CAPÍTULO 21 SOMOS FAMILIA
SOMOS FAMILIA
La semana pasa mucho más deprisa de lo que esperaba.
Quizá porque cada día encuentro alguna excusa para buscar a Ryder con la mirada.
O porque cada vez que nuestras rutas se cruzan por casualidad en los pasillos del instituto, siempre acaba ocurriendo algo que convierte una mañana normal en un pequeño caos para mi corazón.
No he vuelto a subir a su habitación. Todavía. Pero eso no ha impedido que Ryder me robe varios besos entre clases aprovechando rincones vacíos, escaleras secundarias o cualquier lugar donde nadie pudiera vernos. Tampoco ha impedido que pasemos las noches provocándonos desde nuestras ventanas.
Ahora entiendo que Ryder tenía razón. Hay algo peligrosamente adictivo en saber que alguien te espera al otro lado. Incluso cuando no dices nada. Incluso cuando solo sonríes.
También he tenido una conversación bastante incómoda con mi padre.
Uno de esos días me vio hablando con Ryder por el camino volviendo del instituto y no le gustó nada.
Intentó disfrazarlo de preocupación, pero reconocería esa mirada en cualquier parte.
La misma mirada que lleva años apareciendo cada vez que alguien menciona a los Knox.
Por primera vez en mucho tiempo, discutí con él.
No le grité ni me enfadé con él, porque lo entiendo, solo está protegiendo a su hija menor.
Pero sí defendí a Ryder. Porque creo que todo el mundo en este pueblo se lo debe y alguien tiene que empezar a hacerlo.
Le dije que nadie en este pueblo conoce realmente a ese chico ni todo por lo que había pasado, porque ni siquiera sabemos de la existencia de una madre ni qué demonios le llevó a su padre a salir de su país natal y llevarlos a él y a su hermano tan lejos de todo.
Que todos hablan de él como si fuera una copia exacta de su padre cuando la mayoría ni siquiera se ha molestado en cruzar dos palabras con él.
También le recordé que es compañero mío de clase y que teníamos un trabajo de filosofía juntos.
Y, sobre todo, le pedí que confiara en mí.
Porque ya no tengo doce años. Y porque estoy cansada de que todo el mundo decida quién merece una oportunidad y quién no.
Mi padre no pareció muy convencido. Pero tampoco insistió.
Lo cual, viniendo de él, casi cuenta como una victoria.
Por desgracia, no todo ha sido tan sencillo esta semana.
Kassy ha desaparecido prácticamente del mapa.
Ha faltado varios días a clase. No responde a los mensajes.
No devuelve las llamadas. No publica nada en redes sociales.
Nada. Y eso sí que es bien raro viniendo de ella.
Al principio pensamos que estaba enferma.
Después pensamos que estaba castigada. Luego empezamos a preocuparnos de verdad.
Porque Kassy nunca desaparece tanto tiempo de sus redes sociales.
Kassy es el tipo de persona que postea algo, aunque tenga cuarenta grados de fiebre y una pierna rota.
Y cuando alguien así se encierra en sí misma, sabes que algo va mal.
Por eso, cuando entro en la cafetería el viernes por la mañana y la veo sentada en nuestra mesa habitual, siento un alivio enorme.
Tiene mala cara. Muy mala cara. Sus ojos parecen más apagados de lo normal y las ojeras oscuras bajo ellos me dicen que no está durmiendo bien.
—Pensaba que te habías unido a una secta —dice Selena nada más sentarse frente a ella. Kassy intenta sonreír.
—Lo consideré.
—¿Y?
—Demasiadas normas.
La broma apenas dura unos segundos antes de que el silencio se instale entre nosotras. Porque todas sabemos que algo pasa. Y porque ninguna sabe cómo preguntarlo. Finalmente es Kassy quien rompe el silencio.
—A mi padre le han diagnosticado cáncer —dios…
¿Qué? Las chicas y yo nos quedamos en silencio, sin saber qué decir o qué hacer.
