Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 27 CALORES NOCTURNOS Y VENTANAS ABIERTAS
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CAPÍTULO 27 CALORES NOCTURNOS Y VENTANAS ABIERTAS

CALORES NOCTURNOS Y VENTANAS ABIERTAS

Estoy sentada en la cama con una de mis novelas románticas entre las manos y soy incapaz de pasar de la misma página desde hace casi veinte minutos.

Leo una frase. La releo. Vuelvo a empezar el párrafo y, cuando me doy cuenta, llevo varios minutos pensando en cualquier cosa menos en la historia.

Bueno, en cualquier cosa no. En Ryder. Últimamente siempre es en Ryder.

Cierro el libro sobre mis piernas y suelto un suspiro.

Es casi la una y media de la madrugada y la luz de su habitación lleva apagada muchísimo rato.

Lo he comprobado demasiadas veces. Las suficientes como para sentirme un poco ridícula.

No debería importarme. De verdad que no debería.

Seguro que ahora mismo está en The Ruins , pienso mientras cierro el libro con fuerza.

Riéndose con sus amigos, ligando con alguna chica que sí sepa lo que hace.

Alguien que no se ponga nerviosa, que no tiemble, que no tenga que preguntarle si lo está haciendo bien.

Se me revuelve el estómago. Sé que no tengo derecho a sentirme así. Yo misma le dije que esto debía seguir siendo un secreto. Que no éramos nada. Pero después de anoche… duele pensar que para él solo fue otro viernes más. Otro polvo. Otra chica. Y para mí fue… todo.

Y, sinceramente, sería bastante lógico que para él no haya sido nada del otro mundo. Así es Ryder. Bueno… así es cualquier chico de diecinueve años. Y, además, como ya he dicho, nosotros no somos nada. Ni novios. Ni una pareja. Ni siquiera amigos normales.

Aun así, me apetece muchísimo saber de él.

Ha sido mi primera vez. Y no me importaría repetir.

Porque fue perfecto. Fue emocionante. Fue bonito.

Fue mucho más de lo que había esperado. Y él fue atento, cuidadoso y paciente, aunque tan hermético como siempre.

Nunca sé qué está pensando. Nunca sé si está sintiendo lo mismo que yo o si para él esto es muchísimo más sencillo.

Cojo el móvil. Abro nuestra conversación. Bueno, nuestra conversación no. Nuestra ausencia de conversación. Porque solo hay un nombre: Filosofía . Sonrío sola.

Pienso en escribirle. Buenas noches. ¿Qué tal tu noche? ¿Sigues despierto? Me parecen mensajes absurdos. Demasiado desesperados. Vuelvo a dejar el móvil sobre la cama. Y justo en ese momento escucho unos pequeños golpecitos en el cristal.

Doy un respingo y casi se me cae el libro al suelo. Miro hacia allí con el corazón en la garganta. Hay una sombra. Alguien está subido en el árbol. Cojo aire para gritar, pero me tapo la boca con las dos manos cuando reconozco la silueta. ¡Es Ryder! Abro la ventana con manos temblorosas.

—¡¿Qué demonios haces?!

Ryder trepa los últimos centímetros y entra en la habitación con una facilidad insultante.

—Buenas noches para ti también, Monroe —suelta como si nada y lo miro boquiabierta.

—¿Te has vuelto loco? —Él se sacude los pantalones y mira alrededor de la habitación.

—Es bastante fácil entrar aquí.

—¡Te podrían haber visto!

—He tenido cuidado.

—¡Ryder!

—No me ha visto nadie.

Se encoge de hombros como si acabara de decirme que ha ido a comprar pan. Yo, sin embargo, corro hacia la puerta y coloco una silla en diagonal bloqueando la manilla. Cuando me giro otra vez hacia él, está observándome divertido.

Dios mío. Es tan guapo. Tiene unos ojos tan azules. Y es tan emocionante que esté aquí que me cuesta enfadarme de verdad por la locura que supone y el riesgo al que me expone.

—¿Qué haces aquí? —pregunto intentando parecer indiferente. Él mete las manos en los bolsillos.

—No lo sé.

—¿No lo sabes? Déjame adivinar. ¿El ligue de esta noche te ha dejado con las ganas? —le provoco, porque necesito saber si ha mirado a otra, si ha deseado a otra. Lo miro con los ojos entrecerrados. Él intenta aguantar la sonrisa. Fracasa.

—O puede ser que no gemía tan bien como tú —suelta de pronto y siento cómo me suben cuarenta grados de golpe a la cara.

—¡Ryder!

—¿Qué? —me provoca riéndose.

—Eres imbécil.

—Y tú te sonrojas mucho.

Se acerca un poco más y, de repente, la diversión desaparece un poco de sus ojos. Me aparta un mechón de pelo de la cara y me acaricia la mejilla con el pulgar.

—Solo quería saber que estabas bien.

—¿Qué? —parpadeo.

—Te fuiste esta mañana muy rápido. Y pensé que a lo mejor… —hace una pequeña pausa— ¿Fui brusco contigo? ¿Te hice daño? ¿Hice algo mal?

Y, de repente, siento que se me aflojan las piernas. Porque no esperaba esa pregunta. Porque no esperaba que hubiera venido por eso. No esperaba que le importara.

—No —digo enseguida—. No, Ryder. Fue perfecto —confieso y él asiente una sola vez. Como hace siempre.

—Bien —susurra más bien para sí mismo. Entonces me mira muy intensamente y añade— No me has escrito —lo miro sorprendida.

