CAPÍTULO 29 FILOSOFÍA Y DÓNUTS GLASEADOS
FILOSOFÍA Y DÓNUTS GLASEADOS
Llego al instituto corriendo, con el pelo todavía húmedo y el corazón latiéndome en la garganta.
Anoche apenas dormí. Estuve gran parte de la noche haciendo el dichoso trabajo de Filosofía sobre “ Cómo la cultura Pop afecta en la forma en que vemos nuestra realidad”.
Cuando por fin lo terminé, ya eran las cuatro de la mañana.
Ryder me había estado escribiendo un rato por la noche, pero en cuanto le dije que estaba ocupada con el trabajo, dejó de hacerlo.
No quería distraerme. Ese detalle pequeño me había hecho sonreír como una idiota en plena noche.
Ahora pago las consecuencias. Llego tarde, sin desayunar y con ojeras que ni el corrector logra disimular.
Mi estómago protesta justo cuando llego a mi taquilla.
Lo que no espero, por nada del mundo, es encontrar al abrirla una bolsita de papel perfectamente colocada encima de mis cosas.
Me quedo inmóvil. Durante unos segundos solo la miro, como si fuera a moverse sola o a darme una explicación razonable sobre su presencia allí.
La bolsa es pequeña, de color marrón claro, y tiene una nota doblada pegada con un trocito de cinta.
La cojo despacio. En la nota solo hay tres palabras.
Buenos días, Monroe .
Mi corazón hace una cosa ridícula. Abro la bolsa y el olor dulce me golpea antes incluso de ver lo que hay dentro.
Un dónut glaseado. De los que compro algunos días antes de entrar al instituto cuando necesito azúcar, consuelo o una razón mínimamente sólida para no mandar el mundo a la mierda antes de las ocho de la mañana. Mi alimento favorito en el mundo.
Parpadeo. Luego vuelvo a mirar la nota. No puede ser.
No puede ser Ryder. Él no sabe que me gustan los dónuts glaseados.
Nunca se lo he dicho. Nunca hemos hablado de comida favorita, ni de desayunos, ni de nada remotamente parecido.
Durante años apenas nos hemos mirado en público.
En el instituto siempre hemos fingido que no existíamos el uno para el otro.
Pero mis amigas no me llaman Monroe. Monroe es más de Ryder. O también “cosita” …
Siento una sonrisa abrirse paso en mi cara, lenta, absurda e inevitable.
Una parte de mí intenta advertirme que quizá hay otro chico en el instituto que también podría llamarme por mi apellido.
Una parte muy racional, muy prudente y muy pesada insiste en que no debería ilusionarme tan rápido.
Pero otra parte, la que lleva semanas empezando a obsesionarse con el vecino de enfrente, quiere creer que ha sido él con una intensidad casi dolorosa.
Así que cierro la taquilla, cojo el dónut y le doy un bocado antes de que la campana, el hambre o mi dignidad tengan tiempo de opinar. Está buenísimo. Bueno, como siempre. Pero hoy hasta me sabe más bueno que de costumbre.
Llego a Filosofía tarde, con el dónut ya prácticamente devorado y el corazón todavía demasiado alterado para una mañana de lunes. Abro la puerta con cuidado y todas las cabezas se giran hacia mí. Maravilloso. Justo lo que necesitaba.
—Perdón —digo, intentando recuperar algo de compostura El profesor Harris me observa por encima de sus gafas—. Me he retrasado.
—Buenos días, señorita Monroe. Nos alegra comprobar que ha decidido honrarnos con su presencia.
Algunas personas se ríen. Yo sonrío con una mezcla perfecta de vergüenza y resignación.
—Lo siento.
—Siéntese. Aún no hemos llegado a su exposición.
Camino hacia mi sitio y miro a Ryder. Está sentado en la mesa de siempre, con los brazos cruzados sobre el pupitre y esa cara de póquer que tan bien dominada tiene, como si no supiera nunca nada de lo que pasa a su alrededor.
Lo cual es mentira. Una mentira enorme. Una mentira con ojos azules, labios demasiado bonitos y un hoyuelo que aparece en cuanto intento sentarme sin mirarlo demasiado.
Está conteniendo una sonrisa. Lo noto. Y no sé si es por el dónut y lo desconcertada que estoy o porque Harris me ha regañado delante de toda la clase y se lo está pasando de lo lindo con mi vergüenza.
Me siento a su lado, saco mis apuntes de la mochila y finjo que soy una estudiante responsable, madura y completamente centrada en la exposición de mis compañeros.
Bueno, la verdad es que la clase de hoy es bastante interesante.
Aunque el trabajo es por grupos, en realidad cada uno hemos elegido un enfoque personal sobre cómo la cultura pop actual trata ciertos temas de debate.
Hoy solo tenemos que exponer nuestros puntos de vista personales y en la próxima clase tenemos que defender el punto de vista que hoy ha expuesto nuestro compañero.
Yo no sé de qué tema ha elegido hablar Ryder, no me lo quiso decir anoche, así que yo tampoco le dije el mío en venganza. En pocos minutos lo descubriremos.
