Perfectos Imperfectos (The Ruins 1) CAPÍTULO 19 DAR LA CARA
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CAPÍTULO 19 DAR LA CARA

DAR LA CARA

No consigo concentrarme en nada. Llevo más de dos horas delante de los libros y lo único que hago es mirar la ventana cada pocos minutos.

No dejo de pensar en la frialdad de Ryder esta tarde.

En cómo me miró. En cómo giró la cara en el pasillo.

Y, aunque después hemos hablado y parecía más relajado, no estoy segura de que esté todo bien entre los dos.

Lo he herido. Y no quiero. No soporto la idea de que piense que me avergüenzo de él.

Cuando finalmente cae la noche, abandono cualquier intento de estudiar y me acerco a la ventana.

La habitación de Ryder está apenas iluminada con una luz muy tenue.

Frunzo el ceño. Espero. Cinco minutos. Diez.

Quince. Nada. Ni una sombra. Ni una silueta.

Nada. La sensación es ridícula. Y, sin embargo, la decepción me golpea con fuerza.

Me apoyo contra el cristal. Quizá está ocupado.

Quizá ha salido. Quizá simplemente no tiene ganas de verme.

La última posibilidad es la que más duele.

Y quizá por eso termino haciendo una auténtica estupidez.

Una estupidez monumental. Salgo por mi ventana, bajo por el tronco del árbol que hay pegado a mi casa y cruzo la calle descalza, con el corazón en la garganta.

Subo por su escalera secreta con las manos temblando.

Cuando llego a su ventana, está entreabierta.

Mi corazón golpea tan fuerte que estoy convencida de que puede escucharse desde la otra punta del barrio.

Consigo abrir la ventana con cuidado y lo busco con la mirada.

La habitación está iluminada únicamente por una lámpara de escritorio.

Ryder está de espaldas. No me ha visto. Parece estar observando algo sobre la mesa.

Entonces hago un poco de ruido. Él se gira de golpe.

Y lo primero que hace es guardar algo apresuradamente en un cajón.

Tan rápido que no me da tiempo a verlo. Después levanta la vista. Y se queda completamente inmóvil.

—¿Monroe?

Intento responder. En lugar de eso tropiezo con mis propios pies.

—¡Mierda!

Estoy a punto de besar el suelo cuando sus manos me sujetan por la cintura. Todo ocurre tan deprisa que apenas tengo tiempo de reaccionar. Un segundo después estoy pegada a él. Y los dos nos quedamos mirándonos.

—Tu entrada ha sido espectacular.

—Gracias.

—Creo que he visto a tu dignidad caer por la ventana —no puedo evitar reírme. Y él tampoco. La tensión del último día parece aflojarse un poco— ¿Qué demonios haces aquí?

—¿Ya no estoy invitada? —pregunto con mi mejor cara de inocencia. Ryder se queda mirándome durante un segundo. Después niega con la cabeza y suelta una carcajada.

—Estás completamente loca.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque es una pregunta absurda.

—Entonces sigo invitada.

—No he dicho eso.

—Tampoco has dicho que no.

La sonrisa que intenta ocultar lo delata.

Antes de que pueda decir nada más, me lanzo a besarlo.

Ryder se tensa un segundo, pero luego responde.

El beso se vuelve profundo, hambriento. Sus manos bajan hasta mi cintura y me aprietan contra él.

La temperatura sube rapidísimo. Le quito la camiseta, él me quita la mía.

Nos besamos como si nos faltara el aire, tocándonos con desesperación.

De repente, Ryder me separa de él, respirando con dificultad.

—Para… —dice sin aliento, apoyando su frente contra la mía—. Ava, para.

Me quedo helada. El rechazo me golpea como una bofetada. Siento que se me llenan los ojos de salada derrota.

—Lo siento —doy un paso atrás inmediatamente. La vergüenza me golpea con tanta fuerza que apenas puedo sostenerle la mirada— No debería haber venido.

—No —estoy a punto de girarme cuando siento cómo sus dedos se cierran alrededor de mi brazo—. No. No hagas eso.

—¿Hacer qué? —frunzo el ceño.

—Pensar que quiero que te vayas.

Lo miro sin entender nada. Hace apenas unos segundos estaba convencida de que acababa de arruinarlo todo y ahora siento que no sé qué está pasando por su cabeza.

Ryder suspira y aparta la vista un instante, como si estuviera buscando la forma correcta de explicarse.

—Solo creo que… No creo que estés preparada.

—¿Preparada para qué? —parpadeo. Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos.

—Para dejar de pensar —la respuesta me deja completamente descolocada—. Has venido aquí porque pensabas que seguía enfadado contigo. Pero anoche no quisiste venir porque me tienes miedo, Ava.

—¡No te tengo miedo! —me defiendo—. Es solo que esto es una locura, Ryder. Me entraron los nervios y… creí que era mejor no venir.

—Y vienes hoy porque ya no es una locura de repente, ¿no? —Bajo la mirada inmediatamente. Porque tiene razón.

—Y porque quería arreglarlo. Estabas muy enfadado.

—Ya estaba arreglado, Monroe —dice con voz suave.

—Entonces ¿por qué no estabas en la ventana?

—Porque pensé que necesitabas tiempo —dice y me sonríe con ternura.

—¿Tiempo?

—Sí.

—¡No necesito más tiempo! ¿Tiempo para qué? —odio que él también me vea como una lerda en el sexo.

—Para relajarte un poco. Esa cabecita tuya da demasiadas vueltas a las cosas —Ryder señala mi cabeza con un dedo.

