CAPÍTULO 18 FRÍO QUE CORTA
FRÍO QUE CORTA
Lo veo nada más doblar la esquina del pasillo.
Está apoyado contra unas taquillas junto a Nick Stone, escuchándolo hablar de algo que parece hacerle bastante gracia.
No puedo oír lo que dicen desde esta distancia, pero tampoco importa.
Lo único que importa es que Ryder está ahí.
Que después de toda una noche huyendo de él, de mí misma y de esa escalera escondida tras la enredadera, por fin tengo delante a la persona en la que no he dejado de pensar ni un solo segundo.
Mi corazón comienza a acelerarse inmediatamente.
Durante todo el camino al instituto he estado ensayando conversaciones imaginarias.
Explicaciones. Disculpas. Incluso excusas.
Porque una parte de mí sigue sintiéndose culpable por no haber aparecido la noche anterior.
Ryder me abrió una puerta. Me invitó a cruzarla.
Y yo me escondí debajo de una manta como una niña pequeña aterrorizada.
Quizá debería explicárselo. Quizá debería acercarme y decirle la verdad. Que me asusté. Que me gusta demasiado y que cuanto más pienso en él, más miedo me da descubrir que me he equivocado.
La sola idea consigue que me entren ganas de salir corriendo.
Aun así, levanto una mano para llamar su atención.
Y entonces Ryder levanta la vista. Nuestros ojos se encuentran durante apenas un segundo.
Y él gira la cabeza. Sin sonreír. Con una mirada azul capaz de helar el alma.
Simplemente gira la cabeza y continúa hablando con Nick como si yo no estuviera allí.
Como si no me hubiera visto. Como si no existiera.
La sensación es tan desagradable que durante unos segundos me quedo inmóvil. Con la mano todavía medio levantada. Como una idiota.
—¿Se puede saber qué haces? —La voz de Kassy me sobresalta. Bajo la mano inmediatamente y me giro hacia ella.
—Nada.
—Acabas de intentar saludar a Ryder Knox.
—¿Y? —Kassy me mira como si acabara de anunciarle que voy a empezar a criar cocodrilos en mi habitación.
—¿Y? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—Sí.
—Ava, ¿te has vuelto loca? —La pregunta consigue irritarme más de lo que debería. Probablemente porque llevo dos días escuchando demasiadas opiniones sobre lo que debería hacer, sentir o pensar respecto a Ryder.
—¿Por qué iba a estar loca?
—Porque estabas intentando saludar a Knox.
—¿Y qué pasa si estaba intentando saludarlo?
—Pues que es Ryder Knox.
—Sí, ya sé cómo se llama.
—Sabes perfectamente a qué me refiero —dice y aprieto la mandíbula.
—No. Lo que sé es que últimamente todo el mundo parece tener una opinión sobre con quién puedo hablar y con quién no.
—Porque estamos intentando evitar que hagas una estupidez.
—¿Como cuál?
—Como acercarte a él —la respuesta me molesta de inmediato.
—No sabía que necesitara permiso para hablar con quien me dé la gana.
—Ava...
—No. En serio. ¿Qué pasa exactamente? ¿Que ahora no puedo ni saludar a la gente? Sobre todo, después de...
Me callo. Porque estoy a punto de decir que me salvó y Kassy me mira amenazante para que me detenga en seguida. Por eso me interrumpe antes de que termine la frase.
—Después de nada.
Su tono es tan cortante que incluso Selena y Jannet levantan la vista.
—¿Qué pasa? —pregunta Selena.
—Nada —responde Kassy demasiado rápido.
—Pues no parece nada —Selena nos observa unos segundos y después se encoge de hombros—. Sinceramente, tampoco entiendo por qué todo el mundo odia tanto a Knox y a Stone.
—¿Perdona? —Kassy la mira como si hubiera perdido completamente la cabeza.
—Que no los conocemos —añade Selena.
—Por algo será.
—O quizá nadie se ha molestado en conocerlos —digo ahora yo.
—Claro. Seguro que todo el instituto está equivocado y ellos son dos santos.
—No he dicho eso.
—Pues lo parece.
—Solo digo que nadie sabe realmente cómo son.
—¿Y por qué será que nadie quiere averiguarlo?
El comentario queda flotando entre nosotras.
Y de repente me siento agotada. Agotada de las opiniones.
Agotada de los rumores. De que todo el mundo parezca tener una respuesta cuando yo ni siquiera sé cuál es la pregunta.
Porque cuanto más tiempo paso pensando en Ryder, menos segura estoy de cualquier cosa.
—Da igual —cojo la mochila antes de que ninguna pueda detenerme.
—Ava...
—Tengo que ir al baño —comento y me marcho antes de que puedan seguir discutiendo.
El silencio del baño de chicas me recibe como un refugio. Está vacío cuando entro. Por suerte. Porque en cuanto la puerta se cierra detrás de mí me apoyo contra los lavabos y agacho la cabeza.
Estoy agotada. Mentalmente agotada. Cierro los ojos.
Intento inspirar despacio. Pero mi cabeza sigue funcionando a toda velocidad.