Kassy baja la mirada hacia sus manos—. Los médicos no creen que tenga muchas posibilidades —añade a duras penas y puede verse en ella el esfuerzo tan enorme que supone decir esas palabras.
Trago saliva y observo el dolor en el rostro de mi amiga.
No hace falta llorar, gritar ni montar un escándalo para notarlo.
El dolor silencioso es mucho más llamativo.
Yo conozco bien ese dolor. Y viene siempre ligado a una aplastante sensación de impotencia que asfixia.
Porque sabes que lo único a lo que puedes aferrarte tras una noticia así es a la única cosa que no quieres aferrarte: resignación.
Nadie dice nada. Porque hay momentos en los que las palabras se quedan pequeñas. Y este es uno de ellos. Veo cómo los ojos de Jannet empiezan a llenarse de lágrimas. Los de Selena también.
Kassy intenta mantenerse fuerte durante unos segundos más. Luego se rompe. Las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas mientras se tapa la cara con ambas manos.
Y yo siento cómo una vieja herida vuelve a abrirse dentro de mí. Porque sé exactamente cómo se siente. Mi madre también se fue por culpa de esa enfermedad. Recuerdo hospitales, tratamientos, falsas esperanzas, despedidas… Y recuerdo perfectamente la sensación de impotencia.
Me levanto de mi asiento y rodeo la mesa. Después la abrazo. Fuerte. Como si pudiera sujetarla para que no se derrumbe.
—No estás sola —susurro. Kassy rompe a llorar todavía más.
Y, aunque soy incapaz de alegrarme por haber vivido algo parecido, siento el consuelo de conocer las consecuencias de todo ello.
Porque al menos puedo entenderla y decirle la verdad.
Que el miedo no desaparece. Que los días malos son horribles.
Que habrá momentos en los que sentirá que no puede más.
Pero que no tendrá que atravesarlos sola.
Cuando finalmente consigue tranquilizarse un poco, se seca las lágrimas con una servilleta.
—Mi madre ha empezado a trabajar esta semana.
Las tres la miramos sorprendidas.
—¿Tu madre? —pregunta Selena. Kassy asiente.
—Nunca ha trabajado. Ni un solo día de su vida.
Siempre pensó que encontrar un marido que pudiera mantener una familia era suficiente.
Y supongo que durante mucho tiempo lo fue —se encoge de hombros—.
Pero ahora las cosas son diferentes —la frase queda flotando en el aire unos segundos y después continúa—.
He estado cuidando de mi padre estos días.
Mi madre trabaja todo lo que puede y alguien tenía que quedarse con él.
—Kassy...
—Estoy bien.
Ninguna la cree. Ella tampoco parece creerse a sí misma. Pero valoro el esfuerzo que hace por permanecer fuerte. Es lo único que te mantiene en pie en momentos así. Y cuerda.
—Hoy ha llegado mi abuela. Se quedará con él mientras mi madre trabaja. Así que he decidido volver al instituto.
—Me alegro de que hayas venido —dice Jannet con sinceridad.
—Yo también —decimos Selena y yo a la vez. Kassy sonríe por primera vez. Una sonrisa pequeña. Frágil. Pero real.
—Necesitaba despejarme un poco.
—Pues has elegido el peor sitio posible para eso —dice Jannet.
—Probablemente.
—Yo me habría ido a Hawái —murmura Selena, haciendo la situación más distendida.
—¿Con qué dinero? —interfiero yo.
Selena suelta una carcajada. Y, por primera vez desde que empezó la conversación, el ambiente se relaja un poco. Entonces Kassy se incorpora ligeramente en su asiento.
—Además, hoy hay partido.
—¿Y?
—¿Y? Soy animadora.
—Cierto.
—Y es una de las pocas cosas que me hacen sentir normal ahora mismo.
Nos miramos unas a otras. La decisión es instantánea.
—Entonces iremos.
