Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 23 TODAS LAS VENTANAS ME LLEVAN A TI
38%

CAPÍTULO 23 TODAS LAS VENTANAS ME LLEVAN A TI

TODAS LAS VENTANAS ME LLEVAN A TI

Son casi las dos y media de la madrugada cuando salimos de The Ruins.

Dios, no me puedo creer que esté haciendo esto.

¡Voy a casa de Ryder Knox a follar con él!

¿Estaré perdiendo el juicio? Sin embargo, cuanto más lo miro, más pienso que esto es lo correcto.

No era esta la idea que yo tenía de perder mi virginidad con alguien.

En mi cabeza, siempre era con un chico encantador, después de una cena, o de ir al cine, o de una cita tierna y romántica…

Con Knox nada es romántico, pero todo es mucho más emocionante.

Sobre todo, porque con él todo debe ser secreto.

Y, aunque me muera de ganas por compartir con mis amigas todo lo que estoy viviendo últimamente con Ryder, hacerlo a escondidas tiene un punto sexy y oscuro que me pone mucho más.

Además, sé que ninguna de mis amigas aprobaría esto.

Pero no me importa siempre y cuando yo lo haga.

De todos modos, tengo que guardar la discreción. Nadie puede enterarse de esto. Al menos no hasta que sepa que estoy verdaderamente haciendo lo correcto y no dejándome llevar por mi desesperación.

Me he puesto la sudadera negra de Ryder, que me queda enorme. La capucha me tapa casi toda la cara y camino medio escondida detrás de él, mirando hacia todos lados como si fuéramos fugitivos. Ryder me mira de reojo y suelta una risa baja.

—¿En serio vas a caminar así todo el camino? Pareces una ladrona de poca monta.

—Cállate —susurro, dándole un empujón suave en la espalda—. Como alguien me reconozca, estoy muerta.

—Nadie te va a reconocer, cosita. Estás ridícula.

—Gracias. Haces que me sienta muy sexy ahora mismo.

Ryder se ríe y ralentiza el paso para ponerse a mi altura. Me pasa un brazo por los hombros y me atrae hacia él mientras caminamos.

—Puedes entrar por la puerta principal, ¿sabes? —dice, divertido—. No hay nadie despierto a estas horas.

—Ni de coña. Prefiero la escalera. Es más seguro.

—Como quieras, Romeo.

Llegamos a nuestra calle. Ryder entra por la puerta de su casa como si nada.

Yo rodeo la casa, subo por la escalera lateral con el corazón latiéndome en la garganta y me cuelo por su ventana.

Cuando entro en la habitación, Ryder ya está dentro, cerrando la puerta con llave.

Nos miramos durante un segundo y los dos estallamos en risas al mismo tiempo.

—Esto es absurdo —digo entre risas, quitándome la capucha.

—Totalmente ridículo —responde él, acercándose.

Pero la risa se va apagando poco a poco.

Porque ahora estamos solos. De verdad solos.

Sin ojos a nuestro alrededor. Sin miedo a que nos descubran.

Solo él y yo. Y toda la noche por delante.

La atmósfera cambia en un instante. El aire se vuelve espeso, cargado.

Ryder da un paso hacia mí, yo doy otro hacia él.

Nuestras miradas se enganchan y, de repente, ya no podemos más.

Me besa con desesperación. Sus manos me agarran la cara como si tuviera miedo de que me escapara.

Yo me pongo de puntillas y respondo con la misma hambre.

Nuestras lenguas se enredan, nuestras respiraciones se mezclan.

Gemimos contra la boca del otro. Empiezo a quitarle la camiseta.

Él me quita la sudadera y el vestido que llevo, todo de una vez.

La ropa cae al suelo sin orden ni cuidado.

Cuando estamos completamente desnudos frente a frente, Ryder se detiene un segundo.

Me mira de arriba abajo con una mezcla de dolor y admiración que me deja sin aliento.

—Joder, Ava… —susurra, casi con reverencia—. Eres la cosa más bonita que he visto en mi puta vida.

Me sonrojo entera, pero no tengo tiempo de responder.

Me coge en brazos y me lleva hasta la cama.

Me tumba con cuidado y se coloca encima de mí.

Su piel arde contra la mía. Nos besamos como si nos estuviéramos ahogando, tocándonos con desesperación.

Sus manos recorren mis pechos, mi cintura, mis muslos.

Mis manos exploran su espalda, sus tatuajes, la tensión de sus músculos.

Cuando sus dedos bajan entre mis piernas y me encuentran empapada, gruñe contra mi cuello.

—Estás tan mojada…

—Ryder… —gimo, arqueándome contra su mano.

Él introduce dos dedos dentro de mí mientras su boca baja hasta mis pechos, chupando y mordiendo con suavidad.

Mi mano encuentra su polla dura y caliente, y empiezo a masturbarlo con movimientos firmes.

La habitación se llena de gemidos, respiraciones entrecortadas y el sonido húmedo de nuestros cuerpos.

Nos miramos a los ojos mientras nos tocamos, sin vergüenza, sin barreras. Estamos al límite.

Ryder se coloca entre mis piernas abiertas, su erección rozando mi entrada. Su frente está pegada a la mía, respirando con dificultad. Puedo sentir cómo tiembla por el esfuerzo de contenerse.

—Ava… —susurra contra mis labios, con la voz rota de deseo.

Lo miro. Estoy temblando. Lo deseo tanto que duele.