Durante los siguientes minutos, una chica habla sobre los referentes femeninos en las películas de acción y un chico intenta defender, con mucho entusiasmo y poca organización, que los superhéroes han reemplazado a los mitos clásicos.
Yo debería estar escuchando. Debería tomar notas.
Debería repasar mi parte del trabajo. En lugar de eso, miro a Ryder.
Primero de reojo. Luego un poco más. Después directamente, intentando preguntarle con la mente “¿Has sido tú?” Él aguanta un par de minutos antes de inclinarse apenas hacia mí, sin apartar la vista del frente.
—Vas a hacerme un agujero en la cara si sigues mirándome así.
—Solo estoy pensando.
—¿En lo guapo que soy? —Aprieto los labios para no sonreír.
—Cállate.
—Pareces una psicópata mirándome tanto. ¿Estás bien?
—¿Has sido tú? —pregunto en un susurro.
—¿He sido yo qué? —Lo dice sin cambiar de expresión. Ni una sonrisa delatora. Nada. Qué desesperante.
—Me han dejado algo en la taquilla. Y una nota. ¿Has sido tú?
—¡Vaya! Tienes un admirador secreto, Monroe. Qué suerte.
—Ryder…
—Atenta a la clase —me corta con una sonrisa—. Pronto nos toca exponer.
—¿Has sido tú o no? —insisto, entrecerrando los ojos.
—Si tu admirador quiere mantener el misterio, deberías respetarlo.
—¡Eres un grano en el culo cuando te pones tan misterioso! Solo di sí o no…
Voy a insistir, pero en ese momento el profesor Harris da por terminada la exposición anterior y mira la lista que tiene sobre la mesa.
—Señor Knox, señorita Monroe. Su turno.
El corazón me da un golpe. Ryder se levanta con una calma insultante, recoge sus apuntes y me mira como si yo no estuviera al borde de un ataque de nervios por motivos académicos, alimenticios y románticos a la vez.
—Vamos, Monroe. Ya habrá tiempo de pensar en admiradores secretos. Necesitas una buena nota en Filosofía así que mantén a raya tus hormonas.
Lo fulmino con la mirada. Él sonríe. Maldito sea, qué bueno está cuando sonríe.
Nos colocamos frente a la clase. Ryder a mi lado, demasiado tranquilo y cómodo.
A Ryder Knox todo le da igual y es admirable en cierta medida.
Al principio, el trabajo sobre la cultura pop y los mensajes que transmiten las series, películas y fenómenos actuales me pareció una propuesta absurda, pero terminé enganchándome más de lo previsto.
Quizá porque, al final, la cultura pop habla de nosotros incluso cuando finge hablar de mundos inventados.
Y estoy deseando saber por dónde ha tirado Ryder Knox. ¿Sexo? ¿Drogas? ¿Vandalismo?
El profesor nos da permiso para empezar. Ryder mira sus apuntes un segundo y luego levanta la vista hacia la clase.
—Hola. Yo voy a hablar de responsabilidad afectiva en la ficción contemporánea.
Lo miro de golpe. Responsabilidad afectiva.
¿Off Campus? Me aguanto la risa, pero no puedo evitar recordar que ayer intenté darle celos con Garrett Graham.
Ryder no me mira, pero el muy idiota inclina apenas la cabeza y me guiña un ojo de una forma tan disimulada que nadie más parece notarlo. A mí casi me mata.
—Creo que durante mucho tiempo nos han vendido ciertos comportamientos como románticos cuando en realidad son bastante cuestionables —empieza él, con una seguridad que hace que la clase se quede más callada de lo habitual—.
La insistencia, los celos extremos, la falta de comunicación o la idea de que amar a alguien te da derecho a decidir por esa persona.
En muchas películas y series, sobre todo en romances adolescentes, se presenta como pasión algo que en la vida real puede hacer mucho daño.
Me quedo mirándolo. No debería sorprenderme que hable bien.
Ryder saca buenas notas. Ya lo sé. Lo he defendido delante de mi padre y de mi hermano.
Pero verlo así, frente a toda la clase, con la voz firme y las ideas ordenadas, es otra cosa.
Es como si de repente alguien hubiera encendido una luz distinta sobre él y todo el mundo estuviera obligado a mirar.
Y lo hacen. Varias chicas de la clase lo observan con una atención que me resulta irritante.
Una se inclina hacia su amiga y murmura algo.
Otra sonríe. Otra directamente parece haber descubierto a Ryder Knox por primera vez en su vida.
Y lo peor es que las entiendo. Porque verlo hablar así es… injusto. Demasiado sexy.
—La responsabilidad afectiva no significa hacerse cargo de las emociones de otra persona como si fueran una obligación —continúa él—.
Significa ser consciente de que nuestros actos tienen consecuencias en los demás.
Significa no utilizar a alguien porque nos desea, no desaparecer sin explicación cuando sabemos que podemos hacer daño y no confundir intensidad con profundidad.
La ficción no tiene por qué ser moralmente perfecta, pero sí debería hacernos pensar en qué clase de relaciones estamos idealizando.
Trago saliva. No puedo evitar soñar con que está hablando de nosotros. Y eso es precisamente lo que me pone nerviosa.