CAPÍTULO 24 DESPUÉS DE LA TORMENTA LLEGA LA CALMA
DESPUÉS DE LA TORMENTA LLEGA LA CALMA
Estamos desnudos, enredados entre las sábanas revueltas de Ryder.
Mi cabeza descansa sobre su pecho, escuchando cómo su corazón vuelve poco a poco a un ritmo normal.
Su mano sube y baja por mi espalda con lentitud, casi perezosa.
Ninguno de los dos habla. Solo se oye nuestra respiración y, de vez en cuando, algún suspiro satisfecho.
Es una calma extraña. Bonita. Como si el mundo fuera solo esta habitación y todo lo demás hubiera dejado de existir.
Giro un poco la cabeza y mi mirada se posa en la mesita de noche.
Hay una foto en un marco sencillo. En ella sale Ryder con unos cinco años, sonrisa mellada y pelo revuelto, al lado de su hermano Connor, que debía tener unos ocho.
Y entre ellos, una mujer guapa de pelo oscuro que los abraza a los dos.
—Estás adorable en esta foto —digo sonriendo y señalándola.
—¿Adorable? ¡Me faltaban tres dientes! —se queja y yo me río.
—Pues sí, estabas adorable. ¿Esa es tu madre? —pregunto en voz baja. Ryder se queda quieto un segundo. Luego asiente.
—Sí —no dice nada más. Yo tampoco quiero presionar, pero la curiosidad me puede.
—¿Quieres… contarme algo de ella? —pregunto finalmente. Ryder suspira y mira el techo.
—No hay mucho que contar. Se fue cuando Connor tenía ocho y yo cinco. Ese es uno de mis últimos recuerdos claros con ella —se queda callado. Yo siento una punzada en el pecho. Parpadeo.
—¿Se fue un día y ya está? ¿Así de simple?
—Más o menos.
—¿Y no volvió?
—No —susurra y lo observo durante unos segundos.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque es horrible —Ryder deja escapar una pequeña risa de resignación.
—Supongo.
—¿Supongo? Ryder, eso ha tenido que ser duro para vosotros.
—Ava, han pasado catorce años. Ya no me paso el día llorando por ello. Además, sinceramente, apenas la recuerdo.
Eso me sorprende.
—¿De verdad?
—Recuerdo cosas sueltas. Su perfume. Algunas canciones que cantaba para dormirnos a Connor y a mí. Una vez que me caí de una bicicleta y me llevó en brazos hasta el hospital, aunque no estaba tan lejos —guarda silencio un momento—. Pero poco más.
No sé qué decir. Así que vuelvo a mirar la fotografía.
—Sigo pensando que eras adorable.
—Y yo creo que necesitas gafas —dice y le doy un golpe en el brazo. Ryder sonríe.
—¡Es cierto! ¿De qué te ríes?
—Me gusta que seas tan cotilla.
—No soy cotilla.
—Has estado inspeccionando mi habitación desde que entraste.
—Estaba solo observando.
—Eso es exactamente lo que hace una cotilla.
—Pues perdón —susurro indignada. Ryder niega con la cabeza y se inclina hacia mí para besarme suavemente la punta de la nariz.
—No te disculpes. Me gusta que te interese. Aunque solo sean mis trapos sucios. Además, tú también tienes trapos sucios —dice y arqueo una ceja, divertida.
—¿Ah, sí? ¿Como cuáles?
—¿Recuerdas el día que nos conocimos, cuando me mudé aquí? —dice y yo asiento, apoyando la barbilla en su pecho—. Llevabas una camiseta amarilla horrible —Ryder suelta una carcajada— Dios, sí. Esa camiseta era un crimen contra la humanidad —abro mucho los ojos ante su comentario.
—¿Te acuerdas de eso?
—Claro que me acuerdo.
—Eso fue hace años.
—Lo sé. Es difícil olvidar algo tan feo —bromea—. También recuerdo que empezaste a hablar y no paraste en diez minutos. Ni siquiera para respirar. Pensé que ibas a desmayarte —me río, avergonzada, y escondo la cara en su cuello.
