lo coloca, dejándome con la boca seca al ver el tamaño de sus ganas por mí, se vuelve a colocar entre mis piernas y entra en mí de una sola embestida profunda.

Gimo fuerte. Él gruñe y empieza a moverse.

Primero con ritmo controlado, profundo, mirándome a los ojos.

Luego va ganando fuerza. Le araño la espalda y agarro sus nalgas para meterlo más dentro.

—Más… más fuerte… —suplico.

Ryder acelera. Me folla con más contundencia, sujetándome las caderas. Sus embestidas son profundas y rápidas. Me dice cosas al oído que me vuelven loca.

—Qué bien se está aquí dentro, Monroe. Me vas a matar de tanto placer —dice entre gemidos.

Oh, sí. Definitivamente me estaba perdiendo una experiencia insuperable.

No hay nada más placentero que un chico guapo y sexy y bien dotado te folle como si fueras una diosa para él.

Y la verdad, nunca me he alegrado tanto como ahora de que haya tenido que esperar y al final Ryder Knox haya sido mi primera experiencia sexual plena.

He escuchado los relatos de Selena y Kassy de sus primeras veces y han sido desastrosas, bien porque el chico no tenía ni idea de lo que se hacía, o bien porque solo iba pensando en su placer personal y no el de ellas.

Pero Ryder me da justo lo que necesito y con la intensidad que requiero.

Ahora ya no tiene que tener tanto cuidado como el primer día.

Ni siquiera la segunda vez que nos vimos fue tan contundente.

Hoy se está dejando llevar de verdad y dios… esto es el cielo.

El primer orgasmo me golpea de repente. Me corro con fuerza, temblando debajo de él, clavándole las uñas en la espalda. Ryder gruñe, para un segundo, haciendo un esfuerzo visible para no correrse, y luego sigue follándome. Me da la vuelta y me pone encima de él.

—Ahora tú —dice con voz ronca, mirándome con deseo—. Quiero verte montarme, Monroe.

Me muerdo el labio y me bajo lentamente sobre su polla.

Ambos gemimos cuando lo siento entrar hasta el fondo.

Comienzo a moverme, primero despacio, luego más rápido, buscando mi propio placer.

Ryder me agarra las caderas, ayudándome, mirándome y pareciera que lo hace como si fuera lo más bonito que ha visto nunca.

—Joder, Ava… así… muévete así…

Me inclino hacia delante, apoyo las manos en su pecho y cabalgo con más fuerza. Ryder gime debajo de mí, sus manos suben a mis pechos, pellizcando mis pezones. El placer sube otra vez, más intenso.

—Estoy cerca… —gimo.

—Córrete, cosita… córrete encima de mí.

El segundo orgasmo me golpea con brutalidad.

Me corro con fuerza, temblando, apretándolo dentro de mí.

Ryder gruñe, pero se contiene. Me agarra con fuerza y me da la vuelta y me pone a cuatro patas.

Me folla duro desde atrás. Sus embestidas son profundas y contundentes.

Me agarra del pelo con suavidad y me susurra al oído.

—Eres adictiva, Monroe. No soy capaz de cansarme de ti. Quiero follarte todas las noches… quiero deshacerme dentro de ti…

Yo gimo y respondo entre jadeos.

—Yo tampoco… no puedo cansarme de ti… Ryder… me encanta cómo me follas…

Eso lo desata. Acelera el ritmo, follándome más fuerte. La cama golpea contra la pared. Me acaricia el clítoris mientras me penetra.

—Dámelo otra vez, cosita. Por favor, córrete conmigo.

El tercer orgasmo llega como una ola gigantesca.

Grito contra la almohada y me corro con espasmos fuertes.

Ryder gruñe con fuerza, acelera el ritmo y se corre al mismo tiempo, hundiéndose hasta el fondo con un gemido ronco y profundo, temblando contra mi espalda mientras se vacía completamente.

Caemos exhaustos sobre la cama. Ryder se quita el condón, le hace un nudo y lo tira al suelo.

Luego me abraza por detrás besándome el hombro y la nuca con ternura.

—Joder, Ava… —susurra, con la voz rota— ha sido brutal.

Me giro entre sus brazos y lo beso con ternura. Nos quedamos así, piel contra piel, respirando juntos. Ryder me mira a los ojos durante un largo rato, como si quisiera decir algo.

—Quédate a dormir conmigo esta noche —susurra finalmente y lo miro sorprendida.

—Vale. La verdad es que hoy puedo. Mi padre se va temprano a pescar… no se enterará.

Ryder sonríe y me besa con más intensidad, como si mis palabras le hubieran dado nueva energía.

—Estupendo —murmura y vuelve a besarme.

Nos quedamos tumbados en la cama, todavía abrazados.