Porque lo peor no es que Ryder me guste.
Lo peor es que ya ni siquiera creo que esto vaya de sexo.
Hace unos días habría jurado que sí. Que todo se reducía a la curiosidad.
A las hormonas. A la fascinación que ejerce sobre mí alguien tan absurdamente atractivo. Pero ahora ya no estoy tan segura.
Lo que quiero no es acostarme con él. O al menos no solo eso.
Quiero conocerlo. Quiero saber quién demonios es realmente cuando nadie está mirando.
Quiero saber si todas esas historias que cuentan sobre él son ciertas.
Quiero descubrir qué se esconde debajo de esa imagen de chico problemático que lleva años construyéndose alrededor.
Y precisamente por eso duele tanto que me haya ignorado.
Porque siento que estaba empezando a abrir una puerta y ahora parece que la ha cerrado de golpe en mi cara.
El resto de las clases pasan sin que consiga prestar atención a nada de lo que dicen los profesores.
Mi cuerpo está sentado en diferentes aulas tomando apuntes y asintiendo cuando toca, pero mi cabeza sigue atrapada en aquel instante del pasillo en el que Ryder me ha visto y ha decidido mirar hacia otro lado.
Cuanto más pienso en ello, más me convenzo de que debería hablar con él.
Y cuanto más me convenzo de ello, más nerviosa me pongo.
Por eso, cuando suena el último timbre del día, decido volver a casa por el camino largo. Necesito pensar.
Cuando por fin llego a mi calle, levanto la vista casi por costumbre hacia la casa de Ryder.
Y me detengo. Está allí. No solo él. También su hermano.
Parpadeo sorprendida. Hace años que apenas veo a su hermano por el pueblo.
Sé que vive en otra ciudad y que solo aparece de vez en cuando, normalmente durante unas horas o algún fin de semana suelto.
Por eso me llama tanto la atención verlo apoyado junto a Ryder frente a un coche viejo con el capó abierto.
Los dos parecen completamente absortos en lo que están haciendo.
Hablan de vez en cuando, señalan piezas, discuten algo que no alcanzo a escuchar.
Ryder tiene media cintura metida dentro del motor mientras manipula algo con una llave inglesa.
Lleva una camiseta oscura manchada de grasa, el cigarrillo colgando de los labios y el ceño fruncido por la concentración.
Y me cuesta apartar la mirada. Porque nunca lo había visto así.
Nunca había pensado en qué hace Ryder Knox cuando no está junto a una ventana volviendo loca mi salud mental.
Nunca me había planteado que supiera arreglar motores.
Ni que pudiera parecer tan... normal. Joder, y más sexy aún de lo que ya me parece.
Su hermano recibe una llamada y, tras intercambiar unas pocas palabras con él, desaparece dentro de la casa.
Ahora Ryder está solo. Y antes de que mi cerebro pueda intervenir para impedirlo, mis piernas ya están cruzando la calle.
No tengo ningún plan. Ninguna frase preparada.
Ninguna explicación brillante. Solo una necesidad absurda de arreglar algo que siento que he roto.
Ryder no me escucha acercarme. Sigue inclinado sobre el motor. El cigarro continúa balanceándose entre sus labios mientras ajusta una pieza. Trago saliva. Y reúno el poco valor que me queda.
—Ryder —mi voz sale más baja de lo que esperaba. Aun así, él la escucha.
Levanta la cabeza. Y el cambio es inmediato.
Porque sus ojos encuentran los míos y la frialdad con que me mira hace que dé un paso atrás sin darme cuenta.
No es odio. No es rabia. Casi habría preferido que fuera cualquiera de esas dos cosas.
Es distancia. Una distancia que no estaba allí ayer.
Una distancia que yo misma he puesto entre nosotros.
—Monroe —su voz es completamente neutra. Y eso duele mucho más de lo que debería.
—Hola.
—Hola.
El silencio que sigue resulta incómodo. Denso. Demasiado grande para dos personas que hace apenas unos días parecían incapaces de dejar de mirarse.
—He venido a hablar contigo.
—Ya veo —su respuesta es tan seca que siento que mi seguridad se desinfla como un globo pinchado.
—¿Vas a seguir haciendo eso?
Frunce ligeramente el ceño.
—¿Hacer qué?
—Contestarme como si fueras un robot.
—No sabía que hubiera una forma correcta de responderte —una sonrisa amarga aparece fugazmente en una comisura de sus labios. Desaparece tan rápido como llega.
—Estás enfadado.
—No.
—Mentira —insisto y Ryder aparta la vista y la dirige hacia el motor. Y eso es suficiente respuesta.
—No vine anoche.
—Me di cuenta.
—Ryder...
—No tienes que explicarme nada. Ya sé de sobra cómo son las cosas…
La frase debería tranquilizarme. Pero ocurre justo lo contrario. Porque la forma en que la dice suena exactamente a alguien que sí quería una explicación.
—Quiero explicártelo —insisto y vuelve a mirarme.
—¿Por qué? —La pregunta me descoloca— ¿Porque te sientes culpable?