—Te dije que hoy tenía temas familiares —él se encoge de hombros.

—¿Y? Igualmente podías escribir. Es un acto bastante sencillo. Mira.

Se acerca a la cama y coge mi móvil. Lo desbloquea. Y entonces sus ojos se iluminan un poco. Levanto la cabeza de golpe. Mierda. Porque estaba a punto de escribirle. Él me mira. Yo lo miro. Y mis mejillas empiezan a arder.

—No es lo que parece.

—Claro.

—Solo iba a darte las buenas noches.

—Ahá.

—Y quería que no hubiera nada raro entre nosotros.

—Vale. Bueno, entonces déjame adivinar lo que estabas a punto de escribirme, Monroe.

Lo veo teclear algo rápidamente. Pulsa enviar. Y me devuelve el móvil. Cuando lo leo, me pongo más roja aún.

"Buenas noches, Ryder. Definitivamente me gustó mucho lo de anoche y llevo media hora pensando en escribirte. También puede que esté un poquito celosa porque no sé dónde estás. Pero no se lo digas a nadie. Estoy muy mojada, por cierto. Firmado: Ava Monroe."

Lo miro escandalizada.

—¡Yo no estoy celosa!

—Estoy seguro de que no lo estás —añade provocativamente.

—¡Ni un poco!

—Nada de nada.

—¡Y deja de sonreír! —grito y él suelta una carcajada.

—No puedo.

Voy a protestar otra vez, pero no me da tiempo.

Porque me besa. Y es uno de esos besos que consiguen apagar el mundo entero.

Es un beso de película. Profundo, urgente, lleno de todo lo que no nos dijimos durante el día.

Me aferro a su pelo con fuerza y él me aprieta contra la pared, como si llevara horas conteniéndose.

Cuando nos separamos, los dos respiramos agitados.

Hay diversión en sus ojos. Pero también hay algo más.

Un fuego tan vivo e intenso que sé que va a hacer que los dos ardamos en él.

—¿Por qué has enviado ese mensaje tan tonto? —pregunto entre risas. Él me mira durante unos segundos.

—Porque no es justo que tú tengas mi número y yo el tuyo no.

Y, antes de que pueda responder, vuelve a besarme contra la pared de mi habitación como si el mundo fuera a desaparecer.

Los gemidos se nos escapan cada vez más altos, cada vez más difíciles de controlar.

Las manos de Ryder recorren mi cuerpo con urgencia, apretándome contra él.

Yo tiro de su pelo, lo beso con desesperación, mordiéndole el labio inferior.

Su erección se clava contra mi vientre y siento cómo me mojo más y más.

—Ryder… —gimo contra su boca, casi sin aliento—. Deberíamos parar… antes de que se nos vaya de las manos a los dos.

Él apoya su frente contra la mía, respirando con dificultad. Tiene los ojos cerrados y la mandíbula tensa, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por controlarse.

—¿Quieres que pare? —pregunta con voz ronca y pesarosa. Tardo varios segundos en responder. El corazón me late tan fuerte que casi duele.

—No… —susurro finalmente—. Pero si no lo hacemos… nos va a pillar mi hermano. O peor aún, mi padre.

Ryder abre los ojos y me mira con un fuego que me derrite por dentro. Sus pupilas están dilatadas, sus labios hinchados por los besos.

—Prometo hacer poco ruido —susurra, rozando sus labios contra los míos.

Me muerdo el labio intentando esconder la emoción y el deseo que me recorre.

Ryder se da cuenta y sonríe con picardía— Y tú tienes que tragarte esos gemiditos tan sexys que haces, ¿vale, cosita?

—Me río bajito, nerviosa y cachonda al mismo tiempo.

—Estás loco.

—Tú tienes la culpa —responde, besándome el cuello con devoción—.

No he podido pensar en otra cosa en todo el día.

En que no te corriste la primera vez… y que solo te corriste una vez la segunda.

Necesito verte deshacerte de placer en mis brazos, Ava.

Voy a demostrarte que puedo ser el mejor amante que vas a tener jamás.

Me río contra su boca, aunque el corazón me late desbocado.

—Eso es muy pretencioso, Knox.

Ryder me calla con un beso profundo y me lleva hasta la cama.

Me tumba con cuidado y comienza a desvestirme con manos ansiosas pero tiernas.

Cuando estoy completamente desnuda, se coloca entre mis piernas y me estimula el clítoris con los dedos, despacio al principio, luego con más presión, preparándome para él.

Gimo y tiro de su pelo para besarlo con más ganas, intentando acallar mis propios sonidos.

Entonces Ryder se separa, saca un condón de su cartera, se lo pone con manos firmes y me mira a los ojos.

—Voy a entrar en ti, cosita. ¿Estás lista?

Asiento, mordiéndome el labio. Ryder se coloca sobre mí, me sujeta una de mis piernas con su brazo para levantarla y se introduce en mí lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos ni un segundo.

Inspiro con fuerza cuando lo siento entrar.

Es intenso. Me llena por completo. Duele un poco, pero el placer es mucho mayor.

Tengo que aplastarme la boca con la mano para acallar mis gemidos.

—Joder… cómo me aprietas —gruñe Ryder, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de ir despacio.

Comienza a bombear dentro de mí. Al principio con movimientos lentos y profundos, mirándome a los ojos. Luego va ganando ritmo. Le araño la espalda y agarro sus nalgas para meterlo más dentro.

—Sigue… sigue… —suplico.

—¿Segura?

—Joder, sí…