Mi cabeza descansa sobre su pecho y una de sus manos juega distraídamente con un mechón de mi pelo.

La habitación está prácticamente a oscuras y, por algún motivo, el silencio entre nosotros ya no resulta incómodo.

De hecho, cada vez me gusta más. Ryder es quien rompe el silencio de repente.

—Por cierto… me has saludado hoy en el instituto.

Levanto la cabeza y lo miro.

—¿Y?

—Nada. Me ha sorprendido.

—¿Qué pasa? ¿No puedo saludar a mi vecino favorito? —bromeo y él suelta una pequeña risa.

—Claro que puedes.

—Entonces ya está.

—¿Ya no tienes miedo de que te vean conmigo?

La pregunta me pilla desprevenida. Sobre todo porque no la hace enfadado. Ni dolido. Ni siquiera parece reprochármelo. Simplemente… quiere saberlo. Me incorporo un poco y me apoyo sobre un codo para mirarlo.

—No me importa que me vean contigo —hago una pequeña pausa—. Siempre y cuando no se lo digan a mi padre —la sonrisa desaparece de sus labios ante mi aclaración.

—Entiendo —murmura y se queda mirando al techo durante unos segundos—. Tu padre nunca va a querer que me acerque a ti, ¿verdad?

La pregunta se queda suspendida en el aire. Y no sé qué responder. Porque la respuesta es muy sencilla. No. No va a querer. Y eso me duele más de lo que esperaba.

—Ryder… —me acerco un poco más a él— Yo sí confío en ti. —Él gira la cabeza y me mira—. No me creo las cosas que dicen. Tú no eres como la gente dice.

Sus ojos azules permanecen clavados en los míos unos segundos.

—¿Y cómo soy? —pregunta con voz temblorosa y sonrío un poco.

—¿De verdad quieres que te lo diga?

—Claro. Me gustaría verme a través de tus ojos.

—Pues eres atento —empiezo a contar con los dedos— Respetuoso. Divertido cuando quieres serlo. Muy observador. Tienes detalles preciosos con la gente que te importa. Y sabes lo que es la responsabilidad afectiva —Ryder suelta una carcajada con esto último.

—Eso ha sido solo un trabajo de Filosofía, Monroe. Estaba haciendo un papel —comenta y pongo los ojos en blanco.

—¿Ah, sí? Pues lo del dónut no era parte del trabajo. —se queda callado—. Ni tampoco todos los demás detalles que has tenido conmigo. Me salvaste en el tejado, me trajiste a dormir a tu casa para cuidar de mí. Has tenido mucho cuidado conmigo siempre, Ryder.

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Y, Dios mío. Qué incómodo es cuando alguien empieza a verte de verdad. Trago saliva.

—Ryder…

—¿Mm?

—Esto, lo nuestro, no va a durar. Así que no tenemos por qué complicarlo ni hacer caso de lo que digan los demás porque nadie va a entender esto como nosotros.

Yo no pienso oír nada de lo que tengan que decir malo de ti.

Podemos disfrutar de esto. Del tiempo que dure.

Porque luego llegará la universidad y seguramente nos iremos lejos y… —me encojo de hombros— Y ya está.

Él no responde enseguida. Simplemente me observa.

—¿A qué universidad piensas ir?

—No lo tengo decidido del todo. Mi primera opción era California —le informo y él levanta las cejas.

—Eso está lejos.

—Muchísimo. Y creo que demasiado lejos de mi padre. Así que probablemente me vaya a Boston. No quiero dejarlo tan solo.

Ryder se incorpora un poco.

—Entonces… ¿esto, lo nuestro, es una historia de verano? —La pregunta me hace sonreír.

—¿Quieres que dure todo el verano? ¿Tú? ¿Ryder Knox? ¿El picaflor del pueblo?

Me observa unos segundos. Luego aparece esa sonrisa pequeña. La que nunca enseña a todo el mundo. La que ya empiezo a reconocer como algo especial.

—¿Qué ha pasado con eso de que no ibas a creerte todo lo que dicen de mí, Monroe? —susurra con sonrisa pícara, como si me hubiera pillado.

—Tampoco pienses que creo que eres un santo, Knox. He sido testigo de tus poderes de seducción en The Ruins muchas veces —me defiendo. Se acerca y me aparta un mechón de pelo.

—Ninguna de esas chicas me ha visto como tú. Y tampoco gimen también como tú. Todavía queda mucho por saborear de ti, cosita —susurra en mis labios.

Y, antes de que pueda contestar, me besa y me hace perder el hilo de todo pensamiento. Porque Ryder Knox tiene una habilidad extraordinaria. La de terminar las conversaciones justo antes de que se vuelvan demasiado peligrosas.