El calor me sube inmediatamente por el cuello. Y por las mejillas. Y probablemente por cada centímetro de piel que tengo. Lo peor es que él se da cuenta. Por supuesto que se da cuenta.

—Mira eso. Te has puesto roja otra vez.

—No me he puesto roja.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—Que no.

La sonrisa de Ryder se ensancha un poco más.

—Estás preciosa cuando lo haces —dice y me olvido por completo de cómo funciona la respiración.

Y entonces es él quien me sorprende dándome un beso de película.

Al que yo respondo, por supuesto. Me pongo de puntillas y lo beso con todo lo que llevo guardado desde hace semanas.

Ryder gime en mi boca y juro por dios que es el sonido más maravilloso que he oído en mi insulsa vida.

Sus manos suben a mi cintura y me aprietan contra él.

El beso se vuelve urgente, profundo, casi desesperado.

Nuestras lenguas se enredan y siento cómo su cuerpo reacciona al instante.

Siento una protuberancia enorme entre sus piernas que se clava en mi estómago y entonces me separo un poco y lo miro embobada.

Sus preciosos ojos azules brillan de deseo. Su respiración está alterada y sus mejillas se han tornado de un tono rojizo que lo hacen todavía más guapo e incluso vulnerable. Dios, no sé por qué no he venido antes. Ryder Knox es una jodida obra de arte.

No puedo dejar de besarlo y lo atraigo hacia mis labios de nuevo.

Es un beso húmedo, caliente, casi salvaje.

Siento su respiración agitada contra mis labios, su pecho subiendo y bajando contra el mío.

Ryder sabe a cigarrillo y a algo que me vuelve completamente loca.

Mis manos suben por su cuello, enredándose en su pelo negro, tirando de él como si tuviera miedo de que desaparezca.

—Joder, Ava… —gruñe contra mi boca, mordiéndome el labio inferior.

Me levanta sin esfuerzo y me sienta en el borde de su escritorio. Y agradezco que ninguno de los dos lleve puesta la camiseta para poder sentirlo así. La piel caliente de su torso tatuado contra la mía me arranca un gemido. Es mucho mejor de lo que había imaginado todas esas noches.

Sus manos recorren mi espalda, bajan hasta mi culo y me aprietan contra su erección. Lo siento duro, enorme, palpitando contra mi vientre. Eso me enciende todavía más.

Lo beso con más fuerza, devorándolo. Nuestras lenguas bailan, se exploran, se reclaman. Ryder gruñe y me muerde el cuello, bajando hasta mis pechos. Cuando su boca se cierra alrededor de uno de mis pezones y lo chupa con fuerza, echo la cabeza hacia atrás y gimo su nombre.

No puedo más. Meto la mano dentro de su pantalón y rodeo su polla gruesa y caliente sin pensar mucho en ello, más bien dejándome llevar por la inmensa sensación que me posee. Ryder suelta un jadeo ronco y apoya la frente contra la mía, respirando con dificultad.

—Dios… —susurra, con la voz ronca.

Le bajo los pantalones mientras él me quita las bragas. Nos miramos a los ojos. Hay algo salvaje y vulnerable en su mirada. Como si llevara años esperando este momento.

Sus dedos encuentran mi sexo empapado y desliza dos dentro de mí con facilidad. Gimo fuerte, arqueándome contra su mano. Empieza a follarme con los dedos mientras yo lo masturbo con la mano, apretando y deslizándome desde la base hasta la punta, sintiendo cómo palpita.

Nuestras frentes siguen pegadas. Nuestras respiraciones entrecortadas. Nuestras miradas no se apartan.

—Quiero ver cómo te corres para mí —susurra contra mis labios, con voz ronca y desesperada—. Llevo tanto tiempo imaginando esto…

Sus palabras me desarman. Acelero el movimiento de mi mano. Él curva los dedos dentro de mí y frota mi clítoris con el pulgar, perfecto, implacable. Mis caderas se mueven solas contra su mano. Estoy empapada, el sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo llena la habitación.

—Ryder… —gimo, casi suplicando.

—Así, cosita… déjate ir para mí.

El orgasmo me golpea como una ola brutal. Me tenso entera alrededor de sus dedos, temblando, mordiéndole el hombro para no gritar. Ryder gruñe mi nombre como si le doliera y se corre con fuerza en mi mano, chorros calientes que manchan mi estómago y su abdomen.

Nos quedamos con las frentes pegadas, temblando, intentando recuperar el aliento.

Ryder me besa la sien, la mejilla, los labios… más suave ahora. Luego se separa un poco y me mira a los ojos con una intensidad que me desarma.

—Tienes que volver a casa —murmura acercándose a una cómoda y cogiendo unas servilletas de papel para luego limpiar el estropicio que ha dejado en mi barriga. Lo miro confundida.

—¿Qué?

—No estás preparada para ir más lejos, Ava.

—Pero…

—Shh. —Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. Me encanta que hayas venido. Pero quiero que vengas cuando realmente estés segura. Cuando no estés dando mil vueltas en esa cabecita tuya.

Nos besamos otra vez, más lento, más dulce. Pero Ryder se separa antes de que vuelva a calentarse.

—Vuelve a casa, cosita. Antes de que tu padre se dé cuenta de que no estás.

Me ayuda a ponerme la camiseta, me pongo las bragas y me acompaña hasta la ventana. Antes de que salga, me da un último beso largo.

—Cuando estés preparada de verdad… la ventana estará abierta.

Bajo la escalera con las piernas temblando y una sonrisa idiota en la cara.