—¿Qué?
—Al partido —dice Jannet.
—Os vais a aburrir muchísimo. A vosotras no os gusta el fútbol americano.
—No importa.
Kassy nos observa durante unos segundos. Y entonces vuelve a sonreír.
—Gracias. La verdad es que será genial teneros cerca en estos momentos.
El partido empieza al anochecer. El estadio está a reventar.
Las luces brillantes iluminan el campo como si fuera de día, y el ambiente es puro nervio y electricidad.
Se huele a césped recién cortado, a perritos calientes y a esa emoción colectiva que solo se siente en noches de viernes como esta, cuando el equipo local juega contra un equipo externo.
Las gradas vibran con los gritos de los estudiantes, los tambores del equipo de animadoras y los cánticos de rigor.
Nosotras estamos en las primeras filas, justo detrás de la banda.
Llevamos pompones en la mano que nos ha prestado Kassy y la cara pintada con los colores del instituto.
Kassy se ha dibujado dos rayas en las mejillas y ocupa su lugar entre las animadoras como su líder, aunque se nota que lo hace más por intentar recuperar normalidad que por ganas.
Sonríe cuando la miramos, pero sus ojos siguen tristes.
Aun así, está ahí. Y eso ya es una victoria.
—Vamos a animar como locas hoy —dice Selena, apretándole el hombro.
Kassy nos sonríe desde el campo y respira hondo.
Cuando los jugadores salen al campo entre aplausos y gritos, mi corazón da un salto absurdo. Mis ojos lo buscan automáticamente, como si tuvieran vida propia a un jugador en concreto: Ryder. Y cuando lo encuentro siento mi estómago encogerse.
Sale corriendo junto al resto del equipo, con el casco en la mano y el uniforme negro y dorado marcando cada músculo. El pelo revuelto, los tatuajes asomando por las mangas cortas de la camiseta y por el cuello. Incluso desde lejos, su presencia es imposible de ignorar.
Como si sintiera mi mirada clavada en él, Ryder levanta la vista hacia las gradas y nuestras miradas se encuentran.
Durante un segundo se queda completamente quieto en medio del caos, con el casco colgando de los dedos.
Su expresión cambia. La sorpresa es evidente…
pero luego aparece esa sonrisa. Lenta, genuina, un poco peligrosa.
Ahora siento que el estómago me da una voltereta.
Le devuelvo la sonrisa. Pequeña, discreta, solo para él.
Nadie más lo nota. Es nuestro secreto en medio de cientos de personas.
Durante un instante el ruido del estadio se atenúa.
Solo estamos él y yo. Ese chico al que llevo semanas mirando a través de una ventana.
El mismo que ahora me besa a escondidas por los rincones del instituto si la oportunidad se tercia.
Ryder niega ligeramente con la cabeza, como si no pudiera creerse que esté aquí, y luego se pone el casco. Pero antes de correr hacia el banquillo, mira una última vez hacia mí. Y juro que incluso con el casco puesto, puedo notar esa sonrisa.
El partido da comienzo y yo no pierdo un segundo la atención sobre lo que está pasando.
Grito, animo, salto y sobre todo stalkeo a Ryder Knox con completa libertad desde la grada.
Me siento una obsesa, pero no puedo dejar de sonreír por ello.
Me encanta verlo jugar, aunque no tenga ni idea de las reglas de este deporte.
Al cabo de un rato, Selena me da un codazo suave.
—¿Desde cuándo te interesa tanto el fútbol americano? —pregunta con una ceja levantada, aunque su voz todavía suena débil. Me encojo de hombros, intentando disimular el calor que me sube por las mejillas.
—Desde hoy —respondo.
Selena y Jannet se ríen, comentan algo de que los chicos están muy sexis con sus equipaciones, pero no insisten. Están demasiado ocupadas animando e intentando motivar a Kassy desde las gradas.
Yo, sin embargo, no puedo apartar la vista del número 09 que corre por el campo.