Ryder está encima de mí, apoyado en los antebrazos, mirándome como si fuera algo sagrado y peligroso al mismo tiempo.

Su cuerpo arde contra el mío. Siento cada centímetro de su piel, su erección dura y caliente rozando mi entrada, su respiración agitada contra mis labios.

Me tiemblan las piernas. Me tiembla todo.

—¿Estás segura de que quieres esto? —pregunta con voz ronca, casi suplicante. Asiento con vehemencia, sin poder hablar. Ryder me acaricia la mejilla con el pulgar— ¿No me odiarás mañana? —Niego con la cabeza—. Necesito palabras, cosita —susurra, mirándome fijamente a los ojos.

Trago saliva. Tengo el corazón a punto de explotar.

—Por favor, fóllame, Ryder… —suplico con voz temblorosa—. Quiero sentir lo que todo el mundo siente a mi edad. Quiero que me hagas sentir deseada.

Ryder inspira profundamente, como si mis palabras le hubieran golpeado. Sus ojos se oscurecen de deseo y algo más tierno.

—Eso va a ser muy fácil para mí —murmura contra mis labios—. Porque te deseo muchísimo, Monroe.

Comienza un camino lento y tortuoso de besos.

Empieza en mi cuello, baja por mi clavícula, se detiene en mis pechos, chupando y mordiendo mis pezones hasta que gimo y me arqueo.

Sigue bajando por mi vientre, besando cada centímetro de piel, hasta que llega a mi sexo.

Cuando su lengua caliente roza mi clítoris, suelto un gemido ahogado y agarro las sábanas con fuerza.

—Ryder… —jadeo.

Él enrosca la lengua alrededor de mi clítoris y empieza a devorarme como un hombre hambriento. Lame, chupa, succiona. Me mira mientras lo hace, y esa mirada azul clavada en mí mientras me come es lo más erótico que he visto en mi vida.

—Estás deliciosa… —gruñe contra mi coño, sin dejar de lamerme.

Gimo más fuerte, agarro su pelo con ambas manos y aprieto su cara contra mí. Él se ríe bajito y mete un dedo dentro de mí, luego dos, follándome con los dedos mientras su lengua no deja de atormentar mi clítoris.

—Dios… ¡Sigue! ¡Sigue, por favor! —grito, casi sin control.

Me tapo la cara con la almohada de Ryder para ahogar los gemidos.

Siento que voy a romperme. El placer sube y sube, imparable, hasta que exploto en un orgasmo brutal.

Todo mi cuerpo convulsiona, mis piernas tiemblan sin control y un gemido largo y ahogado sale de mi garganta.

Cuando consigo respirar de nuevo, Ryder me quita suavemente la almohada de la cara.

Tiene los labios brillantes y una mirada oscura de puro deseo.

—¿Estás lista para lo siguiente? —pregunta con voz grave. Lo miro con adoración, todavía temblando, y asiento— Necesito palabras, cosita.

—Te quiero dentro, Knox —susurro, casi suplicando—. Por favor…

Ryder inspira con fuerza, como si mis palabras le hubieran afectado físicamente. Se estira hacia la mesita de noche, saca un condón y se lo pone bajo mi mirada atenta. Cuando veo el tamaño de su polla completamente erecta, trago saliva.

—Va a doler… —murmuro, nerviosa. Ryder se coloca encima de mí otra vez y me besa con ternura.

—Estaré atento. Si duele mucho, me paras. ¿Entendido?

Asiento. Ryder posiciona la punta gruesa de su erección en mi entrada y me mira a los ojos mientras empuja lentamente. Inspiro con fuerza cuando siento la presión. Es intensa. Me llena. Duele un poco, pero también es placentero de una forma abrumadora.

—Joder… qué apretada estás —gruñe Ryder, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de ir despacio— ¿Te duele? —pregunta, preocupado.

—Sigue… —suplico—. No pares.

Se introduce un poco más. Ambos gemimos. Él de puro placer, yo de una mezcla de dolor y placer abrumador. Cuando por fin está completamente dentro, se queda quieto, respirando con dificultad.

—Dime cuándo puedo moverme —susurra, besándome la frente, las mejillas, los labios.

—Muévete… —le pido.

Ryder empieza a entrar y salir de mí con movimientos lentos y profundos. Al principio solo siento presión y una ligera molestia, pero poco a poco mi cuerpo se acostumbra. Ver su cara de placer, sus músculos tensos, sus ojos azules clavados en mí mientras me folla… es demasiado.

—Más… —gimo.

Ryder acelera el ritmo, pero sigue siendo cuidadoso. Cada embestida es más profunda, más intensa. Nuestros gemidos se mezclan. Le clavo las uñas en la espalda y él gruñe mi nombre.

—¿Estás cerca? —pregunta, jadeando—. Porque yo no voy a aguantar mucho más…

—No te preocupes por mí —susurro, mirándolo con deseo—. Quiero ver cómo te corres dentro de mí.

Ryder maldice, sus ojos se oscurecen y pierde completamente el control. Embiste con más fuerza un par de veces y se corre con un gruñido ronco y profundo, temblando encima de mí.

—Joder… Ava… —gime, enterrando la cara en mi cuello. Cuando termina, se deja caer sobre mí, respirando agitado. Me besa la frente, todavía dentro de mí— Lo siento… no he podido esperarte —murmura, avergonzado—. Me has puesto demasiado cachondo.