CAPÍTULO 27 CALORES NOCTURNOS Y VENTANAS ABIERTAS #2
Ryder empieza a follarme de verdad. Cada embestida es más fuerte, más profunda.
Me dice cosas bonitas y eróticas entre gemidos.
Eres jodidamente sexy, Monroe… Qué bien me recibe ese coñito tan bonito…
Vamos, Monroe, córrete… dame tu orgasmo…
El placer sube rápido e imparable. Me corro con fuerza, temblando, mordiendo su hombro para no gritar.
Ryder para de golpe, cerrando los ojos con fuerza, respirando agitado, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no correrse.
—Joder… dame un segundo —susurra con voz rota.
Cuando recupera el control, me coloca las piernas alrededor de su cintura y vuelve a entrar en mí de una sola embestida profunda.
Esta vez me folla más duro. Más salvaje.
La posición hace que entre más profundo.
Gimo contra su cuello y él me tapa la boca con la suya para acallar los sonidos.
Me acaricia la mandíbula, el labio inferior, me mira a los ojos y me susurra cosas maravillosas.
—Eres preciosa… Eres perfecta…
El segundo orgasmo comienza a construirse dentro de mí. Gimo contra su boca.
—Dios… te siento tan dentro… —Ryder lanza una maldición y acelera.
—No me provoques, Ava… no pienso correrme hasta que tú no lo hagas por segunda vez.
Sonrío con picardía, aunque estoy al borde. Me gusta tener ese poder sobre él. Le susurro al oído…
—Me encanta tu polla… me follas de maravilla… —Ryder ruge y cierra los ojos, intentando concentrarse.
—Monroe, joder… estoy intentando dar la talla, no me lo pongas tan difícil —pero para contraatacar, comienza a acariciarme el clítoris mientras me folla con fuerza y me susurra al oído— Estás tan mojada y con las mejillas tan sonrosadas que me pareces la visión más erótica del mundo.
Eso es suficiente. Anuncio que voy a correrme de nuevo.
Ryder acelera el ritmo, y cuando nota que la cama empieza a sonar demasiado, me coge en brazos y termina de follarme contra la pared, uniendo nuestros labios para acallar los gemidos.
Entonces me doy cuenta de que se ha estado conteniendo de verdad todo este tiempo, porque sus movimientos ahora son implacables. Estoy a punto de desmayarme del placer.
—¡Ryder! ¡Me corro! ¡Me corro!
—¡Sí, sí, vamos, nena, córrete conmigo!
Nos corremos a la vez de forma bestial. Mi segundo orgasmo es más intenso que el primero.
Tiembla todo mi cuerpo, apretándolo con fuerza dentro de mí.
Ryder gruñe contra mi boca, embiste hasta el fondo y se corre con violencia, temblando contra mí mientras me besa con desesperación.
Nos quedamos pegados contra la pared, sudados, jadeando, todavía unidos.
Ryder esconde la cara en mi cuello y me abraza con fuerza, como si no quisiera dejarme ir nunca.
—Joder, Ava… —susurra contra mi piel, con la voz rota—. Eres peligrosa.
Acto seguido se separa de mí, se quita el condón, le hace un nudo y lo guarda en el bolsillo de su sudadera que está tirada en el suelo.
Luego nos tumbamos en mi cama, desnudos.
Los dos respiramos todavía con dificultad, pero poco a poco las risas empiezan a salir.
Risitas tontas, nerviosas, felices. Ryder me tiene abrazada contra su pecho, acariciándome la espalda con lentitud.
Yo dibujo círculos invisibles sobre su piel tatuada.
—Este tiene el número tres de mi lista —dice de repente, con voz ronca y divertida—. Definitivamente —me río contra su pecho.
—¿Solo el tres? Qué decepción —Ryder se ríe también y me aprieta más contra él.
—Te dije que tenía que mejorar el ranking. Dame tiempo.
¿Eso significa que habrá más? La idea me anima demasiado, aunque no debería.
No sé hasta dónde puedo llegar con Ryder Knox.
Es todo muy complicado. Nos quedamos en silencio un rato, solo respirando.
Pero entonces, sin que pueda evitarlo, las palabras de mi padre y mi hermano en la cena vuelven a mi cabeza.
El bar. Las prostitutas. Las drogas. La imagen de Ryder entrando allí.
Mi cuerpo se tensa sin querer. Ryder lo nota al instante. Levanta la cabeza y me mira.
—¿Qué pasa?
—Nada —respondo demasiado rápido.
—Ava… —Su voz se suaviza—. Dímelo. Por favor. ¿Ha pasado algo? ¿Te sientes mal por lo que hemos hecho? —Lo miro a los ojos. Dudo. Pero al final respiro hondo y lo suelto.
—¿Tú sueles ir al bar de las afueras? Ese que… dicen que hay prostitutas y cosas peores.
—¿Por qué me preguntas eso? —Ryder se pone serio de inmediato. Se incorpora un poco, apoyándose en un codo, y me mira con expresión defensiva.
—No quiero meterme donde no me llaman… pero mi hermano sacó el tema en la cena. Y me preguntaba… por qué irías tú a un sitio como ese.
Ryder suspira profundamente y se pasa una mano por la cara. Se queda callado unos segundos, mirando al techo. Cuando vuelve a hablar, su voz suena cansada.
—He tenido que ir alguna vez a buscar a mi padre.
Cuando había problemas en casa y venían a buscarlo porque se metía en líos.
No voy porque me guste el sitio. Solo… tengo que sacarlo de allí de vez en cuando.
Sé que eso genera dudas sobre mí. Sé que mi palabra nunca va a ser suficiente para la gente de este pueblo.
Pero esa es la verdad. No tengo por qué mentir.
Me quedo mirándolo. Su expresión es seria, casi resignada. Como si ya estuviera acostumbrado a que nadie le creyera.
—Yo te creo —digo en voz baja.
Ryder se queda quieto. Por un segundo veo algo en sus ojos: sorpresa, emoción, algo vulnerable que no suele mostrar. No dice nada. Solo asiente lentamente, como siempre hace. Luego se inclina y me da un beso largo en la frente.
—Bueno… creo que es momento de que me vaya y te deje descansar —susurra contra mi piel.
Se levanta y empieza a vestirse. Yo me quedo sentada en la cama, abrazándome las rodillas, sintiendo una punzada de culpa. ¿Lo habré estropeado? ¿Habré arruinado este momento tan bonito sacando esa conversación? Ryder se pone la camiseta y se acerca a la ventana. Antes de salir, se gira hacia mí.
—Buenas noches, Monroe.
Y desaparece bajando por el árbol. Me quedo sola en la habitación, con el corazón pesado. Me meto bajo las sábanas y apago la luz, pero no puedo dormir. Siento que acabo de estropear algo hermoso. Entonces, mi móvil vibra sobre la mesita. Es un mensaje de “Filosofía” .
Filosofía: Gracias por decir que me crees. Aunque no sé si es cierto, me ha gustado escucharlo por primera vez en mi vida, al menos de alguien que no sean mis amigos. Eres perfecta. Y ha sido una noche perfecta. Buenas noches, Monroe. Descansa.
Leo el mensaje varias veces, con una sonrisa tonta creciendo en mi cara y los ojos llenos de lágrimas de alivio. Le respondo con dedos temblorosos.
Yo: Lo dije de verdad. Te creo. Y la noche ha sido perfecta para mí también. Gracias por la visita. Buenas noches, Sócrates.
Dejo el móvil sobre el pecho y cierro los ojos, sintiendo que, aunque todo es complicado y secreto, algo bonito está empezando a crecer entre nosotros. Pero no durará y eso me duele.