—Estaba nerviosa. Eras el chico nuevo y vivías justo enfrente. Me hacía ilusión tener un vecino de mi edad —Ryder se queda callado un momento. Su mano sigue acariciándome la espalda—. Parecías enfadado con el mundo entero —le digo en voz baja.
—Ya… —admite—. Eso no ha cambiado mucho.
Levanto la cabeza para mirarlo. Sus ojos azules están serios, pero hay algo suave en ellos.
—Ahora sonríes más —susurro. Ryder me mira durante unos segundos largos. Luego sonríe, esa sonrisa pequeña y torcida que me desarma.
—Sí… ahora sonrío más —no dice nada más.
Me acurruco más contra su pecho, sintiendo el calor de su piel y el latido constante de su corazón.
De repente, un sonido rompe el silencio. Mis tripas. Cierro los ojos automáticamente. Dios mío. No. No. No, por favor. Ryder baja la mirada hacia mí y una sonrisa divertida aparece en su cara.
—¿Eso ha sido tu estómago? —pregunta y me tapo la cara con una mano. Mierda, lo ha escuchado.
—No.
—Pues a mí me parece que sí —añade riéndose— Ava.
—¿Qué?
—Te estás muriendo de hambre.
—Un poco —admito con resignación.
—¿Un poco?
—Vale. Mucho.
Ryder suelta una carcajada y se incorpora en la cama.
—Espérame aquí.
—¿Adónde vas?
Lo observo levantarse completamente desnudo y caminar hasta la puerta como si aquello fuera lo más normal del mundo. Y, por algún motivo, la imagen me resulta extrañamente tierna. Al cabo de unos minutos, Ryder vuelve con dos platos en una mano y una botella de agua en la otra.
—¿Qué es eso?
—La cena de los campeones.
Bajo la mirada. Es un sándwich. Ha hecho uno para cada uno. Y huele increíble.
—No tenías que molestarte, de verdad —digo avergonzada, pero no puedo evitar dar un enorme bocado que me sabe a gloria.
—No hay mucha ciencia en meter jamón y queso entre dos trozos de pan. No es para tanto.
—Pues a mí me parece maravilloso.
—Eso es porque te estás muriendo de hambre.
Me siento en la cama mientras él vuelve a acomodarse a mi lado con su sándwich y empieza a devorarlo.
En tres bocados ya ha desaparecido el suyo.
Yo empiezo a comer el mío y él se queda observándome.
Y no de una forma rara. Ni incómoda. Simplemente me observa.
Como si estuviera disfrutando de una escena completamente cotidiana.
—¿Qué? —pregunto con la boca medio llena.
—Nada.
—¿Qué pasa?
—Es raro —comenta sonriente.
—¿El qué?
—Que estés aquí —susurra y mastico un poco más despacio.
—¿Raro malo?
—No. Raro bueno. Es que nunca imaginé que esto pasaría —su frase se queda flotando entre nosotros.
—Yo tampoco —admito.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que parece normal. Como si nos conociéramos de toda la vida y no nos hubiéramos pasado cinco años ignorándonos por completo.
Eso me hace sonreír. Porque tiene razón. Tremendamente razón. No parece una locura. No parece un secreto peligroso. Parece una chica de dieciocho años comiéndose un sándwich a las tres y media de la madrugada en la habitación del chico que le gusta.
Termino de comer y dejo el plato sobre la mesita. Ryder apaga la lámpara y la habitación queda prácticamente a oscuras. Vuelvo a acurrucarme sobre su pecho y, sin darme cuenta, noto cómo el cansancio empieza a vencerme.
—Ryder…
—¿Mm?
—Gracias.
—¿Por el sándwich?
Sonrío con los ojos cerrados.
—Sí, bueno. Por todo.
Siento cómo besa mi pelo. Y después su voz llega muy bajita, casi como si hablara para sí mismo.
—De nada, cosita.
Quiero seguir hablando con él. De verdad que quiero. Pero mi cuerpo ya ha tomado la decisión por mí. El sueño me arrastra poco a poco mientras sigo escuchando su corazón debajo de mi mejilla.