—Lo siento —aprieto los labios. Porque sí. Porque me siento culpable. Ryder suelta una pequeña risa sin humor.
—¿Sabes qué es lo más triste? —No respondo— Que llevo semanas intentando convencerme de que no eras como los demás.
—¿Qué significa eso? —mi corazón se encoge.
—Que pensé que por una vez alguien iba a mirarme a mí y no a todas las historias que cuentan sobre mí.
—Ryder...
—Pero luego recordé quién eres tú y quién soy yo. No hay nada que yo pueda hacer para evitar parecer un cáncer para alguien como tú.
—No es así. Yo… Lo siento.
—No pasa nada —Ryder baja la vista hacia la pieza que tiene entre las manos.
—Sí pasa.
—No, en serio, está todo bien.
—Ryder...
—Monroe, de verdad. No tienes que disculparte.
Su tono es tranquilo. Demasiado tranquilo. Y precisamente por eso me duele. Porque no parece enfadado. Parece resignado. Como si hubiera llegado a una conclusión de que, aunque no le gusta que lo haya rechazado, ya lo hubiera aceptado.
—No quería dejarte plantado.
—Pero lo hiciste. No pasa nada si no querías venir, ¿sabes? Pero podrías haberme al menos avisado por la ventana de que no lo harías y no dejarme toda la… ¿sabes qué? Da igual —la sinceridad de la respuesta me deja sin palabras durante un segundo.
—Deja de decir eso —insisto.
—¿El qué?
—Que no pasa nada.
—¿Por qué? —vuelve a mirarme.
—Porque sí pasa.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Luego Ryder deja la llave inglesa sobre el motor y se limpia las manos con un trapo que encuentra cerca.
—¿Por qué no viniste?
La pregunta es sencilla. La respuesta no. Porque de repente me doy cuenta de que ni siquiera sé por dónde empezar.
¿Le digo que tuve un ataque de ansiedad? ¿Que me pasé horas imaginando escenarios horribles? ¿Que estaba aterrorizada de que me rompiera el corazón alguien que ni siquiera conozco? Todo suena ridículo.
—Yo... —Mierda— Yo quería ir.
—Pero no viniste —asiento—. Entonces algo te hizo cambiar de idea.
—No fue exactamente eso.
—¿No? —pregunta arqueando una ceja.
—Es complicado.
—Claro… —la palabra lleva una carga de ironía que consigue que me ponga todavía más nerviosa.
—Estás siendo injusto —me defiendo.
—¿Y tú? ¿Has sido justa conmigo? ¿Te apetece hablar conmigo cuando no hay nadie alrededor, pero si están tus amiguitas delante entonces no existo?
Abro la boca. La cierro otra vez. Porque no tengo una respuesta buena para eso. Y él lo sabe.
—Lo suponía.
—No es lo que crees.
—¿Ah, no?
—No.
—Entonces explícamelo.
Ojalá pudiera. De verdad. Pero cuanto más intento ordenar mis pensamientos, más absurda me parece la situación.
—Anoche no fui porque tenía miedo —las palabras salen antes de que pueda detenerlas. Ryder parpadea.
—¿Miedo? —Asiento— ¿De mí?
—No.
—Entonces, ¿de qué? —Bajo la vista. Y odio sentirme tan vulnerable.
—De cagarla. Sabes que soy virgen, Ryder, no es un misterio para nadie.
El silencio vuelve a ocuparlo todo. El viento mueve algunas hojas secas junto a la acera. Y yo sigo sintiéndome como una completa idiota.
—Cosita... —Mi corazón tropieza. Porque vuelve a llamarme así. Y no sabía que lo necesitara tanto—. No tienes que...
—¡AVA!
La voz de mi padre atraviesa la calle como un disparo. Los dos damos un pequeño respingo. Levanto la cabeza. Mi padre está en la puerta de casa. Mirándonos. Y por la forma en que tiene cruzados los brazos no parece especialmente contento. Mierda. Mierda. Mierda.
—Ava Monroe, entra en casa ahora mismo.
Cierro los ojos un segundo. Porque el universo claramente me odia. Cuando vuelvo a mirar a Ryder, algo de la tensión ha desaparecido de su expresión. Incluso parece divertido. Un poco.
—Parece que te reclaman.
—Ryder...
—Ve.
—No hemos terminado de hablar.
—Claro que sí.
—No.
—Cosita.
Hay algo triste detrás de la sonrisa que intenta mostrarme. Algo que me aprieta el pecho.
—Vete a casita antes de que tu padre decida castigarte por hablar con el marginado del barrio.
—No pienso eso de ti.
La respuesta sale tan rápido que ni siquiera la pienso. Y durante una fracción de segundo sus ojos se quedan clavados en los míos. Como si quisiera creerme. Como si no supiera si puede hacerlo.
—Nos vemos, Monroe.
—Ryder...
—Venga.
Da una calada al cigarro y vuelve la vista hacia el coche. La conversación ha terminado. Y yo me quedo allí un segundo más, observándolo. Preguntándome si acabo de arreglar algo. Pero cuando mi padre vuelve a vociferar me doy la vuelta y corro hacia casa.