CAPÍTULO 20 HOLA, ¿HAY ALGUIEN AHÍ?
HOLA, ¿HAY ALGUIEN AHÍ?
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí dentro? —la mano de Selena haciendo aspavientos frente a mi cara me saca del trance.
Parpadeo varias veces y vuelvo a la realidad de golpe. El pasillo del instituto reaparece a mi alrededor. Las taquillas. El ruido de estudiantes caminando de una clase a otra. Selena mirándome como si acabara de sufrir una abducción extraterrestre.
—¿Qué?
—Eso mismo queremos saber nosotras —dice Jannet.
—Llevo hablando de la humillación pública que sufrí ayer en matemáticas durante al menos diez minutos —me indica Selena.
—Ah, ¿sí? —pregunto avergonzada.
—No importa. El caso es que ni siquiera me estabas escuchando.
—Claro que te estaba escuchando —me defiendo.
—Perfecto. Entonces dime qué acabo de decir.
Abro la boca. Luego la cierro sin pronunciar palabra. Selena se echa a reír.
—Lo sabía. Estabas pensando en algo.
—O en alguien —añade Jannet.
—No estaba pensando en nadie —digo poniendo los ojos en blanco— vosotras lo sabríais.
—Entonces explícame esa sonrisa rara.
—¿Qué sonrisa rara? —pregunto frunciendo el ceño.
—Esa sonrisa rara.
—No tengo ninguna sonrisa rara —vale, ya sé que no debo dedicarme a la interpretación.
—La tienes desde que has llegado esta mañana —insiste Selena.
Jannet me observa durante un segundo antes de negar con la cabeza.
—Yo creo que el problema es otro —añade Jannet.
—¿Cuál? —pregunta Selena con curiosidad. Hasta yo la tengo. ¿Qué sabrá Jannet de mi loca aventura?
—Que todavía no se ha comido su donut glaseado. Siempre viene con un donut glaseado al instituto. Por eso está así. Su cuerpo está confundido.
Selena asiente inmediatamente.
—Tiene sentido.
—No tiene ningún sentido —añado riéndome de las tonterías de mis amigas. Al menos me mantienen distraída la mente.
—Claro que sí. Mira tu cara.
—¿Qué le pasa a mi cara?
—Le falta azúcar.
—Mi cara no puede tener falta de azúcar. Eso te lo estás inventando.
—La tuya sí.
No puedo evitar reírme. Las dos sonríen satisfechas al ver que por fin vuelvo a prestar atención a la conversación. Mientras seguimos caminando por el pasillo, levanto la vista por pura casualidad. Y ahí está Ryder.
Está apoyado contra unas taquillas al otro extremo del corredor mientras habla con Nick.
No puedo escuchar lo que dicen, pero Nick gesticula como si estuviera contando algo importante y Ryder parece estar prestándole atención.
Pero un segundo después levanta la cabeza.
Como si hubiera sentido mi presencia. Y me encuentra mirándolo.
Ninguno de los dos se mueve. Ninguno saluda.
Ninguno hace nada que pueda llamar la atención de los demás.
Pero la comisura de sus labios se curva un poco mientras me mira.
Lo justo para que mi estómago dé un vuelco.
Yo respondo con una sonrisa igual de pequeña antes de volver inmediatamente a la conversación de mis amigas.
Cuando me obligo a mirar otra vez hacia las taquillas, Ryder ya ha vuelto a centrarse en lo que Nick estaba diciendo.
—Voy a hacer unas fotocopias para filosofía —anuncio.
—Qué alumna tan aplicada —dice Selena.
Me despido de ellas y me alejo por el pasillo.
Apenas he recorrido unos metros cuando alguien me agarra del brazo con fuerza y me tira hacia un lado. Todo pasa tan rápido que apenas puedo reaccionar. Una puerta se abre, me empujan dentro y, de pronto, estoy en un aula vacía y en penumbras.
Intento gritar, pero una mano grande me tapa la boca. El pánico dura exactamente dos segundos… hasta que veo esos ojos azules brillantes y esa sonrisa peligrosa con el hoyuelo marcado. Ryder aparta la mano lentamente, con una expresión entre divertida y hambrienta.
—¿Estás intentando matarme de un infarto? —susurro, con el corazón latiéndome en la garganta.
—Todavía no —responde con voz baja y ronca—. Tengo muchas cosas en mente que hacer realidad primero.
—Estás completamente loco.
—Eso me han dicho.
No puedo evitar sonreír. La adrenalina me corre por las venas.
—Voy a acabar denunciándote por acoso.
—Lo tendré en cuenta —murmura, acercándose más.
—Ryder…
No me deja terminar. Me agarra de la cintura con ambas manos y me besa con una urgencia que me deja sin aliento.
Es un beso salvaje. Desesperado. Su lengua entra en mi boca sin pedir permiso y yo gimo contra él, aferrándome a su camiseta como si me fuera la vida en ello.
Me empuja contra la pared y su cuerpo se pega al mío, duro, caliente.
Siento su erección contra mi vientre y un calor líquido me recorre entre las piernas.
Dios… esto es demasiado para estas horas de la mañana.
Cuando se separa, los dos respiramos agitados. Tengo los labios hinchados y las rodillas débiles.
—¿Qué… qué ha sido eso? —pregunto, casi sin voz.
—Un aliciente —dice con una sonrisa torcida, todavía pegado a mí.
—¿Un aliciente?
—Por si vuelves a dudar sobre si venir a mi habitación otra vez.
Suelto una risa nerviosa, pero el sonido se me corta cuando él baja la cabeza y me besa el cuello, justo debajo de la oreja. Un escalofrío me recorre entera.
—¿Y qué pasó con todo ese discurso de “no vuelvas hasta que estés preparada”? —pregunto, intentando sonar seria, aunque mi voz sale entrecortada.
Ryder se separa lo justo para mirarme a los ojos. Se muerde el labio inferior con cara de pillo y se encoge de hombros.
—Solo estoy ayudando a que lo estés antes.
Lo miro durante dos segundos. Y luego los dos nos echamos a reír bajito, casi sin aliento.
Pero la risa dura poco. Ryder vuelve a besarme, esta vez más lento, más profundo, saboreándome.
Sus manos bajan por mis costillas hasta agarrarme el culo y apretarme contra él.
Gimo en su boca y siento cómo se endurece todavía más contra mí.
Es una locura. Estamos en el instituto. Cualquiera podría entrar.
Pero ahora mismo me da exactamente igual.
Cuando por fin se separa, tiene las pupilas dilatadas y la respiración pesada.
—Nos vemos luego, cosita —susurra contra mis labios.
—Ryder… —lo llamo cuando ya se dirige a la puerta. Se gira con una ceja levantada.
—¿Sí?
—Vas a acabar con mi cordura.
—Lo sé —responde con esa sonrisa arrogante que me desarma—. Y pienso disfrutarlo.
Desaparece por el pasillo.
Me quedo sola en el aula vacía, con la espalda todavía apoyada contra la pared, los labios hormigueando y el cuerpo ardiendo. Me llevo los dedos a la boca, como si necesitara comprobar que ese beso ha sido real.
Una sonrisa completamente idiota se apodera de mi cara.