CAPÍTULO 29 FILOSOFÍA Y DÓNUTS GLASEADOS #2
Ryder termina su parte con una tranquilidad impecable y entonces me toca hablar a mí.
Tardo un segundo en reaccionar, porque una parte enorme de mi cerebro sigue atrapada en eso de “Ryder Knox sabe lo que es la responsabilidad afectiva de verdad” y en si el dónut glaseado cuenta como comunicación afectiva o como ataque directo a mi estabilidad emocional.
Carraspeo.
—Yo he querido centrar mi parte en la inclusión racial en las series actuales —empiezo, obligándome a mirar a la clase y no a Ryder—. Sobre todo, en cómo la cultura pop está ampliando los cánones de belleza y representación para los niños y adolescentes que crecen viendo esas historias.
Al principio mi voz sale un poco insegura, pero enseguida encuentro el ritmo.
Hablo de series históricas que introducen diversidad racial, aunque estén inspiradas en épocas donde esa inclusión no habría existido de la misma manera.
Hablo de cómo la ficción no siempre tiene que ser una reproducción exacta del pasado si su intención es construir un lenguaje emocional para el presente.
Hablo de niñas que pueden verse como princesas, aristócratas, protagonistas románticas o heroínas sin que su color de piel las coloque siempre en el margen de la historia.
Y cuanto más hablo, más segura me siento.
Porque esto sí me importa. Me importa mucho.
Selena es mulata y me ha contado muchas cosas que sufrió su madre de pequeña.
Kassy es de origen latino y también sé que ella ha sufrido alguna discriminación en la vida.
—Sé que hay personas que critican estas decisiones diciendo que no son históricamente precisas —continúo—, pero creo que también deberíamos preguntarnos por qué nos molesta tanto ver belleza, poder o deseo representados en cuerpos que durante demasiado tiempo fueron excluidos de ese lugar.
La ficción no solo refleja el mundo. También enseña qué mundos somos capaces de imaginar y de construir.
Cuando termino, el profesor Harris asiente lentamente, como si estuviera bastante satisfecho, y algunas personas aplauden con suavidad. Ryder me mira de reojo y, aunque no sonríe del todo, su expresión consigue que el pecho se me caliente un poco.
El profesor se levanta y empieza a hacer su comentario sobre nuestra exposición.
Dice que ambos hemos elegido enfoques distintos pero complementarios, que Ryder ha trabajado muy bien la parte ética de los vínculos en la ficción y que mi análisis sobre representación abre un debate interesante sobre la relación entre fidelidad histórica e impacto social.
Yo debería estar escuchando con atención, porque es una valoración importante.
Pero entonces veo los apuntes de Ryder. Están sobre la mesa del profesor, donde él los ha dejado al terminar.
Y veo su letra. Inclino un poco la cabeza.
Frunzo el ceño. Meto la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saco la nota de esta mañana, la que he guardado sin pensarlo demasiado.
Buenos días, Monroe.
La miro. Luego miro los apuntes de Ryder. Después vuelvo a mirar la nota. ¡Es la misma letra!
—¡Has sido tú! —grito sin pensar.
El aula entera se queda en silencio. El profesor deja de hablar. Todos me miran. Absolutamente todos. Mierda. Ryder también me mira. Durante medio segundo parece sorprendido. Solo medio. Después estalla en una carcajada. Una carcajada real, abierta, imposible de contener.
—Perdonadla —dice, todavía riéndose—. A veces tiene cortocircuitos.
La clase se ríe. Yo me pongo roja hasta las orejas.
Ryder se acerca, me coge de la mano con una naturalidad peligrosa y tira de mí suavemente para llevarme de vuelta a nuestros asientos.
Mi cerebro tarda dos segundos en procesar que me está tocando delante de todo el mundo, aunque quizá el gesto sea tan rápido y casual que nadie le dé demasiada importancia. Yo sí. Yo le doy muchísima.
—¿Cómo sabías que el dónut glaseado es mi comida favorita? —susurro mientras caminamos. Ryder me mira de reojo. La sonrisa sigue ahí. El maldito hoyuelo también.
—Atiende a clase, Monroe.
—Ryder.
—Te van a poner mala nota por distraerte.
—¡Tú me distraes!
—Qué mal te sienta el azúcar, Monroe. La próxima vez te dejaré una empanada de atún —bromea y hace que sonría al fin abiertamente.
—¿Cómo lo sabías? —insisto, porque mi curiosidad es demasiado grande.
Él sacude la cabeza, todavía riéndose por lo bajo, y vuelve a sentarse a mi lado como si no acabara de dejarme un dónut en la taquilla, hacer una exposición impecable sobre responsabilidad afectiva y cogerme de la mano como si todo eso no le hiciera vivir gratis en mi cabeza durante el resto del día, puede que incluso durante el resto de mi vida.
Lo odio. Lo odio muchísimo. Knox no puede ser mono.
Simplemente no puede hacerme esto. ¡Joder, tengo prohibido acercarme a él y esto solo iba a ser una aventura que me ayudaría a tener un poco de experiencia con los hombres y nada más!
Esto no estaba en mis planes. Nada de esto.
Ryder Knox solo iba a ser una historia secreta.
Una manera de dejar de tenerle miedo a la vida.
No esta sensación absurda de ilusión porque un chico sepa cuál es mi desayuno favorito.
Pero mientras el profesor continúa hablando y yo intento fingir que no estoy al borde de sonreír como una idiota, deslizo la nota dentro de mi cuaderno y la guardo entre las páginas de Filosofía.
Buenos días, Monroe.
No sé cómo lo sabía. No sé desde cuándo lo sabía. Pero la idea de que Ryder Knox se haya fijado en algo tan pequeño como mi dónut favorito hace que me resulte un poco más difícil seguir fingiendo que esto no empieza a importarme demasiado.